Fragmento:
Fue al atardecer del tercer día cuando la vi: una cervatilla de cristal, tan translúcida que podía ver el brillo de su corazón como una linterna carmesí en su pecho. Bebía en un pequeño charco de agua oscura, y mi presencia la hizo alzar la vista. Sus ojos no tenían pupilas; su mirada devoraba.
Duración: 08:00
La aldea de Farkem yacía, como desde hacía siglos, arrodillada bajo la garra de la Khasyrion, esa vasta extensión de tinieblas líquidas que nunca se disipaban del todo entre los escombros de una civilización muerta. Las cosechas apenas sobrevivían en la penumbra. Las noches eran eternas, y las sombras se afilaban bajo la influencia de los viejos reyes, cuyas voces persisten en los ecos rezumantes de la tierra misma.
Aún recuerdo el rumor de los relatos infantiles, cuando mi madre relataba, incrustada en la fragilidad de su vejez, la historia de los Tronos Antiguos: inmensos, negros como la obsidiana, en cuyos filos refulgían, engarzados como trofeos, ojos de bestias olvidadas. Decía que los tronos no tenían dueño; o peor, que quien se atreviera a sentarse en ellos terminaría vaciado, poseído por voluntades ancestrales que codiciaban, sobre todo, la carne joven y los sueños rotos.
Vivíamos cerca del Bosque de los Pétalos Fríos, donde solían verse los resplandores de las Bestias de Cristal. Eran criaturas silenciosas, esculpidas –decían– por los mismos dioses que nos despreciaron. Parecían bellas, pero sus ojos tallados de amatista no auscultaban con compasión sino con un hambre irrompible. Solo se atrevían los desesperados a adentrarse, atraídos por la promesa del fulgor. Y yo estaba desesperado.
La enfermedad de mi madre me obligó. Una peste lenta que enfriaba la sangre y susurraba al corazón que era tiempo de ceder. Los curanderos –esos cobardes que servían al Templo Torcido– me dijeron que la médula de una Bestia de Cristal podría curarla. Sabía de lo difícil: no hay quienes hayan traído un trofeo, solo huesos dispersos de hombres locos que se atrevieron a soñar.
Caminé durante tres días bajo la plomiza penumbra, colmando mi aire de savia podrida y miedo. Al segundo día, los árboles se tornaron traslúcidos y los pájaros, si aún había, fueron suplantados por ecos de risa y promesas veladas. Me dije que no tenía miedo, pero mis manos sudaban como sábanas de ahogado. El Bosque de los Pétalos Fríos era así: te desnudaba los falsos corajes y los arrojaba a las fauces de la desesperación.
Fue al atardecer del tercer día cuando la vi: una cervatilla de cristal, tan translúcida que podía ver el brillo de su corazón como una linterna carmesí en su pecho. Bebía en un pequeño charco de agua oscura, y mi presencia la hizo alzar la vista. Sus ojos no tenían pupilas; su mirada devoraba.
El hambre y el amor me empujaron. Me lancé, torpe como una piedra en marea, y ella no huyó: era mucho más rápida, infinitamente sabia en la huida. Me sentí ridículo, hasta que me vi encerrado en un pecho de espejos: el mundo entero reflejado en infinitos ángulos donde solo yo era presa.
La cervatilla desapareció, pero descubrí tras ella un sendero de luz débil. Caminé hasta un claro donde los tronos descansaban. No eran solo piedra y hierro: respiraban, sangraban negra savia que goteaba, formando jardincillos de hongos venenosos. Casi me arrojé hacia atrás, pero algo en la escena me desgarró el aliento: sobre el Trono Mayor, el que los cuentos hallaban siempre envuelto en las brumas más densas, yacía dormida una bestia de cristal, una leona armada de cuchillas de diamante. Su pelaje estaba cuajado de espejismos, y soñaba, respirando lento y profundo.
Mi corazón retumbaba en la garganta mientras me acercaba. A cada paso, los hongos en los bordes del claro se agitaban como pequeñas bocas hambrientas. Los tronos murmuraban. No con palabras de humano, sino con lenguaje de memorias muertas: conjuros que ofrecían logros perdidos, amores sin corazón, coronas de cuervo.
"Siéntate", susurró el Trono. No con voz, sino con el anhelo de mis propios deseos: rescatar a mi madre, rebelarme a la enfermedad y a la muerte.
Pero recordé los relatos: los que se sientan, se pierden. Aquellos que dejan que la Sombra entre por la coronilla, encuentran que jamás podrán salir.
