La noche había envuelto la ciudad de Velsad en un manto de humo súlfurico y silencio. Las campanas de la Catedral de la Sangre, cuyo bronce estaba mezclado con huesos humanos, tañían a intervalos irregulares, como si advirtieran a los necios que aún osaban caminar sus calles pestilentes. Arriba, la luna se había teñido de un rojo enfermizo, presa en la telaraña de nubes negras como si fuera un trozo de carne aún palpitante.
Recorría yo las avenidas rotas, envuelto en la capa gastada que alguna vez perteneciera a los Vigilantes del Umbral—un recuerdo tan ajado como los juramentos que profesábamos. Mi nombre era Gael, y sabía que aquella sería mi última noche, aunque al alba fuera difícil distinguir a los vivos de los muertos.
Los rumores corrían como ratas hambrientas por las tabernas: la Espada de Hekath, aquella hoja prohibida, había sido vista en la ciudad. Decían que había ardido en manos del Proscripto, y los que lo miraron a los ojos jamás supieron expresar qué los había devorado desde dentro. Solo hablaban en susurros sobre el fuego de las almas, de aquel antiguo precio, más cruel que cualquier acero moderno.
Me acerqué al portal de la Fonda de los Caídos, donde la alfombra de almas grabadas en cuarzo signo el umbral. Nadie con sangre limpia se atrevía a cruzarlo, pero yo, marcado desde hacía años por el desprecio de los dioses y la traición de mis costillas, empujé con la bota y entré.
Dentro, el calor era el de una pira—no de fuego sino de vida consumida. Seres encapuchados bebían hidromiel negra y apartaban la mirada. A un lado, un niño sin rostro tocaba una caja musical cuyos dientes brillaban como rubíes bajo la luz roja. Me dirigí a la mujer tras la barra—Nira de la Lengua Hendida, oráculo sin refugio.
“Nadie sensato te esperaría aquí, Gael,” murmuró Nira, sacando una copa sucia y llenándola de un líquido que olía a juventud muerta. “Vienes por la misma necedad que perdonó a la ciudad la última vez. No aprenderás, ¿verdad?”
“No,” admití. “¿Dónde se le ha visto?”
Ella giró la cabeza. “La Cadena Antigua. Bajo la plaza del Mercado, donde los cimientos lloran cenizas.”
Un silencio denso, casi sólido, se acumuló entre nosotros. Nira prosiguió, pero ahora su voz era una plegaria o una maldición. “La Espada Prohibida siempre busca nuevas llamas, ¿sabes? Si la empuñas, no sólo te reclama a ti: arrastra tus recuerdos, tus promesas, tus pecados. Se alimenta.”
“Mi alma ya está negra,” respondí. “Tal vez merezca alimentar aquello que repta en las sombras.”
“Y a todos los que te queremos,” susurró ella, pero cuando alcé la vista, ya estaba atendiendo a otro cliente, sus manos temblaban levemente.
Abandoné la Fonda. El frío me mordía, aunque era junio. Los muertos inquietos pasaban a mi lado, ignorando la fina línea que me separaba de ellos. Caminé hasta el corazón de la ciudad; la plaza del Mercado estaba desierta salvo por los perros carroñeros que lamían los adoquines. Encontré la trampilla cubierta por escarcha, incluso en verano. Bajé.
La Cadena Antigua debía su nombre a las reliquias encadenadas a lo largo de la bóveda: piezas retorcidas de objetos caídos en desuso, símbolos de juramentos quebrados y promesas incumplidas. Esa era la verdad de Velsad: cada traición era atesorada, cada infamia conservada.
Avancé entre susurrares funestos. Las runas talladas en las piedras me reconocían, escupiendo fulgor pútrido a mi paso. Pronto, me encontré ante ella: la Espada de Hekath, clavada en el torso de una estatua de carne.
La estatua respiraba, aunque sus ojos ardiendo en plata no parecían humanos. Sobre el pecho, la hoja negra manaba una llama que no quemaba, pero sí devoraba; un fuego grisáceo que flotaba en el aire como una niebla retorcida. A su alrededor, las almas de los caídos flotaban entrelazadas en cintas, gimiendo de agonía y éxtasis mezclados.
“Gael.” El Proscripto tenía voz de carbón molido y promesas rotas. “Has venido otra vez.”
Nunca supe si el Proscripto era hombre o mujer, si alguna vez tuvo nombre. Decían que fue forjador y traidor, quien robó la Espada y con ella el río de fuego, que antaño pertenecía a los dioses.
