Portada del relato Las Ruinas Bajo la Lluvia
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Fragmento:


"Hagámoslo rápido," murmuró Darrik, el pelirrojo, que era todo rencor y miedo. "No quiero estar más tiempo bajo esa sombra, que la lluvia me queme la piel si miento."

Duración: 09:41

Las Ruinas Bajo la Lluvia
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Las Ruinas Bajo la Lluvia

***

No había sol sobre la Fortaleza de Scarth. Una lluvia lenta caía desde el amanecer en gotas heladas, cada una insensible al pánico que antaño se había derramado bajo los muros agrietados. El barro era tan profundo que los caballos resoplaban al zambullirse, y los hombres de Gors se movían como figuras en un lupanar: arrastrando pies, encorvados, con ojos de presa asustada. Aquí no había héroes, solo supervivientes con manos rotas y esperanzas mutiladas.

Borle, el Mano Torcida, estaba convencido de que algo le susurraba desde esas piedras. El eco de hombres mejores, quizá, o el simple rugido de su propia codicia, tomado en préstamo del tormento de la edad. Sus botas rezumaban lodo y sangre seca; su capa, antaño de escarlata vistosa, era un andrajo. La espada colgaba a su costado como una promesa traicionada, pesada y fría, demasiado apasionada para las manos que la portaban.

La compañía era pequeña: cinco bestias cansadas bajo la armadura, y él. Eran los últimos hombres de Gors al servicio de Lady Vael, y la nobleza había huido de sus cuerpos mucho antes que la guerra de sus tierras. Caminaban inclinados, como si temiesen molestar la siesta de un rey muerto allí abajo, en la podredumbre. Borle jugueteó con el mango de su cuchilla, una vieja costumbre, y miró al cielo plomizo. Un relámpago lejano partió en dos la neblina, revelando la silueta cortante de la fortaleza con sus almenas heridas.

"Hagámoslo rápido," murmuró Darrik, el pelirrojo, que era todo rencor y miedo. "No quiero estar más tiempo bajo esa sombra, que la lluvia me queme la piel si miento."

Borle le regaló una sonrisa rota. "La lluvia lava la sangre, Darrik. ¿Tienes miedo de quedar reluciente? Los dioses sabrán que eres tuyo."

Nadie rió. Eran hombres con poco amor por las bromas y menos paciencia para chanzas amargas.

Pero todos miraban la entrada de la cripta, media puerta hundida en el barro y líquenes que supuraban el color del pus. Dentro relampagueaba una negrura más densa que la noche, y el zumbido de los insectos era solo un velo para algo más pérfido, vibrando en la antigüedad de la roca.

"Vamos, ya," escupió Borle y uno a uno descendieron, adentrándose en la fosa del Rey Sarnath.

La oscuridad era absoluta: una bocanada de podredumbre y promesas inconclusas les lamió la cara, húmeda y viva. Solo la temblorosa llama de una linterna arrojaba vida al sendero, y la profundidad devoraba más del calor de la sangre a cada paso. Era un lugar para secretos y cadáveres, no para hombres en busca de oro.

La leyenda decía que el Rey Sarnath había sellado allí su último pacto. Nadie sabía con quién: la versión popular hablaba de una nécrata extraviada por amor; los viejos, de un dios menor, celoso de los vivos. Lo único constante era la garantía de riqueza para los suficientemente necios y la promesa de una muerte fea para todos los demás.

Los cascos resonaban; el hierro gemía. Olía a moho y a rencor añejo.

***

Nunca salgas primero, había dicho siempre su padre antes de perder la cabeza en la guerra. Pero alguien tenía que llevar la antorcha, y Borle había enterrado el miedo con los buenos modales y las oraciones.

Sus botas chapotearon en charcos turbios mientras avanzaba. Las paredes chisporroteaban con reflejos insanos, como si bulliciosos espíritus se movieran tras los muros. Darrik le seguía, espada repiqueteando en la piedra. Tras ellos venían Harle, Kaed y los dos mugrientos escuderos sin nombre que aún albergaban sueños de gloria. Pobres necios.

Al cabo de poco, sintieron el cambio. El aire era más denso; el corazón latía más rápido, como si un tambor sordo redoblara bajo los huesos.

"¿Lo oyes, Borle?" siseó Harle, el cazador, clavando los ojos en la penumbra.

Lo oía.

Un murmullo —no voz, sino pensamiento—, que recorría las paredes, hablaba en una lengua antes del albor del mundo. Era deseo. Hambre. Una sed de siglos.

"El alma del lugar," dijo Borle, y notó el escalofrío de su estupidez.

Un destello de la linterna reveló huesos dispersos como migas al pie de una mesa de ebanista. Huesos humanos quebrados, rosados todavía por la humedad. Más allá, en el corredor abovedado, un retablo de hierro y oro: el Trono de Sarnath. Con una figura sentada en las sombras —o su cadáver, encorvado, la corona deshecha fundida al cráneo.

Avanzaron con cautela. Darrik traspasó la línea primero, la punta de su espada rechazando el clima oscuro. Silencio. Solo el murmullo constante, tan lejano como un sueño, tan próximo como el deseo de venganza.

