Nadie se atrevía a navegar tan lejos al oeste. El mar se volvía rojo antes de alcanzar la primera isla, y los remos crujían con un susurro que parecía el sollozo de fantasmas. Pero en la taberna de Valjun el Viejo, hasta el miedo tenía precio. Fue allí donde Hallen, cuya sed de venganza era tan tenaz como el hambre, reunió una tripulación dispuesta a buscar lo vedado. Nadie preguntó por qué, sólo contaron las monedas.
La Promesa de Mangle era un navío viejo, su quilla marcada con runas ilegibles y el mascarón de proa tallado con rasgos salvajes y femeninos. La proa apuntaba al ocaso cuando partieron, arrastrando tras de sí la esperanza de los que no volverían. Hubo rezos, no tanto a los dioses reconocidos, sino a los espectros de la niebla, a los nombres prohibidos que florecen donde la luz es negada.
El primer día cruzó sin incidentes, pero al anochecer la bruma se espesó, arrastrando con ella el hedor de leños quemados y tierra removida. El celeste fue devorado por un gris denso. A la mañana siguiente, las islas aparecieron, negras y rojas, sombras que hervían bajo lenguas de fuego. El agua se retorcía alrededor de ellas, burbujeando como la caldera de un brujo.
“Cenizas bajo la bruma...”, murmuró Halre, el contramaestre, alguien que conocía demasiadas pérdidas.
Hallen había nacido en la penumbra de un bosque, su infancia teñida por la violencia y la ausencia. Su hermana llevaba cinco años desaparecida, arrebatada, decían, por los brujos del bosque de Zeral, cuyos rumores viajaban hasta las costas más alejadas de la civilización. Se decía que quien quisiera encontrar a los Perdidos debía superar las Islas de Fuego, pues sólo ellas custodiaban el umbral al bosque donde las sombras eran voraces y andantes.
Las primeras noches se llenaron de pesadillas. La tripulación soñó con figuras encapuchadas que quemaban los cielos, manos huesudas que salían a través de las llamas y los arrastraban al abismo. Dormían poco, hablaban menos.
—¿Sabéis de los Danzantes? —preguntó una noche Dama Fiss, una de las dos mujeres a bordo, su voz tan seca como una rama. Nadie respondió.
—Alguien debe recordar el pacto. Cada luna, ellos reclaman. Cada embarcación que se atreve, pierde. ¿Por qué habríamos de ser distintos?
Las islas eran más próximas de lo que los mapas advertían. Sobre la lava solidificada crecían helechos gigantes, y en las orillas, oscuras manchas se movían como hordas de insectos ocultos bajo la hojarasca. Pero lo peor estaba en el aire: el murmullo de nombres nunca pronunciados, y una opresión que apretaba el corazón como un puño cerrado.
Al tercer día, un marinero joven llamado Sern cayó por la borda. Nadie vio el momento, sólo escucharon su grito, breve y ahogado.
Por la noche, Sern volvió.
No subió el costado del barco, ni cruzó a bordo como un hombre. Se arrastró, largo y flaco, sus ropas húmedas de lodo y ramas. Sus ojos eran pozos sin fondo. No habló. Se quedó de pie en silencio, mirando hasta el amanecer la línea de islas, y al alba, se disolvió en una columna de humo.
—No hemos cruzado aún —musitó Halre, con la voz trenzada en el miedo. Nadie osó discutirle.
Los días siguientes, Hallen atormentaba la carta náutica con sus uñas, buscando un paso: los mapas decían que sólo había un canal seguro, oculto cada día salvo durante la hora muerta: el crepúsculo exacto cuando el fuego flaqueaba y las sombras del bosque asomaban en las laderas de la última isla.
Esa noche, la tripulación amarró la nave entre las sombras de gigantescos mangles que parecían esculpidos en carbón. Sombra y resplandor dibujaban figuras imposibles sobre las aguas, y el bullicio de la selva crecía, incesante, como si los árboles albergaran ciudades de bestias ocultas.
Uno a uno, los hombres y mujeres de la Promesa de Mangle percibieron la respiración del bosque, caliente y húmeda. Bajo las raíces, el suelo ardía, pulsando como si tuviera corazón propio.
Hallen, incapaz de dormir, descendió a la orilla en solitario. No llevaba antorcha; sólo el brillo enjuto de la lava le guiaba. En cuanto pisó tierra, supo que era vigilado. Los árboles crujían en una lengua ancestral, la memoria de una era donde las bestias eran dioses y los hombres, apenas carne pasajera.
No tardaron en encontrarlo.
