Fragmento:
Esa casa. Muchos sostendrían que jamás estuvo ahí. Y aun así, todos en el pueblo sabían su forma: sus muros sembrados de grietas y musgo, la puerta hinchada de humedad y los postigos batiendo en el viento sin viento. Ninguno admitía saber, no obstante, quién vivía ahí. Ni si, en verdad, vivía alguien.
Duración: 08:08
La niebla se arrastraba aquella noche como si la convocaran fantasmas. Se deslizaba, prieta y lenta, entre las ramas desnudas de los robles, desdibujando el límite entre las lápidas del cementerio antiguo y los campos adyacentes, donde la tierra lamía la sangre de cien años de batallas. No era una niebla natural. Hacía la carne de los vivos pálida y su aliento frío, y volvía los huesos en los montículos más derechos, más atentos. Y allá, al pie del Roble Negro, donde los pastores evitaban llevar el ganado incluso de día, aguardaba la casa.
Esa casa. Muchos sostendrían que jamás estuvo ahí. Y aun así, todos en el pueblo sabían su forma: sus muros sembrados de grietas y musgo, la puerta hinchada de humedad y los postigos batiendo en el viento sin viento. Ninguno admitía saber, no obstante, quién vivía ahí. Ni si, en verdad, vivía alguien.
Esa noche, sin embargo, la casa tuvo huéspedes. Tres figuras caminaban a través del campo, hachando la bruma cerrada y sofocante, guiados por una linterna cuya llama dormía sin cimbrearse, como si el aire temiera tocarla. La que la sostenía era Marrow, una mujer angulosa de párpados violentos y risa fría, cuyo hacha colgaba a la espalda como una advertencia. El segundo era el joven Crow, de rostro roto por las cicatrices y arrastrando la pierna derecha; hacía girar una piedra en la mano, repitiendo palabras que aprendió del padre en agonía. El tercero, Rix, era viejo y casi invisible, cubierto de mantos y colgajos: un hombre cuya voz era sólo un hálito y cuya presencia parecía disminuir el volumen del resto del mundo.
La puerta les cedió el paso como si los esperara—o como si no tuviera fuerzas para resistir una vez más. El interior apestaba a hongo y a libros podridos; las velas, ennegreciendo sus propias lágrimas de cera, se encendieron solas. La sala tenía paredes deformes, sembradas de espejos viejos y corrientes de aire que susurraban cosas inaprensibles. Un tapiz polvoriento cubría la pared oriental: escenas de caza, banquetes, cuerpos abiertos junto a cálices.
—No estamos solos —advirtió Marrow.
No. La sombra sentada a la mesa de roble era tan densa que dolía mirarla. Dos ojos ambarinos y delgados giraron en sus cuencas, contemplando a los recién llegados.
—Han venido en noche de niebla. Pagan tributo o buscan pacto, ¿cuál será?
La voz era negra, aceitada, una garra enterrándose en la memoria.
Rix, el anciano, dio un paso adelanta y se desplomó pesadamente sobre una silla. Su manto goteó hojas secas.
—Venimos a ofrecer sangre y pedir la salvación del valle. Sabes quién se acerca, quién nos empuja a buscarte.
La figura se inclinó hacia la luz. Sus rasgos permanecían imprecisos, como si las velas rehusaran revelarlos por completo.
—La Reina del Lamento camina desde el sur, ¿es eso? ¿Y qué ofrecen a cambio de mi protección contra ella? Vuestra carne es poca cosa. Vuestras almas, menos aún.
Crow miró de soslayo a Marrow. Fue ella quien, sin vacilación, sacó de una bolsa un frasco de vidrio. Su líquido era de un negro tan puro que absorbía la mirada.
—La sangre de la Séptima Víbora. Robada en las ruinas de Halden. Este, pese a todo, es tuyo.
El ser rió sin alegría.
—Demasiado humilde para el peligro que os amenaza. ¿Qué haré con esta nimiedad contra una reina que devora siglos?
En el tapiz, las figuras parecieron moverse. Los cazadores blandían ahora cuchillos sobre las gargantas de criaturas pequeñas y negras. El aire olía levemente a cobre fresco.
Rix supo que era el momento.
—Podemos, si quieres, darte otra cosa. Algo prohibido.
No era solo el huésped de la niebla quien aguzó el oído. También la casa pareció escuchar. Sus paredes crujieron; las sombras temblaron.
—¿Lo sabes? —el ente se inclinó, por primera vez verdaderamente curioso—. Tú lo traes, anciano-Rix.
