Fragmento:
Por entonces, el Gran Reino de Aurínea todavía era real: sus plazas de pan de oro blindaban las casas ante los ojos de la miseria. Había palabras y sollozos bajo las arcadas, pero los que mandaban solo deseaban más oro. Daba igual que se fundiera entre los dedos, que se volviera ceniza al menor roce del viento llameante, o que la lluvia, cuando caía una vez al mes, bajara convertida en ácido.
Duración: 08:33
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El año es 1143 según la cuenta de los Sedis. La sabiduría del pasado se esconde tras brumas de oro y hollín. Hay quien asegura, en las posadas, que una vez los dioses caminaron por la tierra con andas doradas, enseñándonos a modelar la realidad con plegarias calculadas. Puede que asesinos, nobles y poetas crean esas historias. Yo sé la verdad. Las he pisado. Las he olido. Los reinos podían ser dorados y los cielos, fuego. Nada de eso fue mito; todo fue ruina.
Pero ahora mi conciencia es el único espejo que queda de aquellas épocas: crucé los cielos cuando ardían, vi ciudades fundidas en oro líquido, y lo que sobró no sirve ni para promesas de ebrios.
Fui archivero imperial en la casa de los Oroyelmos. Mi nombre era Amivas y mi oficio, registrar todo lo que aquellos estúpidos querían olvidar. Cuando empezó la Era de la Incandescencia, ninguna pluma podía competir con el martillo de la atmósfera, que llenaba los días con nubes augurales y los crepúsculos con la párvula luz verde de los relámpagos secos.
Por entonces, el Gran Reino de Aurínea todavía era real: sus plazas de pan de oro blindaban las casas ante los ojos de la miseria. Había palabras y sollozos bajo las arcadas, pero los que mandaban solo deseaban más oro. Daba igual que se fundiera entre los dedos, que se volviera ceniza al menor roce del viento llameante, o que la lluvia, cuando caía una vez al mes, bajara convertida en ácido.
La corte del Vástago Dorado —pues así se hacía llamar el joven rey— dictaba tratados en columnas de cristal caliente. Ningún alma pisaba la calle sin protección: las túnicas pesadas se maquillaban con polvo de mica y se llevaban guantes de espejo. Como archivero, fui testigo de la última visita de los Embajadores de la Llama, mensajeros de otro reino extinto que llegó con las tormentas. Vinieron por el oeste, siguiendo el ardor de los cielos, arrastrando sus estandartes hechos de huesos fundidos.
La audiencia se celebró en la Sala del Oro Vivo. Allí todos éramos sombras recortadas; las ventanas mostraban un horizonte repleto de brasas. La lengua de los emisarios era un crepitar constante, un habla que creía poder derretir voluntades a fuerza de calor. Ofrecían términos: la rendición de Aurínea a cambio de "la clave de la refrigeración", un artefacto ancestral proyectado para rebajar el aire ardiente y templar el oro, para que no se volviera polvillo con cada fogarata del cielo.
El Vástago Dorado se echó a reír, una risa vacía hecha de eco y nervios. "¿Con qué derecho pretenden darnos esperanza?", preguntó. Y fue su último error.
El cielo, al día siguiente, se mantuvo más rojo de lo usual. El aire olía a metales y a huesos calcinados. Era el anuncio. Los Embajadores de la Llama regresaron a su propio reino, y sólo dejaron a su paso leyendas inflamables. Nada más amanecer, sin aviso, una herida surgió sobre la ciudad: la estría del Dragón de la Tormenta, esa nube viva que baja a devorar palabras, metales y hombres. ¿Es acaso todo esto cierto? Yo lo viví. Era un relámpago con uñas y mandíbula, una serpiente de resplandores que surcó el mediodía y tosió lava sobre las casas abovedadas.
Por tres días y noches se mantuvo el asedio del Dragón. El oro de las cúpulas goteaba, las bóvedas se convertían en trampas mortales; las monedas crujían como papel y nadie podía comprar ni perdón ni agua. Los reyes lloraron el oro, los pobres lloraron la carne, y todos murieron juntos.
O eso pareció.
Fue entonces cuando conocí a Eleutheria, ladrona, alquimista y, más tarde, aliada. Hundida entre las ruinas del Barrio de los Aceros, la vi desgarrar una de las máscaras de los muertos en busca de oro todavía sin fundir. Olía fatal y tenía mejillas quemadas; su cabello era una nube de bronce. Me encañonó con un tubo retorcido que alguna vez fue un cetro; "O sueltas el cuaderno o te convierto en humo", me dijo.
