La noche había caído sobre Dolenhoth como una pálida mortaja. Entre las brumas del río, los sauces se inclinaban hasta besar las aguas negras, y las sombras de la aldea titilaban, distorsionadas, bajo la luz anémica de la luna. Hacía semanas que ni huella de alimento bendecido cruzaba las puertas del pueblo; ni los ciervos ni los conejos se dejaban ver. En el aire, el hambre tenía un sabor: seco, ligeramente a hierro, con un retrogusto ácido de miedo.
Bran ahuecó las manos sobre la lámpara de sebo. La llama danzaba débilmente y su luz apenas alcanzaba a iluminar el libro abierto sobre la mesa. Fuera, más allá de la ventana ennegrecida por el hollín, se oían pasos: antiguos, pesados, arrastrando el lodo del camino. Espiaban, como cada noche.
Tenía una hija, Bran. Retah, llamaba a la niña, y la mantenía arrebujada bajo una manta de lana, casi todo el tiempo sumida en el sueño silencioso del hambre. Cuando Retah tosía —una tos dura y seca que le sacudía el cuerpo maltrecho—, Bran recordaba el brillo de júbilo en sus ojos de invierno, antes de la escasez, cuando el pan era pan y la carne tenía sabor a esperanza.
Pero esos días se habían deshecho. Ahora, en Dolenhoth, el miedo era pan cotidiano, y las leyendas sobre la Bestia que rondaba el río ya no parecían historias para asustar niños, sino advertencias tardías, mordaces. Los mayores decían que el hambre era su truco predilecto, y que cuando todos desfallecieran, saldría del fango a reclamar lo que era suyo.
Esa noche, el consejo del pueblo se reunió en la sala comunal, bajo el crujido de las vigas y la gotera del tejado. Los adultos formaban un círculo, hombro con hombro, encapuchados hasta los ojos. Nadie quería ser el primero en hablar, y todos sabían adónde llevaban las palabras no dichas: a esa casa al final del sendero, donde el brujo aguardaba.
Bran fue el último en sumarse. Miró los rostros esculpidos en la penumbra y leyó los mapas del cansancio en sus mejillas, la desesperación afilada bajo sus palabras. El alcalde, un hombre grande como el roble y con la voz hendida por los años, ofreció la única salida.
—La Bestia volverá esta noche. Nos reclama. Si no, tomará. Es ley vieja.
—¿Y quién se ofrece? —musitó una mujer.
Un silencio sepulcral cayó sobre todos. Las palabras flotaban en el aire, pesadas como plomo: Un sacrificio.
Nadie deseaba entregarse, pero todos sabían: si nadie se ofrecía, la Bestia entraría sin permiso, y su elección sería más cruel que la de los hombres.
Bran pensó en Retah, en sus costillas marcadas, en la piel blanquísima que la luna apenas lograba mancillar.
Esa noche, tomó la decisión. Esperó a que su hija soñara profundo y echó a andar hacia la casa del brujo.
En la puerta oscura, grabada con ajadas runas de hueso, Bran se detuvo. Golpeó tres veces, contuvo el aliento y entró. Una sombra sentada lo esperaba, quieta como la desgracia. El brujo era un hombre famélico con manos de ave y ojos que destilaban ceniza; su aliento tenía el aroma de promesas incumplidas. Bran no se atrevía a mirarlo de frente.
—¿Por qué has venido? —susurró el brujo, como si ya supiera la respuesta.
—Para salvar a mi hija —dijo Bran, las palabras rasgándole la garganta.
El brujo lo miró largamente.
—La Bestia viene cada generación. Siempre reclama carne viva. Si no se le entrega, tomará lo que más duele perder.
Bran tragó saliva.
—Haz de mí el sacrificio.
El brujo esbozó una sonrisa lastimada. El rostro se le laceró en gestos inhumanos.
—No es así de simple, Bran. El rito exige un lazo. Sangre que se ofrezca por sangre. Por ti mismo no basta. Debes traer aquello que más amas, y ofrecerlo. O tomar el lugar por la fuerza. El sacrificio solo satisface a la Bestia si está impregnado de sufrimiento genuino.
La voz del brujo eran cuchillas en la penumbra.
—No puedo. No puedo entregarla —gimió Bran, a punto de quebrarse.
—Entonces la perderás de todos modos —susurró el brujo—. Lo que amas no te pertenece; lo que ofreces, sí.
Bran regresó a su cabaña. Al alba, Retah dormitaba aún, delgada sombra entre las mantas remendadas. El sol, color helado, apenas despuntaba. Afuera, ya nadie caminaba por las sendas, y todas las ventanas estaban claveteadas.
Él temblaba. Sabía lo que tenía que hacer. Pero en su fuero interno, una voz reptaba: ¿Y si hubiera otro camino?
