Portada del relato El Pacto de las Sombras
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Fragmento:


—Adelante, Eira. Tu sangre nos pertenece ahora.

Duración: 15:01

Libro La Última Llama de Eridain

Cap. 2 - El Pacto de las Sombras
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Texto de ajuste de pausa.

Capítulo 2: El Pacto de las Sombras

El primer aliento de Eira fue de frío y humedad. El suelo bajo su mejilla era negro, empapado de savia vieja, y en su nariz danzaba el aroma penetrante del musgo putrefacto y la leña podrida. Dormir, incluso en pesadillas, era un lujo que el bosque comenzaba a negarle. Se levantó envuelta en el paño raído de su abrigo, cada rincón de su cuerpo ardiendo de fatiga y miedo.

La niebla seguía siendo un muro, impenetrable, pero más cercana, más espesa. Bajo sus pies, el sendero se había disuelto; ya no existía rastro de Lian, tampoco eco de su propia voz. Solamente el crujido lento de ramas y raíces empujando desde el subsuelo, y el murmullo persistente de voces que no eran del todo ajenas.

Eira, aún temblorosa, avanzó entre los árboles ciegos. A cada paso, la sombra la rozaba y el tiempo se quebraba: fragmentos de sueños caían sobre su memoria—una luna hendida entre copas de árboles, un círculo de viejos druidas entonando cánticos de condena. Cada imagen era como una semilla de hielo plantada en su corazón.

—Lian…—susurró, su voz poco más que un temblor, aspirando a cruzar la espesura.

No hubo respuesta humana, pero el bosque sí respondió. El aire a su alrededor vibró con un murmullo insistente:

—Adelante, Eira. Tu sangre nos pertenece ahora.

Trató de ignorar el coro de voces, pero la magia en su interior palpitaba con nerviosa anticipación. Cuando cruzó junto a una raíz en forma de garra, sintió una punzada en la palma. Levantó la mano: un rastro de sangre goteaba hacia el follaje. La herida era pequeña, pero el bosque pareció saborear la ofrenda. Como respuesta, la niebla se apartó lo suficiente para revelar un sendero ténue y siniestro, flanqueado por criptas de madera y estatuas carcomidas por el tiempo; guardianes peculiares de un mundo arrasado por secretos.

—¿Estás perdida?—ronroneó una voz sin cuerpo, que se propagaba entre las ramas igual que la luz en tiempos mejores.

Eira giró en círculos, agitada, aferrándose al talismán de hueso que colgaba de su cuello. Recordó los cuentos de su infancia: nunca respondas a las sombras, nunca les ofrezcas tu nombre, porque todo trato tiene un precio. Pero el miedo y la necesidad la empujaban.

—Busco a mi hermano.

—Todos buscan algo.—Apareció una figura junto a un tronco: sus formas no eran fijas, y su rostro no podía recordarse aun segundos después de mirarlo. Sus ojos, sin embargo, relucían como carbones en una hoguera moribunda.—¿Qué estarías dispuesta a entregar por él?

Eira titubeó. La tentación socavaba su voluntad, y las opciones le eran tan ajenas como la vida fuera del Bosque Cuervo. En la figura entrevió la silueta de un ciervo, luego la de una mujer envuelta en harapos, luego sólo una sombra extendida. El mundo parecía un tapiz de percepciones rotas.

—¿Quién eres?—logró preguntar, aunque su voz era apenas un hilo.

La sombra sonrió. Bajo el leve movimiento, el bosque se agitó como si compartiera el secreto.

—Klythra. Así me han llamado. Así me llamarán mientras la penumbra siga siendo hambre.

El nombre fue un golpe suave en el pecho de Eira, un eco de una de las palabras antiguas que sus mayores murmuraban para protegerse y que los niños repetían para asustar. Klythra. Dame la noche.

La figura de Klythra flotaba, indistinta pero indiscutible. Su voz entonaba una disonancia para la que el aire parecía estar afinado. Las palabras de la sombra la rodearon como murciélagos: "El destino de los vivos y los muertos está atado al tuyo. El pacto de sangre es la única salvación. El único precio verdadero es el temor que ocultas."

