Fragmento:
Las Sombras de Cristal danzaban a vista de todos, aunque pocas veces eran reconocidas. Eran resquicios de una maldición antigua: poderes atados a los fragmentos esparcidos del Espejo del Imperio, la reliquia que había sostenido la hegemonía de su linaje y había sido destruida la noche en que su madre murió incendiada en el trono.
Duración: 08:25
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El sonido del vidrio al resquebrajarse recorrió los pasillos vacíos como un eco de guerra. Ilyana detuvo su avance en el corredor lleno de sombras, los cristales de las arañas sobre su cabeza vibrando con el temblor de una ola invisible. Recién coronada, la Reina ardía de fiebre, de poder, de miedo, mientras el crepitar de antorchas y el reflejo danzante de las llamas sobre las paredes de obsidiana la acompañaban como un cortejo de fantasmas.
Las Sombras de Cristal danzaban a vista de todos, aunque pocas veces eran reconocidas. Eran resquicios de una maldición antigua: poderes atados a los fragmentos esparcidos del Espejo del Imperio, la reliquia que había sostenido la hegemonía de su linaje y había sido destruida la noche en que su madre murió incendiada en el trono.
Ahora, la corte se movía apenas contenida detrás de yesos dorados y sedas, susurros como culebras, los conspiradores reptando junto a los mismos reflejos que antes habían obedecido. Y en el centro de la telaraña, la nueva Reina.
Ilyana sintió la presión de miles de ojos mirándola en los barnices de los cuadros, en el lomo pulido de jarras de vino, en los mocasines bruñidos de los embajadores. Tomó aire y exhaló no humo, pero casi. No podía permitirse el temblor.
Atravesó el umbral a la Sala de Llamas, donde esperaban sus consejeros bajo la cúpula vidriada, envueltos en el resplandor ambiguo del crepúsculo. Entre ellos destacaba la figura recortada en oro y lava negra de la Gran Cantora, Trijsen, labios color ceniza y ojos donde ardían dos fuegos lejanos que Ilyana sentía ajenos y familiares. Cuando la Reina entró, todos se alzaron con un crujido casi humano de plumas y ropajes de seda.
“Majestad,” cuchicheó Trijsen, con una reverencia que era medio burla, mitad advertencia. El silencio osciló un instante demasiado largo.
“No vengo por sus lealtades. Vengo por sus recuerdos,” anunció Ilyana. Sus palabras, inesperadas, quebraron el primer sello tácito de la noche.
Un hombre anciano, dorado como si el tiempo lo hubiese barnizado para la posteridad, osó replicar: “¿Qué buscáis en el pasado, oh Reina de las Llamas? Los que tenemos memoria también tenemos cicatrices.”
“Justamente —replicó ella— quiero saber si recuerdan cómo se fragmentó el Espejo. Y qué precio pagó mi linaje por ello.”
Trijsen rió brevemente, sonido de cristales al rodar sobre piedra lisa. “El Espejo fue el Caldero donde se vertieron todas las sombras, Majestad. Nadie ha cruzado intacto sus reflejos desde que las primeras Reinas aprendieron a gobernar fuego y no palabras.”
“Y sin embargo, las Sombras de Cristal caminan entre nosotros. Ayer he visto a una niña aullar en lo alto de la Torre de la Aurora, mientras su sombra caía en astillas sobre los jardines. La doncella de mi madre aún ruge de locura en los sótanos. ¿Por qué subsisten esas formas?” Ilyana avanzó un paso, sintiendo el calor de la corona crepitar sobre su sien.
“Porque hay encantamientos que huyen del olvido y buscan carne nueva,” murmuró el anciano. “Vos sois la última Reina de fuego. Si las Sombras acuden, os buscan no para venganza, sino para salvación.”
El juego de intrigas, creía Ilyana, consistía en leer entre líneas y anticipar la puñalada. Pero las Reinas de fuego habían aprendido otro arte: leer los reflejos. Recordó la lección de su madre, señalando el agua estancada de los viejos jardines: “El peligro es doble en el reflejo, hija. Y doblemente mortal si confundimos brillo con verdad.”
Esta noche, las Sombras de Cristal se arremolinaban en las esquinas, detrás de los ojos febriles de los cortesanos.
La reunión terminó con promesas huecas y venias demoradas. Ilyana salió antes de ser la última en retirarse, con la promesa de encontrar respuestas bajo la luna, entre vidrio y ceniza.
En el corredor alto, bajo un ventanal gigante que enmarcaba la ciudad arrasada de vestigios imperiales, aguardaba su guardiana, Sern. Había sido elegida por Ilyana en la infancia, antes incluso de las revueltas; una mujer de pocas palabras y mirada dura, cuyo brazo podía quebrar acero pero cuya lealtad era tan callada que parecía a veces ausente.