El libro, el que guardaba bajo la cama desde su juventud, contenía historias peores que la de la Bestia, pero también saberes robados bajo la amenaza de horca.
Lo hojeó con manos febriles. Letras que se deshacían, ilustraciones en sangre seca, ritos truncos y prohibidos. Halló una página doblada, casi borrada. Un rito muy antiguo, una promesa de trueque: dar a la Bestia parte de su huésped, sin arrebatarle la vida por completo. Una mueca en el entramado, una trampa sutil.
Bran preparó el círculo en el suelo: sal robada de la despensa comunal, polvo de hueso, herramientas de hierro y, al centro, una copa de arcilla agrietada. Cuando Retah despertó, le sonrió con ternura amarga y le dijo que jugarían a fingir. Que era un juego para ahuyentar el hambre, para engañar a los monstruos.
La niña, demasiado débil para resistirse, asintió. Cuando Bran le cortó un mechón de cabello, ella apenas protestó. Al filo de la navaja, una gota de sangre brotó de su cuero cabelludo, rodó hasta la copa. Bran murmuró palabras ilegibles, viejas, y sintió el resquemor del aire vibrar.
Las sombras se arremolinaron. Afuera, la luna parecía eclipsar el mundo, apagándolo todo excepto la figura que ahora se erguía ante la puerta. La Bestia.
La vio en el umbral. Una maraña de apéndices, piel oscura de musgo y limo, rostro envuelto en un velo líquido, y una sonrisa que era una grieta en el mundo. Olía a tumba bajo el río, a memoria mal enterrada.
Bran sostuvo la copa, el pulso encabritado. En la lengua balbuceó la oferta alternativa: “No tomes a ella. Toma esto. Toma lo que soy capaz de arrebatar con mi propia mano. Un cabello, una gota, una memoria.”
La Bestia elusiva dudó. El aire se desgarró. Bran la miraba y sentía cómo se le escindía el alma.
Un tentáculo cruzó el umbral. Tocó la copa. Solo entonces Bran entendió el precio verdadero.
La Bestia no necesitaba la carne entera si podía tomar lo que más dolía: el recuerdo. La memoria de Retah, su risa, su abrazo. Su rostro. Y, sobre todo, lo que ella representaba. Bran sintió cómo se le arrancaba de cuajo la imagen, cómo la palabra “hija” se desmadejaba en su pecho. Sin dolor visible, sin herida externa, la Bestia se llevó aquello por lo que Bran vivía, pero dejó a la niña.
Retah yacía viva, respirando hondo, pero era para él una extraña. Un vacío. Su piel ya no le hablaba de años compartidos, ni las lágrimas le traían consuelo, ni su voz evocaba un canto aprendido. El sacrificio había sido hecho: la Bestia, satisfecha, se retiró, y la maldición quedó suspendida, momentáneamente saciada.
Los días siguientes, Dolenhoth emergió tímidamente del letargo. El río devolvía peces timoratos, los campos revivían bajo la escarcha y el pan volvía a las mesas. Nadie preguntaba por lo ocurrido, porque todos intuían que un pacto había tenido lugar. En el pueblo, Bran y Retah ahora compartían casa, pero no se reconocían en la mirada del otro.
Retah creció. Alguna vez miró a Bran con lástima, pensando quizás que había sido golpeado por una fiebre que lo vació de amor. Y Bran, por su parte, solo contemplaba a la niña como una muñeca extraviada, una presencia agradable pero vacía de sentido. La ausencia de recuerdos era dolorosa; peor aún, la certeza de que la conexión se negaría para siempre, sin posibilidad de sanación.
El pueblo prosperó un tiempo. Pero al cabo de una década, cuando las nuevas lluvias inundaron el río y los sauces doblaron las ramas hasta partirse, el rumor de la Bestia volvió a crecer, fluyendo entre las grietas del silencio como el agua helada que inunda una tumba vieja. Porque la Bestia siempre regresa, y siempre encuentra algo que puedas darle, aun cuando crees haberlo perdido todo.
Bran, para entonces, enloqueció por la ausencia. Caminaba por la orilla del río, murmurando nombres que ya no sentía propios. Los niños de Dolenhoth, generaciones más jóvenes, crecieron con una nueva historia que susurrar: “El hombre que ofreció sus recuerdos, y se quedó sin nombre ni amor. Ahora, cuando la noche cae, sus pasos aún resuenan buscando lo que la Bestia devoró.”
Y así, la marea y la carne, la promesa y el precio, circularon una vez más por Dolenhoth, fundiéndose en la niebla —eternos, indestructibles, siempre exigiendo una renuncia. Porque la oscuridad, si aprende tu nombre, jamás se va de ti sin llevarse tu invierno más preciado.
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