Fragmento:
Lo conducían razones podridas y un deseo imposible: hallar a su esposa Andrenn, quien había desaparecido hacía tres inviernos. Los aldeanos decían que fue tomada por los Señores Helados, cuentos de viejas, pensó Eldrun cuando partió. Hasta que encontró los pasos, las huellas húngaras y los aullidos que no eran de lobo… Hasta que entendió la verdad horrible que las historias apenas rozaban.
Duración: 07:51
El silencio reina cuando la noche reclama los parajes de Nyrdheim, un silencio tan profundo que hace temblar los huesos de cualquiera con la osadía de penetrar sus dominios helados. Allí, más allá del último brote de musgo copudo, más allá de todo lo domesticado por el sol y el soplo cálido, empieza un territorio donde la vida solo se permite como una lenta exhalación: el Yermo Azul.
Eldrun es un nombre que los hombres recuerdan sólo en las canciones entonadas por ebrios; un nombre vetusto, dicho entre susurros, como si al ser nombrado arrastrara la escarcha hasta la garganta. Pero en aquel ocaso, era simplemente él—hijo caído, mente quebrada, naufrago en su propio arrepentimiento—recorriendo el camino que nadie osa tomar. Llevaba una armadura encostrada de lajas metálicas y un manto azul que una vez fue verde, aferrándose al calor de la nostalgia.
Lo conducían razones podridas y un deseo imposible: hallar a su esposa Andrenn, quien había desaparecido hacía tres inviernos. Los aldeanos decían que fue tomada por los Señores Helados, cuentos de viejas, pensó Eldrun cuando partió. Hasta que encontró los pasos, las huellas húngaras y los aullidos que no eran de lobo… Hasta que entendió la verdad horrible que las historias apenas rozaban.
La noche se levantaba, perfecta y terrible, sobre la llanura; el hielo reflejaba fragmentos de aurora difuntos. Y entonces, un crujido. Eldrun se detuvo. No era el gemido del hielo quebrándose bajo su peso ni el pálido quejido del viento. No. Era un lloro, como el de un niño, dirigido a las estrellas que jamás responden. Se encorvó, oculto tras una roca mordida, y lo vio: una criatura de pura transparencia, alto como un hombre pero de extremidades desproporcionadas, arrastrando unas filamentosas garras azuladas. Del torso sobresalían fragmentos como astillas, y todo él semejaba una escultura tallada por la mano de un dios ciego y cruel.
Lo que más helaba la sangre era la cara: parecía vacía, pero Eldrun percibía el parpadeo de unos ojos pálidos, como si mirasen desde otro mundo. Sollozaba. El aire alrededor del monstruo brillaba con partículas sutiles. Cada lágrima que caía de su rostro etéreo cuajaba en pequeñas joyas cristalinas, que el ente nunca recogía, y sobre las que evitaba pisar.
El guerrero tragó saliva. Durante años había perseguido a este tipo de fantasmas, bestias e historias; pero ningún arma podía herir aquello que carece de carne. Dio un paso atrás, con sumo cuidado. El monstruo, al parecer, no lo sentía.
Eldrun pensó en huir. Pero entonces la criatura giró la cabeza y murmuró—sí, murmuró—en una lengua tan vieja como el primer hielo, y su voz era el chirrido del metal al romperse:
—¿Por qué buscas el fin del invierno?
Un peso milenario pareció clavarse en el pecho de Eldrun.
—Estoy buscando a mi esposa —contestó, sorprendido de poder hablar.
—Aquí no hay piel ni memoria que recordar —canturreó la sombra. Y uno de sus brazos se agitó. El suelo se agrietó bajo cada palabra.
A lo lejos, algo respondía. Un eco. Más figuras emergieron, naufragios translúcidos, todos llorosos, todos con caras demasiado humanas para la comodidad. Una de ellas parecía moverse a rastras, dejando un reguero de cristales y gemidos.
El primero habló de nuevo:
—Nosotros fuimos huellas, promesas, pasados. Venimos de donde la muerte no concluyó; aquí nos quedamos, retenidos por la llamada de corazones que guardan duelo.
Eldrun apretó los dientes. Comprendía sin quererlo. ¿Era este el destino de Andrenn? ¿Convertirse en una sombra titilante, condenada a vagar por hielos interminables, sin poder cruzar ni morir del todo?
