Portada del relato El Coro de la Niebla
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


El consejo de los ancianos convocó a los magos semiclandestinos, a los cónclaves de científicos renegados, y a las pocas brujas que aún se atrevía a escuchar. La respuesta fue unánime: nadie podía explicar o contener la niebla. El bosque, por consenso, debía quedar sellado. Así, la ciudad canalizó ríos de plata fundida entre el último campo de trigo y los primeros robles, pretendiendo que el metal era un bálsamo para romper la canción. Pero la plata temblaba por las noches, como una cuerda pulsada por dedos invisibles.

Duración: 08:14

El Coro de la Niebla
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

El bosque que rodeaba la ciudad de Erazium había sido, durante mil años, un límite sutil entre dos reinos: el conocido y el conocido-negado. Siempre cubierto de una niebla azulada que apestaba a hongo y resina, era, a ojos de los pragmáticos, solo un refugio para los lobos y los ladrones que evitaban el filo de la ley; pero en las fiestas nocturnas, cuando los aprendizajes formales y las supersticiones se solapaban en la ebriedad, se contaba otro tipo de historias. Se hablaba de las “Canciones Hundidas”, un coro que no solo resonaba en la frontera del sueño, sino que, decían, podía incrustarse como viruta en el cerebro de quienes se perdían entre los árboles.

Kersh, antes de desaparecer, era uno de esos hombres que no creían en las Canciones ni en lo que las bailaba. Era un calculista, exiliado de la Universidad por prácticas innombrables pero anhelado en secreto por todos sus rivales, porque él, a diferencia de los demás, había osado experimentar con la mente, triturar los símbolos y formas antiguas en un crisol de lógica tan frío y despiadado que incluso las viejas brujas de la ciudad le temían. Sin embargo, a los treinta y siete años, algo le falló. Decía —antes de comenzar a hablar solo— que buscaba “el Horizonte Sutil”, un límite de la razón donde quería plantar las primeras semillas de una ciencia ignota.

Lo cierto es que Kersh volvió del bosque una vez. Su pelo rojizo, siempre perfectamente peinado, era ahora una maraña de hojas y barro. Sus palabras tropezaban, torcidas. “Lo he visto. No son canciones. Son bocas”, murmuraba, sentándose ante la chimenea de su amante, Jara. “La niebla tiene bocas. Siempre hambrientas. Se abren y cierran. Si entras, empiezas a cantar. Es lo único que recuerda el cuerpo, incluso cuando olvidas la piel.”

Jara, más fuerza que forma, mujer de trato templado como el acero, le preparó una infusión de hisopo y aguardó. No hubo historia más precisa esa noche—Las bocas, decenas, multiplicándose en los vueltos de la memoria–. Kersh temblaba, inmóvil, pidiendo silencio.

No bien se sospechó, la niebla se infiltró en Erazium, no ya como un espectro sino como una presencia tangible, que viciaba lentamente los sótanos y las plazas. Era una bruma que olía a recuerdos ajenos y a promesas incumplidas. Algunos días amanecían búhos muertos, otras veces niños caminaban dormidos hasta el muro norte y caían de bruces sin razón. Un predicador ciego comenzó a balbucear, con voz de hacha sobre gamuza: “El bosque canta; pero es un canto sin eco ni fin. ¡Cierren la ciudad!”

El consejo de los ancianos convocó a los magos semiclandestinos, a los cónclaves de científicos renegados, y a las pocas brujas que aún se atrevía a escuchar. La respuesta fue unánime: nadie podía explicar o contener la niebla. El bosque, por consenso, debía quedar sellado. Así, la ciudad canalizó ríos de plata fundida entre el último campo de trigo y los primeros robles, pretendiendo que el metal era un bálsamo para romper la canción. Pero la plata temblaba por las noches, como una cuerda pulsada por dedos invisibles.

Mientras tanto, Kersh se apartaba. Su cuerpo, antes musculoso, se tornaba enjuto. Conversaba en susurros con cosas que sólo él veía. Y Jara, que le amaba, le seguía aun temiendo la música que comenzaba a filtrarse, por momentos, en las palabras de él.

“Cuando el bosque hable, nadie recordará su nombre verdadero”, decía Kersh una noche, entre convulsiones. “El horizonte es un círculo. La ciudad está ya invertida.”

