Fragmento:
Sin pensar y apenas vestido, salió corriendo. Las estrellas se ocultaban mientras una sombra cruzaba la luna. Un temblor recorría la aldea. Después: el grito, el desgarramiento, el mugido roto de un buey. Instintivamente, Erac corrió en dirección al establo.
Duración: 09:11
Las montañas de Thair se alzaban negras contra un cielo cuajado de nubes. De entre las laderas, la bruma subía como el aliento de una bestia dormida. Erac, el herrero, apretó la capa contra su cuello y dejó que su yegua guiara el paso por el angosto sendero. Cada noche la oscuridad caía con un peso de plomo y nacía en el valle un miedo antiguo. Erac, al igual que los demás, lo sentía tanto en sus huesos como en sus sueños: la certidumbre de que algo acechaba más allá del alcance de la vista, esperando el momento de emerger.
El eco de las campanas del templo bajaba desde Oberen, marcando el final del día. Solo cuando su aldea quedaba a la vista, y el fragor lejano de los martillos en la forja le alcanzaba el oído, aflojaba el paso. El crepúsculo teñía de rojo los campos de cebada y hacía fulgurar las manchas de sangre seca en el suelo. Eran pocos en Oberen los que ignoraban las huellas: tres garras tan largas como espadas, una presión en la tierra profunda y húmeda. No era lobo ni oso: era una cicatriz demasiado grande, la huella del azote alado.
En las tabernas, los ancianos murmuraban de tiempos pasados cuando los Altai descendían a reclamar tributo. Ave y demonio a un tiempo, a menudo solo un vistazo a sus alas bastaba para congelar el corazón más valiente. Los niños recogían esos relatos para alimentar sus juegos, pero Erac veía en los ojos de sus vecinos el fulgor del miedo. Desde hacía dos lunas, ni un niño dormía en solitario; los perros ladraban al vacío y el ganado amanecía desgarrado. Al caer la tarde, la tensión podía cortarse a cuchillo.
Aquella noche, como tantas últimamente, Erac regresó a su casa y encontró a su esposa, Sirea, con la piel tensa sobre los nudillos. Solo asintieron, intercambiando silencios y miradas. Bebió su cerveza amargamente, atento al menor rumor. Los martillazos de la forja vecina sonaban huecos, lamentos en vez de música.
Ya bien entrada la noche se despertó bruscamente, sin saber qué lo había movido. Una presión helada le oprimía el pecho, y oyó a Sirea encogerse a su lado. Afuera, apenas perceptibles, sonaban las campanas del templo. Entonces lo oyó: el susurro de alas titánicas batiéndose en lo alto, el rugido de un viento imposible, la vibración en las vigas de su techo.
Sin pensar y apenas vestido, salió corriendo. Las estrellas se ocultaban mientras una sombra cruzaba la luna. Un temblor recorría la aldea. Después: el grito, el desgarramiento, el mugido roto de un buey. Instintivamente, Erac corrió en dirección al establo.
El hedor del miedo era casi tan fuerte como el de la sangre. La bestia estaba allí: dos veces más grande que un hombre, e infestada de escamas oscuras. Sus alas extendidas abanicaban un aire frío y nauseabundo. Tenía unos ojos dorados, antinaturales. El buey yacía moribundo bajo sus garras.
Erac, temblando, alzó una horca. La criatura giró el cuello, contemplándolo con inteligencia, sin miedo.
—¿Qué quieres, hombre? —dijo una voz, ronca, demasiado humana para pertenecer a un monstruo así.
Un nudo desagradable cerró la garganta de Erac. La horca se le cayó de las manos.
—Mi gente... tu gente... —musitó—. ¿Por qué ahora?
—El hambre —contestó la criatura, cerrando sus garras—. Antes traíais tributo a los Altai. Pero vuestros sabios quebraron el pacto. Como las piedras se rompieron, así se rompió el silencio.
Solo entonces Erac reparó en la banda de cuero y metal que pendía rota del cuello del monstruo: un relicario antiguo, forjado en la misma fragua en la que él pasara su juventud.
La criatura, ave y reptil a la vez, carraspeó.
—No quiero mataros a todos. Un hombre puede hablar; un hombre puede recordar.
—¿Qué... qué necesitas?
La criatura agitó las alas, nerviosa. El viento helado golpeó el rostro de Erac.
—Las Piedras Negras deben devolverme lo que era nuestro. Habla con vuestros sabios. —Lanzó una mirada ululante en dirección al templo—. Tienes una semana.
El monstruo despegó con un salto torpe, pues el ala derecha sangraba por una hendidura. El crujido del aire al partirse bajo su peso resonó entre las casas. El silencio regresó, casi más aterrador que el rugido de antes.
*
A la mañana siguiente, la aldea palpaba la tragedia. Los bandos se formaron rápido: quienes deseaban ofrecer tributo y quienes, hartos de miedo y muerte, querían resistir. Erac, ni líder ni cobarde, luchaba con la memoria de su abuelo, aquel que, según las historias, había forjado los collares de plata que sellaron la paz con los Altai.
