Fragmento:
Desde los días del Diluvio de Lanzas, los Profetas del Trueno y los Profetas de Hierro no han conocido tregua, pues uno custodia la voz de las nubes y la otra la canción de la fragua. Entre ambos no hay lugar seguro para la mera carne, para la razón, ni siquiera para el alma. Un costado anhela la furia del cielo; el otro, la inmortalidad de la maquinaria.
Duración: 09:38
La noche baja como un manto, y a lo lejos, donde la llanura se junta con la tempestad, centellean las lámparas de los últimos pueblos. En el confín del imperio de Rhedon, allí donde las historias que aún resisten el embate del tiempo se arrugan en la voz de los ancianos, dos órdenes rivales han emergido para decidir el destino no solo de los hombres, sino del mundo mismo.
Desde los días del Diluvio de Lanzas, los Profetas del Trueno y los Profetas de Hierro no han conocido tregua, pues uno custodia la voz de las nubes y la otra la canción de la fragua. Entre ambos no hay lugar seguro para la mera carne, para la razón, ni siquiera para el alma. Un costado anhela la furia del cielo; el otro, la inmortalidad de la maquinaria.
En los portales de Kaardon, ahí donde aún humean los escombros de un abandono reciente, camina Helian, vestido con un manto zurcido de rayos, las manos quemadas por la frecuencia de sus propias visiones. Sus ojos, habituados al claroscuro, recorren las columnas donde fueron colgados los apóstatas como advertencia, mientras más allá —ribeteado por un cielo férreo— se alzan las torres ciclópeas donde residen los Profetas de Hierro.
Esta es una historia de deseo, de rebelión y de condena.
Helian no eligió la senda del trueno. Nació en las colinas inundadas, donde las tormentas eran promesas y advertencias. El día de su nacimiento, siete relámpagos golpearon la rama muerta del roble de la aldea, y desde entonces los ancianos supieron que la marca le había sido conferida. En el rito, le clavaron una varilla de cobre bajo la lengua y recitaron en el idioma de los ecos lejanos, mientras el niño aprendido a no llorar ante el dolor, sabiendo que su destino era mucho más que carne asustada.
Los Profetas del Trueno reciben el don de oír la voz del cielo. El trueno les revela verdades, pero las verdades a menudo son puñales.
Años después, Helian recorre el último puesto de avanzadilla. Va con su báculo bifurcado y la frente marcada por los tatuajes de la tormenta. Va a buscar lo que ya no se puede encontrar en ninguna parte: el Corazón de Acero, un artefacto en el que los antiguos habían sellado el poder de la unión, antes de que las órdenes se odiaran más de lo que amaban a los dioses que les dieron origen.
En su recorrido, acompañándole la eterna vibración en los huesos, encuentra a la única figura viva entre los cuerpos desparramados: una mujer envuelta en una armadura de placas negras, apenas más alta que Helian, el rostro velado por el yelmo de los Profetas de Hierro.
—Habéis llegado, entonces —dice ella, la voz metálica, resonante—. Dicen que el trueno precede a la destrucción. ¿Vienes finalmente a destruirnos?
Helian siente el impulso de soltar una carcajada, pero solo muestra los dientes en una mueca indescifrable.
—Busco el Corazón —responde—. No vengo como enemigo, aunque no ignoro que todo visitante a vuestra puerta se convierte inevitablemente en uno.
La Profeta de Hierro inclina su cabeza con lentitud. Parece examinar sus palabras, sopesar la calidad de su verdad. Al cabo de un momento, se despoja del yelmo, y la visión de su rostro, marcado por los grabados de hierro líquido, lo sacude más que el retumbar de los cielos.
—Mi nombre es Esben. Hija del Fundidor Eterno. No eres el primer Profeta del Trueno que entra aquí buscando salvarse —su tono se suaviza por un instante—. Ni el primero que perece en las puertas del hierro.
—Solo los que descuidan la tormenta mueren bajo ella —murmura Helian—. No deseo guerra. Busco reconciliar lo que fue partido.
Esben observa cómo Helian avanza, apenas medio paso, desafiando la distancia, mostrando que no teme.
Por encima, en las docenas de balcones y niveles, los Profetas de Hierro observan en silencio. Son cien, quizás más, con las manos ceñidas a armas forjadas en talleres donde las brasas nunca se apagan.
—Ven —acepta Esben, tras una pausa que parece separar las eras—, llevemos tu demanda ante el Consejo. Deja tu báculo. No hay truenos bajo techos de hierro.
Helian deja el báculo, aunque dentro de sí sabe que un profeta del trueno nunca va realmente desarmado.
Los salones de los Profetas de Hierro son una amalgama de maquinaria y susurros. Engranajes giran por las paredes y las lámparas soplan una luz azulada, fría; el aire huele a aceite y a sangre reciente. Helian cruza el umbral entre la carne y la técnica, y se siente observado por ojos oscuros, muchos de ellos más vidrio y mineral que humano.
El Consejo lo espera. Son siete, sentados en tronos de tubos y alambres, cada uno con una máscara ritual diferente. El del centro (El Ínclito), alza una mano fue, y el aire zumba.
—Extraño portador de las tormentas, —declara—. ¿Por qué traer la palabra de paz cuando solo conocemos el lenguaje de la forja y la violencia?
Helian no se amilana.