Jara, movida por la agonía y el deber —ese feroz deber de quien ama al desolado—, buscó ayuda en los textos prohibidos de la Univaria. Una bruja ciega le habló del Advisor, entidad que habitaba la llanura tras la niebla, un intermediario entre los límites y los limbos, conocedor de la lengua de las bocas. Hay que acudir a él; así quizás, pensaba, podría salvar a Kersh o, al menos, entender el hambre de la niebla antes de que devorase la ciudad.

Vestida con lino negro, portando un puñado de monedas antiguas, Jara cruzó el umbral de plata la siguiente luna llena. No hubo resistencia, porque ya para entonces el fulgor del metal era apenas un aullido ahogado. Internarse en el bosque fue someterse a un orden de ideas diferente: los árboles no proyectaban sombra, la dirección era un doblez de geometría antinatural, y las voces —meras sílabas membranosas— se te pegaban al oído como una babosa ansiosa. Fue allí donde lo vio: el Advisor, sin rostro ni forma excepto por una larga túnica de escamas oscuras y una mano extendida.

“¿Por qué quieres conocer las Canciones Hundidas?” Sus palabras no sonaron, sin embargo, como un aliento ni un pensamiento propio; más bien, como un zumbido que le magulló el alma.

Jara respondió con la verdad: el amor y el miedo, el deseo de salvar y la admisión de no entender.

“No se salva a quien ya ha compartido idioma con las bocas”, gruñó el Advisor, “pero puedes negociar el olvido.”

A cambio de las monedas —que, supo en ese instante, eran los recuerdos más amados de Kersh— el Advisor podía extraer la canción de su carne, trasplantándola a un objeto. Pero él nunca sería el mismo, y Erazium jamás recordaría su nombre. El precio, una grieta en la identidad colectiva de la ciudad, era irrevocable.

Jara, apoyada en la desesperación de quien no ve frontera entre la compasión y el sacrificio, aceptó.

El ritual fue brutal y hermoso. El Advisor desgajó parte de la niebla, la entrelazó con la sangre de Jara y los cabellos de Kersh, y formó un relicario, una esfera compacta y palpitante que, por momentos, parecía gritar en todos los idiomas y en ninguno. Con cada vuelta de la esfera entre sus manos, Jara sentía cómo los hittberg —recuerdos de la infancia de Kersh, sus caminatas en los tejados de la universidad, las canciones susurradas bajo el auricular de la pasión— eran erosionados, convertidos en mera información sin dueño. Al final, Kersh despertó, mirando a Jara como a una extraña y luego, como a una posibilidad.

Erazium, de súbito, tuvo una bruma menos densa; pero los habitantes ya no podían dar nombre a ciertos lugares o personas; algunas casas, algunos amantes, algunos relieves en la piedra, aparecían borrosos en la memoria colectiva. Había un fragmento ausente, una ausencia que pesaba tanto como un muerto ilustre, solo que nadie sabía de dónde provenía el vacío.

Jara volvió a la ciudad, ocultando la esfera entre vendas. Con el tiempo, aprendió que el relicario, si se rompía, liberaría toda la canción de nuevo, esta vez teñida con la sed de todo lo que le había sido negado. Decidió enterrarlo en el punto más alejado del bosque, a una distancia medida en latidos y no en pasos.

Y Kersh, despojado de su genio y de sus ruinas, vivió como un simple artesano; sin pasado, sin gloria, sin locura, pero también —y esto era lo más terrible de todo para Jara— sin capacidad real de amar o temer. El exilio ahora era interno, un vacío sin nombre del que nadie podía salvarle.

Las generaciones siguientes notaron la merma. Sabían, de manera inexplicable, que el bosque no era todo lo que parecía. Sabían que la niebla no era sólo humedad, sino una frontera; y que la ciudad, aunque intacta en sus muros, tenía un hueco en el corazón.

Pero de vez en cuando, sobre todo en las noches de luna ausente, alguien encontraba en el límite norte una canción sin letra, una melodía que no podía ser reproducida, un intervalo de silencio tan nítido que recordaba a la voz de alguien querido y olvidado. Esos eran, decían los pocos que sabían aun escuchar, los ecos de las bocas. O, quizá, los susurros de quienes viajan por los límites del horizonte antes de perder hasta el deseo de buscarlo.

Porque hay terrores que no se disipan con la memoria ni se disuelven en la plata fundida. Son como la niebla azul: silenciosos, insaciables, siempre esperando pacientemente a que surja, una vez más, algún genio u algún amante dispuesto a pagar el precio necesario para cruzar, aunque sea por un instante, la frontera entre la razón y todo aquello que la razón no puede proteger.

Copyrights © 2025 Reinofantasia.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.