Portada del relato La Última Llama en Eridain
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Fragmento:


Eira levantó la mirada. Todo el mundo parecía mirar sólo la tierra, incapaz de sostener el peso de la historia.

Duración: 13:05

Libro La Última Llama de Eridain

Cap. 6 - La Última Llama en Eridain
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Capítulo 6: La Última Llama en Eridain

La aurora se abría sobre Eridain como un párpado indeciso, tembloroso ante la luz por tanto tiempo desterrada. El brumoso techo de nubes no se disolvía: resplandecía apenas, como si dudara, y el cielo continuaba arrastrando hebras violáceas y manchas de ceniza. Allí, al pie del Árbol de la Niebla, Eira sintió en la piel cruda el peso del nuevo día, una vibración anómala y preñada de desesperación, pero también de posibilidad. Eridain era un reino lisiado, sacudido por la promesa de una redención cuyo precio había pagado sola. El inframundo curvaba todavía el horizonte en sus ojos, y los ecos de los caídos retumbaban bajo la carne y en su sangre transformada.

Lian tiritaba a su lado, envuelto en mantas tejidas con jirones de magia y retazos de humanidad recuperada. Sus ojos —antes vacíos, zombificados por la mano del Árbol— ahora eran pozos luminosos, pero aún lastimados. Entre ambos, la distancia era corta: una niñez mutilada, un vínculo reconstruido a fuerza de sacrificios, y la sombra perpetua de todo lo que el Bosque Cuervo exigía de los suyos.

El claro que rodeaba el Árbol era ahora un mosaico de ruinas y supervivientes. Los Cazadores de la Ceniza —lo que quedaba de ellos, lisiados, quemados tanto por el fuego como por la verdad— se mantenían a varios metros de Eira, temerosos no sólo de ella sino de aquello en lo que podían convertirse si miraban demasiado tiempo a la nueva guardiana. Gavran, demacrado, extraviado en su propia penitencia, golpeaba la tierra con la empuñadura de su espada, los nudillos reluciendo huesudos como raíces. Una tregua silenciosa los mantenía juntos; la guerra, aunque postergada, nunca abandonaba del todo el aire.

Klythra aguardaba en los límites, encarnada al fin como una figura de grietas y destellos, manifestando en cada contorno siglos de hambre, pérdidas y anhelos. Ya no era sólo sombra. Sus ojos —dos órbitas envueltas en la penumbra de todas las eras— atesoraban tanto la infinita paciencia de la maldición como la posibilidad germinante de un futuro diferente.

Eira fue la primera en hablar, su voz una cuerda gastada que se tensaba con el deber de pronunciar lo que nadie deseaba oír:

—El Árbol duerme. El ciclo se ha quebrado, pero lo que crezca ahora depende de todos. La ceniza puede volver a ser raíz… pero solo si aceptamos la culpa y la cuidamos, sin convertirla otra vez en condena.

Nadie respondió al instante. El silencio tenía la densidad de la resina enterrada, de todos los nombres caídos que la magia de Eira custodiaba. Ella sintió los susurros: los fantasmas en su sangre, cada uno un testigo de la penumbra y de la esperanza que aún palpitaba en los extremos de la noche.

Fue Lian quien, finalmente, se aferró a su mano. La agarre pequeño, pero firme, como si intentara recordarle a Eira —y a sí mismo— que había algo aún salvable detrás del horror. Los otros —los Cazadores, las sombras, las criaturas cautelosas que asomaban entre la niebla— observaron ese gesto y, en él, una chispa tenue de reconciliación comenzó a expandirse, lenta pero innegable.

La tensión se desgarró cuando, desde la bruma rasgada, surgieron los primeros exploradores del reino: aldeanos que se atrevían a avanzar bajo la incertidumbre del bosque que ya no devoraba indiscriminadamente a los suyos; faunos y duendecillos, figuras espectrales antaño acechantes, ahora cautos testigos, reaparecían. La frontera entre monstruo y humano, entre leyenda y realidad, se mostraba tan vulnerable como las últimas llamas del reino.

Gavran, con un gesto fatigado, se acercó a Eira, dejando la espada en la tierra, símbolo de una rendición a medias.

—¿Qué haremos ahora?—preguntó, tono hueco pero sin desafío.—El bosque nunca olvida, pero los hombres somos expertos en fingir que nada pasó...

Eira levantó la mirada. Todo el mundo parecía mirar sólo la tierra, incapaz de sostener el peso de la historia.

