Portada del relato Las Sombras del Olvido
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Fragmento:


Un lobo aulló a lo lejos. O quizás no era un lobo. En las Tierras de Espejo Negro, cualquier ruido nocturno podría ser otra cosa: un espíritu en pena, un alma desterrada, incluso el murmullo del propio bosque, lleno de resentimiento y hambre. Todo aquí deseaba lastimar, y todo dolía en exceso.

Duración: 08:11

Las Sombras del Olvido
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Texto de ajuste de pausa.

Las ramas crujían bajo la presión de una ventisca fría, silbando entre los restos del antiguo bosque, donde la vida había huido hacía tiempo y solo quedaba el eco de incontables secretos. Tormund arremangó la capa, apretando los dedos trabados alrededor de la empuñadura de su hacha. La luna, gorda y baja, observaba a través de una capa rasgada de nubes, tiñendo el bravo suelo de un gris enfermizo. En ese lugar, el límite entre el mundo de los hombres y el de los muertos era tan delgado como la pared de un féretro.

Un lobo aulló a lo lejos. O quizás no era un lobo. En las Tierras de Espejo Negro, cualquier ruido nocturno podría ser otra cosa: un espíritu en pena, un alma desterrada, incluso el murmullo del propio bosque, lleno de resentimiento y hambre. Todo aquí deseaba lastimar, y todo dolía en exceso.

Tormund no debía estar ahí, ni con su barba entrecana ni su pie cojo ni su promesa rota. Ese no era el lugar para un hombre cansado de batallas y lutos. Sin embargo, allí estaba, porque el pasado lo reclamaba con toda la fuerza de una deuda impaga. Y porque, retorciéndose bien dentro de su pecho, esperaba encontrar el rostro de su hermano entre los muertos.

A cada paso, el suelo blando del bosque reclamaba las botas de Tormund con un lamido húmedo y helado. Podía sentir las raíces flexionándose allí abajo. No raíces vivas, sino cadáveres de madera, asesinados por la gran peste que, según decían, había sido invocada desde el corazón mismo de la tierra por brujas desesperadas durante la Séptima Hambruna. Nada crecía desde entonces. Nada que uno quisiera ver crecer.

A la luz espectral, los árboles muertos parecían gigantes derretidos, encorvados, con la corteza brillando como la piel de un ahogado. Al pasar por uno de ellos, Tormund creyó ver una mano aferrada al tronco, pero la desechó como una visión provocada por el agotamiento. Debía seguir. Faltaba poco para el lago.

El Lago Drakh. Un nombre como una maldición pronunciada con veneno antiguo. Todos decían que era un espejo donde solo veías lo que debías olvidar: el recuerdo de tus pecados, la culpa por tus actos y tus omisiones. En sus profundidades dormía, siempre según las viejas historias, la Reina Marchita, la última necromante, sepultada por el miedo de sus propios discípulos y condenada a soñar con venganza. Tormund no creía esas historias. En sus años de soldado había visto horrores más mundanos y, peor aún, horrores hechos por manos humanas.

Se detuvo al borde del lago. La bruma que ascendía desde el agua viciada tenía un olor dulzón, a perro mojado y a carne maldita. El reflejo de la luna era un charco de leche agria, tumultuoso, como si el agua se agitara desde adentro. Tormund se inclinó, arrojando una cuchara de madera sobre el espejo opaco. Las ondulaciones en el agua formaron breves imágenes: la cabeza de su hijo muerto, la sonrisa partida de su esposa, el cuerpo de su hermano entre jirones de luz. Se tragó las lágrimas. Sabía que era la Oscuridad jugando con su mente.

El viento cesó de pronto. El silencio subyacente se sintió enorme, como una presión. “¿Por qué has venido, Tormund Leiv?” preguntó una voz de mujer, tan nítida que cada letra pasó por su piel como un escalpelo afilado.

Cerró los ojos. —Busco a mi hermano. Se perdió aquí hace dos lunas. Hallaré sus huesos y los llevaré a casa.

La voz rió, pero era un sonido hueco, mohoso. —No buscas sus huesos —susurró—. Quieres saber por qué no volvió… lo que vio en la orilla, quién lo llamó por su nombre.

Tormund tembló, y no solo por el frío. —¡He enfrentado cosas peores en batalla! ¡Muéstrate, bruja!

Las aguas se alzaron como dedos, y donde estaba el reflejo de Tormund se alzó una mujer. Su rostro alternaba entre la edad extrema y la juventud podrida, sus cabellos largos parecían raíces cubiertas de limo y su corona era un nido de espinas y huesos de ratas. Abrió los ojos, vacíos y grises, y Tormund entendió que no miraban hacia afuera, sino hacia adentro: hacia él.