“Me has seguido —afirmó la Reina, no preguntó.
“Como las cenizas al viento,” concedió Sern, con una sonrisa rara.
“Cuéntame lo que sabes de las Sombras,” susurró Ilyana.
Sern dudó, eligiendo cada palabra como una espina: “No son espectros. Son... residuos. El cristal lo absorbe todo, Majestad: dolor, risa, muerte. Cuando el Espejo cayó, los fragmentos se tragaron las memorias y lo peor del fuego. Lo que sale ahora son aspiraciones no vividas, furias que buscaban la corona y murieron antes de tocarla.”
“Y por qué ahora? Por qué yo?”
“Porque solo una Reina de fuego puede refundir el cristal. Pero necesitáis más que valor o brasas. Os hará falta memoria y piedad.”
La noche avanzó, trayendo un viento cargado de hollín. Ilyana bajó en espiral por la torre sur, sus pasos resonando en el largo corredor de los tapices calcinados. La llevaban hacia el último retazo entero del Espejo Imperial, custodiado en la cripta de los Mariscales; un fragmento del tamaño de una mano, protegido por plomo, sigilos y cuatro generaciones de maldiciones.
Durante años temió tocarlo. Ahora, la urgencia de las Sombras y la inestabilidad del trono le impelían.
El fragmento languidecía entre velas derretidas y perlas ennegrecidas. Ilyana apartó los sellos, aplastó el miedo y apoyó la mano sobre el cristal. Instantáneamente, un frío abrasador recorrió su carne.
La visión la arrojó a las raíces de la historia, a la noche sangrienta de hacía treinta años. Vio a su madre descomponerse en llamas plateadas, vio los rostros incólumes de quienes envenenaron el vino ceremonial, sintió en la piel el grito mudo de centenares de sombras presas en la pupila cristalina. El Espejo, comprendió, no solo era un artefacto, sino un receptáculo viviente: guardaba las potencias y heridas de todas las Reinas y coronas incendiarias de la era.
Salió temblando, el rostro gris y húmedo, la memoria atravesada de relámpagos pasados y presentimientos.
Durante días, la Reina de fuego bordeó el límite de la locura. Veía Sombras de Cristal por todas partes: niños con ojos de espejo; doncellas que lloraban perlas al alba; capitanes que chirriaban internamente al cruzar los patios. Palpaba la frontera entre vigilia y delirio con los dedos desnudos, mientras la corte se amotinaba en nuevos susurros.
Finalmente, la revelación: solo podía trascender la prisión de Sombras refundiendo no solo el cristal, sino su propio poder de tormenta y compasión. Reunió en el Patio de las Dos Lunas a todos los portadores de heridas de esa noche, a todos cuyos sueños habían sido absorbidos por el fragmento o la corona.
Los hizo formar un círculo, cada cual con sus propias astillas —joyas, copas, espejitos robados— y les ordenó arrojarlo todo a un brasero purificador encendido por su aliento propio.
La ceremonia fue lenta, dolorosa. Mientras el fuego cocía el cristal y liberaba vapores iridiscentes, las Sombras emergían, dándose forma entre los reflejos y los humos. Algunos rostros de viejos enemigos, de reinas muertas, de traidores consumidos por remordimientos, parpadearon entre las llamas, lanzando miradas de juicio y piedad.
Cuando todo cristal se derritió, Ilyana arrodillada en el humo inhaló el vapor, empapándose del peso de las sombras y los recuerdos.
Al incorporarse, notó que ya no temblaba. Donde antes la inquietud crepitaba ahora había una brasa tranquila, un saber hondo. Los fragmentos volvieron liquidados, reintegrados en un único prisma opaco. La maldición había sido redimida, y las Sombras de Cristal, por fin, aceptaban la mano de la Reina.
Trijsen, la Cantora, se adelantó, la voz suave como ceniza tibia: “Desde hoy, Majestad, la memoria del fuego es vuestra herencia, y la clemencia vuestro cetro. Solo una Reina que conoce sus propias sombras puede alumbrar el imperio renovado.”
Y así, durante el alba quieta, bajo un cielo de cenizas donde aún chisporroteaban brasas errantes, Ilyana se sentó en el trono reconstruido. El fuego no la devoró; la abrazó.
Y por primera vez, todas las miradas —humanas y espectrales— la vieron, no como un reflejo fracturado, sino como la promesa íntegra y ardiente de una Reina nacida del cristal y la llama.
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