—No podemos fingir más. El Árbol era prisión, sí, y portal; ahora es advertencia.—Se tornó, abarcando al bosque con un movimiento de su brazo lacerado y renacido.—Aquí quedaron los pecados de todos y sus posibilidades. Si no queremos repetir la oscuridad... debemos mezclar la luz y la sombra, y aprender a vivir en ese umbral.

Un murmullo recorrió la muchedumbre de criaturas y sobrevivientes. Klythra se acercó, sus pasos un eco sobre la madera muerta y reverdecida, sus palabras impregnadas de un tiempo fuera del mundo:

—No volveré a guiar este bosque con hambre. La cicatriz queda marcada, pero puede ser semilla, si eres tú quien decide cómo germina.

Las palabras de la sombra no eran una abdicación, sino un pacto aún más rotundo: le cedía el destino de Eridain a quien menos lo hubiese deseado, y sólo por eso cabía la redención. La magia de Eira palpitó, tentándola: podía reconstruir el reino con fuego y savia negra, imponer la voluntad de los antepasados en carne de todos, exiliar la humanidad y fundar un imperio de sombras; o podía dejar que la fragilidad y la culpa fueran el poder—construir el futuro de los vivos aún dudando, aún sangrando, aún imperfectos.

A su alrededor, la niebla persistente retrocedía con deliberada vacilación. Los Cazadores, aún armados con odio e incertidumbre, bajaron la guardia bajo la mirada de Eira. La violencia era un recurso siempre a mano, pero en ese claro, en esa aurora, no era más que el reflejo de una tragedia recién comprendida. Un silencio, preñado de posibilidades, los rodeó.

—¿Qué clase de guardiana serás? —susurró Klythra— ¿Portadora de una condena o de la última llama de esperanza?

La pregunta era luz y sombra, nudo de la herida y de la promesa. Eira, con los ojos encendidos de todas las lágrimas que nunca pudo derramar, arrodillóse ante el Árbol, llevó la palma herida a la tierra y habló para todos, vivos y muertos, criaturas y humanos, monstruos y hermanos:

—Seré custodio de la herida. No para alimentarla, sino para recordarla. Y de cada recuerdo, de cada nombre, de cada caída, extraeré la voluntad de no repetir el horror. Habrá magia, sí, pero nunca más devorará a un niño. Habrá memoria, pero nunca más justificará el odio ni el sacrificio como respuesta única.

El claro vibró. Algunos ancianos lloraron. Las criaturas del bosque se agazaparon, como niños asustados ante una historia demasiado grande para comprender. Lian la abrazó, y su abrazo bastó como juramento de que el sacrificio no había sido en vano.

De pronto, el Árbol palpitó. No como antes, cuando exigía sangre, sino como si una brizna de luz, diminuta y obstinada tras la corteza, se abriera paso: fuego primaveral emergiendo de una herida que siempre estuvo allí. Una chispa surgió entre las raíces —primero una, luego dos, cien—. No quemaban ni devoraban. Eran luciérnagas de savia y esperanza, encendiendo con timidez los primeros follajes negruzcos. El bosque parecía, por fin, dudar entre la condena y el renacimiento.

Ese instante fue aprovechado por todos. Los humanos echan a andar: algunos se acercaron a ayudar a los heridos; otros, conservando la distancia, comenzaron a entonar letanías antiguas, entre oración y conjuro, por si la magia podía aún restaurar parte de lo perdido. Las criaturas de la umbría, desconfianza larga en la mirada, se plantaron en los márgenes, esperando para ver si la nueva guardiana los condenaría o los aceptaría.

Gavran, moviéndose a duras penas, se dirigió también al Árbol y posó su mano sobre la corteza recién sanada. Durante un instante, Eira vio en sus ojos el fuego de la infancia, la fe casi extinguida de la juventud, y el remordimiento de todo lo que se había perdido en nombre del miedo. El guerrero, ahora quebrado, inclinó la cabeza ante la guardiana, gesto de respeto y de súplica a la vez.

—Querrán venganza —susurró a Eira—. Algunos humanos, y también monstruos. El ciclo no muere con una promesa. Pero si tú mantienes el recuerdo… tal vez puedan existir días sin hogueras.

Eira asintió. La procesión lejana de espectros y fantasmas seguía su ronda al borde del claro, ya sin hambre ni condena, sólo portando historias en la penumbra.

Lian, recuperado, fue el primero en caminar más allá del círculo, cruzando la frontera invisible entre humano y bestia, entre noche y alba. Fue imitado pronto por otros niños, humanos y feéricos, que surgieron de la maleza y los refugios, a hombros de quienes habían sufrido demasiado para permitirse nuevos odios.

