Portada del relato El bosque de los rumores
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Fragmento:


El primer recuerdo llegó como un dardo de dolor detrás de los ojos: una masa de cuerpos enlutados, una carreta volteada, caballos enloquecidos. Élian gritó y se arrancó la máscara, cayendo de rodillas, pero el dolor quedó, repartido como hielo en su cráneo.

Duración: 08:41

El bosque de los rumores
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Texto de ajuste de pausa.

El día en que Élian supo que las máscaras hablaban fue también el día en que entendió que el mundo, tal como lo conocía, se acababa. Caminaba solo por el sendero nevado del Bosque de Galmair, siguiendo la lógica desesperada del hambre y la desesperanza. Janeiro se había tragado la última sonrisa del pueblo, y el frío demacraba hasta las sombras. Su madre, marchita en la silla, ya no podía alzarse ni para gritarle a los cuervos. Élian se llevaba en el bolsillo la última rebanada de pan duro, la promesa de volver, sí, y un cuchillo oxidado que olía demasiado a su propio miedo.

En la escuela, antes de que esta cerrara —antes de que los niños dejaran de ser niños— solían advertirles que no te adentraras más allá del roble hueco. Todo lo que estaba más allá, decían, pertenecía a una niebla en la que sólo los desaparecidos, los desterrados y las criaturas sin nombre podían moverse libremente. Pero este era el tipo de día en que el hambre tuerce viejas advertencias y la desesperación convierte los límites invisibles en piedras bajo los pies.

El roble hueco seguía ahí, inmenso y podrido en su corazón, abierto como una boca a medio masticar. Las historias lo llamaban el Guardián del Paso. Élian pensó en el paso a ninguna parte y, aunque el aire dentro era gélido, se arrastró entre raíces nudosas, empujando su temblor adelante. La madera crujió detrás, como dientes cerrándose en torno a la presa.

La oscuridad no era silencio en el vientre del árbol. No, allí las cosas susurraban, se movían, se removían; el bosque, aquí dentro, conocía palabras que Élian nunca había escuchado y que, de algún modo, entendía al instante.

El cuchillo en su mano palpitó, como si compartiera su pulsación. Caminó, tropezando a ciegas, hasta que la luz, deformada por alguna fuerza imposible, comenzó a colarse entre las grietas de la corteza. Una raíz en espiral lo detuvo, y allí, sobre un lecho de hojas negras humedecidas por la escarcha, esperaban las máscaras.

Había docenas de ellas. Algunas de madera, otras de marfil o piel. Todas ajadas, hermanadas en las grietas y las manchas de musgo. Sus ojos vacíos parecían observarlo, y algo en la curvatura de sus labios sugería un secreto compartido. Élian, impulsado, extendió la mano y tomó una: era del tamaño y la forma de su propio rostro, su superficie rugosa, pulida por muchas manos —o acaso por ninguna. La colocó sobre su rostro.

El primer recuerdo llegó como un dardo de dolor detrás de los ojos: una masa de cuerpos enlutados, una carreta volteada, caballos enloquecidos. Élian gritó y se arrancó la máscara, cayendo de rodillas, pero el dolor quedó, repartido como hielo en su cráneo.

—No tan rápido —susurró una voz, y todas las máscaras titilaron a la vez.

No había nadie con Élian en el claro bajo el árbol, sólo las máscaras y su propio temblor, pero la voz venía de todas partes y de ninguna.

—Toda máscara debe ser llevada. Toda verdad, recordada.

Élian intentó ver detrás de las máscaras, bajo la pila, pero la voz insistió, cada vez más cercana, hasta que lo asfixiaba.

—Escoge otra.

Quizás fue el frío, o la mala costumbre de obedecer cuando no debía, pero su mano se cerró alrededor de una segunda máscara. Esta era roja, con la boca en un rictus de placer o dolor, imposible de distinguir. Cuando la acercó a su cara, el mundo se desmoronó.

Ahora era otro: olía a jazmines y ceniza, sentía manos suaves explorando su espalda, el filo de una daga en la carne, el temblor entre el deseo y el espanto. Era una noche interminable en una ciudad donde nadie dormía, donde la luna proyectaba secretos sobre los cuerpos y la sangre era la moneda de los amantes.

Élian se arrancó la máscara con un alarido. Sus manos temblaban. Miró a su alrededor: el bosque se había transformado. Tras la madera carcomida del árbol, ahora se extendía un claro bajo la luz turbia, bruma y formas encorvadas que se mecían entre los árboles, cada una llevando una máscara.

Pero las máscaras no estaban sobre sus rostros: colgaban en sus manos, o en la punta de bastones nudosos, o en ramos de adelfas secas. Y todos giraban alrededor de una figura central, un hombre-algo que era sombra y figura, cuyos ojos ardían con la luz del bosque viejo y la tristeza del hambre.

