Portada del relato Las Mareas Jamás Escritas
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Una figura emergió poco después, surgiendo de la corriente como una ilusión de transparencia y vértigo. Era Nalie, la diosa de los remolinos, cuyas extremidades ondulaban como briznas de espuma. En su mirada, Zelaeth vio años enteros, vidas barridas en un parpadeo.

Duración: 08:12

Las Mareas Jamás Escritas
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Las crónicas olvidadas de Lyraniel comenzaban, como tantas historias, bajo la sombra de una catástrofe y la promesa de una redención imposible. Escasos en esperanza y aún más en fe, los habitantes del confín occidental recordaban apenas los milenios en que las palabras tenían peso, y los libros, fuego. Pero los antiguos tomos, que una vez sostuvieron el aliento del mundo, crujieron bajo la ruina y se convirtieron, al despuntar la segunda Luna, en nada más que polvo y ceniza.

En la ribera de Tiraith, donde los árboles aún susurraban los nombres de las primeras madres, Zelaeth se arrodillaba ante los restos húmedos de un linaje. Era una bruja de mediana edad, de pelo oscuro y trenzas apretadas, la piel marcada por sigilos aprendidos de una abuela a la que nunca conoció. Entre los dedos, sostenía un libro que ya no tenía páginas, solo un cascarón ennegrecido cuyo título había sido lamido por la marea más veces de las que ella podía contar. Bajo el reflejo de la luna doble, oía el rumor de las corrientes: no era el mar quien llamaba, sino las diosas cautivas bajo la superficie, las Tres que aún ejercían poder sobre el agua y la memoria.

El mundo de Lyraniel no era la cáscara inerte que los viejos escribas describían. En sus entrañas, las islas humeaban y las tormentas escarbaban trincheras nuevas de un año al siguiente, pero era en sus costas donde las maravillas verdaderas sobrevivían. Las diosas —Nalie, la de los remolinos; Sira, la que alentaba la bruma; y Aivis, la portadora de lágrimas— dominaban no solo los ríos y las lluvias, sino también el flujo del tiempo y del olvido. Era a ellas a quienes Zelaeth susurraba plegarias, aunque nunca esperaba ser escuchada.

Aquella noche la oscuridad les pertenecía, densa y punzante como una tapia velada de secretos. Zelaeth, en un impulso de daño y esperanza, sumergió el libro calcinado en las aguas heladas. Lo entregó sin palabras, cerrando los ojos mientras el frío se le subía por los brazos.

Pero fue la voz de Aivis la que respondió, fresca y líquida, como si fluyera justo encima de la superficie:

—Tu sacrificio huele a miedo, hija de ceniza. ¿Qué deseas, sabiendo que toda memoria reclama un precio?

Zelaeth, incapaz de hablar en presencia de aquel poder, simplemente permitió que sus lágrimas rodaran. Notó cómo caían en el agua y se deslizaban sobre la cubierta del libro, que chisporroteó débilmente.

El silencio siguiente se llenó de murmullos, de chasquidos y burbujas. Y entonces, como si la lógica de los mortales hubiese fallado un instante, el libro empezó a absorber el agua, creciendo en peso y oscuridad, hinchándose como un cuerpo que resucita al calor de un sol antiguo. En sus entrañas, las palabras regresaban. Pero no las palabras que Zelaeth hubiese recordado, sino relatos inéditos: profecías sin cumplir, derrotas de héroes que jamás nacieron, amores vedados a toda esperanza.

Una figura emergió poco después, surgiendo de la corriente como una ilusión de transparencia y vértigo. Era Nalie, la diosa de los remolinos, cuyas extremidades ondulaban como briznas de espuma. En su mirada, Zelaeth vio años enteros, vidas barridas en un parpadeo.

—¿Buscas el regreso de tu estirpe o el perdón de los dioses? —preguntó Nalie, su voz densa de significado secreto.

—Busco la verdad —susurró Zelaeth, tentada por el imposible perdón—. Saber por qué, cuando todos los libros ardieron, el agua retuvo sus historias.

Las diosas intercambiaron miradas, la superficie del río formando remolinos y espejos. Surgió entonces Sira, envuelta en niebla, y la temperatura descendió tanto que el aire mismo crujió en cristales de hielo.

—El fuego consume, pero el agua conserva —dijo Sira—. No todas las historias fueron devoradas: las más dolorosas se disolvieron en nosotras. Cada lágrima derramada, cada confesión de amor o traición, nos pertenece ahora. Puedes leerlas, pero no sin entregarte a cambio.

