Portada del relato Susurros en la Bruma Vieja
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Fragmento:


Esla frunció el ceño. Se arrodilló junto a él para inspeccionar la herida: un tajo abierto como una boca, de bordes negruzcos.

Duración: 08:18

Susurros en la Bruma Vieja
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Texto de ajuste de pausa.

Hubo un tiempo en que los hombres soñaban con el oro porque nunca lo habían visto. Hoy, los reinos dorados existen porque antaño hubo quienes soñaron demasiado fuerte. Sugieren que, bajo aquellos cielos fijos y demasiado azules, entre torres y arcos alzándose como costillas de gigantes, toda aquella magnificencia es un velo. Dicen que el dorado es la podredumbre antigua de un mundo que no acepta su declive.

Prometí contar esta historia sin olvidar los detalles más sombríos, y así debe comenzar: con Maglen, esperando la señal tras el mediodía, bajo la gran puerta de Arcídea, la ciudad hecha completamente de oro. El oro debía hacerla impenetrable, pero la gente caminaba descalza entre alcantarillas hediondas. Maglen era uno más en la muchedumbre, cubierto por una túnica gris que lo hacía invisible para los ojos atentos.

En el corazón de la ciudad existía un sendero que nadie debía conocer salvo quienes hubieran escuchado los secretos de la sangre. Caminos encantados los llamaban más allá de las murallas doradas, pero los habitantes de Arcídea preferían decir que eran atajos, ramificaciones pálidas del destino, hilos que tejían y destejián la realidad. Nadie admitía conocerlos, como nadie confesaba haber visto morir las palomas negras en la plaza mayor, aunque sus cadáveres se apilasen cada mañana.

Maglen, en cambio, vivía de adentrarse en esos caminos. El mundo exterior era inhóspito para quienes, como él, desprendían una extraña aura: una mezcla de nostalgia y miedo, el aroma del bosque lejano sobre la piel. Esperaba a su contacto, una mujer enmascarada con bufanda roja, la única capaz de hacerle entrar sin ser devorado por la propia retórica del sendero.

La encontró en un recodo entre dos estatuas idénticas de santos olvidados. Su voz era más grave de lo que él recordaba.

—Te has retrasado —susurró, ajustando la bufanda sobre la boca—. El camino es más hambriento cuanto más se le ignora.

—No es el camino, Esla. Es la ciudad —replicó él, agarrándose el costado, donde la herida aún sangraba bajo la tela húmeda—. Arcídea rechaza a quienes la ven por lo que es.

Esla frunció el ceño. Se arrodilló junto a él para inspeccionar la herida: un tajo abierto como una boca, de bordes negruzcos.

—No has de sangrar sobre el oro si quieres regresar —dijo, sacando de su bolso una pizca de polvo azul, espeso como la medianoche estancada.

Maglen sintió el dolor ahondarse mientras lo presionaba contra la herida. El polvo se mezcló con la sangre, chisporroteando levemente. La piel se cerró, dejando una cicatriz en forma de media luna.

—No olvides quién eres al cruzar el umbral, Maglen. El camino toma más de lo que devuelve.

Las palabras de Esla resonaron inquietantes mientras lo guiaba hacia una vieja puerta lacada de gris verdoso, en una tapia lateral que solo existía en la memoria de quienes sabían buscarla. Empujaron y el mundo dio un vuelco: el dorado de Arcídea se fundió en una niebla densa que olía a yodo y saqueos antiguos.

Dentro, el Sendero Cantor aguardaba, extendiéndose como una lengua infinita sobre jardines marchitos. Las baldosas eran espejos pulidos, y cada paso de Maglen dejaba tras de sí una huella oscura que desaparecía al frotarse contra las siguientes visiones: niños reinosos de ojos vacíos, reinas de bocas cosidas, reyes de huesos y promesas rotas. Como una plegaria oscura, el sendero le ofrecía vislumbres de Arcídea no en su pasado, sino en posibles futuros, cada uno más corrupto y resplandeciente que el siguiente.

—¿Qué buscas esta vez?—preguntó Esla, sin mirarlo.

—La llave —dijo él—. Debo encontrar la Puerta de la Calma.

Esla rió, un sonido quebrado como la madera vieja.

—Nada tras el camino está quieto. La calma es una mentira. Eso ya lo sabes.

—Entonces llévame hasta el Guardián.

Avanzaron. Árboles que parecían hechos de bronce entorpecían el aire con un chirrido metódico. Alrededor, los ecos de viejas canciones tejían marañas en las que Maglen casi se enredaba, perdiendo el recuerdo de quién era. Esla le tomaba de la muñeca, manteniéndolo anclado entre las grietas del sendero, pero incluso su toque se sentía cada vez más frío, como si ella fuera desvaneciéndose con cada paso.