—¿La habéis visto? —suplicó, la voz quebrada— Es… pequeña, de cabello tan negro como la pez… Sus manos, sus manos eran tibias siempre en mi cuello.
Las figuras avanzaron sin perturbar el hielo. Una se detuvo junto a él. Sus ojos no le miraban exactamente, más bien observaban su pasado, y aun así había ternura en su gesto.
—Ella eligió olvidar tu nombre para no condenarse. Caminó hacia el olvido y ahora flota entre los copos. Si buscas, sólo hallarás vacío y memoria rota.
Eldrun gritó de rabia contenida.
—¡Mentira! ¡He oído su voz en mis sueños! ¡Sé que me llama!
La figura extendió el brazo. Las astillas en la piel titilaron con tonos lunares.
—Sueños que sólo acuden a los que no aceptan el final. ¿No ves que convocas lo que ya se ha ido?
De repente, el hielo vibró. Tan súbita y violentamente que Eldrun perdió el equilibrio; cayó de rodillas, sus guanteletes crujieron. Las criaturas se balanceaban como ramas en tormenta. Del suelo emergió una grieta, ancha y profunda, tan negra que la luz huía de ella.
Un susurro, la voz de todos los muertos bajo el hielo:
—Ven, si deseas el encuentro. El precio es la tibieza. La tuya —entonaron todos a una, como un coro sin boca.
Eldrun se puso en pie, tembloroso. Cerró los ojos, susurró una oración aprendida en la infancia. Puso un pie sobre la grieta.
Sintió el frío escurrirse, no solo sobre la piel, sino por dentro. Como manos que exprimen los recuerdos; sintió cómo todo calor, toda punzada de nostalgia, la última chispa de amor, se le escapaba.
Cayó, cayó en una oscuridad azul. Los suspiros de los condenados lo rodeaban. Había estalactitas invertidas, en el techo y en el fondo, llenas de ojos. Por un momento, creyó distinguir el perfil de Andrenn, que danzaba entre las sombras, pero su cara se disolvía en brumas antes de poder abrazarla.
—Andrenn, Andrenn, soy yo… Eldrun…
Fantasmagóricas manos se deslizaron sobre sus mejillas. Un perfume de flores muertas en abril.
—Tu nombre… no es mío ya —musitó la sombra, y ese sonido era el de la escarcha quebrándose por el peso del primer día de sol— Suéltame…
Eldrun gritó, pero la voz le fue robada por los ecos helados.
El reino subterráneo retumbó. Las criaturas rodeaban a Eldrun, estirando garras y brazos, no para herirlo, sino para asfixiarle en ternura y carencia. Le mostraron recuerdos ajenos: madres buscando a hijos que nunca volverán, amantes aguardando cartas que jamás serán escritas, niños aferrados a bufandas de padres muertos en la guerra. Todo hielo, todo adiós.
Entonces, la voz que una vez fue suya volvió, sola, nostálgica:
—¿Por qué buscas el fin del invierno?
Y Eldrun entendió, por fin, la prisión: atarse a lo perdido, invocar lo irrecuperable, era alimentar esa misma helada que devoraba Nyrdheim desde hacía siglos. Comprendió, horrorizado, que era su dolor, el dolor de todos los que se negaban a olvidar, lo que daba forma y sustancia a esos seres. El monstruo era la lumbre helada de la pena sin duelo.
Quiso gritar, pedir perdón, suplicar que lo dejaran marchar, que lo permitieran recordar sin congelarse. Pero nada salió de su garganta, sólo un suspiro blando como una hoja en otoño. Comprendió: ya era uno de ellos.
A la superficie del hielo, sólo regresó una figura nueva, tallada en transparencias y luces rotas. Se arrodilló junto al reguero de lágrimas cristalinas. Lloró. Los sueños de los que nunca dejan ir a sus muertos tienen ese color pálido y cruel.
Nyrdheim nunca fue salvada; el invierno perduró porque la gente se negó al olvido—que no es traición, sino liberación. En las noches más limpias, si uno se atreve a caminar por el Yermo Azul, puede encontrar figuras que lloran en la nieve. Son los que amaron demasiado y no supieron abandonar el recuerdo del calor.
Así termina la historia, en silencio: el silencio de un mundo que se niega a derretirse. Este es el precio de no dar sepultura a la memoria; este es el tributo que exigen los hijos del invierno eterno.
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