Portada del relato Las Sombras y la Sal
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


El día en que el consejo pidió voluntarios, otros héroes conservaron el buen juicio y se escondieron entre las gradas. Los de hielo, todos menos uno, aceptaron la misión casi sonriendo. Kella se limitó a preguntar si le darían más tiempo con el telar después. El consejo se encogió de hombros, y así firmaron el acuerdo menos sensato de la historia de la ciudad, que en aquel momento era algo tremendamente competitivo.

Duración: 09:06

Las Sombras y la Sal
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Nunca confiarías en un héroe tan frío que su aliento cría escarcha sobre tu mejilla; ni yo recomendaría hacerlo. Pero, a falta de mejores opciones, aquel invierno remoto dependió de tales figuras, y sospecho que la mayoría habríamos preferido a los habituales: peludos bárbaros valientes, soldados, algún mago taciturno amante de los gatos. Pero no, los dioses, expertos en sarcasmo, eligieron de entre nosotros a los Héroes de hielo.

La ciudad se llamaba Udurah, metálica y sombría, acurrucada junto a un acantilado donde el océano ejercía de juez y verdugo. Su gente estaba acostumbrada a enterrar a sus muertos bajo montañas de nieve para ahorrar lágrimas, y a rezar a dioses afilados esculpidos en hielo, siempre con la esperanza de una primavera que nunca cruzaba la frontera.

Aquel año la nieve cayó sin cesar durante tres meses y, cuando por fin escampó, los habitantes descubrieron que el océano se había retirado varios kilómetros, dejando tras de sí una llanura helada salpicada de cadáveres de peces y barcos destrozados. De la niebla emergieron criaturas que en dúos nocturnos contaban historias de venganza y hambre; ellos venían del otro lado del hielo y tenían hambre de todo. Y así comenzó el problema.

Después de las primeras incursiones, Udurah convocó a todos los que tuvieran más valor que cerebro (y algunos de quienes sólo tenían cerebro porque el valor les había congelado las piernas años atrás). Entre los presentes estaban los Héroes de Hielo: cinco personas tan diferentes como los nombres que los marcaban.

La primera era Heleva Navaja, nacida en un arca flotante durante un deshielo mortífero. Había aprendido desde niña a caminar sobre grietas que se abrían solo para las imprudentes. Tenía la voz ronca y los ojos translucidos, como dos prismas. Decían que su madre la había amamantado con agua de deshielo y licor de laurel en la misma toma para endurecerle la sangre.

El segundo era Jarn Vigía del Horizonte, un ex-traficante de pieles cuya nariz sobresalía de su rostro con tal tenacidad que parecía guiarlo por los páramos. Vestía abrigos llenos de secretos, y nunca respondía a una pregunta directa—salvo si preguntabas si quería beber, y entonces el sí era un chasquido resonante.

La tercera era Kella Dos Turnos, una tejedora de hielo y viento, que podía hilar tormentas hasta convertirlas en niebla, y viceversa, dependiendo de si le caías bien. El cuarto, un hombre al que sólo llamaban Viejo Koln, llevaba consigo tres dedos en cada mano (lo cual, en Udurah, se consideraba una bendición numérica). Koln era un fabricante de espadas congeladas, armas efímeras y letales: cuando traspasabas al enemigo, lo empapabas de agua helada y pavor en igual medida.

El quinto, aún más extraño, era un forastero llamado Verso, cuya piel reflejaba la aurora boreal y cuya risa era el eco de un ventisquero a punto de derrumbarse. Nadie sabía nada de su pasado, ni siquiera qué buscaba en Udurah, pero parecía encajar donde la vida misma tenía fugas de razón.

El día en que el consejo pidió voluntarios, otros héroes conservaron el buen juicio y se escondieron entre las gradas. Los de hielo, todos menos uno, aceptaron la misión casi sonriendo. Kella se limitó a preguntar si le darían más tiempo con el telar después. El consejo se encogió de hombros, y así firmaron el acuerdo menos sensato de la historia de la ciudad, que en aquel momento era algo tremendamente competitivo.

El plan era sencillo: explorar las tierras reclamadas por el hielo, rastrear la fuente de las criaturas y buscar alguna herramienta para frenar la invasión. El entusiasmo era mínimo pero la obligación pesaba, y el peso, en Udurah, hacía trizas el entusiasmo más rápido que cualquier ventisca.

Primero cruzaron el Muro de la Sal: una barrera levantada a base de planchas de sal, estratificadas y endurecidas por generaciones de lágrimas ciudadanas. Más allá, la luz tenía afilados filos azules y el silencio era tan denso que los pasos parecían martillazos. El hielo aquí era antiguo, surcado de runas, más sitio de tumbas que de paso.

Anduvieron dos días, acampando en oquedades donde el frío abrazaba como un amante celoso y hostil. Jarn y Koln contaban historias al fuego—uno sobre cómo engañar a un oso con bayas envenenadas, el otro sobre una espada tan afilada que cortó en dos la sombra de su dueño (que, por lo visto, aún le seguía buscando para vengarse).