“¿Vienes a reclamar el arma, o a buscar redención?” me desafió.
“Ni lo uno ni lo otro. Vengo a terminar el ciclo.”
El Proscripto sonrió; sus dientes eran filos mellados. Se alzó, y la estatua se quebró, cayendo polvo de carne y recuerdos. El aura de la Espada iluminó sus huesos desnudos.
“Para romper el ciclo, tienes que comprenderlo. Cada portador creyó que lograría cambiar el tejido de lo posible. Todos se convirtieron en ceniza.”
“¿Y si me convierto yo también?” pregunté. La llama azul de la hoja me llamaba, y sentí mi alma asomarse al borde de un precipicio de sufrimiento.
“Entonces, uno más será escrito en las cadenas.”
Alcé la mano. La Espada respondió, vibrando con un hambre impaciente. Recordé los susurros de mi amada muerta, cuyos huesos habían sido ofrenda involuntaria a la última pira. Sin más, mis dedos se cerraron en torno al cuero quemado de la empuñadura, y el fuego que devoraba almas arremetió contra mí.
La agonía me desintegró antes de reconstruirme. Vi todos mis recuerdos transformarse en sombras hechas carne y escamas, arrastrándose desde mi boca; vi la noche que elegí la traición antes que la muerte, la tarde en que mentí para salvar a la hija del verdugo, la madrugada cuando prometí honrar la ciudad y no la salvé cuando ardió.
Cada mentira era un filamento más en la hoja. La Espada los absorbía, haciéndolos suyos. El Proscripto gritó, y el espacio se fracturó como vidrio roto.
“¡Lo entiendes! Ahora tú eres su prisión. Ahora tú eres el ciclo.”
La voz retumbaba en mi pecho vacío mientras mi vista se cubría de llamas en espiral. El fuego gris y azul me desgarraba, y mis venas eran ríos candentes.
Pero entonces, algo cambió. No luché contra la marea; recorrí los recovecos de mi culpa, las heridas abiertas, y permití que ardieran sin resistencia. Sentí mi alma delgada como un velo, pero en ese lugar había algo más: una compasión honda y feroz, la misma que me había impulsado a caminar aún sabiendo que la condena era segura.
El Proscripto se encogió bajo la luz. “No... ¿qué haces? No puedes redimirte. No ante la Espada. Ella se alimenta de oscuridad.”
“La oscuridad también puede iluminar,” murmuré, apenas recordando mi propio nombre.
Era cierto: el dolor seguía ahí, pero también la ternura. Las almas de la Cadena parecieron titilar, frenando su danza de lamentos eternos. Sentí la Espada relucir, no solo con mi culpa sino con antiguas esperanzas cocidas en mi carne.
En ese momento, oí el murmullo de Nira en mi memoria: “Si hay perdón, debe nacer del corazón en ruinas. Ni los dioses lo otorgan. Solo uno mismo puede.”
La Espada era hambre y ansia, sí, pero también deseo de redención. Aquellos que sucumbieron respondieron con terror; yo le ofrecí compasión. La hoja destelló, y los lazos rotos de la Cadena se resquebrajaron. Las almas ascendieron como polvo dorado.
El Proscripto gritó—no de rabia ni de derrota, sino de alivio. Mientras la carne de la estatua resbalaba a sus pies, algo antiguo fue liberado de su prisión forjada y maldita.
Me desplomé, exhausto, sintiendo la Espada aligerarse, como si ella misma estuviese aliviada de no tener que devorar más. La hoja, sin embargo, todavía exigía un precio.
Sé lo que viene. Mis días están contados; el fuego que arde en mi interior devorará mis últimos alientos. Pero la Espada dormirá, al menos por un ciclo más, hasta que llegue otro portador óptimo y decida si rendirse ante la sed, o intentar cambiar la naturaleza del fuego.
Al salir de la Cadena Antigua, la luna ya no era roja. Había en el aire un perfume de cenizas y esperanza, imposible de separar, y Velsad, la ciudad arruinada, respiraba de nuevo, aunque fuera solo una bocanada más antes del olvido.
Yo, Gael, hijo de sangre y de error, había aprendido que incluso en la penumbra más honda, el fuego no solo destruye: también puede purificar lo que ya estaba condenado. Pero las cenizas aún susurran mi paso, y la Espada aguarda temblando, pidiendo un último sacrificio.
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