—Has cruzado. —Su voz estaba hecha de mil ecos, como el viento entre las ramas rotas—. ¿Sabes qué es este sitio?

—¿Un sueño? —aventuró Élian, lo que le pareció más seguro que mentir.

Las sombras rieron, un sonido como huesos contra cristal.

—No, niño hambriento. Es la Verdad del Bosque. Aquí duermen los recuerdos que lastiman, los nombres que no se pronuncian, lo que un pueblo entierra bajo miedo y hambre hasta que creen que se marchitó. Aquí, los que cargamos máscaras llevamos las culpas y las promesas rotas del mundo exterior.

Élian se sintió doblar. Quiso recordar por qué estaba allí, la imagen de su madre, el pan seco, la promesa de regresar. Pero aquello era lejano y pálido. El verdadero peso lo llenaba, una suma de remordimientos, de pecados robados de rostros ajenos.

—No quiero vuestros recuerdos —musitó, con la desesperación de quien aún no ha perdido lo que ama.

La figura sombreada se arrodilló ante él. Le extendió otra máscara: era blanca, lisa, sin señales de vida.

—La puedes devolver, si portas la tuya. Si tienes el coraje de mirar.

Élian no entendió, pero no vio salida. Tomó la máscara blanca. Al ponerla, el bosque desapareció y, sin embargo, lo sintió más cercano que nunca. Vio el pueblo desde arriba, sus casas pudriéndose bajo la nieve, escuchó el llanto de los niños nacidos en la escasez, el rumor de las madres en los patios describiendo las desapariciones. Una memoria más vieja que la suya: una niña marcada, arrastrada al bosque bajo el frío, juramentos susurrados entre ramas, promesas quebradas “para siempre”. Vio los rostros: el suyo, el de su madre, el del alcalde, la cara del maestro que le enseñaba a escribir el nombre del miedo.

La máscara no caía, aunque intentara apartarla. Y entonces Élian vio que su piel, debajo, ya no era sólo suya: era la suma de cien duelos ignorados, cicatrices en forma de nombres y de fechas. La figura central sonreía, y sus ojos eran ahora los de la luna.

—Cada generación nos alimenta, nos entierra bajo otra capa de olvido. Pueden ignorar la niebla, pueden dejar de advertir a los suyos, pero siempre hay un niño de hambre que cruza el roble, y así seguimos existiendo. Nosotros los que llevamos las máscaras, somos el Silencio que fecunda.

La multitud de figuras se acercó. Cada una extendía una máscara distinta. Una tras otra, todas pasaron por Élian, sus memorias atravesándolo, quemándolo y helándolo.

Quiso gritar, pero ya no podía. Las máscaras callaban por él.

Al final, la figura oscura le tendió la última máscara, la más pequeña, de madera pulida, con un único ojo tallado en su centro.

—Ésta es la tuya, niño. La que nadie puede arrebatarte. Si la llevas de regreso, quizás algún día alguien escuche, aunque no todos quieran mirar.

Élian tomó la máscara. Al contacto, el bosque desapareció bajo sus pies, y cayó; cayó entre raíces y recuerdos, entre cuerpos envueltos en sueño, hasta que el frío de la corteza volvió a rodearlo.

Despertó bajo el roble hueco, en la entrada al bosque. En la mano apretada tenía la máscara del único ojo. El pan mohoso seguía en su bolsillo, el cuchillo oxidado junto a él, pero algo —era difícil saber qué— había cambiado en su interior.

Volvió al pueblo. Nadie comentó nada sobre su ausencia. Alimentó a su madre, se sentó a su lado, escuchó el sonido apagado del viento en la noche. Pero desde entonces, noche tras noche, Élian ve a los que llevan máscaras mientras camina en sueños por el bosque. Recuerda lo que otros han olvidado. Y su miedo es un pozo, profundo y transparente, donde los recuerdos flotan como cadáveres lentos.

Algunos días, el pueblo se pregunta por qué la nieve parece nunca irse, por qué las risas suenan más delgadas, por qué los niños dejan de jugar cuando la luna está alta.

Sólo Élian sabe la verdad: que mientras existan máscaras, existirá el bosque. Y mientras alguien tenga el valor de mirar a través de ellas, quizá —sólo quizá— el pueblo no esté del todo perdido. Porque las máscaras cuidan. Las máscaras devoran. Y en el crujido de la madera podrida del roble, siempre hay sitio para una promesa más, para un deseo nunca pronunciado, para el eco de un nombre que alguna vez fue tuyo y que ahora, en el bosque, nunca dejarán de susurrar.

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