Portada del relato La Niebla sobre la Fortaleza de Anathor
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Fragmento:


La Hermandad de la Sombra Azabache nació de la desesperación. Su líder, Garamond el Oscuro, fue antaño uno de los tres Luminarcas del Cónclave Solar, pero el peso de la mortalidad, la inconstancia de la carne, lo empujaron al abismo. Bajo las lunas nuevas, Garamond y sus acólitos recitaban letanías prohibidas, deslizaban sangre y lágrimas sobre las runas talladas en suelo de mármol, abriendo fisuras a regiones del ser jamás pisadas por los hombres. Mas sabían—o creían saber—que ningún dragón celeste podría cruzar el umbral entre su mundo y el nuestro mientras la Fortaleza de Anathor fuera resguardada por el Cónclave.

Duración: 07:54

La Niebla sobre la Fortaleza de Anathor
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Texto de ajuste de pausa.

En los anales olvidados del reino de Iridion, cuando aún las copas de los árboles tocaban el velo azulado del cielo y las mareas rozaban el filo de continentes hoy sumergidos, hubo una fortaleza de piedra blanca que guardaba el corazón mismo de la magia. Se erguía sobre el risco de Anathor, suspendida entre vastas nubes y gargantas rumorosas, y allí los arcanistas forjaban pactos con la misma urdimbre del cosmos. Pero como ocurre en toda historia tejida en el huso del tiempo, hubo una mutación. Las sendas de la armonía se corrompieron cuando surgió una orden que no reverenciaba ya los antiguos pactos, sino la voz susurrante del Poder por el Poder mismo.

La Hermandad de la Sombra Azabache nació de la desesperación. Su líder, Garamond el Oscuro, fue antaño uno de los tres Luminarcas del Cónclave Solar, pero el peso de la mortalidad, la inconstancia de la carne, lo empujaron al abismo. Bajo las lunas nuevas, Garamond y sus acólitos recitaban letanías prohibidas, deslizaban sangre y lágrimas sobre las runas talladas en suelo de mármol, abriendo fisuras a regiones del ser jamás pisadas por los hombres. Mas sabían—o creían saber—que ningún dragón celeste podría cruzar el umbral entre su mundo y el nuestro mientras la Fortaleza de Anathor fuera resguardada por el Cónclave.

Todo cambió la noche en que la Aurora de Eilean giró sobre los zénites y el velo se hizo delgado como susurro. Garamond, con la túnica oscilante, subió a la Sala Superior donde la Piedra de Azur latía con la memoria de cien generaciones. Allí se encontraba Ysil, última entre las magas blancas, cuyos ojos contenían la paz del estanque en verano. Sin mirar a Garamond, Ysil trazó sobre la piedra líneas doradas.

—Sabes lo que busca tu senda, Garamond—dijo—. Mas hay cosas que no deben aprenderse.

Él respondió con voz de trueno, ya poseído por la sombra:

—No es el aprendizaje lo que temo, sino la vacuidad de un mundo que se niega a cambiar. Los dragones duermen sobre el aliento de las estrellas, esperando que les llamemos. ¿No ves? Son la clave.

Ysil, compasiva, intentó razonar.

—Ningún poder vale el precio cuando es el alma lo que ofreces. Las legiones celestes nos acompañaron mientras reinó la concordia. Convertirlos en armas sería condenar ambos mundos.

Pero Garamond había ido demasiado lejos. Tomó una daga de obsidiana y, con un grito extirpado de su propia bondad, hendió la palma, dejando que la sangre salpicara la roca azul. Un vórtice de energía siseó, y la noche tembló. A esa señal, los otros magos oscuros, aullantes en las salas bajas, comenzaron la letanía final.

Las nubes sobre Anathor se tornaron negras, rasgadas de truenos violetas. Un eco de campanas partidas anunció el comienzo del fin. Por las escaleras arribaron los miembros del Cónclave Solar, lanzando hechizos defensivos, mientras la Hermandad de la Sombra Azabache respondía con estallidos de oscuridad. En los cielos comenzaron a abrirse grietas de luz, y fue al tercer abismo cuando los dragones celestes oyeron el llamado. Eran criaturas vastas, serpentinas, desprendidas de la materia y el fuego; allí donde volaban, el viento olía a ozono y milagro.

El primero en cruzar el portal fue Ailyr, largo como una montaña entre dos ríos, sus alas plegadas de noche y nostalgia. Abrió sus fauces doradas y todos los combatientes temblaron; incluso la piedra y el tiempo se replegaron ante su sola presencia.

Garamond sonrió bajo la lluvia de ceniza.

