Portada del relato Caminos de Penumbra
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Fragmento:


Gareth se apretó la capa raída al torso. Había aprendido a ignorar el hambre: el crujir inquieto de su estómago era un precio pequeño a pagar por salvar su piel; el miedo, en cambio, nunca se marchaba del todo. Había huido por semanas desde que el fuego devoró su aldea, desplazándose de una aldea abandonada a otra, siempre con la esperanza de encontrar un refugio distinto, uno donde las sombras no se estremecieran con un hambre antigua. Pero esa noche el bosque murmuraba; sentía ojos allí, y los presentía en cada suspiro del viento.

Duración: 07:23

Caminos de Penumbra
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Texto de ajuste de pausa.

El viento era una cuchilla, fría y persistente, arrastrando jirones de niebla por entre los árboles retorcidos. La luna, curvada y amarillenta, apenas conseguía atravesar el espeso manto que cubría los bosques del oeste. Donde la luz desaparecía, la noche era absoluta, un abismo sobre otro, y aquellos que se atrevían a caminar por esos caminos preferían no recordar los rostros que veían acechando entre las ramas.

Gareth se apretó la capa raída al torso. Había aprendido a ignorar el hambre: el crujir inquieto de su estómago era un precio pequeño a pagar por salvar su piel; el miedo, en cambio, nunca se marchaba del todo. Había huido por semanas desde que el fuego devoró su aldea, desplazándose de una aldea abandonada a otra, siempre con la esperanza de encontrar un refugio distinto, uno donde las sombras no se estremecieran con un hambre antigua. Pero esa noche el bosque murmuraba; sentía ojos allí, y los presentía en cada suspiro del viento.

No estaba solo.

Había oído hablar del sendero de las Grullas, una franja abierta entre la maleza donde los cazadores de las aldeas cercanas solían dejar ofrendas: pieles, figurillas de madera, algo de grano. Decían que los Caminantes Nocturnos no entraban allí. Decían muchas cosas en las aldeas, entre dientes y antes de encender las velas al anochecer. Gareth, uno más entre los que no tenía otro lugar donde ir, decidió jugárselo todo a la superstición.

Los árboles se abrieron de pronto, dejando paso a un claro en el que la hierba crecía alta y húmeda. Había estatuas diseminadas por el borde del sendero: aves talladas con gran habilidad, posadas sobre pedestales de piedra recubiertos de musgo. Había sangre seca en la base de una de ellas. Gareth tragó saliva.

No supo qué lo impulsó a avanzar. ¿Esperanza? ¿Simple fatiga? Dio un paso y luego otro. El zurrón le chocó contra la cadera. Se permitió descansar, sentándose junto a una de las estatuillas. El silencio era tan profundo que el eco de su respiración parecía irrespetuoso. Cerró los ojos e intentó pensar en otra cosa; fracasó.

Un crujido. Ligero, furtivo, pero suficiente para helarle la médula. Aferró el cuchillo sin filo que llevaba en la bota. —¿Quién anda ahí? —su voz salió baja, trémula.

Otra figura emergió de la oscuridad. Era alta, delgada, cubierta con ropajes negros rematados de jirones. Gareth solo pudo distinguir sus ojos: dos puntos de luz ámbar que no reflejaban otra cosa que el abismo. Sentía que el espacio entre ambos debería ser un vacío insalvable, pero la figura pareció erosionar la distancia de un suspiro.

—Buscas refugio —dijo la figura. La voz era femenina, pero con un trasfondo áspero, casi inhumano—. Debes saber el precio.

Gareth no huyó. No pudo. Cada músculo de su cuerpo estaba rígido, congelado por algo más allá del miedo.

—No tengo nada. Todo lo he perdido.

La risa de la extraña fue como un puñal rasgando la tela de la calma tensa del claro.

—Eso dicen todos. Pero los que entran en el sendero de las Grullas traen algo que ansía el hambre de este bosque. Y pagarán —la voz susurró—. Una pregunta. Una respuesta. Un recuerdo.

Al principio, Gareth no entendió. Pero luego, la mujer —si es que era mujer— se agachó frente a él. Su rostro estaba a medio camino entre lo humano y lo animal, los pómulos afilados, la piel tan pálida que parecía negarle la sangre. Sonrió, y sus dientes eran afilados y finos como agujas.