Tres Danzantes emergieron de la penumbra, altos, delgados, como inmolados en un fuego imposible. Sus orejas eran largas, sus ojos, orbes blancos y vacíos. Giraban, suaves, como si danzaran en mitad de una tormenta invisible. De sus bocas caía sombra, no palabra, oscura, física, la sustancia de la que nacen las pesadillas.
—Buscamos la hermana perdida —dijo Hallen, su voz temblando.
—El bosque recoge lo que el fuego no quiere —dijeron, las voces entrelazadas como cuerdas de ahorcado—. Pero cada petición exige un precio.
Se arrodilló. No había elección: los dioses del bosque pedían lo que nunca podía ser devuelto.
—Entrarás sólo. Tus compañeros no volverán.
—No puedo aceptar eso.
—Entonces lleva la marca.
Uno de los Danzantes extendió una mano oscura, y para sorpresa de Hallen no tembló. El tacto fue frío, y al instante el interior de su antebrazo ardió como si una brasa se hubiera incrustado en la carne. Con un alarido ahogado, supo que la isla lo había reclamado.
Regresó a bordo. Halre vio la marca y bajó los ojos. Nadie preguntó.
El siguiente crepúsculo, la tripulación cruzó el canal de la última isla. El aire se espesó; el horizonte se desvaneció ante un muro tupido de ramas y niebla. Atracaron junto al bosque de Zeral, y ahí la realidad deshizo sus costuras.
El sotobosque era un laberinto de raíces tan negras como la tinta, cubierto por neblina. Hallen avanzó, la marca en su brazo ardiendo a cada paso. Tras de sí, sus tripulantes seguían, pero la sombra se abría a su paso para cerrarse tras ellos, engullendo toda esperanza de retorno.
A lo lejos, cantos que se parecían a sollozos. Los árboles parecían moverse, sus ramas entrelazándose en gestos que reniegan de todo lo humano.
La primera muerte cayó sin aviso: Garm, el hombre de mayor estatura, fue atrapado por una garra de raíces y desapareció en el lodo, la tierra negándose incluso a devolver sus huesos. El pánico no permitió funerales. Siguieron adelante, contando los latidos de su desesperación.
En las profundidades, la luz se fracturó aún más. Un claro, y en el centro, una hoguera azul que jamás moría.
A su alrededor, los Perdidos: hombres y mujeres transparentes, con ojos anegados de lágrimas secas. Su hermana estaba allí, o lo fue una vez. El pelo derramado por los hombros, la piel grisácea, con la eternidad impresa en el gesto.
Hallen corrió hacia ella, pero docenas de manos lo apartaron, espectros que ansiaban la vida que ya no poseían.
—¿Por qué viniste? —preguntó su hermana, su voz calcinada.
—A sacarte de este sufrimiento. ¿Quién te ha hecho esto?
—Lo mismo que traerá la noche a tus compañeros. No se puede huir del precio, Hallen.
Los Danzantes reaparecieron, su presencia distorsionando el aire. Más cerca, el fuego azul crecía.
—El pacto se completa —anunciaron, extendiendo sus manos. —Uno regresa. Los demás, cenizas.
Sólo entonces Hallen comprendió la verdad del trato: para devolver a su hermana, él debía ocupar su lugar entre los Perdidos. La marca en su brazo ardía: la elección era irreversible.
—Escoge —dijeron los Danzantes, y la voz de la selva coreó su sentencia.
Hallen asintió, tragándose la desesperación. Abrazó a su hermana, y la bruma lo hizo uno con el bosque y el fuego. Sintió cómo su carne se volvía aire, sus pensamientos polvo entre raíces.
Su hermana cruzó el claro hacia la tripulación, que aguardaba al borde del horror. Cuando puso pie en el canal, la niebla se abrió como una cortina fervorosa y la Promesa de Mangle aguardaba, ya con más cicatrices de las que había traído.
Sólo ella caminaría de vuelta.
Al zarpar de regreso, la isla ardía a lo lejos, silueta contra un cielo que sangraba nubes. Entre las sombras del bosque, un nuevo espectro miraba desde la hoguera azul, el rostro de Hallen aún reconocible en la última llamarada.
La tripulación supo entonces que nadie escapa ileso de los dominios de sombra y brasas. El mar no guardaría sus nombres en canción, pero la isla, y el bosque, los recordarían.
Y en cada crepúsculo, los Danzantes seguirían ahí, aguardando el próximo trato, la próxima alma, el próximo sacrificio. Porque en el límite entre el mar de fuego y el bosque de sombras, la memoria es sólo otra forma de condena.
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