Pero apenas vio que mis registros estaban escritos en placas de vidrio (el papel era mortalmente escaso y volátil), su codicia se volvió intriga. Dijo llamarse "hija del relámpago y del polvo". Me rió en la cara, me tiró una manzana negra, y me arrastró con ella. "Puedes escribir el fin del mundo desde dentro", dictaminó. "Eso sí, si no corrres, tampoco lo cuentas".
Juntos recorrimos Aurínea en su estertor agónico. Los barrios elevados estaban caídos, y las aguas hervían en los depósitos de los ricos. Los guardianes, locos de sed, se peleaban a muerte por fragmentos de oro todavía enteros, como si bastara con lamerlos para saciar la sed. Otra clase de sed, pensé.
El oro, tan venerado antaño, no valía nada. Nadie quería ya coronas o brazaletes. Solo se escuchaban nombres: el de la próxima nube ardiente, el del pozo misterioso donde el agua aún danzaba, o el del hombre que afirmaba tener la Clave de la Refrigeración. Eleutheria insistía: todo rumor, cuando la ciudad arde, es parte de una conspiración de sobrevivientes.
Fue ella quien tuvo la idea: infiltrarnos en la bóveda del Banco Destrozado. No por el oro —eso era ceniza ahora— sino en busca de los mapas antiguos, los que podían guiarnos hacia las cavernas subterráneas donde, según las crónicas, el Japón de los Arcángeles había guardado artefactos de enfriamiento. Atravesamos galerías enloquecidas, sorteamos cadáveres y microincendios: lo que quedaba del gran reino se reducía a peleas entre alimañas armadas con cuchillos de espejuelos rotos.
En las dependencias selladas del banco encontramos las placas-mapa, aun ardiendo al tacto. Desciframos localizaciones bajo la ciudad: Pozo de los Fumadores, Caverna de Lirio Soleado y, por fin, la Cámara de Combustión, que al parecer nadie había abierto desde la fundación del reino.
Guiados por mapas defectuosos y por una vieja brújula de azufre, descendimos. Eleutheria iba por delante, con su sentido de las rejillas, olfateando el aire para detectar trampas. "Si abres fuerte la puerta," susurró en una galería, "te lo comes todo. Aquí nadie sobrevive sin pactar con el fuego."
En la Cámara de Combustión, hallamos las reliquias: una esfera fracturada llena de símbolos runiformes, una caja opaca vibrante al contacto, y un huevo de cristal con vetas de oro derretido interno. Pensé que el huevo contenía la clave, pero Eleutheria apostó por la caja. No tuvimos tiempo de discutir: al manipular los objetos, las runas comenzaron a brillar y el aire se llenó de diminutas llamas danzarinas.
El mecanismo antiguo se activó: sentí el descenso repentino de la temperatura, como si miles de años de veranos se desvanecieran de mi piel. Las llamas saltarinas rebotaron por la cámara, y el oro de nuestras manos, nuestras uñas incluso, se endureció de inmediato. "Esto,” susurró Eleutheria, “es lo que ocultaban. No una cura para el fuego, sino su domesticator. Los cielos no dejarán de arder, pero ahora pueden servirnos".
Pero el artefacto exigía su precio. Por cada hora de frescura, una década de memoria se evaporaba. Eleutheria no vaciló: prefería olvidar rostros que morir fundida. Yo, archivero, temí la amnesia más que a la muerte. Pero ella fue más fuerte, y el artefacto nos protegió durante la huida.
Regresamos a la superficie. Las nubes de escoria y brasas eran menos densas ahora, tal vez por la influencia del mecanismo, o porque la destrucción ya había cumplido su cupo. El viento ya no arrancaba gritos, pero el oro seguía siendo polvo. Aurínea murió poco después, cuando los que quedaban se pelearon a muerte por la caja, el huevo o el amparo ilusorio de los recuerdos.
Nunca más se levantó otro reino dorado. Los sobrevivientes aprendieron a usar el frío como moneda, el olvido como refugio, y a rechazar todo aquello que reluciera de más. Yo termino este testimonio con los dedos cubiertos de polvo amarillento, los recuerdos aún incompletos, y la sospecha de que olvidé cosas terribles: nombres, pactos, nombres de traidores y amores.
Ya no hay cielos de fuego ni reinos dorados, excepto en las historias que cuentan los desesperados a la sombra de la nueva ceniza. Ojalá hubiera sido mito. Tal vez, mientras yo lo recuerdo, otros aprenderán a olvidar antes que arder.
Y cuando surge una tormenta extraña en el horizonte, a veces me queda el consuelo de un relámpago frío, el eco de un oro que no se busca ni se posee, sino que sólo se recuerda como advertencia y condena. Así perduran los cielos incendiarios: sólo en las cicatrices, y en el temblor furtivo de quienes todavía caminan bajo ellos.
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