Portada del relato Las torres de Feorra
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Fragmento:


—Comencemos entonces—susurró—. Se escribió una vez, mucho antes de los mapas y los tratados, que la sal del Sirdon era hija de las lágrimas de Renia, diosa desterrada. Doce casas bebieron de esas aguas y fundaron alianzas con pactos de sal. Desde entonces, la sal mueve la suerte de la ciudad: no es solo condimento, sino juramento. En cada casa hay una urna; quien rompe esa urna, condena su linaje. Has visto esas urnas, ¿no es así?

Duración: 09:14

Las torres de Feorra
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Texto de ajuste de pausa.

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El crepúsculo se cernía tras las murallas de Dúnam y revestía las almenas con un resplandor entre dorado y mortuorio. Como un tapiz desconocido, la ciudad se embebía de sombras. Hacia el oeste el río Sirdon murmuraba viejas canciones de exilios y retornos imposibles. Allí, en el margen inseguro entre la luz que huía y la noche que avanzaba, aguardaba Aetan la Notaria, envuelta en su capa verde de lino áspero, esperando la señal de la bruja aurina.

Habían pasado seis días desde que la reina Marís firmó, con sellos de cera roja y gris, la orden secreta que le encomendaba aquello que nadie antes osó escribir —ni siquiera para los anales olvidados. Las brujas aurinas, exiliadas desde hacía tres generaciones, poseían saberes antiguos sobre la sal que arrastraba el Sirdon en los inviernos; saberes que podían cambiar los pactos entre casas y hasta reescribir los ritos de la esperanza en las casas sencillas. Aetan, criada en los archivos, ligada a la palabra escrita y jamás pronunciada, apenas comprendía la urgencia, pero la obediencia era su sustento.

Ya no era joven, ni vieja aún: su rostro tenía la tersura de quien no ha conocido descanso, y sus dedos olían levemente a pergamino envejecido y a higos secos. Bajo la capa cargaba el pliego de cuero, listo para recibir el dictado de la bruja. Los leones de la puerta occidental rugieron cuando la ciudad cerró el paso, y Aetan se sobresaltó; temía ser vista, aunque la misión fuera, oficialmente, legal.

El cielo era una inmensa balanza. En las cavernas del crepúsculo se movía alguien: la figura de la bruja emergió con lentitud. Llevaba en la mano una antorcha baja, de resplandor sosegado, su manto era de lana amarilla, trenzada con hilos de salitre. Su cabello era, curiosamente, gris y blanco a la vez, y la mirada —como de raíces— escudriñó a Aetan con paciencia inhumana.

—¿Has traído las palabras correctas? —preguntó la bruja, en una voz de río subterráneo.

Aetan asintió; desplegó el estuche del pergamino, abrió el frasquito de tinta púrpura.

—Lo que se escriba esta noche será sellado con la vida—dijo la bruja—. ¿Sabes lo que eso implica?

La notaria titubeó. Ninguna de sus maestras le había explicado ese precio.

—No —respondió honestamente—, pero he venido.

La bruja inclinó la cabeza, complacida por la respuesta.

—La historia que escribirás no será solo relato. Será un ligamen: atará a la reina, a tu sangre y a todo aquel que escuche su recitado. Lo que escribes se volverá raíz y estigma. ¿Estás lista para ese peso?

El viento sacudió las ramas de los sauces; la ciudad, a lo lejos, parecía contener la respiración.

Aetan desplegó sus dedos sobre el cuero y esperó.

—Estoy lista —dijo.

La bruja se sentó sobre una piedra, sacó un saquito de sal y derramó un círculo a su alrededor.

—Comencemos entonces—susurró—. Se escribió una vez, mucho antes de los mapas y los tratados, que la sal del Sirdon era hija de las lágrimas de Renia, diosa desterrada. Doce casas bebieron de esas aguas y fundaron alianzas con pactos de sal. Desde entonces, la sal mueve la suerte de la ciudad: no es solo condimento, sino juramento. En cada casa hay una urna; quien rompe esa urna, condena su linaje. Has visto esas urnas, ¿no es así?

Aetan asintió en silencio; recordaba, de niña, la urna azul en la cocina de su madre.

—Pero hay más—siguió la bruja—. Bajo el palacio, oculto entre las raíces del fresno mayor, reposa el libro de las aguas viejas. Nadie lo ha abierto en ciento veinte años. Marís la reina lo busca, porque allí está escrito cómo devolver el río a su cauce primigenio. Si el río vuelve a ser lo que fue, la ciudad renacerá… o quedará condenada para siempre.

La notaria escribía, veloz, sintiendo cómo la tinta ardía sobre el cuero, hiriéndolo. Su mano temblaba ligeramente: lo que la bruja dictaba no era historia, sino conjuro.

—Para abrir ese libro—continuó la aurina—no basta con quererlo. Hay que dar una ofrenda de esperanza: la primera palabra pronunciada antes de amanecer, por alguien que nunca haya mentido.

El aire parecía crisparse con ese último secreto.

—Yo…—susurró Aetan—, no sé si he mentido alguna vez.