Tras horas (¿o habían sido años, o un instante?), encontraron al Guardián bajo las raíces de un roble desollado. Era un ser que jamás había sido hombre ni bestia. Su cuerpo estaba cubierto de runas vivas que mutaban a la luz de los pensamientos de Maglen. Lo observó con ojos que no veían, pero que brillaban con todos los atardeceres del mundo, y habló en una lengua surgida del fondo de la garganta, cortante y amarga.

—Eres Maglen, el extranjero, el hijo de los que recorren el borde dorado. ¿Vuelves a buscar el fin de tu nostalgia?

Maglen asintió.

—La nostalgia es todo lo que me queda.

El Guardián extendió su brazo, que era una rama y un hueso y una sombra a la vez, colocando en su mano una pequeña llave de marfil, ornamentada con dientes de león grabados en sus filigranas.

—No toda puerta puede ser abierta —dijo—, y todo lo que se abre aquí, sangra.

Maglen sintió el frío de la llave en su palma como si le incrustara una astilla hasta el corazón. Sabía que lo que estaba a punto de pedir equivalía a dejar por siempre algo de sí mismo tras él, pero eso era lo que requería el sendero: ofrendas, nunca simples intercambios.

—Busco regresar al lugar donde fui amado sin condiciones.

El Guardián negó suavemente. Parecía apenado por primera vez.

—Eso no se encuentra. Solo puedes avanzar hasta que el recuerdo se vacíe, y el amor pero también el dolor, se disipen entre los bordes resplandecientes y enfermos de estos reinos dorados.

Sin embargo, Esla puso una mano sobre el hombro de Maglen.

—Hay una puerta aquí —susurró, señalando con la barbilla hacia una grieta estrecha en el lateral de la tierra—. Nadie que haya cruzado regresa igual, ni siquiera los que encuentran lo que buscan.

Maglen se arrodilló, temblando, y acercó la llave a la grieta. La puerta no era una hoja física, sino una sensación: el temor al olvido, la dulzura hiriente de un reencuentro imposible. La llave giró, produciendo un chirrido que desgarró el aire y la luz, y el agujero se ensanchó.

Allí vio a su madre, sentada junto a un fuego mudo. El rostro joven y pálido, los ojos tan llenos de ternura; sintió calor y dulzura, aunque supo que aquello era solo un reflejo, una mentira amable tejida por el Sendero Cantor.

Detrás de ella, los muros de Arcídea se astillaban y recomponían en eternos ciclos de derrumbe y reconstrucción… y más allá, un océano de caminos, cada uno palpitante, viscoso como la memoria, y tan interminable como las propias heridas del mundo.

La voz de Esla llegó desde alguna parte distante y próxima.

—Si entras, tomarás el lugar de tu recuerdo. Arcídea se quedará sin ti, pero tú tampoco te reconocerás jamás al volver. El precio de la calma es tu propia definición.

Maglen tembló. Miró la escena una última vez y supo que el consuelo era una promesa rota, un lazo enfermo. Aun así, el dolor era su única pertenencia. Borrarse era tentador.

—No —susurró, dejando caer la llave en la tierra negra. El Guardián la recogió, mirándolo con un atisbo de respeto oscuro.

—Lo difícil no es dejarse consumir, sino recordar que se es distinto de lo que se anhela.

El camino, entonces, comenzó a cerrarse. Esla y Maglen retrocedieron, cruzando a ciegas por entre las manifestaciones del sendero, acosados por visiones de sí mismos sin nombre, olvidando palabras y promesas a cada paso. Cuando finalmente la niebla dorada se despejó y se encontraron de nuevo en los arrabales díscolos de Arcídea, ya no eran los mismos.

Maglen tocó la cicatriz de media luna sobre su costado. La nostalgia persistía, pero había aprendido que el precio de los deseos es a menudo la propia historia, los huesos de lo que fuiste. Esla lo sostuvo al dar el primer paso de vuelta sobre la alfombra mugrienta del oro real.

—¿Reino dorado, camino encantado? —preguntó él, sonriendo, cansado.

—Solo palabras —replicó ella—. La verdad siempre camina fuera de los caminos.

Y cuando el sol se ocultó tras los palacios, ningún fulgor pudo apartar el peso de las sombras, porque los reinos dorados, como todos los sueños demasiado largos, no existen sin la oscuridad que los sustenta.

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