—¿Un pacto?—Las palabras tomaron cuerpo en la garganta de Eira antes de que pudiera pensarlas del todo. Sintió el peso de la desesperación, la obligación hacia Lian y ese pulso oscuro en su vientre, latente, ansioso. Debía sobrevivir, debía traerlo de vuelta. Si el único modo era plegarse ante lo prohibido, ¿no estaba ya condenada?—¿Qué requieres de mí?

El bosque guardó silencio por un instante. Klythra avanzó, y la niebla se arremolinó a su alrededor, convirtiéndola en el epicentro de una tormenta de polvo y ceniza.

—Tu voluntad. Tu promesa de no negar tu esencia. La sangre prohibida que te corre por las venas es llave y sentencia. Déjame entrar, y te enseñaré a dominar el don oculto en tu linaje. Pero a cambio…

Eira, con la garganta apretada, preguntó—¿A cambio de qué?

La sombra extendió una mano larga y translúcida:

—Permitirás que lo que fue sellado en tu sangre despierte. Se acabó el deseo de ser solo humana. Te convertirás en Puente, Eira. Solo así recuperarás a tu hermano y guiarás el bosque hacia su final o su redención.

Las palabras hurgaron en sus pesadillas. Recordó aquel día, siendo niña, cuando el poder la inundó por primera vez y supo que había algo monstruoso bajo su piel. Quiso negar, quiso gritar, pero la imagen de Lian perdido afiló su determinación. Lo haría. No había otro camino.

—Acepto el pacto—dijo finalmente, su voz doblegada.—Enséñame a usar lo que soy.

Klythra sonrió y la niebla tembló, abriéndose en un suspiro. Un zumbido de cigarras muertas llenó el aire. El tacto espectral de la sombra envolvió la mano herida de Eira; la piel se calentó y, luego, ardió como si cien ortigas la recorrieran. Marcas negras brotaron desde la herida, extendiéndose en líneas sinuosas bajo la carne, como raíces de un árbol fantasma.

Un torrente de imágenes y sensaciones se desbordó en la mente de Eira. Vio el nacimiento del Bosque Cuervo, un tiempo en que árboles ardían con luz propia y la magia era compañía habitual de los humanos. Vio la guerra, la traición, la sangre de los druidas malditos mezclándose con la ceniza de los caídos. Vio a su propia línea familiar ceder, perderse y ceder de nuevo, generación tras generación apartada y exiliada.

Klythra habló sin palabras:

—Ahora puedes encontrar lo que buscas, pero recuerda que todo poder se cobra en carne y memoria. No confíes en nadie. Ni en ti misma.

El entorno pareció respirar. Eira sintió la mirada del bosque, cientos de ojos ocultos bajo la corteza, las ramas y la niebla, evaluando su decisión. Aun así, el pacto le concedió un nuevo sentido: la claridad para oír los latidos de la madera, para sentir la vibración de las pisadas lejanas, para percibir la tenue huella de Lian. Todo era doloroso, pero también eufórico, como dejarse arrastrar por una corriente que prometía tanto gloria como ruina.

Las sombras susurraron canciones desconocidas en el aire cargado de promesas incumplidas.

—Sigue adelante—dijo Klythra, ahora sólo una silueta ondulante.—El niño ha cruzado el umbral del Árbol de la Niebla. Averigua qué buscan los cazadores. Aprende las visiones. Vuelve entera… si puedes.

Con determinación, Eira avanzó. El bosque reaccionó a su voluntad ahora salpicada de magia sombría: las enredaderas se apartaban a su paso; los hongos brillaban con destellos azulados como si la animaran. Caminó guiada por pulsos de energía que no comprendía, pero que le eran tan familiares como el propio miedo.

Rápidamente, se dio cuenta de que no estaba sola: a lo lejos, voces humanas —roncas y decididas— se mezclaban con el rugido lejano de bestias imposibles.