Rix se quitó el manto y, de sus pliegues, extrajo un relicario de hueso. Lo depositó en la mesa con dedos que eran ya pura madera.
—El nombre verdadero de la asesina del último día. Pronúncialo, y el tiempo se rebelará contra ella. Pero te exigirá precio.
La entidad aspiró hondo. El aire tembló.
Crow intervino en ese momento.
—No es todo. Necesitamos garantía. No queremos liberar un mal por otro.
El huésped les sonrió. Sus dientes estaban cubiertos de limo, inhumanos.
—No hay victorias sin sacrificio —dijo—. Y el precio siempre se paga.
La puerta estalló entonces, como si cientos de dedos la rasgaran de afuera. Una ráfaga de sombra y escarcha penetró, y tras ella, un silencio tan cerrado que hizo enmudecer todas las palabras a medio nacer.
Ella había llegado.
La Reina del Lamento era hermosa y atroz, con la piel traslúcida donde relampagueaban los huesos y venas negras. Sus ojos eran dos charcos helados. Su boca, una herida que nunca cicatrizaba.
—Mi trono reclama el valle. La Vieja Sangre ya no puede oponerme resistencia. Entregadme a vuestros dioses menores, a vuestras esperanzas rotas. Y cededme la casa —su voz era una corona de cuchillos—.
El huésped de la niebla se erguía ya, alzándose hasta casi tocar el techo. Tanteó el relicario de hueso, que brillaba débilmente.
—Este no es tu lugar, Reina sin tumba. Regresa a las Estrías.
La Reina avanzó. A cada paso, la madera adquiría musgo, y la humedad hervía en los nombres escritos en las paredes. Rix comenzó a balbucear, y Marrow empuñó su hacha, aunque ambos sabían que lo que se avecinaba no era batalla física.
Con la sangre de la Séptima Víbora, el huésped trazó un círculo sobre la mesa. De la boca del relicario emergió un vapor helado, cosquillas de siglos.
—Tendrás que competir, Reina, por el dominio de este suelo. Si respondes al nombre que la muerte me ofrece, tomarás este lugar. Si no, tu eco será ceniza.
La Reina giró el cuello, lenta, como si recordara haber sido humana alguna vez.
—Nunca temas, sombra. Puedo escuchar hasta el eco de los nombres olvidados.
El huésped murmuró en una lengua que era viento y tierra. El relicario tembló; la niebla se condensó contra los muros, y la casa giró, se hundió, condenada a erizarse bajo tierra o a trepar hacia la última estrella.
La Reina pronunció una palabra. El nombre zumbó como un enjambre de agujas.
Pero no era el nombre verdadero.
El huésped aulló, y la niebla lo consumió por completo. Su figura se desintegró, derramándose por las grietas del suelo, enroscándose deseosa en los tobillos de Marrow y Crow.
La Reina gimió. La palabra falsa la marcó con fuego. Retrocedió, dejando tras de sí grietas imperturbables.
—No. No puedes… No debías…
Pero la casa misma ya revestía sus paredes con la sangre de la Séptima Víbora. El nombre giraba en el aire, ahora selvático, salvaje. Rix, en un último acto, sacrificó parte de su propia sombra: la arrojó al círculo de sangre y hielo.
La casa sacudió los cimientos. Gritos, risas ahogadas, el susurro de los caídos. Todo giraba, la nieve entraba, el aire se congelaba, la historia se repetía y distorsionaba, hasta que solo quedó silencio.
Cuando la nieve amainó y la niebla huyó, solo Marrow y Crow seguían en pie. La casa era ahora una carcasa vacía; el huésped de la niebla y la Reina del Lamento se habían volatilizado en un único clamor, uno que la tierra recordaría durante siglos en el musgo, en los nombres ilegibles, en los círculos de piedra hundidos.
Marrow, ensangrentada y temblorosa, apoyó el hacha en el suelo.
—¿Lo logramos? —preguntó Crow, la voz hecha astillas.
—No sé —respondió ella. Todavía había eco de palabras viejas en su carne—. Pero el valle está en paz. Por ahora.
Aferró el relicario, ahora sellado y opaco. Nunca sabrían si la amenaza había sido purgada o simplemente intercambiada.
Afuera, en el camposanto, todos los robles tenían hojas azules. Bajo el Roble Negro, la tierra seguía bebiendo la niebla, satisfecha pero aún hambrienta, esperando nombres nuevos.
Y la casa, para quienes supieran buscar, todavía aguardaba.
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