—El mundo muere, y la fractura entre nosotros acelera ese final. Vuestro hierro no puede contener la tempestad. Mi relámpago no puede reconstruir las ruinas. Ambos somos custodios de un poder que nos destruye cada día un poco más. El Corazón de Acero es lo último que queda que puede reunir lo partido.
El Ínclito parece considerar, pero otro, con voz más joven, interviene.
—El Corazón es una leyenda. Susurros en los sótanos del odio. ¿Por qué cederíamos a un enemigo, aunque su palabra sea acertada?
Silencio, salvo por el repique distante de un martillo sobre acero.
Entonces, Esben avanza. Sin mirar a Helian, habla:
—Yo he visto la grieta en las vigas maestras de nuestra sala de forja. La muerte nos galopa. Tal vez la tormenta vino para mostrarnos un camino distinto.
El Ínclito asiente, y otro consejo se inicia. Susurros mecánicos, chasquidos de metal y órdenes en lenguas que Helian apenas comprende. Finalmente, deciden: si Helian desea el Corazón, debe atravesar el Horno Viviente, donde la tradición exige que todo extraño sea probado.
Helian acepta. Sabe que todo viaje hacia la reconciliación pasa primero por las llamas.
Lo conducen hacia los hornos interiores, filtrando la luz hasta convertirla en una secuencia de sombras. Esben le acompaña, cerca, pero sin intervenir. Cuando llegan ante la puerta, un anciano le ofrece una copa de hierro fundido.
—Bebe. La fuerza no reside solo en los huesos, sino en la voluntad —sentencia.
Helian bebe. El líquido rasga su garganta, quema, le llena de una fiebre imposible. Siente su sangre cambiar —el trueno y el hierro se debaten dentro de él, ambos queriendo su cuerpo como recipiente y campo de batalla—. El mundo tiembla, las luces chisporrotean y resuenan las voces de los viejos truenos, recordándole las guerras antiguas, los hermanos rotos, las traiciones que nunca cicatrizaron.
Cae, el tiempo se curva. Sueña con el Corazón: una esfera pulida, viva, donde fulgura el relámpago y el acero canta. Sueña con el mundo reunido y con la muerte ceñida, siempre vigilante.
Cuando despierta, encuentra que no ha muerto.
Esben le atiende, con una mezcla de preocupación y algo más profundo, más antiguo.
—Lo has soportado. Te has convertido en un híbrido, acaso, entre tormenta y metal —le murmura, entregándole un colgante en el que reposa una piedra negra con vetas de plata—. El Corazón no es solo un objeto, sino la voluntad de unirse pese a la diferencia. Este fragmento es todo cuanto queda de la pieza auténtica. Llévalo y lleva nuestro voto ante los tuyos. El resto dependerá de lo que hagáis con él. No está en el metal, ni en el trueno. Está en la decisión.
Helian toma el colgante, y durante un largo momento, solo el crepitar de las forjas se interpone entre él y Esben.
—¿Vendrás conmigo? —pregunta—. El camino es peligroso. Los de mi pueblo verán en ti un anatema. Pocos entre los tuyos querrán oír hablar de reconciliación.
Esben asiente, y solo entonces Helian advierte el peso de la historia escrita en su rostro.
—La unión siempre fue una herejía —responde—. Pero la muerte recurrente es peor.
Salen juntos. Los Profetas de Hierro abren un pasaje; en las almenas, ni aplausos ni amenazas: solo el silencio del momento en que una era termina y otra inicia.
El viaje de retorno es breve y tenso. Sabedores de que ambos bandos les consideran traidores, avanzan al amparo de la tormenta. Descubren pueblos arrasados, niños jugando con escombros de autómatas olvidados. Los rastros de la guerra no han terminado, pero algo en su andar pronuncia una promesa de cambio.
Por fin, cuando llegan a la sala de los Profetas del Trueno, Helian presenta el fragmento.
Los ancianos se estremecen ante la visión de Esben, pero el colgante calla todas las protestas. Les cuenta lo ocurrido, les habla del dolor y la transformación. Algunos gritan, otros lloran, pero el más viejo de ellos se pone de pie, tembloroso.
—La tormenta se parte en dos solo para reunirse con más fuerza. Admitid a la Profeta de Hierro. Escuchad lo que nunca habíamos querido oír.
Y así, entre truenos lejanos y ecos del pasado, Helian y Esben extienden las manos sobre el fragmento. El aire tiembla, las nubes se arremolinan, el metal canta. Afuera, el mundo sigue en ruinas. Pero en ese breve instante, el trueno y el hierro se reconcilian, y por primera vez en generaciones, el futuro deja de tener la forma de una herida.
Cuentan más tarde que la era de la tormenta y el hierro marcó su fin esa noche. Nadie sabrá si fue sabiduría o simple agotamiento del dolor. Pero entre aquellos que recuerdan, se dice que los relámpagos ya no matan a los forjadores y que las forjas no temen al trueno. Y cuando la tormenta cae, sobre las viejas cicatrices de la tierra florecen flores de acero y de nubes.
Porque los destinos se forjan, sí, pero también se reconstruyen. Aunque el precio sea la herejía y el riesgo, aunque la memoria no olvide, dos profetas —uno de trueno y otro de hierro— mostraron el corroído y reluciente camino hacia la paz.
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