Portada del relato Mareas de Sangre y Acero
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Fragmento:


El bosque era un viejo santuario profanado por lo innombrable. Tecia, la cazadora de Fajr, mantenía el arco tensado a su costado, escudriñando la maleza húmeda. Su pelo era una mata desordenada y oscura, teñida por la sangre de los suyos y de otros. Cuando Rayl giró la cabeza, la miró a los ojos y leyó en ellos la indeleble confesión de quien ha sobrevivido a demasiadas verano.

Duración: 08:26

Mareas de Sangre y Acero
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Texto de ajuste de pausa.

Rayl Fenn hincó una rodilla en la grava helada, aspirando el aliento frío que rezumaba entre los árboles mutilados. Su armadura gemía mientras ajustaba sobre el pecho la correa de cuero endurecido por la intemperie y la sangre. Bajo el azul herrumbroso del crepúsculo, sólo el susurro de las hojas muertas rompía el silencio, y, entre aquel rumor, la promesa de acero aún por desenvainar vibraba como un eco contenido en lo más bajo de su estómago.

Había rastreado al nigromante durante tres lunas, perdiendo amigos, caballos y un dedo, pero ganando a cambio una certeza: el Mal no se presenta nunca como se espera, y a veces —demasiadas veces— es el mismo rostro que observamos al afeitarnos cada mañana. Ahora, frente a la cabaña ennegrecida por incendios pasados, Rayl sentía bajo los pies la vibración que sólo da el miedo legítimo.

El bosque era un viejo santuario profanado por lo innombrable. Tecia, la cazadora de Fajr, mantenía el arco tensado a su costado, escudriñando la maleza húmeda. Su pelo era una mata desordenada y oscura, teñida por la sangre de los suyos y de otros. Cuando Rayl giró la cabeza, la miró a los ojos y leyó en ellos la indeleble confesión de quien ha sobrevivido a demasiadas verano.

—Hazlo rápido —susurró ella—. No quiero oírle gritar, como gritó mi hermana.

Rayl asintió. Guardó silencio sobre lo que sabía: que los monstruos aullaban por dentro, no fuera. Hizo una seña. El otro miembro de la partida, Helmar, se adelantó agachado, sujeto al simple código del guerrero cansado: no dejar que la venganza lo volviera estúpido.

A ese paso llegaron al umbral de la cabaña. Encaramada sobre unos zancos de piedra polvorienta, la construcción parecía flotar sobre la podredumbre. Un hedor dulzón, almizclado como el vino derramado sobre un altar profano, emanaba desde dentro. Rayl alzó una mano y exhaló. Sus opciones eran pocas. Acero, coraje, y los nombres de los caídos susurrando en sus oídos. Empujó la puerta, sintiendo cómo la madera se astillaba bajo su palma.

Dentro, el aire parecía más denso. Cortinas deshilachadas ocultaban la única ventana, y una hilera de huesos dibujaba un sendero hasta el espacio central, donde el nigromante se encontraba reclinado ante un fuego verde. Llevaba el cabello recogido en un moño caído, la piel tiznada de hollín y los labios manchados por la mugre, o la hechicería, o ambos. No levantó la cabeza. Simplemente dijo, con la voz neutra de quien ya no teme perder nada:

—Bienvenidos, por fin. Rayl, Tecia, Helmar. Matadme, si podéis.

El cazador se adelantó primero, disparando una flecha dirigida al corazón. La madera chisporroteó, perdiendo su forma y cayendo como ceniza tras un parpadeo. El aire crepitó y Rayl, comprensión tardía, supo que el hechicero —o lo que quedaba de él— había extendido un círculo de protección. Rayl desenfundó la espada, la pesada hoja de acero Ulduriano que había tomado del cuerpo de su hermano muerto en Lorys. Avanzó.

—¿Por qué? —preguntó, y no intentó disimular el temblor en su voz—. Háznoslo fácil. Di por qué hiciste esto. Los niños. Los ancianos. Los que no podían defenderse.

El nigromante, llamado Vargh en tiempos menos abyectos, entornó los ojos y suspiró.

—Porque alguien tiene que recordar —dijo lentamente—. Porque, de lo contrario, el olvido se traga a los que amamos, y a los que odiamos también. Porque la muerte es sólo un cambio de estado. No menos cruel que la vida.

Una pausa, donde incluso el fuego verde pareció menguar. Tecia se removió detrás, y por primera vez Rayl escuchó en la cazadora un murmullo sordo, como si la rabia la estuviera vaciando por dentro.

Vargh levantó una mano despacio. No era amenaza, sólo fatiga.

