Fragmento:
Se acercó Casimir Prond, detective oficial e ilegítimo médium, con las botas húmedas de whisky y el pulso de alguien que ha visto demasiado. Su mirada gris se posó sobre los puntos flotantes de la galaxia, siluetas de llama contra el negro absoluto.
Duración: 10:49
La noche, en la estación orbital de Emrys, no existía. Era una mentira sutil, vendida por ventanales polarizados y ritmos circadianos manuales, mientras la negrura eterna lamía el casco como una lengua hambrienta. Allí, en la frontera de lo conocido, flotaba la colonia: ocho mil parias y genios, convictos, mercenarios y acólitos de mil religiones. Y algo más. Algo que nunca debió ser.
La comandante Elora Vaz, quien una vez le robó tres sistemas y medio planeta al Emperador de las Cien Estrellas, esperaba al borde del ventanal, ya vacío de espejismos. Sus cabellos plateados desmentían sus años: en la gravedad modificada de Emrys la vejez parecía paciente, pero ella no la engañaba. Cada mañana se despertaba con el mismo presentimiento viscoso: aquel día, la oscuridad mordería.
Se acercó Casimir Prond, detective oficial e ilegítimo médium, con las botas húmedas de whisky y el pulso de alguien que ha visto demasiado. Su mirada gris se posó sobre los puntos flotantes de la galaxia, siluetas de llama contra el negro absoluto.
―Encontraron otra, Elora ―suspiró. Ella escuchó la derrota en su voz fría.
No lo preguntó: cualquiera en la estación sabía qué significaba “otra”, aunque nadie lo admitiera. De noche, los pasillos vibraban por palabras susurradas: voces sin dueño, sombras que se movían donde no debería haber viento, y a veces, un cuerpo que no era más un cuerpo, sino un pellejo desfondado, los ojos devorados por la ceguera interior.
―¿Dónde? ―preguntó.
―Cúpula azul. Laboratorio de biotecnología. Estaba… vacía. Por dentro.
En la lengua de los olvidados, decían que alguien “vacío” había sido visitado por el Silente. Un antiguo dios, un devorador que había nacido de una nave perdida. Nadie lo veía; solo sentías el frío. Pero la estación pertenecía a los hombres, y los que miraban atrás caían primero.
Elora caminó lado a lado con Prond por los tubos de acero rugoso. La estación tenía venas, y en ellas latía la vida de los condenados. Nadie saludaba, pero todos miraban. Elora era leyenda, temida y respetada a partes iguales, y sabía demasiado bien lo que ocurría con las leyendas antiguas: tarde o temprano, algo las consumía.
Las puertas de la cúpula azul susurraron al abrirse. El laboratorio olía a ozono y hierro oxidado. En medio, una mesa salpicada de utensilios quirúrgicos. Sobre ella, el cadáver abierto de la bióloga Svan Miri, uno de los talentos importados a la fuerza por el Consejo. No había sangre: todo lo vital había sido chupado de sus venas y nervios. Sus ojos, dos piedras apagadas.
Elora frunció el ceño. Prond tocó el aire encima del cadáver, como tanteando brisa inexistente.
―No queda sombra, Comandante. Todo se lo llevó. Pero… hay algo más.
Ella asintió, y Prond rebuscó en su morral. Sacó una caja de cristal negro. La giró, y la luz interior se filtró a través de inscripciones rotas, revelando una fina sustancia flotando en suspensión: polvo ceniciento, fulgor que dolía al mirarlo.
―¿Trajiste eso? ―susurró Elora.
―No es de aquí. Estaba entre los cabellos de Svan. Creo que es una ofrenda.
Elora guardó silencio. Los antiguos mineros decían que, cuando el Silente reclamaba a uno, dejaba ceniza de su mundo natal. Como si aquello que los mancillaba quisiera recordarle a la estación lo frágil que era su comunión.
—¿El Silente? —preguntó ella. Prond sacudió la cabeza.
—Tal vez sea peor. Hay runas trinarias grabadas en el polvo. Marca foránea… Y no es la primera vez que aparecen. No solo están matando, Comandante. Están dejando mensajes.
Elora sintió el peso del miedo, denso como aceite en la lengua. El rumor del Silente se transformaba en devoción. Y la devoción era contagiosa. Los muelles y los cultos florecían en las grietas de la desesperación. Devolverle sentido a los muertos era un truco viejo; aquí, entre los supervivientes, era necesidad.
—Quiero el registro visual de la última hora de Svan —ordenó.
Prond asintió. Sacó su holopalma y, con un gesto crispado, proyectó los archivos sobre el aire cortante del laboratorio. La imagen, azulada y parpadeante, mostraba a Svan trabajando en la penumbra, anotando las mutaciones de la última bacteria. De pronto, la luz titiló. Un zumbido llenó el laboratorio. Svan giró la cabeza; algo la distraía fuera de cámara. Se levantó, su sombra se alargó contra el suelo, retorciéndose en formas imposibles.
Y entonces, una figura. Apenas sugerida, una mancha más negra que cualquier negrura del espacio, una silueta erguida sobre dos piernas, sin rostro. Cuando entró, las superficies se doblaron a su alrededor, las luces se ahogaron y lo único cierto fue el grito ahogado de Svan. Luego, la imagen se congeló.
—Ésto… no es un ser físico —susurró Prond, la voz quebrada—. Lo sé. Lo he sentido.
Se giraron al escuchar un golpeteo. En lo profundo del corredor, dos niños observaban, silenciosos, ojos como charcos de petróleo. La estación no tenía niños, al menos no oficialmente. Dicen que los nacidos en el vacío envejecen rápido y nadie quiere recordar sus susurros. Prond los echó con un movimiento de la mano, pero Elora sintió el escalofrío de lo que engendraban las sombras.