—¡Por aquí!—una voz masculina, dura y rota, resonó no muy lejos.—¡Vimos a la bruja en la niebla!

Se deslizó bajo un manto de raíces, confiando en el camuflaje de su nueva naturaleza. Por entre ramas, Eira observó una patrulla de cuatro hombres. Portaban antorchas y armaduras ennegrecidas por la ceniza. Uno llevaba una máscara de hierro, otro ostentaba cicatrices frescas en la mejilla. Cada uno tenía una cinta carmesí atada al brazo: los Cazadores de la Ceniza.

La conversación entre ellos era tensa:

—El bosque es inquieto. Ya ha tomado a otros niños—dijo el líder, de voz áspera.—Si esta bruja es lo que sospechamos, será más peligrosa que los espectros.

—El fuego sólo ahuyenta a los tontos—respondió otro.—Las criaturas que quedan conocen el precio de la magia. Debemos encontrarla antes de que corrompa al niño.

Eira retrocedió en silencio. Sintió en las venas un escalofrío de peligro. Los Cazadores eran conocidos en su aldea como leyendas de hierro y odio. Habían arrasado templos antiguos, degollado druidas inocentes, quemado todo vestigio de magia viva. Ahora, ella era su nuevo objetivo.

Continuó reptando, aferrada entre las raíces, hasta romper la distancia entre ella y la persecución. Su mente estaba saturada de ecos, tanto de Klythra como de una voz más vieja, más maternal, que le susurraba instrucciones de supervivencia: Escapa. Fúndete en la sombra. No permitas que el miedo te vuelva piedra.

Siguió ese consejo instintivo, internándose en un claro circular que vibraba tenuemente bajo una luna perdida. Allí notó símbolos grabados en el barro: runas de poderíol antiguo, ecos de los juramentos de los druidas caídos. Se arrodilló y pasó la mano sobre uno: el símbolo se iluminó en un parpadeo de luz oscura y la conectó a una visión de otro tiempo.

Vio a una niña —quizás ella misma, quizás un antepasado— presa enredada del Árbol de la Niebla, sus recuerdos arrancados uno a uno por raíces vivas, su voz un lamento que llenaba todo el bosque. La desesperación era tan vívida que Eira gritó, abriendo la herida mágica aún más.

El grito atrajo a otra presencia. No humana. Surgió un enjambre de cigarras de hueso, alas translúcidas y cuerpos afilados. Zumbaban en círculo, componiendo un canto hipnótico que la sumergía en una borrachera de visiones: batallas antiguas, pactos traicionados, el nacimiento de la maldición.

Klythra reapareció, esta vez como una sombra extendida y profunda, parecida a las raíces del Árbol de la Niebla:

—Necesitas aprender a dominar el flujo. El don y la condena de tu linaje. Te enseñaré a escuchar los recuerdos atrapados en cada ser vivo, pero no te confundas: algunos secretos quieren ser olvidados.

A regañadientes, Eira aceptó el primer ejercicio. Tocó la corteza de un árbol anciano y dejó ir sus resistencias. De repente, dentro de su mente, la madera habló: susurró nombres, ofreció imágenes breves de su infancia, de la última vez que la magia fue usada para sanar y no para destruir. Eira comprendió el vínculo irrevocable: el bosque era su enemigo, sí, pero también su ascendencia, su única esperanza.

La enseñanza fue breve y dura. Cada uso de la magia ponía en jaque su propia humanidad. Notaba que la mirada de Klythra no era la de un mentor, sino la de un depredador espiando a una presa prometedora. La sombra le dio sólo una advertencia:

—No abuses del don. La sangre oscura se deleita con el poder, pero nunca se sacia. El bosque te devorará si olvidas quién eres.

El bosque, a través de la magia, reveló el paradero de Lian: una imagen borrosa de su figura encorvada junto a un círculo de tallos blancos —el preludio del Árbol de la Niebla— y los ecos de un ritual antiguo en curso. Voz tras voz, llamando un sacrificio, una apertura, un final.

