Fragmento:
Llevaba una antorcha, diadema de fuego llorando resina. Había venido en busca de lo que ningún mortal debería siquiera nombrar: el paso por encima del mundo, la senda sin tierra, la cuerda que conecta los abismos terrestres con la voracidad de los cielos. Caminos celestiales, los llamaban los hechiceros antes de la caída, cuando aún había templos de cúpulas abiertas al vacío y bibliotecas iluminadas por el sol fugaz de la segunda luna.
Duración: 07:42
La bruma de la madrugada trepaba como un animal taimado por las ruinas de Hálion, retorciendo su cuerpo entre escombros de mármol y hueso humano. En la necrópolis, ni siervos ni monjes se atrevían a susurrar bajo la tapia atacada por el liquen, pues decían que, cuando la niebla desciende, las sendas prohibidas se despiertan y pestañean con ojos de piedra pulida.
Llame a esto miedo o ignorancia, pero esa noche Karlyne dejó la seguridad putrefacta de la posada y vagó con pasos calculados hacia las puertas atrofiadas de la urbe dormida. Con los colmillos del invierno anclados en la carne y la túnica empapada, nadó en el silencio que solo las ciudades muertas conocen, donde cada esquina susurra un secreto barrido por siglos de lágrimas y promesas rotas.
Llevaba una antorcha, diadema de fuego llorando resina. Había venido en busca de lo que ningún mortal debería siquiera nombrar: el paso por encima del mundo, la senda sin tierra, la cuerda que conecta los abismos terrestres con la voracidad de los cielos. Caminos celestiales, los llamaban los hechiceros antes de la caída, cuando aún había templos de cúpulas abiertas al vacío y bibliotecas iluminadas por el sol fugaz de la segunda luna.
Mas Karlyne no era ninguna hechicera. Ni sacerdotisa, ni doncella perdida. Su nombre se había apagado en la boca de los padres, dejado a secar en un camposanto donde nunca hubo tumbas para los suyos. Era una sobreviviente, experta en contratos rotos, deudas de sangre y los trucos necesarios para no morir en un mundo que niega la compasión. Solo la desesperación, alta y hambrienta, podía arrojarla a buscar el umbral que cruza hacia aquello que acecha por encima de las nubes.
El mapa, tatuado en la parte interna de su antebrazo por el cuchillo de un mago moribundo, le gritaba en carne viva los nombres y sendas que sólo se revelan con dolor. El primer cruce: la escalinata de huesos colmados. Al llegar, tembló ante los peldaños afilados cubiertos por la hojarasca de los años. Avanzó, mordida por visiones: una marea de rostros pálidos clavados sobre mármol petrificado, todos abiertos en un rictus de júbilo agónico.
Aquellas escaleras no llevan a las torres ni a los altares. A cada paso, Karlyne se sentía más liviana, pero como si algo danzara en el interior de sus huesos, acechando para reemplazar lo que la mantenía anclada al mundo de los vivos. En la cima, aguardaba el centinela: un perro ciego, tan antiguo que la piedra crecía entre sus costillas. Hablaba sin lengua, con la voz de cien ancestros.
—No busques arriba, hija de la verja herrumbrosa. Abajo hay consuelo; arriba, sólo hambre y desgarro.
Pero Karlyne no respondió. La antorcha crispa y la mirada severa, hizo la señal que abren los viejos cuentacuentos: índice y pulgar entrelazados sobre el pecho, la promesa del vagabundo que no teme a la penitencia. El perro, resignado, apartó la cola y el polvo sobre la losa giró para revelar la grieta.
Por esa hendidura, fina como el hilo de la horca, debía dejarse caer sin mirar abajo. Lo hizo, sujetando la antorcha con la mano libre, musitando el conjuro aprendido en las cloacas, lo único robado con verdadero dolor: “Al todo, la nada. Al perderte, me hallo.”
La caída no fue larga ni corta, sino la negación de toda medida. El aire silbaba, y las sombras bailaban en ángulos filosos; la gravedad, más que tirarla, la descosía, hasta depositarla de rodillas sobre un suelo de pizarra pulida.
Delante de ella, la noche se sostenía, colgada de filamentos de luz fría que iban de horizonte en horizonte, forjando escaleras absurdas por encima de torres que sólo existían si las miraba de reojo. Caminos colgantes, flotando en la inmensidad: hebras de la realidad donde la muerte se revuelve, inquieta por ser burlada.
