Portada del relato Los Laberintos de Karshar
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Fragmento:


Dos latidos después, la tormenta se manifestó. No hubo nube; sólo un relámpago ciego que bajó directo del techo y dividió la mesa de granito en dos. Uno de los guerreros desapareció, consumido en el crisol del poder. Rannast retrocedió, jurando, mientras la cámara se emborronaba bajo la luz diáfana y salvaje. Hulveth se convirtió en cenizas. Ildran, arrodillado, protegió los ojos y se dejó envolver por la resonancia de las runas.

Duración: 08:27

Los Laberintos de Karshar
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Texto de ajuste de pausa.

La puerta se cerró con un sonido que evocó la furia de los dioses. El eco retumbó en la cámara subterránea, donde los muros estaban tallados con runas que destellaban en la penumbra, cada una palpitando con un azul acerado. Solo Ildran permaneció en pie ante la imponente mesa de granito, las manos firmes y los ojos fijos en el maestro caído a su lado.

El aire vibraba con un aroma metálico, a ozono y a sangre vieja. El Maestro Hulveth había estado conjurando cuando la runa explotó en su mano, lanzándolo contra la pared. La piel de su antebrazo izquierdo estaba quemada y abierta, las brasas de la magia chisporroteando en las heridas mientras su vida se desvanecía con cada exhalación dificultosa. Ildran, sin atreverse aún a tocarlo, lo observaba hundido en la parálisis de los recién acusados: lo habían pillado, sí, pero aún no sabían cuán oscuro era el abismo que se abría bajo sus pies.

“Vigila las runas, aprendiz…,” susurró Hulveth, sus palabras más filo que consejo. “…quien escucha el trueno no siempre oye el final.”

La puerta se abrió otra vez, y entró Rannast en compañía de dos guerreros cubiertos de armaduras bruñidas. Los símbolos de la Orden del Raso, protectores del culto legalizado a la magia, centelleaban en los petos. Rannast, con su corona de trenzas y una cicatriz que partía su nariz, sonrió: no era una sonrisa amable.

“Ildran. El Maestro Hulveth ha cometido herejía de alto grado. Habéis sido testigo, sin duda.”

Ildran no respondió de inmediato. Los magos prohibidos no dejaban testigos; no permitían que su saber —robado a los cielos y a la piedra— germinara en otras mentes. La runa del trueno había sido tallada a lo largo de cuatro lunas, burlando con cuidadoso sigilo el escrutinio de la Orden, para un solo uso: convocar la Tempestad Silente, un poder sellado tras siete generaciones por decreto de los sumos regentes de Karshar.

Ahora, el secreto de la muerte de Hulveth yacía peligrosamente cerca de los que apaleaban la lógica para servir a sus juramentos de sangre.

“Vi lo justo,” espetó Ildran. “Y sé lo suficiente.”

Rannast asintió, creyendo entrever una rendición. Hablaba mientras giraba el anillo del poder civil en su dedo índice:

“El castigo por practicar la magia proscrita… es la Travesía del Vacío. No tienes que acompañar a tu maestro en la pena total, Ildran. Di lo que sabes. Haznos confiar.”

Hulveth se agitó en el suelo. Movió la boca formando una runa silenciosa en el aire, e Ildran comprendió: aún estaba protegido. Las runas habían sido tejidas en la piedra del suelo, una trampa para los intrusos. Pero para activarlas debía pronunciar la palabra sagrada. Y Hulveth, aunque moribundo, aún podía ofrecer dignidad a su muerte.

“Que el trueno caiga sobre los sordos,” dijo el moribundo. Rannast torció la cabeza, perplejo.

Dos latidos después, la tormenta se manifestó. No hubo nube; sólo un relámpago ciego que bajó directo del techo y dividió la mesa de granito en dos. Uno de los guerreros desapareció, consumido en el crisol del poder. Rannast retrocedió, jurando, mientras la cámara se emborronaba bajo la luz diáfana y salvaje. Hulveth se convirtió en cenizas. Ildran, arrodillado, protegió los ojos y se dejó envolver por la resonancia de las runas.

Cuando la tormenta huyó como vino, sólo quedaron Ildran, Rannast —quemado y furioso— y el otro guerrero, echado en el suelo, sollozando. Ildran se levantó lentamente, apenas reconociéndose en el borroso y fantasmal resplandor que impregnaba la estancia.

“¡Eres uno de ellos!” gritó Rannast, jadeando.

Ildran miró el cadáver del maestro y la mesa rota. Escogió, al fin, el camino que había temido aceptar desde que leyó por primera vez las piedras prohibidas de Hulveth. Bajó la mirada. Su mano cubría sin pensar una de las runas grabadas en la mesa partida: la Senda del Eco, la runa del Retorno.