Acudió al santuario, donde el viejo Kaiel, el sacerdote, le esperaba bajo la luz jabonosa.
—He visto lo que camina entre nosotros —dijo Erac, sin preámbulo—. No es un simple azote. Exige la restauración de las Piedras Negras.
Kaiel arrugó el ceño, contemplando las reliquias colgadas en la pared.
—El último pacto fue antes de mi nacimiento. Pero yo también escuché historias de los Altai. Dime, ¿qué viste realmente?
Erac narró lo ocurrido, incluyendo la herida que sangraba en el ala. El sacerdote suspiró, como si de repente su espalda pesara mil años.
—Las Piedras Negras fueron selladas por miedo: queríamos librarnos de su sombra. Pero el mundo no olvida los pactos. Si el Altai sangra, es que la guerra nunca terminó. —Sus dedos tocaron con ansiedad una piedra negra, reluciente entre los otros amuletos—. Si las devuelvo, Oberen quedará a su merced. Si me niego, será nuestra condena.
—¿Y si le ayudamos? —preguntó Erac, dudando de su propia sensatez—. Está herido. Podríamos sanarlo y negociar una nueva tregua.
Kaiel le miró con un destello de admiración y miedo.
—La bravura no es sinónimo de sensatez. Pero tampoco lo es la inercia. Habla con la asamblea.
Ese mismo día, la plaza de Oberen hervía en rumores. Algunos insultaban el nombre de Erac; otros, vencidos por el cansancio, aceptaban el cambio. Se decidió que él y dos voluntarios buscarían al Altai y negociarían, llevando las antiguas piedras como garantía.
*
Tres días costó rastrear las huellas hasta las cimas nubladas. Erac, Sirea y un cazador joven, el del arco siempre tenso, vencieron el miedo y la ventisca. Allí encontraron a la bestia, caído junto a un arroyo, tembloroso de dolor y frío.
Sirea fue la primera en acercarse, con palabras blandas y manos despacio. Bajo sus cuidados la herida fue lavada; Erac calentó agua, preparó vendas. El Altai, que antes infundía terror, ahora parecía menos que un animal: vulnerable, indefenso.
—¿Por qué cuidáis de mí? —preguntó el Altai, la voz cargada de un rencor que luchaba contra la incredulidad.
Erac le mostró la Piedra Negra, envolviendo la roca en un trozo de tela.
—Entre nosotros y tu pueblo hubo paz una vez. Si alguna vez vuelve, quiero que recuerdes este gesto.
Hubo un fulgor extraño en los ojos dorados de la bestia.
—Mi nombre es Maeron. Dame la Piedra. No la tomaré por la fuerza.
Erac depositó la Piedra a su lado. El Altai ronroneó entre dientes, un sordo canto de loba hambrienta y madre exhausta. Sirea, a poco de apartarse, posó una mano en la cabeza de Maeron, que bajó el cuello con un cansancio infinito.
La noche cerró los caminos, pero junto a un fuego, Altai y hombres compartieron la comida. Sirea, con palabras suaves, narró los pesares de los aldeanos; Maeron, aún dolorido, compartió los suyos. Habló de otros Altai, heridos y huidos, que yacían desperdigados por las montañas. Habló de la caza, del hambre, del frío, del miedo a morir solos y olvidados.
*
Con la vuelta del amanecer, Erac temió que la tregua fuera apenas un sueño. Pero cuando Maeron desplegó su ala, más firme ya, y alzó el vuelo arrastrando la Piedra entre las garras, una promesa quedó plantada en aquellos riscos.
El retorno a Oberen fue tenso. No fueron bienvenidos al principio; los relatos abundaban, distorsionados por el miedo. Los ancianos desconfiaron. Pero no hubo más muertes. Pasaron semanas sin que otra sombra cruzara la luna.
Al mes siguiente, una figura alada descendió de nuevo sobre el templo. Maeron, ahora menos fiero, cargaba otra piedra negra.
—Vengo a devolveros lo que era vuestro —dijo con voz ronca pero firme—. Mientras recordéis el nombre Altai sin odio, no habrá más sangre.
A partir de entonces, Oberen no vivió nunca más en la ignorancia de las alas. De noche, los ruidos no eran amenazas, sino advertencias. Los relatos de miedo mutaron en relatos de respeto. No fue una paz cómoda, pero era genuina y humana.
Erac, sentado junto al fuego en muchas noches oscuras, recordaba el peso del hacha, el tacto de la Piedra Negra, la mirada imposible de Maeron. Sabía que la tregua era frágil. Pero también sabía, por una vez en muchos años, que las bestias aladas no eran solo azote, sino memoria y promesa, mejores aliadas que enemigos.
La vida siguió. Las heridas cicatrizaron, arriba y abajo de las nubes, donde hombres y Altai aprendieron, no sin dolor, a mirar el cielo como a un espejo.
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