Zelaeth aceptó. Había esperado este momento durante años, perdiendo familia y amistades, buceando en la negrura de la desesperación. Cuando las diosas la tocaron, sintió el vértigo de un abismo. Su memoria se deshizo en la corriente, y en su lugar, los secretos del mundo nadaron hacia la superficie.

***

Una visión la arrastró a través de los recuerdos, más allá de su nacimiento, hasta la fundación misma de Lyraniel. Allí vio a los primeros titanes, forjadores de libros vivientes, escribiendo sobre hojas que nunca se pudrían, textos garabateados en la lengua del agua. Esos libros, los auténticos grimorios del origen, solo podían ser leídos por quienes aceptaran los ciclos del dolor y el gozo, y cada lectura era una herida nueva en la psique.

La razón de la destrucción vino después, en un giro desgarrador: los humanos, ebrios de poder, buscaron copiar la lengua húmeda de las diosas en el fuego seco de sus imprentas. Pero el fuego no es generoso con los misterios del agua. Los libros mortales ardieron, dejando solo ceniza y preguntas nunca respondidas.

Una segunda visión se impuso: la de su propia abuela, sosteniendo un tomo aún húmedo, orando para que las palabras no se desvanecieran. El agua la recibió, la envolvió y disolvió sus memorias en la corriente, perpetuando el ciclo.

Cuando Zelaeth emergió de la visión, jadeando y sudando bajo la luna, la sensación era de pérdida y plenitud al mismo tiempo. Las diosas la rodeaban, sus rostros fluctuando entre la compasión y el cálculo implacable de quien mide el universo gota a gota.

—Has visto y conocido. Ahora elegirás —dijo Aivis, acariciando el aire frente a ella—. Puedes devolvernos este libro, y olvidar; o quedártelo, y vivir el resto de tus días sabiendo que te desintegrarás en cada relectura.

Zelaeth acarició la encuadernación húmeda. Sabía, por primera vez desde niña, que ninguna victoria era completa, ningún don se daba sin precio. Si se quedaba el libro, podría reconstruir la biblioteca perdida, enseñar a otros cómo hablar con las aguas, recordarles que las diosas aún velaban por cada secreto barrido por el río o ahogado en una lágrima.

Eligió el conocimiento. Al hacerlo, sintió cómo su piel se enfriaba, cómo su corazón latía al ritmo de la marea. Descubrió, en los días y noches siguientes, que cada vez que abría el libro, sus recuerdos se diluían poco a poco en el lenguaje de las olas. A cambio, obtenía pedazos de historia, pasajes que ningún mortal había leído antes: estrategias de guerras extinguidas, nombres de amantes finados, mapas de reinos sumergidos.

Pero el sacrificio fue absoluto. Como las diosas le advirtieron, visitaba a sus amigas de la aldea y no recordaba sus rostros tras cerrar el tomo. Las tumbas de sus padres le resultaban extrañas, y en pocas lunas, el hogar de su infancia fue solo un rumor distante.

Naturalmente, algunos comenzaron a temerle. Su cabello se volvió tan pálido como la espuma, sus manos siempre frías, su voz teñida de un eco que recordaba a la lluvia sobre la piedra. Pero otros, los marginados y soñadores, buscaron su consejo y llegaron a comprender que, en los rincones olvidados de la tierra y la memoria, una nueva clase de heroísmo era posible: el de portar el dolor y la belleza de todas las historias, incluso cuando el precio era naufragar en cada palabra.

***

Algunos dicen que la última Gran Sequía fue el resultado del dolor de Zelaeth, negada ya la compañía y el refugio de toda memoria humana. Otros, sin embargo, afirman que, en los días más secos, una figura de ojos líquidos recorre los margenes de los estanques, enseñando a los desesperados a susurrar a las aguas, pidiendo piedad a las diosas y a cambio ofreciendo pequeños secretos: un nombre olvidado, una emoción prohibida, el relato anhelante de los héroes que la ceniza no pudo enterrar del todo.

Y así, aunque el mundo de Lyraniel seguía girando sobre la cuerda floja del olvido y el deseo, la leyenda de los libros de ceniza y de las diosas de las aguas pervivió en la corriente, enseñando a todos que el sacrificio y el recuerdo son los únicos fuegos que nunca se apagan.

Copyrights © 2025 Reinofantasia.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.