Para llegar allí, Eira tuvo que enfrentarse a horrores del bosque: criaturas sin boca que acechaban entre las raíces, ojos diseminados en la oscuridad, recuerdos propios manipulados hasta la náusea. Debió aprender a usar el poder de su linaje no sólo para enfrentar, sino para resistir la seducción de la locura; a mirar a las visiones que la rodeaban y distinguir qué era real y qué mero veneno de las sombras.

Mientras avanzaba, peinando la frontera entre el sueño y la vigilia, los Cazadores de la Ceniza se acercaban. Percibió su calor y su odio como llamas desplazándose por la niebla. El calor de sus antorchas era fugar, pero su determinación, inquebrantable. Hubo un momento en que uno de los Cazadores —un hombre alto y encorvado, marcado por quemaduras antiguas— casi la detecta; se escondió bajo raíces exudando magia hasta sentir que la carne y la corteza se fusionaban, y su cuerpo palpitaba en armonía con el bosque.

Con cada incidente, la humanidad en Eira pendía de un hilo. Comenzó a temer el reflejo de sí misma en charcos de sombra líquida, sus ojos difuminados en dos brazas oscuras, las venas marcadas por la herida que ya no cicatrizaba. El pacto la transformaba, y la sensación era a la vez repulsiva y embriagadora.

Finalmente, la persecución la orilló a un claro, donde leyó nuevos signos en la corteza ennegrecida: palabras de poder y de advertencia. Klythra emergió una vez más, ahora menos sombra y más forma definida, los ojos inyectados de luz roja.

—El tiempo se acaba, Eira. Solo puedes salvarlo si aceptas aquello que temes. La primera prueba será la voluntad.¿Puedes sacrificar lo que queda de ti por un vínculo de sangre?

Eira cayó de rodillas, exhausta. Las imágenes de Lian —frágil, asustado, manos crispadas en torno a una rama— y de su madre, esperando bajo la luz mortecina en la aldea, la llenaban de furia y pánico. Recordó la promesa: no volvería sola.

En un impulso final, selló el pacto: tomó una daga de hueso ofrecida por Klythra y abrió su palma sobre la raíz de un árbol negro. Sintió con brutal intensidad la entrada de la magia, y con ella, un acceso a recuerdos ajenos mezclándose con los suyos, construyendo un mosaico nuevo e irrepetible. El umbral estaba cruzado, la deuda contraída. Ya no quedaba regreso posible.

La noche se volvió una espiral de visiones: la guerra que partió Eridain, las brujas condenadas en hogueras, los niños despellejados por pactos fallidos, y la voz de Lian, cercana, llamándola desde una grieta de niebla eternamente hambrienta.

—Me encontrarás en el Árbol de la Niebla—dijo, y la escena se borró con una rasgadura de rayo oscuro.

Eira despertó de la visión, sangrando y renovada, la magia oscura chisporroteando bajo su piel. Notó que las runas sobre sus brazos ahora eran ríos vivos, y que cada paso que daba hacia adelante arrancaba trocitos de humanidad para alimentar un poder cada vez menos comprensible.

Se incorporó con dificultad, la mirada enrojecida, el dolor palpitando. El Bosque Cuervo rugía con hambre y expectación. Tanto Klythra como los Cazadores de la Ceniza acechaban muy cerca, impacientes por ver la consumación del pacto.

La búsqueda de Lian la arrastraría al límite, y Eira comprendía —con una claridad que era a la vez regalo y condena— que ya no luchaba sólo por un hermano, sino por la posibilidad de que Eridain recordara algo de su luz pasada. El precio del pacto sería terrible, pero la alternativa era la aniquilación.

A la sombra de árboles imposibles, entre el zumbido de las cigarras muertas y el eco de los antiguos ritos, Eira aceptó —de corazón y de sangre— el pacto de las sombras. Y cruzó, ya sin duda, hacia el corazón maldito del bosque, sabiendo que la verdadera prueba apenas estaba comenzando.

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