La Espina del Mundo se elevaba entre tierras quebradas, la cima coronada por un caserón emponzoñado que no pertenecía a sociedad alguna. El sendero era un venablo de barro reseco, horadado por raíces tan retorcidas que incluso la luna prefería apartar la mirada. Nadie ascendía hasta la cima excepto los que se habían resignado a la putrefacción interior, y ahora allí subía Darien, la boca seca a fuerza de citar el nombre de su amada muerta, los dedos llenos de cicatrices recientes.
Era la medianoche última del solsticio, la única noche en que podía suplicar al Vidente de la Sangre. La leyenda rondaba entre borrachos y mujeres que sabían leer el porvenir con las tripas de la hierba, pero sólo quienes ya olían su propio mal presagio se atrevían a buscarle.
Darien notó que el viento no movía aquí su melena polvorienta, y supo que el dominio del Vidente era absoluto. Los muros estaban cubiertos de espejos muertos, sin cristal, y los postigos de la puerta resistían el más leve roce. Golpeó tres veces con una moneda de cobre, tal y como le advirtió la anciana del mercado (el precio de la adivinación era la promesa de devolver aquello que se tomara en la consulta; nunca dinero, nunca vida, siempre voluntad).
La puerta se abrió sola. Un pasillo saturado de sombras se ofreció ante él, oliendo a manteca rancia y jadeos de animales mal sacrificado. Una voz modulada por sílabas antiguas le invitó a seguir su avance, mientras estandartes púrpuras colgaban de espinas vivas y corazones de cera ardían en linternas rotas.
El Vidente estaba al fondo, sentado en una silla escupida del propio fémur de alguna bestia legendaria, con las piernas cruzadas y la cabeza envuelta en vendas ensangrentadas que ocultaban sus ojos. Los labios eran delgados pero elegantes, y su voz, aún envolviéndole, se quebraba como madera podrida.
—Vienes a buscar a alguien —dijo, antes de que Darien pronunciara palabra—. O a devolverla.
Darien tragó saliva. Su sombra temblaba contra la pared, pero sus pies seguían estirando la voluntad.
—A Milena, mi esposa. No ha dejado de buscarme en mis sueños. O yo a ella. No lo sé. Pero… quiero verla otra vez. Quiero su respuesta.
El Vidente ladeó la cabeza.
—¿No percibes que toda reunión engendra una pérdida mayor, Darien? Este no es un comercio de emociones, sino de abismos.
Darien se arrodilló. Le temblaban los dedos y un sudor frío recorría sus sienes.
—Aceptaré el precio.
El Vidente esbozó una sonrisa torcida.
—Sólo existen tres caminos con los muertos. Hablar, sufrir o desaparecer. Cada uno con su propio costo.
Darien eligió, sin dudar, el primero.
Milena se presentó ante él. Primero como un susurro en el entablado, luego como un reflejo oblicuo en los espejos sin cristal, por último, inflándose en la penumbra como una carne triste y vestida de hollín. Los ojos que alguna vez acogieron a Darien se asemejaban a las piedras caídas del río, pulidos y distantes.
—¿Por qué me buscas, amor? —fue lo primero que dijo, la voz un cuenco vacío.
Darien no supo responder. Había vagado durante años por venas de luto y suplicio, cabalgado sobre las ausencias de sus propias virtudes, con un solo deseo: no olvidar, aun si ello le consumía.
—He vuelto para que me digas… si fui para ti lo que tú fuiste para mí. Si, allá donde estás, no me maldices por haberte dejado partir tan sola.
Milena hundió la mandíbula, los pómulos se tornaron huesudos y la lengua era una lija negra.
—La muerte no concede ternura —dijo, haciéndose más corpórea con cada palabra—. La culpa es la única aureola que me queda de ti.
El Vidente asintió, registrando las costuras de la conversación.
—Ahora que has hablado, el precio: te arrebataré la compasión para siempre. Conforme salgas de aquí, ningún grito ni súplica, ni la mayor de las calamidades, rozará tu alma.
Darien sintió un desgarro sordo. Un gusano frío subió por su garganta y bajó de nuevo, desgarrando pensamientos cálidos en su trayecto —recuerdos de caricias, de lágrimas, de palabras de consuelo—. Cuando terminó, el pecho de Darien estaba desierto como un vaso volcado.
Pero el dolor se volvía también, extrañamente, alivio. Darien descubrió que los hombros se le alzaban, libres del clima grisáceo de la memoria. Se incorporó, vacilante, y buscó otra vez a Milena, pero la sombra jużá estaba disuelta en la penumbra.
—Tu petición ha sido concluida —sentenció el Vidente, desenrollando un atado de cicatrices y monedas entrelazadas en su regazo—. Puedes irte, pero cada vez que veas a quien sufre, sólo serás testigo. Jamás verdugo, jamás salvador.