—¿El Silente viene por nosotros o solo nos atraviesa? —preguntó Prond. No buscaba respuesta, solo una absolución.
Elora pensó en todas las historias que había oído. Espíritus del vacío, sí, pero también recuerdos condensados de los pecados de los hombres. Aquí, donde todo era codependiente, la culpa se convertía en monstruo. La estación era antigua. Había flotado demasiado cerca de la frontera, había soportado demasiadas miserias.
—La estación está muriendo —susurró ella.
Salieron, dejando atrás el olor de huesos quemados. En la puerta, un puñado de acólitos murmuraba letanías. Se tapaban los ojos con vendas tejidas con sangre, como señal de advertencia o devoción. “Sólo los ciegos están a salvo”, rezaba su mantra. No todos los días la fe, el miedo y el horror bailaban juntos, pero cuando lo hacían, bailaban sobre la tumba de todos.
Elora y Prond volvieron al puente de mando. En la sala, el Consejo, una colección de burócratas y fanáticos, esperaba, pálido bajo la luz antibiótica.
La presidenta del Consejo, Dorsa Nhi, los enfrentó con frialdad de funeraria.
—¿Otro cadáver? ¿Y soluciones, Comandante?
—El Sistema nos abandonó hace meses —dijo Elora—. Nuestra transmisión más allá de Gamma no ha sido respondida. Nadie nos rescatará. La estación ya no administra nada más que su propia podredumbre.
Dorsa apretó los labios.
—El Silente… ¿Es real?
La pregunta fue repetida en voz baja por los otros consejeros. Era un susurro colectivo, el murmullo de los condenados.
Prond miró a Elora. Ella asintió.
—Sí —dijo Prond—. Pero es más que un espectro. Es una consecuencia. Alguien, o algo, lo alimenta, lo invoca… o le teme. Se ha vuelto voraz; cada víctima deja una fisura para la siguiente.
Elora tomó la iniciativa. Cogió la caja de polvo y la arrojó sobre la mesa.
—Ésta es su ofrenda. Su firma. Estudiaremos la ceniza, buscaremos rastros, pero dudo que la ciencia nos salve aquí. Debemos volver a los orígenes.
—¿A qué orígenes? —preguntó Dorsa, temblorosa.
—A los primeros pecados de la estación.
El silencio azotó el puente. Todos sabían el rumor: que en la fundación de Emrys, una nave perdida del éxodo trajo consigo algo más que colonos; que, en el vano intento de crear vida, los pioneros abrieron una herida en la realidad. Algo respondió y nunca se fue.
Elora se volvió hacia la cámara de grabación pública.
—Esta noche, cerramos los corredores. Nadie sale de sus módulos. Los monstruos se alimentan del corredor vacío. Yo misma vigilaré. El Consejo deberá confesar todo lo que ocultó en el inicio; solo la verdad puede cerrar la puerta del Silente.
Las luces temblaron, como si fuerzas invisibles rondaran la sala. Más allá del casco, la negrura tembló. El Silente, o lo que fuera, estaba escuchando.
Esa noche, Emrys quedó sellada, costura de un cadáver que se niega a morir. Elora recorrió los corredores, escopeta y miedo al frente. Lo que encontró no fue a la bestia, sino a los que la adoraban: una docena de acólitos reunidos ante un ventanal rajado, cantando himnos al vacío, ofrendando su aliento como moneda. Sus ojos, ya sin iris, la miraron y lloraron sangre negra.
—Nos vio —cantaron—. Nos vació de sueños, para que podamos ver la verdad.
Elora sintió la marea de la locura cerca. Cerró los ojos. Si los abría, tal vez sería devorada también.
—¿Qué verdad? —susurró.
Uno de los acólitos se levantó, el más viejo, la piel colgando de la mandíbula como hilos descosidos.
—Somos su alimento. Pero él, también, está encadenado a nuestra culpa. Mientras existamos, el ciclo no morirá.
Era un círculo, pensó Elora. Nadie estaba a salvo; nadie era inocente. Nunca. Los pioneros lo sabían, por eso aprendieron a olvidar.
En ese instante, la especie de sombra rasgó la luz: entró, atravesando la puerta cerrada como si fuera agua. Un frío brutal llenó el corredor.
Elora, con el último vestigio de coraje, alzó la voz.
—¡Vete! —gritó al vacío— ¡No puedes tenernos a todos!
La sombra se detuvo. Las voces cesaron. El Silente, si es que tenía rostro, miró a Elora, y en su mirada, ella vio su propio reflejo. No era un monstruo. Era ella misma, la suma de todas las culpas, las traiciones, los asesinatos, los pecados fundacionales de Emrys. El Silente era memoria y castigo a la vez.
En el siguiente parpadeo, todo desapareció: los acólitos, el Silente, incluso la negrura constante del pasillo. Elora se halló sola, ante un ventanal que daba al abismo.
Volvió a mirar el polvo en sus manos. Lo comprendió: la única salvación era confesar. Confesar todo. Lo haría. Ya no para salvar la estación, sino para redimir, aunque fuera, el propio brillo miserable de su alma.
Empezó a caminar hacia la sala del Consejo, las palabras en su garganta ardiendo como ceniza viva. Fue en ese instante que dos niños la observaron desde el umbral, sus ojos vacíos. No estaban sonriendo. Solamente eran espejos: los que nacen en el vacío, los que verán el ciclo repetirse.
Y Elora supo, mientras avanzaba, que la verdadera oscuridad nunca venía de fuera. Siempre florecía en el mismo corazón humano.
Detrás de ella, la estación goteaba un silencio antiguo, en espera de otro amanecer que nunca llegaría.
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