Los olivos crecían retorcidos sobre la colina, sus raíces buscando las entrañas de la sangre vieja sepultada en la tierra. Por entre sus ramas como huesos se divisaba la torre norte de Drevedan, más negra bajo la lluvia que ninguna sombra al abrigo del día. Todo viajero que tomase la carretera de Argos conocía que desde que la luna perdió su rostro sobre Drevedan, los huesos cantaban en los muros de piedra y la sal caía de las paredes como ceniza.
Ceniza llevó Rael a los labios esa noche en la posada del valle, casi a modo de exorcismo mientras escuchaba el repique de las gotas sobre el cristal. Nadie dormía realmente bien en ese hospedaje, pero él menos que ninguno. La noticia se había difundido con la velocidad de las cosas malditas: una familia entera, la estirpe menor de Arendt, encontraron la muerte en sus camas, los miembros crispados aún en el horror de una agonía invisible. Y todo bajo el amparo de marquesinas y tapices en Drevedan, el castillo de los varones caídos y las doncellas mudas.
Rael apretó sus huesudos dedos en torno a la copa y observó las miradas rápidas de los otros parroquianos. Él era diferente, cruzado de arrugas y con la mirada de quien ha visto morir demasiado pronto a demasiados seres. Recelaban de su abrigo negro, de la empuñadura delgada de su daga, de la prenda roja cosida en la solapa, símbolo de los juramentados que cavan en secretos. Pero, sobre todo, les estremecía el cuaderno que llevaba atado al cinto, con el filo de páginas que susurraban si se acercaba la lluvia.
Una mujer sentada cerca de la lumbre, con cabellos de musgo gris, rompió el silencio. "Buscaréis noche en Drevedan, forastero."
El forastero solo asintió.
"Nadie vuelve si entra tras la caída del tercer cuervo," susurró ella, escupiendo sobre la leña.
"Vuelvo por deudas antiguas," respondió Rael, alzando la copa.
El posadero, nervioso, limpiaba una jarra ya pulcra. "Las deudas de allá no se pagan aquí, caballero."
Rael se levantó sin responder, y la noche lo engulló acompañado únicamente por el crujir de sus botas y el relincho cansado de su yegua.
Drevedan surgió ante él no como recuerdo sino como herida: almenas rotas por los relámpagos, agua cayendo a hilos sobre las gárgolas de narices largas, portón de madera enferma que aún resistía a la hiedra. La aldaba era una garra fundida en bronce, fría incluso bajo la lluvia. Tres veces Rael golpeó.
Nadie acudió. La noche era tan cerrada que el eco del propio corazón de Rael parecía respondérsele.
Forzó la puerta. Al traspasar el umbral la fuerza de la maldición le empapó como un grito: cada piedra pulsaba con los nombres olvidados de los muertos, cada respiración era aire de cripta. Sacó una vela y encendió el sílex; aquella luz diminuta apenas bastaba para pelear con la oscuridad, pero la obligaba a presentar sus peores cartas.
El gran vestíbulo lo recibió con murales dónde flores de hielo abrazaban niñas muertas, y la sombra de un candelabro arrancaba gemidos de los estucos. Pero a Rael no le temblaba la mano; había descendido al abismo de otros castillos, y cada regreso solo le había costado un poco más de alma.
Avanzó paso a paso, dejando huellas de barro en el mármol roto. Cada sala abría una nueva herida: tapices arrasados por garras invisibles, espejos cubiertos de sudario, bestias disecadas que observaban el paso de los vivos con el rencor de los no-muertos.
En un recodo de escaleras encontró la marca: tres trazos en rojo, aún húmedos. El símbolo del legado sin cerrar, el presagio que había perseguido la estirpe Arendt como lepra. Rael extrajo su cuaderno, escribió: "La sangre reabierta. Vuelvo por ti, Drevedan."
La voz llegó como niebla, difusa entre el murmullo de la lluvia. "¿Nombras lo que no debe ser nombrado?"
Rael alzó la vela. "Nombrarlo es mi carga."
De la penumbra surgió un hombre que tenía la nobleza en los hombros caídos y la muerte en la mirada. "Soy Mélian Arendt. Era amo de esta casa. ¿Vienes a juzgarnos?"
"No traigo juicio. Solo respuestas," afirmó Rael. "¿Quién te reclamó?"
Mélian vaciló. "El pacto se rompió en la noche del séptimo plenilunio. Mi familia selló lo que no debía hacerse nunca: un trato con Ilvan, el Señor Bajo la Piedra. Era tan solo pedir protección; dimos promesas de olvido y de silencio, pero... el hambre de Ilvan no cesa."