Darien ignoró si aquello era castigo o promesa. Bajó a las entrañas del caserón y, al traspasar la puerta, la niebla de la Espina del Mundo lo devoró.
Atraído por el nuevo vacío que se abría en su pecho, Darien deambuló. Cada aldea, cada taberna, era una sucesión de desgracias y miserias; las madres lloraban, los niños pedían pan, los hombres cortaban leña con la resignación de un animal de carga. Él los contemplaba, y la piedad era sólo un concepto, como la guerra en tierras lejanas. Ya no cargaba con la compasión; la fatiga de llorar, de abrazar, de consolar era un hábito que se le había secado en la boca.
Algún rumor se propagó entre los parroquianos: «El hombre sin lágrima», le llamaban. No era objeto de admiración ni de rechazo; la gente simplemente se apartaba, pues no hay peor crimen que caminar entre deudos y sentir sólo un hormigueo leve en la columna.
Una noche, Darien encontró a un hombre sangrando en una zanja junto al Camino del Cuervo, el estómago abierto por una navaja. Los cuervos rozaban la herida; la víctima rogaba con una súplica que partía la oscuridad en pedazos.
—Ayúdame… por el amor de los dioses… —balbuceaba el moribundo, retorciéndose.
Darien se arrodilló junto a él. Observó la sangre con una fascinación desprovista de emoción. Podía cerrar la herida, vendarla, pero ni el rostro de su propia madre agonizante en sueños le habría afectado.
—No puedo, —musitó Darien, aunque no supo si se lo decía a sí mismo o al desconocido.
El hombre murió antes del amanecer. Darien prosiguió su viaje, la cabeza vacía de remordimiento. Pero sus noches eran otra historia: en cada sueño, Milena se sentaba a su lado en la Espina del Mundo, abrazándose las rodillas y sonriendo de un modo que ya no recordaba del todo.
—¿No te pesa nada? —le inquiría ella en blanco y negro, como tantas estatuas caídas de los salones de los reyes borrachos.
Él sólo podía encogerse de hombros. Donde otros tendrían un hueco lleno de sombra, Darien tenía ahora un pozo hondo y estéril.
El invierno se arrastró sobre la tierra, arrasando con las cosechas y congelando a los niños en sus lechos. Darien notó cómo los cadáveres se volvían más densos en los recodos del mundo, y cómo la indiferencia se convertía en su único abrigo. Pero en una aldea de cabañas derruidas, junto a una capilla colapsada, tropezó con una anciana de mandíbula apretada, cabellos como raíces secas y esclerótica mirada.
—Te han vaciado —le espetó sin rodeos—. ¿Sabes cómo lo sé? Llevo toda mi vida estudiando los rostros de los que negocian con el Vidente.
Darien se encogió de hombros.
—No puedo sentirlo, ni cambiarlo.
—No puedes, pero puedes devolverlo —replicó la vieja, como si citara un pasaje de un libro que ya nadie leía—. Si llenas tu cántaro, otro se vacía. La rueda sigue girando, aunque las ranas canten la noche entera.
Ella le tendió una daga curva.
—Al pie de la Espina del Mundo crecen las sangrientas flores del arrepentimiento. Báñalas con la sangre de alguien a quien debiste compasión y la rueda girará hacia atrás.
Darien partió hacia el acantilado, su mente reptando entre los girones de niebla y el susurro de los quejidos de los difuntos. A cada paso, recordaba rostros y nombres: la mujer hambrienta, el niño perdido, el hombre sangrante del Camino del Cuervo.
Al atardecer halló las flores: altas, retorcidas, de un rojo magullado, nacidas de las lágrimas que anegaban el mundo de los vivos. Allí esperó hasta que la luna colgó como un cuchillo pálido.
Cruzó entonces la pradera, y bajo el juicio seco de la noche, se rajó la palma con la daga. La sangre goteó sobre la tierra y las flores se volvieron aún más rojas, y en ese instante Darien sintió una punzada terrible de compasión, como una espada atravesando el costado: el dolor de todos los que había visto morir, la culminación de todas las súplicas ignoradas. Las lágrimas le brotaron a borbotones, y gritó como un ciervo cazado, pues todo ese horror no podía contenerse en un solo pecho.
La herida emergió como una cicatriz púrpura, ardiente, y supo —por fin— que el ciclo de la compasión había regresado.
Que la maldición del Vidente nunca era la falta de emoción, sino el vacío posterior, la imposibilidad de olvidar.
Al alba, Darien se desplomó bajo las flores, el corazón atragantado por la piedad rencorosa que él mismo había reclamado. Y la Espina del Mundo, satisfecha, contempló callada cómo el sufrimiento, una vez más, encontraba su asiento entre los vivos.
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