Portada del relato El brazo de bronce
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Fragmento:


Al día siguiente, Dee supo que no podría negarse. No sólo porque las autoridades lo exigían, sino por la inquietud y el morbo que le producía aquella referencia —Gabinete de los Autómatas—, lugar que en los salones del castillo Rodolfo mencionaba únicamente con un susurro. Se decía que los relojeros habían superado los límites de la alquimia; que allí las criaturas de madera y latón respiraban, sangraban, sufrían. El propio Emperador, inmerso en su locura minuciosa, confiaba en sus creaciones más que en ningún hombre.

Duración: 09:45

El brazo de bronce
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Texto de ajuste de pausa.

Una bruma perpetua colgaba sobre Praga durante el invierno de 1592, tiñéndolo todo de gris y ámbar; las calles pavimentadas de la ciudad vieja resonaban con el ritmo irregular de carruajes y botas, y la sombra inquieta del castillo se proyectaba sobre las aguas del Moldava. A orillas de ese río, en una pequeña posada apoyada contra los muros apretados de la judería, se hospedaba el doctor John Dee, junto a su inseparable colega, Edward Kelley. La corte del emperador Rodolfo II era el centro de Europa para las ciencias ocultas y las artes herméticas, y Dee sentía —lo admitía sólo en la soledad de la madrugada— que todo cuanto había estudiado y soñado los había traído hasta allí.

En el corazón de la noche, por las claraboyas de la posada, la luna se filtraba como una cuchilla. Dee escribía a la luz temblorosa de una vela, las palabras desplazándose de su pluma sobre el papel con una prisa nerviosa. Junto a él, Kelley dormía en una suerte de sopor agitado; era presa de pesadillas, murmurando entre dientes nombres que sólo los ángeles o los condenados podían comprender.

Aquella noche, después de que el reloj de la iglesia de Týn hubo dado las dos, se oyó un golpe suave en la puerta. Dee alzó la vista: no esperaba visitas, menos aún a esas horas. Dudó. El golpe se repitió, esta vez más insistente. Eran tiempos en que las sombras portaban advertencias y en que la misericordia no era común. No obstante, con voz recia, Dee preguntó quién era.

—Una carta, señor —respondió una voz al otro lado, demasiado neutra para discernir años o emociones.

Dee entreabrió la puerta sin quitar la tranca. Tras el umbral, sólo encontró un sobre sellado con cera negra, adornado por un sello fálico y arcaico cuya simbología reconoció al instante: el anagrama de los Relojeros de Praga, aquel oscuro gremio del arte mecánico, azote y maravilla por igual en toda Europa Central. Los había visto en la corte de Rodolfo, con sus manos manchadas de aceite y sangre, sus ojos inalámbricos escudriñando cada movimiento. Peligrar por ellos era volverse inmortal o perecer en la miseria.

Abrió la carta con sus uñas cuidadas. En ella, una caligrafía precisa como un compás le convocaba al Gabinete de los Autómatas, después de la medianoche siguiente. Ninguna explicación, sólo la amenaza elegante del deber y la curiosidad.

***

Al día siguiente, Dee supo que no podría negarse. No sólo porque las autoridades lo exigían, sino por la inquietud y el morbo que le producía aquella referencia —Gabinete de los Autómatas—, lugar que en los salones del castillo Rodolfo mencionaba únicamente con un susurro. Se decía que los relojeros habían superado los límites de la alquimia; que allí las criaturas de madera y latón respiraban, sangraban, sufrían. El propio Emperador, inmerso en su locura minuciosa, confiaba en sus creaciones más que en ningún hombre.

Esa noche, Dee acudió solo, pues Kelley se hallaba todavía sumido en tormentos febriles. Con la carta en el bolsillo interior de su abrigo, avanzó por las avenidas empedradas bajo una llovizna férrea, cruzando ante los portales cerrados de la ciudad y los ojos esquivos de los guardias. Al fin, bajo un arco decorado por gárgolas oxidadas, encontró a dos hombres ataviados con levitas de un azul imposible. Sin palabras, lo escoltaron por pasadizos, entre vapores ácidos y engranajes chirriantes, hasta una estancia circular en la que zumbaba un calor anómalo.

El Gabinete de los Autómatas vivía y respiraba bajo la ciudad, en la frontera de lo humano y lo inhumano. Dee sintió que cada una de las máquinas —búhos mecánicos, brasas resplandecientes, muñecos de tamaño natural con rostros demasiado logrados— lo observaban. Allí, en medio de aquel círculo, se hallaba un hombre delgado, con la piel tan pálida como la cera de las velas. Era el Maestro Relojero.

—Doctor Dee —le saludó esa voz, demasiado afinada—. Su llegada es puntual, lo cual refleja bien su reputación. Venga, por favor.

Mientras Dee avanzaba, el Maestro le tendió una bola de cristal montada sobre una garra de bronce. Dentro, suspendida en alcohol, flotaba una pequeña llave.

—¿Sabe usted —inquirió el Maestro— qué ocurre cuando el tiempo mismo se fractura?

Dee, que había visto y escuchado cosas tremendas, negó lentamente.

