La noche colgaba sobre los riscos de Eltarion como el sudario de un gigante vencido, y sin embargo Tavain no sentía piedad por las estrellas ahogadas, ni por la luna, desangrada tras los jirones grises del miasma. Se sentía ajeno a todo salvo a su respirar, hondo y rocoso, arrancado a la garganta, el sabor a hierro en la boca. Detrás se oía todavía el repiqueteo de las armas, pero su enemigo, el más antiguo, el único que le había importado vencer tras perderlo todo, ya se arrastraba a sus pies, manando sudor y ceniza más que sangre.
—Acércate, Tavain —gruñó la voz áspera, la voz que había sido un grito de guerra y luego un susurro en las orejas del Rey de los Doce Alivios—, ¿A qué temes, si ya me has vencido dos veces?
Tavain avanzó. No arrastraba la runa de su clan sobre el pecho porque no quedaba clan, sólo una historia prohibida, una espiral de agravios envenenados. Era una silueta de poderosa humanidad, con cicatrices cortadas como runas en la piel de los brazos y del torso, y la espada negra a la que sólo él podía dar nombre.
—Te temo a ti en la tumba —respondió, buscando el rostro sepultado en la sombra—. Que tu odio despierte allí donde el mío apenas duerme. Te temo vivo en mi memoria, y te temo muerto, porque nunca sabrá mi pueblo si fuiste vencido por justicia o por furia.
El enemigo tosió, escupió negro. Los siglos le pesaban sobre los hombros encorvados bajo la armadura de hierro trenzado.
—Tu pueblo, Tavain, está condenado a la mentira. No importa qué nombre pintes en la roca, la verdad acabaría por desangrar lo poco que les queda.
No había tiempo de duelo. El combate, demorado, rugía más abajo, donde los barrancos cortaban los brazos a los soldados. Tavain ensartó finalmente la hoja bajo la garganta de su adversario, y sintió romperse la resistencia de hueso y de carne. Algo más viejo que el odio escapó de la herida, un susurro frío, preñado de magia, que le devoró un instante de la memoria. Una bruma gris ondeó a su alrededor, tragándose la silueta. Tavain se apartó, exhausto, sentándose sobre la piedra fría.
No lloró. El llanto se había secado en los años de persecución, cuando cada lágrima era un lujo, cuando toda emoción era monitoreada por los dioses-dentro-de-las-estatuas. Observó el cuerpo del enemigo deshacerse sobre la roca; la piel primera se agrietaba y debajo no había sangre, sino chispazos de un fuego amarillo que no daba calor. Recordó, sin querer, el nacimiento de su hijo pequeño al lado de una hoguera, la risa de su esposa deslizándose como agua entre las piedras.
Unas botas desgastadas apeonaron el sendero. Tavain alzó la espada de inmediato, pero reconoció a la mujer —la Dama de la Piel Rota, la que usaba vendas negras y sellos de cera en brazos y rostro, la única que sabía la verdad de los juramentos rotos.
—¿Ha terminado? —preguntó ella, voz ronca, un timbre de acero enfriado durante la noche.
—Ha terminado para mí. Para los otros... la guerra seguirá.
La Dama no lloraba ni sonreía, pero una delicadeza trémula cruzó por su rostro desfigurado al ver el cuerpo a los pies de Tavain.
—¿Qué has de hacer con él? —preguntó—. Si lo dejas a la intemperie, los cuervos esparcirán más leyendas sobre su caída de las que podrá exorcizar ningún rey legítimo.
Tavain miró su espada, la runa grabada a fuego en la hoja:
—¿Qué harías tú? —susurró.
Ella apartó la vista.
—Nada de lo que quieras heredar.
No hubo respuesta. Los ejércitos más abajo emitieron un bramido inmenso, como si la montaña sangrara. Tavain y la Dama se miraron largo, como dos soldados huérfanos de esperanza, y juntos descendieron por el sendero hasta donde la guerra ya era sólo eco y carroña.
*
El campamento era un tapiz de sombras y lodo. Alrededor de las hogueras, los que seguían vivos separaban los escudetes marcados con pintura azul de los que llevaban marcas rojas, y los apilaban junto a los muertos, en promesas de pequeñas piras para cuando el viento lo permitiera. Tavain avanzó con la lentitud de quien mide cada paso en juramento. Los soldados, los que quedaban, hacían un gesto apenas perceptible al verlo, ni agradecimiento ni rencor, sólo distancia y resignación. La guerra era pues una mala costumbre, hermana del hambre, del frío y del silencio.
A su tienda acudió el Hechicero Padre, viejo ya en su servicio, con barba ondeando como maleza gris y un manto recosido con símbolos de lunas gemelas.
—Has acabado con el rey de la violencia —anunció, como si dictara sentencia.
—He acabado con un nombre, nada más.
El Hechicero masculló.