—¿Qué deseas saber, Gareth, hijo de Maire, portador del odio, de la culpa y del exilio?

El miedo se le pegó a la lengua. Pensó en su hermana, en el fuego, en el brillo patético de las llamas y la risa rota de los que encendieron la pira. Pensó en el momento en el que huyó, dejando atrás a los que amaba.

—¿Ella sigue viva? —preguntó aturdido. No necesitaba decir el nombre.

La criatura asintió, una vez. Sus ojos brillaron con una intensidad malsana.

—Sí.

Gareth sintió primero alivio y luego, como un velo que se levanta con crueldad, el horror de saber que si vivía… que si su hermana aún respiraba, era por obra y gracia de ese bosque y de las fuerzas que lo gobernaban. Sabía, en los huesos, que nadie escapaba del fuego de los Turones, y si la criatura daba una positiva, era porque el bosque la había reclamado.

—¿Dónde? —preguntó en susurro.

La respuesta nunca llegó. De pronto, el aire se llenó con otro sonido: pasos, cuatro, cinco, seis. Sombras abriéndose al caminar, otras figuras saliendo entre los estatuas de grullas. El claro se volvió un púlpito de ojos dorados.

La mujer se erguió, mirándolos con desprecio.

—Los hijos del Hambre. —Chasqueó la lengua—. No perdonan deudas.

Las criaturas se movían, reptando sobre manos y pies, cubiertos de harapos y huesos. Tenían rostros deformes, bocas abiertas de lado a lado, y la expresión rota de quien no entiende qué es ya la compasión.

El líder de ellos, o eso creyó Gareth, se acercó a la mujer, olisqueando el aire.

—Has traído carne nueva, Dama de las Hojas Muertas.

Ella se apartó, con una elegancia líquida.

—Vuestro, si reclamáis el precio.

Gareth comprendió entonces: el pacto de la mujer era la excusa, el entretenimiento de una criatura harta de saciar su propio aburrimiento. Él era el pago. Siempre lo había sido.

Retrocedió, consciente de lo inútil de su cuchillo. Cerró el puño alrededor del mango y se preparó para morir. Uno de los Hijos del Hambre lo olfateó, casi con ternura, y en sus ojos Gareth vio algo que casi parecía compasión.

—Recuerda, forastero: la memoria es la muerte del alma. Dánosla —susurró la criatura de los dientes torcidos—. Y seguirás andando, aunque no reconozcas tus pasos.

Gareth gritó cuando los dedos lo rozaron, húmedos y fríos. Fue como si toda su existencia se contrajera en un solo punto de fuego; sintió que los recuerdos se desgarraban en jirones, arrastrados por la corriente de la desesperación. Vio a su madre llorando, vio a su hermana pequeña construyendo muñecos de paja en el patio, vio el fuego, las risas de los Turones, su propia espalda alejándose. Vio la culpa. El dolor. El breve fulgor de esperanza. Y lentamente, todo fue tragado por la bruma.

Cuando abrió los ojos, se encontraba solo en el claro. El cuchillo seguía en su mano, inútil. A su alrededor, la niebla se disipaba. Recordaba su nombre: Gareth. Nada más. La sensación de haber dejado atrás algo importante persistía, como un diente arrancado, una ausencia dolorosa.

La estatua de la grulla lo observaba en silencio.

Se puso de pie, sentía que los pies le respondían por costumbre, que los árboles, el viento y la noche formaban parte de un misterio ajeno a toda comprensión. El sendero se abría nuevamente, alfombrado por hojas secas. Gareth no supo a dónde iba, ni qué buscaba. Solo caminó.

Y allí, en la frontera entre la sombra y la niebla, la Dama de las Hojas Muertas observó su figura marcharse, antes de desvanecerse entre los árboles, devuelta al hambre que nunca cesa.

Esa noche, en el bosque, las sombras contaron una historia más. Un hombre, un secreto, un precio. Un recuerdo menos entre incontables, ofrecido al altar de lo que acecha tras la débil piel de la realidad.

Y allá donde la noche devora el alba, un nombre perdido resuena entre los árboles, un eco hueco: Gareth, Gareth, Gareth…

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