La bruja sonrió.

—Nadie lo sabe. Esas cosas solo las conoce Renia. Pero todos debemos intentarlo. Ese será tu papel. Mañana al alba, llevarás este relato ante la reina y leerás la última frase antes de pronunciarla. Porque la esperanza, en Dúnam, es un hilo frágil; y tú eres la urdidora.

La antorcha vaciló; las estrellas caían, casi.

—¿Y si fallo? —preguntó la notaria.

—Tendremos lo que siempre tuvimos: incertidumbre —respondió la bruja.

Pasaba la medianoche cuando volvieron a separarse. Aetan caminó de regreso entre jardines cerrados, escuchando ecos de los primeros búhos y de la lejana salmodia de los monjes azules en la colina.

Atravesó la ciudad, que parecía sumida en un letargo pesado. Nadie la detuvo. El cuero ahora guardaba un pulso propio: cada palabra escrita parecía crecer en su temperatura mientras andaba, irradiando una leve inquietud.

Al llegar a su cuarto, encendió la lámpara, selló el pliego y se miró en el espejo: el reflejo no parecía el propio. Vivía ahora entre dos tiempos: el de los anales y el de la magia.

La última frase, dictada y no escrita aún, resonaba en su mente: «Renia, la madre de sal, acepta el sacrificio de la esperanza nunca mentida y abre el río donde todo recomienza».

Se recostó, temblando tanto de frío como de expectación.

Amaneció con grisura de presagio. Cuando entró al palacio, la reina la recibió en la cámara del fresno, donde los muros estaban cubiertos de tapices narrando batallas inútiles y matrimonios políticos que nunca llegaron a consumarse. Nadie más estaba.

Marís, joven e implacable, vestía lino oscuro; llevaba el cabello trenzado con hilo escarlata.

—¿Tienes lo que viniste a buscar? —preguntó.

Aetan ofreció el pliego. Lo leyó la reina, entre murmuraciones casi inaudibles; luego, le devolvió el manuscrito, indicándole que leyese ella en voz alta.

La cámara estaba fría como la sal molida.

Leyó Aetan, palabra por palabra, casi sin temblar.

Al llegar a la última frase—la aún no escrita—por primera vez sintió que el tiempo podía ceder. Silencio absoluto.

—Renia, la madre de sal, acepta el sacrificio de la esperanza nunca mentida y abre el río donde todo recomienza.

La lámpara estalló en una llamarada azul.

Sintieron, ambas, el temblor bajo el fresno.

El piso se abrió levemente, como una boca que exhala; de las grietas emergió primero agua, clara, limpia y fría; luego, un resplandor blanquecino. Algo profundo cambiaba; no era lo que se había esperado, ni tampoco lo que temían.

La reina cayó de rodillas. Aetan sintió cómo una torsión le recorría la columna; el precio era real. Una parte de sí, la capacidad genuina de esperar algo sin reservas, se desvaneció como bruma. El río, justo bajo sus pies, murmuraba un cántico antiguo; el palpitar de la ciudad parecía acompasarse a su respiración.

Cuando salieron de la cámara, todo era distinto: los patios mayores se inundaban con un hilo de agua brillante, y la gente miraba desde las ventanas, primero asustada, luego esperanzada con una desconfianza cautelosa.

La reina ordenó que nadie cruzara aún el umbral. Nadie debía pronunciar palabra hasta la segunda puesta del sol.

Aetan, exhausta, volvió a su pequeña habitación, donde los pergaminos parecían ahora meros juguetes. Miró el estuche de cuero: estaba vacío, como si nada hubiera sido escrito.

Salió de la ciudad, tropezando ligeramente, buscando la orilla del Sirdon. Allí vio a la bruja aurina, sentada donde antes, ahora limpiando pequeños granos de sal de su manto.

—¿El costo fue el correcto? —preguntó Aetan.

—El único posible —dijo la bruja—. La ciudad renace, pero no como era antes; ahora recuerda el precio de la esperanza.

—¿Y yo?

—Has perdido un don, pero has ganado otro—la bruja la miró con fiereza—. Ahora sabes que cada relato engendra su propio mundo y que toda esperanza lleva consigo la herida de la verdad. La próxima vez que escribas, sabrás elegir mejor las palabras que atan a los vivos.

El río sonreía detrás de ellas.

Dúnam nunca volvió a ser la misma. Algunos decían, con los años, que el agua dormía más dulce en la primavera. Otros que los hijos de la última generación miraban el fresno mayor y lloraban sin razón, recordando una esperanza desconocida que les fue arrebatada y devuelta bajo otro nombre.

Aetan envejeció despacio, en soledad y reverencia. Guardó silencio mucho tiempo, temiendo que una sola mentira pudiera volver a sellar el cauce.

Pero cuando la historia fue contada a los nietos de los primeros testigos, cambió levemente: como toda historia nacida del sacrificio y de la sal.

Y así la urdimbre de la bruja aurina siguió, una y otra vez, en el río bajo la ciudad, donde las palabras escritas por la noche todavía resplandecen en la corriente para quien se atreva a leerlas.

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