El crepúsculo extendÃa sus dedos sangrientos sobre las Colinas de Vedra, tiñendo la escarcha con sombras impacientes. El viento rasgaba el silencio como una promesa de violencia, transportando jirones de olor a humo y acero desde el valle donde dos ejércitos se preparaban a morir. En la cima de la colina, el viejo caudillo Alarik miraba hacia abajo, las manos entumecidas enrolladas en la empuñadura de su espada. Era uno de los últimos de su clase: guerrero, rey reacio y portador del Juramento de Furia, una promesa sellada no con palabras, sino con sacrificio y sangre.
A sus espaldas, los estandartes de Anvaris ondeaban, telas deshechas retejidas por esposas y madres. Los hombres y mujeres que aguardaban su señal no eran soldados forjados por lanzas y disciplina, sino labradores, pastores, desesperados por proteger sus últimas cosechas del ejército de Vilkahir, que venÃa con magia y odio, decidido a extinguir la vieja sangre de los Athis. Atersa, la Hechicera Blanca, aguardaba junto al caudillo. Bajo el manto gris, el fulgor de sus ojos —antiguos, castigados por años de hechicerÃa— parecÃa sopesar realidades ocultas bajo la piel de lo cotidiano.
—El tiempo no nos favorece, Alarik —dijo ella en voz baja, el aliento un vaho pálido en el aire helado—. Si abren la Puerta antes de medianoche, la Niebla Roja cubrirá todo Vedra y tu pueblo arderá de adentro hacia afuera.
Él tragó saliva, forzando la garganta áspera.
—No puedo pedirles que peleen contra eso —susurró, la mirada puesta en las lejanÃas donde la columna del enemigo erguÃa lanzas negras—. Cuando los vimos pelear en Vaelor, los hombres de Vilkahir no gritaban ni maldecÃan: silbaron, como si cantasen una canción para dormir a sus caballos… Y cuando la puerta de la fortaleza se abrió, oÃmos los gritos en nuestros sueños durante semanas.
Ella tocó su muñeca, dedos temblorosos.
—No lo pides. Se lo debes, como yo... —miró al oeste, hacia los riscos donde la luz se marchitaba—. ¿Recuerdas la vieja historia del Herrero y el Fuego Sagrado? No es un cuento para niños. PodrÃamos… intentar lo mismo.
Alarik sonrió sombrÃamente.
—Quemarme por dentro, para forjar un milagro. ¿HarÃas eso por nosotros?
Atersa no respondió, pero él vio su fatiga, la cicatriz en la mejilla que palpitaba con ira antigua, la piel demasiado pálida bajo la suciedad y el hielo.
—La otra opción es esta espada —dijo, levantando Guardaniebla, la hoja negra que habÃa tomado del túmulo bajo Ruinas Viejas—. Dicen que puede segar almas. Pero temo lo que toma a cambio.
Un cuerno resonó abajo, abrupto y discordante. Alarik y Atersa vieron cómo el ejército de Vilkahir descendÃa desde la loma opuesta: filas inhumanas organizadas con precisión siniestra, armaduras incrustadas de runas vivas que destellaban con cada paso. Entre ellos, envuelta en un manto de humo azul, se alzaba la figura de Rionath, la Archimaga que habÃa abierto la tumba de las estrellas hace ya diez inviernos. Anvaris solo resistÃa porque ella preferÃa un espectáculo. QuerÃa que Alarik eligiese: abrir la Puerta y condenar a los suyos, o verlos arrasados por criaturas traÃdas de más allá del filo del sueño.
Se oyó una voz entre los soldados anvari: un niño tembloroso, aún con el candor de la ignorancia en la mirada.
—¿Tendremos dioses de nuestro lado, señor?
Alarik tragó amarga risa.
—Sólo los dioses que se disfrazan de desesperados como nosotros.
Eso bastarÃa.
Cuando llegó la noche por completo, las antorchas pintaron el campo de batalla con un resplandor atroz. Cada vez que una chispa saltaba al viento, Alarik sentÃa la llamada de la Puerta: el portal maldito, oculto bajo Anvaris hace siglos, resguardado con conjuros por hombres y mujeres que sabÃan que el verdadero mal espera pacientemente. La guardia temblaba al sentir el frÃo aliento que salÃa de la tierra misma.
Atersa le entregó una daga ornamentada.
—Es la única llave. Rionath necesitará tu sangre para abrir la Puerta. Pero si la derramas por voluntad propia, le negarás el usufructo de tus sueños…
Alarik sintió el peso de todos sus fracasos en la hoja. Los recuerdos de su padre, muerto en la primera guerra de las Nieblas; su hermano, convertido en fantasma tras la caÃda de Durn. La responsabilidad era un pozo donde sus pies se hundÃan cada vez más hondo.