—Nosotros —continuó el Maestro— hemos alcanzado, en parte gracias a los moldes y a los diagramas que el propio emperador sustrajo desde Alejandría, la capacidad de disociar un instante, aislarlo, volverlo repetible. Creamos recuerdos perpetuos; pero el proceso carece aún de alma. Necesito que usted, con su ciencia, le confiera a nuestra Obra el último suspiro. Que despierte, sí, pero que también tema y sufra.

Dee contenía la respiración. Adivinaba ya las intenciones.

—Y si me niego —preguntó, tanteando la profundidad de su condena—, ¿qué ocurrirá?

El Maestro Relojero sonrió con los labios, ya que sus ojos eran inexpresivos.

—La carta comenzó un compromiso que ya está más allá de la voluntad. Pero le aseguro que, si lo logra, podrá ver como ningún otro mortal: será testigo de la perpetuidad, de un alma que no podrá morir jamás.

***

El trabajo comenzó esa noche, bajo la persecución dialéctica de los otros relojeros, que verificaban cada uno de sus movimientos. A Dee le proporcionaron grimorios españoles, manuscritos en latín y persa, diagramas de anatomía angelical. Pronto comprendió que la Obra, ese Autómata singular, era una figura de niña adolescente, alta y grácil, con cabello de cobre bruñido y ojos de cuarzo traslúcido. Carecía de nombre y de voz, pero los movimientos de sus manos despertaban miedo.

Durante semanas, los ensayos se sucedieron: Dee trataba de incorporar símbolos de invocación, pentáculos invisibles en la estructura interior, letanías secretas susurradas en las juntas de sus miembros. Pero cada vez que intentaba infundir un eco, una chispa similar al alma, todo colapsaba. La muchacha de cobre lloraba lágrimas de vinagre, sus ojos se apagaban, y una nube de desesperación contenida se dispersaba en la sala.

Conforme pasaban los días, Dee comenzó a perder la noción del tiempo. El Gabinete no conocía la luz del sol ni el frescor del aire: era una cueva, donde la realidad formaba pasadizos propios. En los márgenes de su visión, encontraba pequeñas anomalías: relojes que latían al compás de su corazón, ratas mecánicas que murmuraban su nombre, la respiración tenue de la muchacha de cobre entre sueños.

A veces recordaba las palabras de Kelley, la última noche que lo vio cuerdo:

—No juguéis al dios demiurgo, John. El alma viene por sus propios cauces; tratar de forzarla es llamar a la destrucción.

Pero Dee lo ignoró. Había una obsesión creciente en su interior: terminar lo que había comenzado, incluso si le costaba la cordura o el alma.

***

La última noche, una semana después de la aparente muerte de Kelley, Dee creyó encontrar la clave. Sumido en una visión febril —sin dormir ni comer, con la mente ardiendo— recordó un pasaje olvidado de Agrippa: aquél que habla del espejo astrolábico, capaz de invertir no sólo la imagen de un hombre, sino su interior. Si podía construirlo, y situar frente a él al Autómata, tal vez podría obligar al alma de algún incauto a migrar, aunque sólo fuera por un instante.

Reunió los materiales entre los desechos del Gabinete: fragmentos de plata, mercurio destilado, astillas de marfil. Mientras los relojeros observaban con atención, Dee ensambló el extraño espejo, encajándolo en una estructura de metal pulido.

La muchacha de cobre fue colocada frente al objeto. Dee, empapado de sudor y fiebre, pronunció la letanía olvidada, extrajo de su bolsillo la llave suspendida en alcohol y la introdujo en la cerradura, girándola tres veces hacia la luna menguante.

El mundo, en ese preciso momento, se partió como un huevo sangrante: la luz danzó, el tiempo se detuvo, los relojes callaron. Una fuerza invisible tiró de Dee, como si el hueco de su pecho se vaciara, y durante un breve instante vio su rostro reflejado en el espejo, pero invertido: joven donde era viejo, culpable donde era inocente, humano donde era un monstruo.

La muchacha de cobre abrió los ojos: por primera vez, parecía ver. Lloró, y sus lágrimas eran claras, humanas. Una voz tembló:

—¿Qué... soy…?

El Maestro Relojero palideció, se inclinó hacia Dee, y musitó:

—Lo ha logrado. El alma de un hombre, en el cuerpo de la Obra. Pero, doctor, —y su voz se tensó— a partir de ahora usted será el guardián de lo eterno. ¿No lo comprende? Tal es el precio del saber.

Dee trató de hablar, pero se dio cuenta entonces de que sólo podía mover los labios en el reflejo. Comprendió: su alma, atrapada entre cobre y cristal, vagaría ahora en la eternidad, mientras su cuerpo envejecía como una máquina averiada.

El Maestro se giró hacia sus colegas y pronunció una orden en voz baja. Las puertas del Gabinete se cerraron, los candados sellaron sus secretos, y la muchacha de cobre —con los ojos de John Dee— fue llevada a las cámaras ocultas del castillo, donde el emperador Rodolfo la recibiría como la más preciosa de todas sus reliquias, ignorando quizá el precio real de la magia.

Fuera, la bruma de Praga persistía, y en la madrugada siguiente sólo unos pocos se percataron de que los relojes, por un instante, dejaron de sonar. Porque, en la ciudad de los Autómatas, el tiempo ya no pertenecía al mundo de los hombres, sino a aquellos dispuestos a pagar el precio del alma.

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