Rael cerró los ojos. Había oído ese nombre en sueños y pesadillas; a veces lo invocan cuando el hambre y la desesperación se juntan bajo el mismo techo.
"¿Dónde está Ilvan ahora?"
"En la sala de la torre este," susurró Mélian. "En cada muerte abre las grietas un poco más profundas."
Rael tanteó la empuñadura de la daga ritual. "He venido a sellar lo que no debió abrirse jamás."
Avanzó por el pasillo, con Mélian pisándole los talones, hasta que el eco de sus pisadas pareció multiplicarse en carcajadas de niños muertos. Drevedan rezumaba sal en sus esquinas, y la sal apilada era blanca como el moho de los osarios.
En el vano de la torre este aguardaba lo innombrado.
Había velas cuyas llamas ardían al revés, cortinajes podridos que flotaban como medusas y en el centro, sobre un trono de raíces petrificadas, yacía Ilvan, con los ojos atiborrados de polvo lunar. No era hombre ni bestia, pero en su pecho latía un corazón como un tambor de piedra.
Rael se inclinó. "¿Por qué tomas lo que se te da y aún así lo devoras todo?"
"Porque así es la naturaleza de todo lo pactado," susurró Ilvan sin abrir la boca. "Ellos juraron olvidar, y sin embargo, recuerdan en los sueños. Cada recuerdo es una grieta, cada intento de reparar solo afila mi hambre."
Rael mostró el cuaderno, abierto en la primera página. "¿Temes al testimonio?"
Ilvan rió, un sonido como huesos cayendo en un pozo seco. "Temo al olvido verdadero, porque un día nadie escribirá mi nombre ni tus gestas. Drevedan será polvo. Y yo, sombra entre las sombras."
"¿Puedes liberar a esta casa?" preguntó el juramentado.
"Si tú asumes su carga. Olvidarás tu propio nombre. Perderás la voz en la que te reconoces. Pero a cambio, yo los dejaré descansar donde la sal aún no ha envenenado el mármol."
Rael miró a Mélian. "¿Qué elegirías tú, señor de la sangre rota?"
Pero Mélian solo bajó la cabeza, incapaz de soportar la mirada de Ilvan.
Rael cerró el cuaderno, lentamente. "Yo asumo el olvido," juró, y la sala se estremeció. Sentía cómo los recuerdos se le deshilachaban, cómo su nombre se filtraba de su pecho igual que el agua por las piedras secas. Vio su infancia, una madre de manos temblorosas, un río bajo el sol de mediodía; luego, esos rostros se marchitaron hasta ser desconocidos. Solo quedó la negrura, y en la negrura la certeza de andar siempre buscando, sin saber ya por qué.
Ilvan se alzó, enorme, deforme. Extendió una mano como raíz y tocó la frente de Rael. El castillo convulsionó, la piedra gimió y, por un momento, todos los espíritus atrapados se elevaron en columnas de sal, antes de romperse en gotas silenciosas sobre el suelo pulido.
Mélian lloraba. "¿Quién eres tú, que lo harías todo por los muertos?"
Pero Rael ya no podía contestar.
Ilvan retrocedió, fundiéndose con las sombras; los tapices cayeron, las velas exhalaron su cera y la torre quedó tan vacía como un ataúd.
Caminó Rael por los corredores de Drevedan, ahora libre del peso ajeno, pero vacío de sí mismo. A veces se detenía ante un espejo, buscando un nombre en el reflejo, mas solo hallaba el vaho del olvido. Bajaba al valle cuando la luna se escondía, donde la gente del pueblo veía a un hombre de abrigo negro, cuya mirada no reconocía a nadie y cuyas palabras siempre eran preguntas.
En la colina, Drevedan duerme una siesta de siglos. Nadie osa entrar ya en la casa donde la sal ha dado paso al polvo, donde los murales son solo ecos azules y, entre sus muros, camina un guardián sin nombre que recoge los suspiros de las cosas olvidadas.
Pero a veces, cuando la tormenta llega y la sangre tiñe de nuevo la tierra, Ilvan despierta entre la piedra ansiosa de pacto. Y en el rumor de la lluvia, silencioso, un nombre perdido se pronuncia, una promesa de Rael que ni la oscuridad ha sido capaz de sepultar del todo.
Así termina Drevedan: con vigilias vacías, pactos y heridas, y la esperanza tenue de que el olvido pueda, algún día, redimir lo que ni la muerte alcanzó a perdonar.
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