“Lo soy,” susurró, y con un movimiento casi indolente, giró el fragmento de la mesa, activando el sello. El suelo tembló y se abrió una boca oscura; el guerrero malherido cayó en la negrura, pero Rannast, veloz, se aferró al umbral y rodó lejos de la trampa.

Ildran no esperó: huyó hacia la escalera oculta tras los tapices. Mientras ascendía, la memoria del trueno martilleaba en sus entrañas.

La noche en la superficie era fría y eléctrica. Ildran corrió hasta el bosquecillo de Nigurn, donde las ramas aún susurraban la lengua antigua de las hojas. No se detuvo hasta exhalar niebla blanca, hasta que las piernas protestaron y la garganta escupió sangre seca. Allí, al amparo del musgo y la roca, inspeccionó la última runa que le quedaba: la runa de la Promesa, tallada en un fragmento de basalto, con las marcas aún frescas del dedo de Hulveth.

Cinco noches más tarde, la luna llena presenciaba el juicio en la gran plaza de Karshar. Rannast, aún con vendas en el rostro, proclamó la traición de Ildran. Desde un balcón sombrío, el propio Ildran observaba. Las palabras del tribunal rebotaban en los peldaños tallados, confundiéndose con el rumor de la muchedumbre sedienta de chivos expiatorios.

Rannast los alimentó bien:

“Runas del trueno. Magia que no pertenece a los hombres mortales. Su profanación trae viento y fuego a nuestra casa.”

Las antorchas ardían, sus llamas temblando bajo las ondas invisibles de la magia que impregnaba las piedras de la ciudad. Ildran sentía los susurros de las runas en las paredes, los ecos de miles de palabras antiguas reclamando sangre y silencio.

Al caer la medianoche, quien acatara las normas debía ser quien dictara la sentencia final. Rannast levantó el martillo de los jueces y lo bajó con fuerza.

“¡Que Ildran sea exiliado, perseguido, odiado! Su nombre será borrado. Su memoria, descompuesta y maldita.”

Ildran, invisible bajo los efectos de uno de sus conjuros menores, apretó la runa de la Promesa y dejó que las lágrimas le lavaran el polvo de los días. Juró no huir como bestia herida, sino regresar cuando las runas estuvieran listas.

Durante meses, los susurros de la conspiración crecieron bajo las baldosas de Karshar. En tabernas envueltas en la sombra, la amenaza de las runas prohibidas se convertía en excusa para matanzas legales y purgas de aprendices. Ildran fue una sombra entre sombras, reuniendo a los que aún recordaban el sonido del trueno sin miedo ni asco, solo con una reverencia amarga.

Crecieron las runas en lugares secretos; surcos grabados en los huesos de los templos caídos, marcas escritas en la corteza de árboles centenarios, acordes invisibles en el temblor del viento entre los riscos. Runas del trueno, sí, pero también de la tempestad, del éxtasis y del dolor. Lo prohibido engendra lo inevitable.

Una noche de doble crepúsculo, los aliados de Ildran —pocos, desperdigados, temblando al oír su propio nombre— acudieron bajo la Lluvia de las Polillas, el extraño fenómeno que cubría Karshar cada década. Un punto ciego del calendario arcano que anulaba la percepción de las autoridades mágicas, una ventana para actuar.

En el centro del cementerio roto, Ildran plantó la runa de la Promesa en la tierra fangosa. El sílex brilló. Susurró, bajo la tormenta de alas blancas:

“La ciudad ha olvidado que solo los mortales saben temer y crear a la vez. Que el trueno nos devuelva la voz acallada.”

Alrededor, las runas estallaron en sinfonía muda: no un cataclismo, sino una apertura, una grieta en la realidad. Los magos prohibidos, ocultos y hambrientos, cruzaron el umbral de lo invisible. Ildran sintió la magia fluir a través suyo, el dolor y la gloria entremezclados hasta ser indistinguibles.

Un resplandor azul dividió las estrellas. Las runas se elevaron de la tierra; en la plaza mayor, los muros de Karshar se estremecieron mientras un trueno sin sonido recorría la ciudad de lado a lado. Las reglas habían cambiado. Sería enfrentamiento o entendimiento, pero nunca más opresión muda.

Al final, Ildran miró a sus aliados, los herederos de la herejía, los portadores de la voz acallada. Recordó a Hulveth y todos los caídos.

“Mañana iniciaremos un nuevo juicio. Que las runas hablen.”

Y allí, en el murmullo de la tempestad, comenzó la lenta y brutal revolución de lo prohibido.

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(Contacto: Si te ha gustado la historia, Steven Erikson agradece tus lecturas y te invita a indagar más en la compleja relación entre magias prohibidas y civilizaciones que temen su propio poder.)

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