El primer choque fue brutal: Vilkahir desató a sus bestias, criaturas fusionadas con restos de magia desgastada. Aullidos y lamentos, siluetas retorcidas; el acero de Anvaris se cubrió pronto de sangre, pero, por un instante, resistieron. Alarik, corriendo con Guardaniebla, cortó hasta a dudar si sus enemigos seguÃan siendo hombres. Cada vez que la hoja mordÃa, sentÃa una gota menos de esperanza abriéndose paso en su pecho.
Rionath, desde su atalaya, levantó el báculo e invocó el nombre prohibido: Arin-Tzur.
La tierra misma gimió, y una grieta rasgó la colina, desnudando la entrada de la Puerta.
Inmediatamente, la niebla púrpura se elevó, y los anvari temblaron.
Atersa, con las manos cubiertas de brasas, urdió un cÃrculo de runas alrededor del acceso.
—¡Ahora, Alarik! —gritó, con la voz entrecortada. Si él no cometÃa su acto de renuncia, todo serÃa en vano.
Aun asÃ, él titubeó.
Vio a Rionath, que lo observaba como si el evento fuera una función especialmente montada para su goce.
Su pueblo resistÃa ruinoso, pero resistÃa. Y aquellos rostros —ancianos, niños con estacas, madres en carne viva— formaban una trenza indestructible.
Caminó hacia la Puerta. Rionath descendió, arrogante y hermosa en su destrucción, apartando a enemigos y aliados con destellos de llamas negras.
—¿Al fin eliges? —preguntó, cantarina, como quien invita a bailar—. No tienes escapatoria.
Alarik se detuvo delante de ella, aguantando el dolor en cada costilla rota, la visión nublada.
—Sólo si bailas conmigo en la condena.
Y se cortó la palma de la mano con la daga ritual, dejando que la sangre, tan roja y densa como las visiones, manchara el umbral de la Puerta.
Una voz —la voz del umbral mismo— susurró en la lengua de las sombras, y por un instante, la realidad flaqueó. Pájaros sin carne y árboles oscuros poblaron la mente de Alarik. Sintió la tentación de borrar todo: permitir que la Puerta le sedujera, cerrar los ojos y perderse en el olvido.
Pero Atersa, con una fuerza inhumana, tomó la sangre humeante de su rey, la mezcló con cenizas doradas de runas antiguas y la colocó en el centro del cÃrculo. El eco de su canto reverberó, suturando la grieta. La niebla dudó, tembló.
Rionath rugió, lanzando una tormenta a Atersa, que apenas se sostuvo de pie, el rostro ardiendo en el resplandor de su magia.
—¡Vieja estúpida! ¡No puedes negar la noche!
Atersa, sabiendo que sólo habrÃa una oportunidad, atrapó la tormenta con sus brazos desnudos, sus venas quemándose con luz corrosiva. Convocó todos los recuerdos de su vida perdida: la infancia en los riscos del norte, la promesa de su madre, el primer beso robado y la soledad de décadas de exilio.
—No niego la noche —replicó—, la hago mÃa.
El fulgor de la Puerta ascendió, moldeando el aire en formas imposibles. Por un momento, el tiempo se detuvo; incluso los soldados de Vilkahir y anvari quedaron inmóviles, incapaces de respirar ni de cerrar los ojos ante el milagro.
La sangre de Alarik, mezclada con la voluntad fragmentada de Atersa, selló la Puerta con un sol de fuego lÃquido: un lazo que ni los dioses ni los condenados podÃan romper sin consumir su propia esencia. Rionath, aterrada, sintió la magia regresar hacia ella, desgarrando su carne, arrancando de raÃz los conjuros de sus venas.
Se escuchó un canto: primero bajo, luego más y más alto, como si las piedras mismas celebrasen la resistencia de la voluntad humana frente al abismo.
Alarik cayó de rodillas, exhausto, apenas consciente de que la batalla no habÃa terminado, pero el verdadero peligro sÃ.
Atersa se desplomó junto a él, la cara marcada de cenizas brillantes.
—No hay regreso —susurró—. Pero tampoco derrota.
Y en aquel silencio roto por el jadeo, los anvari supieron que la noche, aunque larga y punzante, no era infinita.
La primera luz del alba encontró Campo Vedra cubierto de cuerpos y ceniza, pero el aire era claro: sin niebla, sin susurros.
Los cuerpos de Atersa y Rionath yacÃan juntos ante la Puerta, finalmente sellada con el sacrificio de quienes no se resignaron a dormir bajo el yugo de los poderosos.
Alarik, el caudillo, pasó los dÃas que le quedaban reparando no solo murallas y sembrados, sino también la memoria de los caÃdos, sus nombres grabados en piedra y sangre. Anvaris conoció la paz, por un tiempo.
Y de la historia de la Puerta, la hechicera y el rey, hablaron los bardos en voz baja, pues sabÃan que ningún dolor verdaderamente antiguo muere, pero puede ser contenido por la resistencia de aquéllos que, enfrentando la noche, resisten junto al fuego.
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