—Los nombres son más que hueso para esta tierra, Tavain. Si los pronuncias sobre la tumba de los vencidos, se convierten en raíces, y de las raíces nacerá un veneno o un remedio.
Tavain se dejó caer sobre el cuero estirado de la silla.
—No habrá remedio. Todo cuanto toqué es ruina. Maté porque me llamaron a venganza, y ahora lo único que queda es el hueco en el pecho.
El mago se inclinó, dejando que la oscuridad consumiera el gesto de sus cejas fruncidas.
—Hay muerte que engendra vida, y hay odio que, si se apacigua, es semilla fértil. Los Doce Alivios están caídos, pero aún hay otros clanes, otras lenguas, otros juramentos. ¿No deseas cerrar el ciclo?
Pero Tavain no respondió. Sentía en la piel un cosquilleo, como si alguien estuviera recitando su nombre en voz baja al borde mismo de su oído. Y en la ceniza del enemigo notó hormiguear la magia vieja, esa que al morir no se apaga con el cuerpo, sino que se propaga, invisible, hasta encontrar un huésped.
Más tarde, cuando la noche abismaba el campamento y sólo las llamaradas de las piras lanzaban sombras danzarinas, Tavain se arriesgó a salir. Caminó entre cuerpos, reconoció rostros, se arrodilló de vez en cuando para cerrar un par de ojos o presionar una mano fría entre las suyas. Alzó la vista al cielo, buscando a los dioses. Y fue entonces cuando la vio: la figura envuelta en la membrana de noche, al pie de la colina, donde los cadáveres del enemigo habían sido apilados esperando juicio.
Era la Dama, claro. Sus vendas oscilaban con el viento, y sus dedos, interminablemente largos por los sortilegios, señalaban la cima del monte.
—No puedes dejarlo así —murmuró cuando Tavain llegó junto a ella.
—Está muerto —replicó él.
—Pero no su odio.
Habían combatido juntos, una vez, hace años, en la batalla de las Puertas Humeantes. Y en la tregua, habían sido amantes, o al menos habían intentado trascender el odio, ajenos a la venganza, durante días contados. Ya entonces ella le robó un juramento: “Nunca dejarás el odio sin custodio, nunca dejarás que olvide tu nombre.” Y Tavain había aceptado porque creía en el amor, o al menos en la tregua entre dos voluntades heridas.
Ahora, sobre el Pálido Monte, el cuerpo del enemigo supuraba su magia oscura hacia el subsuelo, procurando abrir un vórtice entre el mundo y lo inefable.
—¿Qué sugieres? —preguntó, con la voz hundida en lodo.
Ella extendió una mano vendada.
—Hay antiguos ritos. Puedes absorber el último aliento de tu enemigo. Puedes condenarte a ser la tumba de su horror. Es una prisión, pero también es una puerta: custodiarás su memoria hasta que el mundo olvide el odio que le alimentó.
Tavain miró su mano. Era la de un guerrero: rota en tres falanges, heridas que nunca sanaron bien, cicatrices que se cruzaban como las líneas de un pergamino ilegible. ¿Sería capaz de aceptar ese peso, de guardar el odio como un fardo ardiente en sus entrañas?
—No hay descanso en ese pacto —susurró.
—No hay descanso para quienes aman la tierra que han destruido —replicó ella.
El frío trepaba desde la piedra del monte. Tavain inspiró hondo: recordaba a su hijo, la risa de su esposa, los nombres de los caídos. Recordaba el juramento .
—Hazlo —dijo, y la Dama de la Piel Rota acercó su faz cubierta, murmurando palabras en el idioma de las cenizas.
Las palabras rozaron la piel de Tavain; sintió en su pecho el fuego, pero también la niebla; vislumbró por un instante los recuerdos de su enemigo arremolinándose con los suyos, el odio cantando su cruel nana en la médula. Toda su vida rota, sangrada, corrió ante él, y supo —al fin, supo— que el perdón no era sino una herida más por la que se escurría el pasado.
Cuando la ceremonia terminó, él se sentó junto al cadáver, sintiendo aún la magia bullendo bajo la carne. Su mano temblaba pero no volvió a llorar.
La Dama se marchó, un espectro entre el humo. Tavain quedó solo, guardián del odio más antiguo, hasta que los dioses volvieran a caminar entre los hombres y el último relato, olvidado bajo capas de polvo y leyenda, por fin encontrara quien lo escuchase.
Más abajo, las hogueras crepitaban. El viento arrastraba el polvo de los vencidos hacia tierras donde aún nadie sabía de juramentos y de traiciones. Tavain cerró los ojos para escuchar el murmullo de la noche: ahora, al fin, era suyo el silencio, y la esperanza, si sobrevivía, tendría que abrirse paso entre llama y espina.
Copyrights © 2025 Reinofantasia.com. Todos los derechos reservados.