Portada del relato Cenizas en la lluvia
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Fragmento:


Kerek apretó la jarra.

Duración: 08:12

Cenizas en la lluvia
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Texto de ajuste de pausa.

En la frontera donde la niebla siempre parece más densa y el ecosistema, curvado y marchito, se disfraza de esperanza, existía la aldea de Hrast. A simple vista, Hrast era insignificante: casas encogidas, maderas cansadas, tierra negra y hombres que arrastraban el miedo como arrastran los surcos de sus arados. Pero incluso el lugar más diminuto tiene grietas por donde se filtra el horror.

Kerek sintió el mal antes de verlo. La noche en que la luna se ocultó tras la tormenta, oyó crujidos en la arcilla del patio. Su madre dormía junto a la lumbre —ella no oía nunca, no ya por la fatiga sino por la resignación. Kerek se alzó envuelto en su capa, armado tan solo de una daga roma. Pasó la mano por las grietas de la puerta y notó la humedad. Pero no era agua. Trozos de barro caían poco a poco del quicio, y, en el silencio, oyó la respiración baja y gutural de algo que nunca había sabido respirar.

No era el primero en temerlo. Desde que el suelo de Hrast había comenzado a agrietarse cada primavera, los niños se esfumaban, los ancianos rezaban, y los perros desaparecían en la lluvia sin dejar eco. Al amanecer encontraban huellas preñadas de dedos, enormes y desproporcionados, como si la tierra misma se hubiera armado de manos. Los nombres recaían sobre el fenómeno: Los Barrosos, El Lodo Andante, Hombres de Barro. Pocos susurraban el nombre correcto, pues cada vez que lo hacían, alguien en la aldea perdía los ojos en un grito de miedo.

Kerek, agazapado tras la puerta con la daga en la mano, se enfrentó entonces a la visión que torcería para siempre su concepción de lo irreal. Bajo el alero, en la tormenta, se materializaba un espectro de barro: dos metros de fango agrietado, de ojos sin fondo, cuyos dedos se arrastraban hacia la madera. Pero el horror aún tenía otra capa. En su pecho, como encerrada tras una malla de raíces secas, palpitaba una llama diminuta, azul, que flotaba precaria: un alma. No era un simple antojo de dolor; era el alma de su hermano, desaparecido hacía dos semanas, la vio danzar en la penumbra, palpitante de frío, gimiendo entre el fango.

El ser se detuvo, giró la mandíbula malformada y abrió una sima por boca. Su voz era un arrastre de cenizas sobre piedra.

—Ven… —chilló, y su tórax retumbó en azul—. Ven… conmigo.

No fue valentía lo que sostuvo a Kerek en el suelo, sino el horror paralizante. Vio cómo la figura buscaba avanzar, pero la vieja magia del hogar la repelía. Solo cuando Kerek blandió un poco de sal de la despensa, arrojándola a través del vano, el barro estalló en un vapor negro que se disolvió entre susurros. Quedó allí el fango, pero la llama azul se desvaneció también, robada de nuevo al más allá.

Kerek no lloró. Contuvo el sollozo, componiendo el destino de su hermano en la mente: un alma robada, esclavizada para animar ese horror de arcilla. Era necesario hacer algo. Se juró entonces que buscaría el origen.

Al día siguiente, visitó a la única que sabía tratar con la magia que sella y desata: Ilka la Vieja, curandera de dedos deformes y labios amargos. En la trastienda, Ilka le sirvió una infusión turbia y le habló sin girar la cabeza.

—Buscas respuestas —susurró—, pero la verdad suele pudrir lo que la toca, muchacho.

Kerek apretó la jarra.

—Le vi. Tenía el alma de Salek en el pecho. ¿Cómo destruyo eso?

Ilka escupió.

—No puedes. —Negó con los ojos. Había visto a demasiados hombres perderse en la arcilla y el llanto—. Un alma robada solo se libera si se rompe el núcleo. Y los núcleos… son obra del Alfarero.

—¿Quién es?

La vieja bajó la voz.

—Antaño, en estas tierras, un hombre firme condujo las lluvias y alimentó los campos. Pero su mujer murió en la tormenta. Él, poseído por la pena, buscó la inmortalidad del barro: moldeó cuerpos y atrapó en ellos cuantos espíritus pudo encontrar. Con el tiempo, olvidó su dolor y se volvió esclavo de su arte. Ahora, en la casa de las colinas, da vida y muerte en cada amanecer.