Karlyne incorporó la antorcha. El resplandor bailó en los primeros escalones del sendero imposible: una vereda suspendida, ni arriba ni abajo, guiada por miriadas de luceros petrificados en la distancia. La voz del mago muerto susurró en su carne inflamada: “Sigue hasta el cruce del Tercer Lucero. De allí, sólo podrás regresar cargando lo que has perdido.”
Avanzar en el filo de lo irreal es promesa de demencia. Tres veces el suelo tembló bajo sus pies, y tres veces el vacío le arrojó espectros de quienes antes de ella lo intentaron: madre, niño, amante desollado. Todos le tendían manos que no existían, todos devorados por la nostalgia. Ella no dudó. Siguió, un pie delante del otro, obstinada como un juramento carmesí.
A medida que ascendía, la humanidad se le escurría, reemplazada por recuerdos envenenados. Era justo lo que buscaba: desprenderse del peso que hacía imposible respirar entre los ruinas de Hálion, lavar la memoria de cicatrices, borrar el nombre de la madre a quien no pudo salvar. Quería dejarse atrás, y en los caminos del cielo eso era posible, o quizá sólo probable si la astucia superaba a la locura.
Al llegar al cruce, el mundo se bifurcaba en dos caminos celestiales: uno cubierto de pétalos negros, otro surcado de gritos cristalizados. Karlyne eligió el segundo. El dolor es más honesto, se dijo. Y los caminos honestos son los que a veces mienten menos.
Al avanzar, la senda cobró vida bajo sus pies desnudos. Voces, miles, lloraron en una lengua que ninguno de sus ancestros reconocería. Cada paso le costó un recuerdo, al principio fragmentos -un rostro riendo al sol, el olor de la lluvia- después, piezas más fundamentales. El nombre de su padre, la primera vez que vio la sangre, la melodía que cantó cuando era niña.
Pronto sólo quedaron vacío y rabia. Y fue eso, la rabia pura, lo que la mantuvo en movimiento. Llegó, finalmente, al final del camino. Allí, suspendido en un pozo de tinieblas, un altar de obsidiana aguardaba, cubierto por una figura encapuchada tallada en un solo bloque de sal negra.
—¿Qué has venido a dejar atrás? —preguntó la estatua, su voz lastimando el aire.
—Quiero mi libertad —respondió Karlyne, apenas consciente de lo que eso realmente significaba.
La estatua asintió, y con gestos crujientes extrajo de las sombras un corazón palpitante, no su corazón, sino el reflejo de cuanto era; memoria, dolor, amor y odio, todo unificado en una madeja roja latiendo. Lo colocó en el altar.
—¿Te atreverás a cruzar de vuelta? —preguntó entonces.
La respuesta de Karlyne fue un silencio atroz. Cruzar de vuelta significaba arrastrar ese corazón de regreso, vivir con la conciencia del sacrificio mientras la realidad sangraba a su paso. Aceptar la libertad era aceptar también la condena de nunca más encajar, de existir sólo en el límite -una exiliada de ambos mundos.
Optó por la osadía. Recogió el corazón. Su tacto quemaba, pero no soltó la presa. Repasó el camino inverso con paso cambiante, cada regreso oxidando aún más las huellas humanas, hasta que, al volver a la grieta, el perro viejo ya no la notó. Ella era otra; no viva, no muerta, frontera inquieta entre dos órdenes.
Dejó atrás la necrópolis. Caminó hasta el amanecer, la antorcha exangüe colgando y el trozo de carne palpitante adherido a la túnica. Nadie volvió a hablarle en ese lado del mundo. Ni los muertos, ni los vivos, ni las cosas que acechan entre las estrellas. Caminaba ahora su propio sendero, suspendida en un eterno entre; y allá arriba, en las alturas inalcanzables, los caminos celestiales seguían esperando a su próxima viajera.
Solo aquellos dispuestos a pagar el precio conocen la verdadera libertad. Para los demás, la historia de Karlyne se convertía en otro susurro perdido en las ruinas, un eco que avisa demasiado tarde: hay sendas que no llevan a ninguna parte, y lugares que sólo existen si se los olvida a tiempo.
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