Cuando la luna se desdobló sobre la planicie, como el ojo de una diosa harapienta, apareció la primera criatura. Se la llamaba kralnd, aunque aquel nombre apenas abarcaba lo que era: un amasijo de espinas de hielo, piel traslúcida y ojos huecos como agujeros negros. Salió de entre grietas, deslizándose como una promesa rota hacia los héroes.

Kella se adelantó, extendiendo sus manos entumecidas y murmurando encantamientos que retorcían el aire. Heleva tiró de una daga que, para sorpresa de todos, sólo estaba hecha de hielo negro comprimido. Koln desenfundó una hoja que, antes del segundo aliento, comenzó a gotear lágrimas por el filo.

La batalla fue breve y brutal. Jarn rodó por la nieve, gritando insultos a la bestia, y terminó atravesando su sombra con una lanza de sal. La criatura chilló y el eco atravesó todas las costillas del grupo. Cuando la kralnd murió, su cuerpo se derritió en vapor que olía a marea vieja y hueso quebrado. El hielo debajo de sus restos brilló como una joya maldita.

“¿Por qué este hielo es diferente?”, preguntó Kella, tocando la superficie oculta donde la criatura se había desvanecido. Era liso y deformaba el reflejo de los héroes en figuras monstruosas.

“Es la raíz del problema”, murmuró Verso, con una voz tan baja que sólo el frío la oyó. “Aquí empieza el Otro Invierno.”

No era una estación común. El Otro Invierno era una antigua leyenda: un tiempo más allá de la memoria, donde el frío no solo mataba, sino que tejía realidades alternativas con tentáculos de viento. Según las viejas historias, cada aparición de las criaturas del hielo era un intento de este Invierno de fisurar la tela del tiempo y reconstruirse a sí mismo.

En la segunda noche, el grupo durmió poco. Koln tallaba pequeñas espadas de hielo para los niños que dejó atrás, Kella soplaba sobre cuerdas de escarcha tejiendo sueños para pasar el tiempo, Jarn jugueteaba con la incertidumbre de si las criaturas podían olfatear el miedo (cosa que Koln decía sí, a lo que Heleva añadía: “pueden saborear el arrepentimiento, también”).

Mientras todos fingían dormir, Verso estaba de pie ante la llanura, absorto en la luna. Heleva se le acercó.

“¿Has peleado antes contra el Otro Invierno?”, le susurró.

“No en esta vida,” respondió él, “pero cada invierno tiene su eco en el siguiente.”

Los héroes siguieron avanzando hasta llegar a un monolito: una losa gigantesca de hielo empañado, cubierta de inscripciones. Era el Umbral de Vientos Contrarios, donde el invierno susurraba secretos solo a quienes llevaban nieve en el corazón.

Heleva puso su mano sobre el monolito. Sintió mil recuerdos ajenos rozando sus pensamientos: hambrunas, festivales, guerras bajo auroras danzantes, matrimonios sellados por la escarcha. El monolito preguntó: “¿Por qué luchas contra el invierno?”

Heleva respondió: “Porque no soporto perder más recuerdos al frío.”

La losa dejó pasar al grupo. Más allá, el mismísimo corazón del Otro Invierno les esperaba: un lago sólido que latía con una luz azulada. Sobre el lago, criaturas se congregaban: kralnds, espectros de escarcha, lobos sin piel.

Kella se adelantó primero, giró sobre sí misma y liberó una oleada de niebla que cegó a los monstruos. Koln y Jarn, a su lado, partieron a los enemigos con esquirlas de hielo y lanzas de sal. Heleva atrapó los reflejos rotos del lago y los arrojó como cuchillas. Verso, en el centro, alzó una vara que, durante un instante, fue el eje de la galaxia.

El lago tembló, las criaturas huyeron disgregándose en la noche como cenizas. En el centro del lago quedó sólo el reflejo de Udurah, al revés.

Verso sostuvo la vara hacia el reflejo y susurró en una lengua que era como las grietas del hielo al nacer el deshielo. El reflejo se desenrolló sobre sí mismo, volviendo a un círculo de luz pura.

“El invierno reclamado no es el invierno recordado,” dijo Verso. “El hielo puede ser prisión o portal, pero si recuerdas el calor, no hay cadena que aguante mucho.”

Los héroes regresaron, exhaustos y transformados. Tras ellos, el lago se heló para siempre, atrapando a los monstruos y al Otro Invierno en una cárcel de memoria.

En Udurah celebraron la gesta, pero solo los héroes de hielo comprendieron que la verdadera victoria era llevar dentro, no fuera, el frío suficiente para no temerle más.

Años después, cuando las generaciones recontaban la historia, decían que aquellos héroes no tenían sangre, sino escarcha azul y corazón de sal. Lo decían con respeto, pero también con un escalofrío: porque sabían que, cuando el mundo pareciera de nuevo demasiado frío, serían otros así los que el destino escogería. Y rezaban, en secreto, porque no les tocara a ellos.

Copyrights © 2025 Reinofantasia.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.