Portada del relato El eclipse del mercader de sombras
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Fragmento:


Gideon, por su parte, era un viajero del tiempo. No uno como los que aparecían en leyendas, no un héroe ni un explorador. Era un saqueador, un errante de instantes, un ladrón de causas perdidas que había aprendido a temer y adorar los vestigios del pasado y las promesas imposibles del porvenir. Su talismán, una aguja de bronce oscurecida por cada terror que había presenciado, le permitía romper el tejido de las eras, pero nunca sin pagar un precio, nunca bajo la misericordia del destino.

Duración: 08:33

El eclipse del mercader de sombras
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Texto de ajuste de pausa.

El hedor era siempre el mismo cuando cruzaba la frontera: ozono y sepulcro, el aroma eléctrico de la magia recién desenvainada, cálida en una noche interminable. El Mercado Viejo de Silder era solo accesible durante el tercer crepúsculo, allí donde los relojes nunca se ponían de acuerdo y las campanas tocaban un lamento para los dioses que no quedaban. Fue allí donde Gideon encontró a la Maga Gris, de la que no poseía nombre ni tiempo.

Vestía harapos de seda, cada hilo teñido por antiguas deudas, y sus uñas parecían escamas de dragón viejo. Giraba, casi bailaba mientras ofrecía su colección de relojes rotos y astrolabios extraviados. Muchos vendedores eran meros embaucadores, esclavos de baratijas sin alma, pero Gideon supo al verla que ella era de los pocos auténticos; sus ojos contenían galaxias en extinción.

Gideon, por su parte, era un viajero del tiempo. No uno como los que aparecían en leyendas, no un héroe ni un explorador. Era un saqueador, un errante de instantes, un ladrón de causas perdidas que había aprendido a temer y adorar los vestigios del pasado y las promesas imposibles del porvenir. Su talismán, una aguja de bronce oscurecida por cada terror que había presenciado, le permitía romper el tejido de las eras, pero nunca sin pagar un precio, nunca bajo la misericordia del destino.

Nadie hablaba alto en la Plaza Espectral, nadie preguntaba demasiado. Por eso, sólo en un susurro seco, Gideon se acercó a la Maga Gris.

—¿Buscas cambiar oro por sombra, viajero? —su voz era tan anciana como el hierro y tan juvenil como un incendio.

—Busco algo más antiguo —respondió, sin apartar los ojos de sus dedos convulsos—. Un sitio llamado Lugar Siete.

El leve temblor en la comisura del labio de la Maga Gris fue la única concesión a su sorpresa.

—Ese lugar no existe en este instante. Aún no ha nacido ni ha muerto. ¿Por qué deseas perderte en un lugar entre ambos?

—Alguien a quien amo está atrapado allí —respondió. No era del todo cierto. Quería decir alguien a quien aún no amaba, alguien que llegaría a amar si rescataba primero. Pero la Maga Gris entendía las mentiras ocultas en los deseos, así que le permitió pasar esa falsedad por verdad.

La Maga extendió la mano, mostrándole un huevo de piedra tan oscuro que devoraba la luz.

—La esfera de obsidiana. Sólo permite cruzar los umbrales en una noche de eclipse, y sólo al precio de un nombre que hayas robado y todavía no pertenezca a nadie.

Gideon miró la esfera, y pensó en los nombres que había hurtado. Eran la divisa de los viajeros: nombres que robabas para dejar de existir en un lugar y renacer en otro. Pero cada nombre robado era una deuda a pagar pronto o tarde.

—¿Qué sucede, Maga, si el nombre no llega a tener dueño?

Ella sonrió. Un colmillo de vidrio asomaba en su boca.

—Entonces Lugar Siete caza al ladrón. Y rara vez permite la salida.

***

Gideon aceptó. Su propio nombre había cambiado tantas veces que ya no lo recordaba. Pero un nombre robado, uno sin dueño, aún dormía bajo su lengua, grasa y venenoso como un gusano: ELPROPIO. Había logrado arrancárselo a una sombra en la última noche del equinoccio; era un nombre vacío, aún no nacido en ninguna boca humana, y eso lo protegía y lo maldecía.

Aguardó el eclipse entre los suspiros del Mercado Viejo. Cuando la luna devoró al sol, la Maga Gris trituró polvos de hueso sobre la esfera de obsidiana. Gideon sintió que el tiempo se le escapaba de los huesos, desgranándose como arena caída de una clepsidra rota. Tomó la esfera. Durante un instante, la existencia entera pareció plegarse, tensa y lista para romperse.

Luego, con un chasquido sordo, no estuvo en ninguna parte. O tal vez estuvo en demasiados sitios a la vez.