—Venid, hijos de las estrellas—invocó—. Llevaréis mi voluntad a los confines del mundo.

Pero Ailyr no oía únicamente a Garamond: sentía la resonancia de las viejas alianzas, el juramento hecho cuando la humanidad aún era joven, y en su mirada luminosa se posó la duda. Otros dragones llegaron—Telyr, Syraan, y la centellante Belu—creando una danza de poder en el cielo herido. Las fuerzas del Cónclave y de la Hermandad chocaban ya en el gran zócalo de la fortaleza, y cada hechizo, ya fuera de luz o sombra, aumentaba la fractura entre mundos.

La piedra misma bajo los pies de Ysil comenzaba a canturrear. Ella, consciente de la catástrofe, decidió el único acto posible: entregarse como emisaria. Subió por las escaleras abiertas a cielo y dragón, sus brazos desnudos al frío cósmico.

—Ailyr, Syraan, Telyr—entonó, más allá de la lengua, pasando al lenguaje crudo del corazón—. Escuchad mi súplica: no somos dignos de vuestra destrucción ni de vuestra esclavitud. No respondáis solo al miedo ni al ansia de dominio, sino al pacto que los antiguos sellaron: custodiar, no devastar; elevar, no someter.

Por un instante, el tiempo se suspendió. Ailyr agitó sus alas, doblando la luz. Garamond, furioso, preparó el último conjuro.

—¡Yo os lo ordeno, bajo la palabra de la Sangre Antigua!

Las runas se encendieron rojas bajo la fortaleza; los magos oscuros ofrendaban sus propias vidas, abriendo el portal aún más. Los dragones celestes sintieron la marea de dolor, la fractura que los arrastraba a la servidumbre, y vacilaron. Entre los gritos, rayos y llamas, Ysil miró a Garamond por última vez.

—No puedes gobernar lo que no comprendes—le susurró.

En ese instante, Syraan, joven y fiero, descendió ante Garamond. Pero en lugar de someterse, abrió la boca y exhaló no fuego, sino una música de recuerdos y futuro imposible; una ráfaga de imágenes inundó la mente del mago oscuro—su infancia jugando bajo los sauces, el primer conjuro pronunciado confiando en la bondad, la calidez de la amistad perdida. Por un segundo, Garamond titubeó, como detenido en el umbral entre redención y abismo.

Detrás de él, los demás magos oscuros, detenidos en trance, perdieron contacto con la letanía que dirigía el portal. Las runas titilaron débiles. Ysil aprovechó: hundió las manos en la Piedra de Azur, invocando la vieja magia ancestral, devolviendo un fulgor translúcido a la superficie.

—Memoria de los Antiguos—susurró—, cierra lo que nunca debió abrirse.

Una ola de luz y sombra, entrelazadas en abrazo ambiguo, recorrió la fortaleza, aplacando el conjuro de la Hermandad. Los dragones, aún mirando hacia la tierra herida, comenzaron a ascender, arrastrando consigo parte de la tormenta.

Garamond, vencido por el peso de sus propios recuerdos y la terrible inminencia del vacío, cayó de rodillas bajo la mirada atenta de Ailyr.

—Si hay juicio, que recaiga sobre mí, no sobre mi mundo—musitó, apenas audible.

Y nada más fue dicho.

En los días siguientes, los magos de la Hermandad fueron dispersados, algunos arrepentidos, otros errantes. La Fortaleza de Anathor, ya sin el fulgor que tuvo antaño, fue sellada a toda vida mortal, sus estancias convertidas en mausoleo para quienes buscan el equilibrio entre poder y sacrificio.

De los dragones celestes no quedó rastro sino en el filo difuso del amanecer, donde algunos dicen ver flecos de luz y escuchar, de vez en cuando, un eco de música imposible en el viento. Ysil, última de su linaje, inició la larga labor de recopilar los nombres y advertencias de esa aciaga noche, grabándolos en piedra y pergamino.

La memoria de Garamond, sin embargo, no se disipó como sombra al alba. Su historia fue contada y vuelta a contar, porque encerraba la más oscura advertencia: que todo poder, por grande y celeste que sea, se retuerce y marchita cuando el alma tiembla por miedo y soledad. Pero en el último destello de la batalla—cuando un dragón descendió para recordar, y no para aniquilar—tal vez, solo por un momento, hubo redención.

Y así concluye la crónica, mientras la niebla se cierra una vez más sobre Anathor, custodiando entre sus pliegues la promesa de que aún, en el más profundo abismo, puede brotar la chispa inesperada del perdón.

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