La leona abrió los ojos. Dos carbuncos incendiados en una faz de portento. No me rugió, no me atacó. Solo observó. Y luego, lenta como la condena, se incorporó y saltó desde el trono, posándose delante de mí. Medía casi lo mismo que un caballo, y su aliento era una brisa helada de invierno.
Me incliné. No tenía sentido correr. La leona olisqueó mi pelo, mi garganta, mi pecho, y su garra cayó sobre mi hombro. Sentí la presión de mil siglos en ese toque. Pensé que ahí moriría.
"¿Por qué has venido, mortal?", preguntó. Su voz era una llovizna de cristales que laceraban dulcemente el oído.
"Mi madre muere. Yo… necesito tu médula. Necesito salvarla."
La leona me miró con un infinito aburrimiento. "Muchos vienen por la vida. Nadie viene a darla."
"Yo… Yo podría…", tartamudeé. Yo haría cualquier cosa.
"¿Cualquier cosa? ¿Incluso sentarte en mi trono?"
El aire se partió en dos. No supe qué decir. Temblé al considerar tanto la promesa como su negación.
"¿Quién eres?", me atreví al fin.
"Fui Reina una vez. Reina de ciudades que ya no existen, de ejércitos rotos bajo el cielo púrpura, de voluntades encadenadas. Mis devotos convirtieron mi piel en cristal para que nunca olvidara qué es perder el poder. Aquí sueño y vigilo. Nadie se sienta en mi trono sin pagar el precio."
Vi entonces las cicatrices de antiguas luchas, las fracturas en sus patas relucientes, las fisuras en el diamante de sus costillas. Ella misma era cautiva tanto como Reina.
"No quiero ser rey", murmuré, más para mí. "Sólo deseo curar."
La leona ladeó el rostro. "El deseo te hace débil. Pero también… te hace humano."
De uno de sus costados cayó una escama de zafiro. Se volvió hacia mí. "Toma esto. No es suficiente para curar de raíz, pero tu madre vivirá algunas lunas más."
Me incliné y así tomé la escama, su peso era insoportable, su fulgor casi quemaba. "¿Y tú? ¿Por qué ayudar?"
La leona se giró, frotándose el cuello en el asiento del trono oscuro. "Tal vez porque nadie me ha pedido ayuda sin ambición. Ni siquiera yo."
Deseaba marcharme. Sentía la tentación del trono, de ese poder podrido y antiguo que prometía redención por el precio de una eternidad rota. Pero mis pies, aún sucios de barro y miedo, me empujaron lejos, de regreso.
Atravesé de nuevo el bosque, la escama me pesaba tanto como el destino. Mi madre vivió, como había prometido la leona, unas pocas lunas más. Su muerte fue suave, y sus últimas palabras llevaban el eco de un consuelo. "No temas perder", susurró, "porque quien nunca pierde, solo existe, pero nunca ama."
Farkem nunca cambió. Las sombras siguieron goteando, los tronos siguieron susurrando, la Sombra aún rondaba y el hambre de los dioses permaneció intacta. Pero yo, cada noche, soñaba con la Reina de Cristal, aún encadenada a un trono que devora y solo deja reflejos rotos de quienes fueron demasiado humanos para resistirse del todo al poder.
Muchos años después, cuando el cabello me escaseaba y las manos temblaban, regresé al Bosque de los Pétalos Fríos. Buscaba respuestas, o tal vez, un final digno. Hallé los tronos todavía presentes, y la leona vieja, sus ojos apenas chisporroteando bajo las costras de mil inviernos. Me acerqué y le devolví la escama.
"No quiero ya nada para mí", confesé. "Solo entender."
Ella asintió, comprendiendo el frío de los siglos. "A veces, los dones verdaderos solo se ven cuando dejamos de buscar poder y simplemente buscamos luz. Y a veces, la única luz está hecha de fragmentos. ¿Estás preparado para recordarlo todo, y olvidar tu nombre?"
Me senté entonces, no en un trono, sino al pie de la leona. Juntos, aguardamos el fin del mundo, o el nacimiento de uno nuevo, en medio de la penumbra inquebrantable. Los tronos oscuros no cayeron, pero tampoco yo. Allí, entre fragmentos, bestias y cenizas, los sueños seguían cantando; y a veces, eso bastaba.
Copyrights © 2025 Reinofantasia.com. Todos los derechos reservados.