Kerek comprendió el sacrificio que debía hacer: enfrentarse al Alfarero, liberar a los cautivos. Si la muerte era su destino, sería con la cabeza erguida, por su hermano y por todos los desaparecidos.

Partió antes del anochecer. En el último umbral lo despidió Ilka, que le entregó un pequeño saco de sal, una rama de azufre y un cuenco de barro con runas. “Llénalo con lo primero de la mañana”, le dijo. Kerek asintió, sin entender del todo su utilidad.

El sendero a las colinas estaba plagado de raíces hervidas y ramas caídas. A cada paso, el barro parecía adherirse a sus botas y jalonear sus sentidos. Se cruzó con un hombre de barro, inmóvil junto a un tronco, con el torso atravesado por la rama de una encina seca. El ser no se movía, pero Kerek pudo escuchar el débil sollozo de un alma atrapada, apenas un murmullo desconsolado en el viento nocturno.

Al llegar a la cima, divisó la casa del Alfarero. Era una estructura de adobe y madera vieja que temblaba bajo cada ráfaga, como si el mismo viento deshiciera lentamente sus cimientos. Pero la verdadera fortaleza era invisible: una red de líneas grabadas en la tierra, runas antiguas que desbordaban un aura opresiva.

Entró sin avisar.

Dentro, decenas de hombres de barro permanecían en fila, semejantes a estatuas aguardando un juicio. El Alfarero, un anciano de barba trenzada y ojos sin iris, tallaba a mano un nuevo rostro en un torso de arcilla fresca.

—Viniste, pequeño. —La voz era humo, sin tiempo ni eco.

Kerek sostuvo la sal entre los dedos.

—Devuélvemelo —exigió—. Devuélvele el alma a mi hermano, o destruyo tu obra.

El Alfarero sonrió. Una sonrisa doliente, de quien ha olvidado cómo sentir compasión.

—Cada uno que recobro de la tierra fue un pacto. El barro sin alma es sólo barro. Necesito sus fuegos para darles forma…

—Esclavizas vivos y muertos —gruñó Kerek.

—Sin el dolor, solo hay vacío. —El anciano alzó la mano, y los hombres de barro comenzaron a moverse, cercando a Kerek—. ¿Acaso no sientes el dolor cuando piensas en tu hermano? Yo te ofrezco la eternidad juntos. Puedo liberar su alma… si cedes la tuya a cambio.

El muchacho titubeó. Por un segundo, el sacrificio pareció justo, necesario. Pero al mirar los ojos vacíos de los hombres de barro, comprendió: nadie debe ser esclavo del dolor ajeno.

Metió la mano en el saco y arrojó la sal al suelo en un arco. La tierra chisporroteó, las runas gimieron. El Alfarero gritó y sus criaturas se estremecieron de agonía. Del cuenco, Kerek extrajo la rama de azufre y la prendió en la llama del hogar. Humo amarillo inundó la sala. Los varones de barro se disolvieron entre vapores, liberando pequeños fuegos azules que ascendían al techo y se evaporaban junto con el olor a silencio y al lamento de siglos.

El Alfarero retrocedió, jadeante.

—Sin ellos… ¡yo sólo soy hombre otra vez!

En un arrebato, Kerek lanzó el cuenco, que se rompió a los pies del anciano, mojando las ruinas con la esencia de la mañana, como Ilka le había pedido. El suelo se desbordó de grietas, y de cada una surgió un destello: almas liberadas, flotando, gritando, volviendo al ciclo.

El Alfarero cayó, su cuerpo hundiéndose poco a poco en el lodo, hasta ser solo una sombra en la arcilla. Kerek corrió fuera, bañado en la niebla, mientras tras de sí la casa se derrumbaba, enterrada por todos los dolores que jamás debieron escapar del barro.

A la mañana siguiente, la aldea de Hrast despertó como si antes nunca hubiera existido el miedo. Los pasos de barro se deshicieron, las madres lloraron por sus hijos ya sin esperanza de regreso, pero con el consuelo de que ahora descansaban en paz. Kerek regresó al hogar, cubierto de cenizas húmedas, sabiendo que nunca se borraría el eco de las almas robadas. Pero siempre existe un final, incluso en la oscuridad.

En su puerta, Ilka aguardaba con un atisbo de orgullo.

—Ganaste, muchacho. ¿Pero qué harás ahora que ya no hay monstruos?

Kerek no respondió. Miró la tierra negra, sus manos vacías.

Quizás era tiempo de aprender a vivir con los huecos, y no con las sombras.

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