—¿Sabes lo que es perderlo todo, Tormund Leiv? —dijo la Reina Marchita—. Yo amé y fui amada, y cuando ellos me traicionaron y hundieron aquí, decidí arrebatarles todo, como ellos me arrancaron a mí. Por eso llamo hombres a mi lago. Por eso me traen penitentes.

Él escupió a sus pies. —No tienes poder sobre los vivos.

La bruja sonrió. De entre los troncos muertos empezaron a emerger figuras arrastrando los pies, luciendo armaduras oxidadas o ropajes de aldeanos rotos y cubiertos de musgo. Ojos vacíos y bocas sin lengua, manchados de barro y desesperanza. El hermano de Tormund se encontraba entre ellos, su collar de guerra todavía brillante entre la podredumbre.

El corazón de Tormund crujió, pero sostuvo el hacha. —No los temo. ¡Si debo morir aquí, entonces moriré como un Leiv!

La reina alzó una mano. —Ven a mí, Tormund. Danos tu vida, que es lo único que puede calmar este lago inmundo. Mi poder crece con cada alma. Y así, algún día, me alzaré y el mundo será tumba y olvido.

Los muertos extendieron las manos. El hermano de Tormund estaba en primera línea, los ojos suplicantes. —Tormund… vuelve a casa… —susurró con esfuerzo sobrenatural—. No rindas tu alma. Ella te mentirá como me mintió a mí.

El hacha se le cayó de las manos. Tormund lloró, pero una ira vieja, veteada de amor, le estalló en el pecho. Sabía que el dolor era vida, que el miedo podía ser arma. Se arrodilló, hurgó en la tierra y extrajo un puñado de raíces podridas.

Sacó el relicario de su madre, ese que el hermano siempre había usado como talismán y que rescató de la batalla. Lo apretó contra el musgo y la podredumbre, rezando a dioses que ya no respondían.

—¡Déjalos en paz! ¡Tómame, pero suéltalos!

La reina rio, pero hubo vacilación en sus ojos. —Por cada hombre que viene, tomo lo que me ofrecen —dijo, y extendió las manos—. Dame el recuerdo que más atesoras. Dame tu alegría, tu esperanza, tu amor… o déjalos aquí, conmigo.

Tormund apretó el relicario contra el pecho. Era la última memoria de un día soleado en la granja, el hermano y él, niños bajo la lluvia, riendo hasta rodar en el barro. Si la entregaba, ¿quedaría algo de sí?

El lago burbujeó. Manos salieron del agua, intentando sujetarle los tobillos. El hermano lloraba silencioso entre los muertos. Tormund gritó, abriéndose paso entre los delirios, usando palabras antiguas que su abuela había susurrado cuando la muerte rondaba la casa. Invocó a la vida pasada y al amor que había perdido y, con una fuerza nacida de la desesperación, arrojó el relicario al agua.

Algo estalló en el lago. Un resplandor se elevó, ennegrecido por la sombra, y todos los espectros gritaron. Tormund sintió cómo el eco de su memoria arrancada salía de su pecho, dejando un hueco frío. El hermano lo miró, libre por fin, los ojos llenos de gratitud y tristeza. —Gracias, hermano —alcanzó a decir, antes de desvanecerse en el humo.

La reina rugió de rabia, temblando. Se volvió incorpórea, un vendaval de raíces muertas, dientes y risas agonizantes, y desapareció en la niebla. El lago quedó quieto. El agua se aclaró, mostrando solo el reflejo simple de la luna.

Tormund se quedó en cuclillas en la orilla, la mente vacía, el corazón un tajo abierto. Sabía que había dejado atrás la última chispa de felicidad, pero también que había cumplido su culpa: los muertos ya no lo llamarían más. El bosque lo dejó ir, las raíces separándose bajo sus pies, y el camino a casa apareció, difuminado y triste.

Caminó sin volver la vista. Nunca sabría si la reina volvería a arrastrar penitentes al lago, ni si alguna vez el bosque reverdecería. Solo sabía que una parte de sí, la mejor, yacía ahora bajo el agua, silente pero luminosa, como un faro en la oscuridad, donde ni la muerte podía alcanzarlo.

Mientras la helada bruma se cernía a su espalda, Tormund se convirtió en leyenda. Y el Lago Drakh, hambriento y marchito, esperaba su próxima alma, sabiendo que la esperanza y el amor siempre serían el mejor banquete para quienes moran en el olvido.

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