***

El Lugar Siete era una mancha negra sobre el telón de la realidad. Era un no-lugar, la ruina de posibles que nunca habían cuajado, ecos de ciudades no fundadas, jardines quemados antes de germinar. Aquí, los viajeros nunca están solos, aunque la presencia que los acompaña no es otra que la de sus propios pecados.

Gideon tropezó sobre una escalinata que ascendía a ninguna parte. Un reloj de arena colgaba de un cielo sin estrellas, los granos de su interior ascendían en vez de caer. El aire ululaba, susurrando nombres que no significaban nada.

Entre las ruinas, visualizó una figura enmascarada. No caminaba: flotaba, vestida en retales de tiempo desgastado —la capa blanca y negra se deslizaba por el polvo fosforescente, dejando estelas que parpadeaban y desaparecían. Era el Guardián de Lugar Siete. Toda dimensión creaba a su cancerbero, y éste era el más antiguo. Gideon lo había temido desde su primera travesía.

—¿Por qué traes ese nombre en la boca? —demandó el Guardián.

Gideon no habló. El nombre robado zumbaba, listo para desprenderse como un colmillo.

—No deberías haber venido. Hay cosas que no pueden rescatarse y otras que jamás deberían liberarse.

Gideon pensó en la persona atrapada aquí, en la mirada que aún no conocía, en las palabras que aún no habían nacido entre ambos. Ese amor, o al menos, la posibilidad de ese amor, él la había leído en la grieta de un anillo, escuchado en la música de las piedras. Era, en última instancia, sólo su propio anhelo lo que le urgía.

—He venido a pagar el precio —dijo, mostrando la esfera, ahora resquebrajada por dentro.

—El precio es tu identidad fragmentada. Lugar Siete exige más de lo que arrebata.

La figura flotó a su alrededor, las sombras se rizaban como lenguas de agua negra.

—¿Quién implora el rescate? —preguntó el guardián—. ¿Y quién debe ser rescatado?

Aquí radicaba la trampa: si Gideon daba el nombre robado, Lugar Siete lo haría suyo y renacería como una nueva prisión, con Gideon como su primer prisionero. Si se negaba, quedaría atrapado en un limbo de intenciones frustradas.

Miró la esfera de obsidiana. Vio reflejadas sus mil caras, los universos que se arruinaban detrás de cada una, las líneas de tiempo enredadas como serpientes.

Pensó entonces en los magos errantes, en la Maga Gris, en todos aquellos que cruzan fronteras sin desear jamás regresar. Entendió que ellos ya se habían ofrecido, alguna vez, a esos lugares intermedios, y allí habían dejado sus nombres —no para obtener algo, sino para que nadie tuviera poder sobre ellos nunca más.

Renunciar a su nombre, incluso uno que no era suyo… ¿qué cambiaba entonces?

—El nombre es tuyo ahora —susurró Gideon, entregándolo al viento, no al Guardián ni al Lugar Siete. La esfera se quebró en jirones de noche.

Por un momento, todo el dolor del universo pareció converger en su paladar. Los relojes golpearon trece campanadas. El Guardián se deshizo en filamentos, cada hilo zambulléndose en recuerdos que no le pertenecían, mientras Lugar Siete se estremecía.

De entre la bruma, una figura emergió: ni hombre ni mujer, sin género, pálida como la ceniza de un sueño muerto. Su boca llevaba un eco de su propio nombre, uno que Gideon había renunciado. Su mirada ardía en hambre milenaria, pero en sus ojos había también gratitud.

—No eres quien pensabas que rescatarías —susurró a Gideon—. Pero me has libertado. A partir de ahora, ocuparé el lugar del Guardián, y tú... Tú nunca regresarás igual.

La figura trastabilló y se incorporó, tomando el manto del Guardián caído. Gideon comprendió que había devuelto lo robado; y que la deuda, de alguna forma tortuosa, nunca podría pagarse del todo.

***

Volvió al Mercado Viejo de Silder, sí, pero el aire ardía en otro idioma. Sus dedos no eran los suyos, sus recuerdos se mostraban como espejos rotos: veía planos de ciudades que no había visitado, sueños que habrían sido dulces amargos. La Maga Gris sonrió, entendiéndolo de inmediato.

—¿Encontraste el lugar? —preguntó, no como quien busca respuestas, sino como quien comparte una condena.

Gideon no supo responder. Tiró la esfera desmenuzada a los charcos de agua sucia; esta vez, no reflejó ningún rostro.

Comprendió por fin que los viajeros y los magos se distinguen solo por una cosa: el viajero quiere regresar, el mago aprende a no añorar nunca un hogar.

Y cuando entre campanas y susurros la noche se cargó de otro eclipse, Gideon, o el ente en que se había convertido, comprendió que su destino sería errar entre mundos rotos, persiguiendo el eco imposible de un nombre que no podría volver a poseer, y cuya pérdida era, como todo acto de magia verdadera, irreversible.

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