La tensión contenida culminó cuando, entre la niebla, se presentó el consejo de los ancianos de Eridain: figuras demacradas, asustadas pero portadoras de la terquedad de la vida, escoltados por dos druidas inmemoriales, fugitivos durante generaciones, ahora expuestos al juicio de todos. Nadie alzó la voz. Eira fue al encuentro.

—¿Tendremos, entonces, una nueva guardiana? —preguntó la anciana mayor, rostro ajado, ojos como grietas en la piedra—. ¿O sólo convertiremos otra niña en mito y otra generación en carne para el Árbol si todo falla?

Eira negó suavemente. Llevó la mano a la marca que ahora recorría su brazo y cuello, un río abierto de nombres, penas y recuerdos.

—No hay custodia sin comunidad. Fui elegida porque nadie más quiso recordar, y porque elegí el sacrificio cuando ya todos habían jurado no mirar atrás. Pero nadie debe custodiar solo. No habrá sacrificios futuros; tampoco olvido —se volvió a la multitud—. Si alguna vez la noche regresa, debe hacerlo porque no supimos cuidar esta llama, no porque la niebla reclame nombres que le negamos.

Eso fue suficiente para que uno de los druidas, anciano huesudo de barba musgosa, se acercara y, tembloroso, ofreciera a Eira la vara ceremonial de los olvidados. En ella tallaron los nombres recientes de los niños caídos y las promesas restauradas por la sangre de Eira. El gesto desató un lamento coral, tan antiguo como la música del bosque y tan nuevo como la luz apenas insinuada que ahora abrazaba al claro.

Todo pareció quedar en suspenso un instante: el humo flotando entre ramas; los últimos susurros de Klythra, ya disolviéndose en la madera y en la posibilidad de nuevos mitos; los murmullos de los Cazadores, que sabían que su tiempo había muerto, pero que ahora podían elegir otra forma de recordar.

Y entonces, de la herida del Árbol, surgió una verdadera llama. No era salvaje, ni hambre insaciable. Era la luz pequeña y resistente de una esperanza que había cruzado el umbral de la muerte y del sacrificio. La llama flotó sobre la mano de Eira, iluminando la marca en su palma y la cara de su hermano, y, por primera vez en siglos, los niños de Eridain rieron a la luz, no a la sombra.

Eira levantó la vara, exhibiendo la llama para todos. La multitud, embargada de asombro, temor y una ternura asfixiada por siglos, se inclinó como si fuera un gesto de bienvenida a la vida.

La guardiana bajó la vista a su hermano, que ahora resplandecía sano y límpido. Luego miró a Gavran y a los druidas, a nunca más aliados y nunca más enemigos. Finalmente, dirigió su voz al bosque entero:

—No prometo redención absoluta. Pero mientras arda esta llama… no habrá olvido, no habrá más raíces hambrientas. Eridain, aún rota, volverá a elegir la luz. Y si alguna vez regresa la noche, sabremos que en la oscuridad también puede haber valientes que la enfrenten con memoria, no con miedo.

El Bosque Cuervo retumbó con ecos de aplausos tenues, sutiles vibraciones que le recordaban a Eira cuánto quedaba por hacer y cuán incierto era todo. Pero la llama ardía.

Serían necesarios años para reconstruir la confianza, para que los Cazadores se convirtieran en testigos y no verdugos; para que los monstruos aceptaran la voz humana, y los humanos la presencia de la magia. Las cicatrices jamás desaparecerían, ni en la corteza del Árbol ni en el alma de Eira; pero el final de un ciclo era también el principio de otro.

Ya no eran piadosos ni puros, ni confiaban como en la infancia. Pero la elección había sido hecha: no destruir la oscuridad, ni abrazarla sin reserva, sino convertir ambas en suelo fértil de un mundo que admitiera la contradicción como raíz de toda resistencia, y la memoria como guardiana última del fuego.

Entre los restos de la ceniza, la multitud encendió pequeñas antorchas a partir de la llama de Eira. El claro, antes umbrío, se convirtió en un círculo de luces danzantes: un milagro humilde, ganado a pulso y al precio irrevocable de la historia reciente y lejana. Ni monstruos ni humanos quedaron aparte. Era la primera vigilia de Eridain en la aurora. La última llama titilaba en sus corazones y, mientras durara, el reino jamás volvería a estar solo en la oscuridad.

Así terminó —o comenzó— la leyenda de la niña de la sangre maldita, guardiana del Árbol y de la herida, y así supieron en Eridain que, incluso en el olvido, temblaba siempre la posibilidad indómita de una llama nueva, dispuesta a encenderse en la noche, una y otra vez.

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