"Es solo un muerto," murmuró Harle, pero la voz tembló.

"Búscate otro que huela así de fresco," dijo Kaed, y escupió.

La figura parecía a la vez real y fantasmal, un esqueleto vestido con jirones de púrpura y oro. Sobre su regazo, un cáliz tallado en obsidiana. El Trono estaba cubierto de dedos mutilados, todos clavados al asiento de hierro con clavos oxidados. Cada uno portaba un anillo, piedra preciosa oscura en llamas viejísimas.

El primero en moverse fue Darrik, labios secos.

"El oro es oro. Un rey muerto no me da miedo."

Avanzó, ignorando el hedor sulfuroso, los susurros arrastrados. Su cuchillo cortó el aire; un dedo fue arrancado. El anillo saltó, pesando demasiado para ser solo joya.

Una risa estalló en la piedra. No vocal —nunca tan simple—. Una vibración sorda, crujiente, como huesos frescos quebrándose bajo un yugo. El aire se dobló; la linterna vaciló. Y Darrik gritó.

No como un hombre herido, sino como uno desollado desde dentro, incapaz de comprender su desgracia. Se le abrieron los brazos, doblados al revés; la piel se esfumó como niebla, dejando los huesos expuestos, aún retorciéndose, gimiendo mientras los demás titubeaban, paralizados por el horror.

Borle intentó avanzar, pero la sombra se convulsionó sobre el trono. Algo se irguió donde estaba el cadáver —algo que nunca había sido hombre, o que había sido muchas cosas antes de ser ni siquiera humano. Ojos ciegos, al parecer, pero hirvientes de odio, antiguamente humano, delicioso en su venganza.

Una voz los sacudió. Era la misma que los había atraído:

"Susurráis como ratas en la tumba de un dios caído, pero habéis traído corazones vivos, y aún tenéis lenguas para rezar."

No sabían a qué rezar. Borle tomó aire; recordó el consejo de su padre. Habló firme, sin mirar directamente al horror:

"Venimos por el oro, nada más. Somos carne cansada, no amenazas."

La cosa rió, y la risa era una piedrecita arrastrada por el agua.

"Todo lo que entra en el reino de Sarnath paga un peaje. Los muertos dan sus sueños. Los vivos..."

La sombra atacó. Harle fue el siguiente: sus ojos se abrieron demasiado, la lengua hinchada colgó como una serpiente muerta, y cayó sin voz, vacío por dentro, como una bota gastada.

En ese momento Borle comprendió el precio. El oro era sólo cebo. La muerte, una certeza. El rey muerto ansiaba compañía, y la sombra, su séquito. Los hombres de Gors eran carne para la cripta, nada más.

Kaed huyó, torpe, y se perdió en la oscuridad. Uno de los escuderos se arrodilló y comenzó a rezar, balbuceando palabras de infancia. La criatura ignoró la súplica: la piedad nunca fue parte del trato.

Borle, dejando caer su espada, se dirigió no a la sombra, sino al cadáver que aún yacía en el trono. Se arrodilló, manchándose de barro y culpa.

"Escucha," murmuró, usando palabras arcanas, regalos robados a magos mendigos en los días en que aún soñaba con redención. "Si quieres carne, toma la mía. Pero déjalos ir. He sido peor que estos hombres. Dame la maldición, si es lo que buscas."

El aire se tensó como un arco. El murmullo se detuvo.

Durante un instante, el horror pareció dudar. Los dedos del cadáver se agitaron como algas arrastradas por la marea, y el cáliz sobre su regazo palpitó. Borle tembló, no de miedo, sino de rabia.

La sombra se inclinó, y en un susurro —tan suave como el tacto de un amante—, se le metió en los huesos.

Vio, entonces, lo que fue Sarnath: su reino de riquezas levantado sobre huesos, su pacto sellado con promesas de muerte. Comprendió el ciclo: ladrones y guerreros, una tras otra generación llevada al abismo, sangre para saciar la sed insaciable del trono.

Hubo dolor, y luego nada. Solo un sueño frío, oscuro, interminable.

Cuando Kaed regresó a la entrada, jadeante, con los ojos desorbitados, la puerta estaba sellada con raíces y huesos nuevos. Sólo se oía la lluvia afuera, y los cuervos famélicos, mientras el barro erosionaba cien nombres olvidados.

Dentro de la cripta, el Rey Sarnath seguía sentado, un dedo más en su trono, una sombra más en su guardia sin fin.

***

Por encima, Scarth volvió al silencio. Nadie volvió a profanar su sombra durante mil noches. Pero donde la lluvia golpeaba más intenso, a su orilla, los campesinos decían a sus hijos que no se acercaran jamás, porque algunos hombres —los que entran buscando oro y gloria— terminan como cadáveres en tronos olvidados. Otros, tal vez peores, se convierten en la sombra que espera al siguiente necio. Y rezaban, entre dientes, para que la lluvia no lavara nunca los pecados de los muertos, ni despertara a los que duermen bajo la piedra.

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