—¿Cuántos habéis matado? —preguntó Vargh, fijando sus ojos inyectados de fiebre en Rayl—. ¿Cincuenta? ¿Cien? Yo tampoco quise esto, Rayl. El bosque se infestó de sombras, y yo sólo quise arrojar luz. Pero la luz funde la carne y distorsiona los huesos.

Rayl sintió el peso de la espada resbalar entre sus dedos sudorosos. Ha escuchado muchas veces justificaciones semejantes. La diferencia estaba en la convicción —y en lo inevitable.

—No estamos aquí para juzgar, Vargh. Sólo para ponerle fin.

En ese segundo, la puerta tras ellos explotó en astillas, y algo reptó desde la maleza: una figura esquelética, curva como una raíz enferma, con ojos cegados de costras de sal. Tecia disparó otra flecha, esta vez al monstruo. La criatura se la arrancó del pecho; la sangre no era más que agua sucia.

Helmar cargó, hacha alzada. Pero la criatura lo inmovilizó, sus dedos finos como gusanos traspasaron la coraza sin encontrar resistencia. Helmar gritó una vez, ahogado por la sorpresa, y se desplomó. Rayl giró sobre los talones y embistió con la espada. No buscaba gloria ni belleza: sólo el golpe seco, terminal, de una hoja bien afilada haciéndose cargo de la muerte.

El monstruo se retorció, soltando a Helmar. Tecia ensartó dos flechas más antes de que cayera. Rayl vio que la criatura no era del todo ajena: tenía el rostro difuso de alguien que había conocido en una ciudad lejana o en una pesadilla recurrente. Cuando finalmente lo decapitó, la cabeza reventó en un chorro de espinas oscuras que se devoraron a sí mismas.

Helmar yacía jadeando, sangre fluyendo en discretos ríos bajos su armadura. Rayl sintió que en otro tiempo quizá hubiera llorado. Ahora sólo apartó el cadáver, le cerró los ojos y volvió al círculo. Tecia ni siquiera pareció notarlo.

Vargh se mantenía de pie, impasible. Los años de poder lo habían marcado como una estatua golpeada por la intemperie; la arrogancia se le había desmoronado, sólo restaba la verdad de la desesperación.

—¿A cuántos más vas a enviar? —preguntó Rayl, perdiendo la paciencia—. ¿A cuántos has convertido ya en esto?

El nigromante inclinó la cabeza. —No más. Vosotros sois los últimos. Aunque sea absurdo, al menos puedo decidir cómo terminas este relato.

Entonces alzó ambas manos y el fuego cambió de verde a un negro absoluto, absorbiendo sonido y luz. Tecia intentó lanzar una daga, sólo para ver cómo caía, siniestra, al suelo en silencio absoluto. Rayl avanzó y, sin esperanza, arremetió con la espada atravesando el círculo de huesos.

El hechicero no ofreció resistencia. El acero le atravesó el corazón. Se desplomó, y durante un segundo, el tiempo pareció colapsar en un sollozo inarticulado. El círculo se agrietó; figuras translúcidas de los muertos flotaron como humo alrededor del cadáver y se desvanecieron en la noche.

Tecia se dejó caer de rodillas, sacudida por un temblor que no era del todo miedo ni del todo alivio. Rayl miró sus manos manchadas, la hoja ennegrecida.

—¿Crees que lo hemos logrado? —preguntó Tecia, la voz rota, el rostro hinchado por la fatiga y la rabia mal digerida.

Rayl meditó, incapaz de responder. ¿Se puede “lograr” algo en una tierra donde el mal renueva sus formas como una hidra?

Después de un rato, recogieron el cuerpo de Helmar y lo envolvieron en la vieja capa que llevaba Rayl. Afuera, el aire era más transparente —pero no más limpio. El bosque vibraba con ausencias no redimidas, con preguntas que ninguna muerte podía responder. La cabaña ardía a su espalda, dejando al cielo una columna de humo que sólo los buitres sabrían interpretar.

No llevaban gloria en las alforjas; sólo el vacío que deja la batalla: la certidumbre de que todo intento de redención es también una condena. Volvieron al camino, envueltos en un silencio más hondo que la noche, cargando los cadáveres y los nombres como parte del único botín que importa: la memoria.

Los días siguientes caminaron como sombras a través de parajes cubiertos de escarcha azul. En cada aldea, bajaban la vista, temerosos de convertir lo cotidiano en otra pesadilla. En la taberna de Hiedra Negra, una anciana les dio sopa y les preguntó a cuántos monstruos más pensaban enfrentar antes de comprender que ellos también lo eran.

Rayl guardó silencio. En algún rincón de su alma, Vargh todavía murmuraba, como un eco o una advertencia perversa. El Mal, pensó, nunca muere. Simplemente aprende nuevos nombres.

Y en la frontera de esa noche sin adjetivos, siguieron caminando, bien armados, malditos, decididos a seguir recordando.

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