Fragmento:
Se acercó, temeroso pero decidido, con las botas hundiéndose en los charcos de sombra. Sus compañeros lo seguÃan de cerca, cuchillos y hachas listos. El Mano Salvaje se alzaba inmóvil y negro, cada rama como una garra, cada hoja como una daga. Cerca del tronco, algo se movió. Sórrel se agachó. AllÃ, entre las hojas y el polvo, yacÃa el cadáver de un niño, abrazado aún a una muñeca rota.
Duración: 08:59
HabÃan pasado tres inviernos desde la caÃda de la Casa Torver. El valle, antaño verde y festivo bajo el amparo de la Mano Salvaje -el árbol venerado por todos los hombres y dioses- era ahora un pozo de muerte, sobrevolado por esas nefastas aves que Vannar de Veldún llamaba los ojos de la noche. Los cuervos se posaban sin miedo en los tejados de piedra, y picoteaban entre las vigas rotas y los Ãdolos derrumbados en busca de cualquier vestigio de carne. El sonido de sus graznidos era como uñas rasgando la puerta de los sueños.
Aquella noche, una luna mortecina colgaba baja, roja como la lengua de un animal degollado. Sórrel, hijo bastardo y última semilla de la Casa Torver, retornó al valle siguiendo una vieja senda hundida en la maleza, el corazón fustigado por los recuerdos y la sangre hervida por la sed de venganza. Tres hombres lo escoltaban: Hadrik el Sordo, fiel aun con una oreja cortada y media lengua, Senn la Loba, cuyo pasado nadie conocÃa pero cuyos ojos de amarillo amedrentaban hasta a los perros de caza, y Pegran el Lunático. Pegran era quien sentÃa los llamados del otro lado cada vez que el viento susurraba entre los álamos.
—Este lugar huele igual que antes —gruñó Senn, escrutando las ruinas—. Pero algo se ha pudrido en sus entrañas.
Pegran rió por lo bajo. Un sonido que era más un carraspeo, un ahogo de niño asustado.
Sórrel no respondió. El bastardo tenÃa sueños, sÃ, pero sueños de fuego y ahogo. VeÃa a su hermana menor, arrastrada de los cabellos hasta la capilla de piedra por los jinetes de la luna; veÃa la sangre chorreando desde las vigas, oÃa los sollozos de su madre, luego el silencio seco de la muerte. Por eso habÃa vuelto, por eso y por lo que duerme bajo las raÃces del Mano Salvaje.
Giraron en la curva rota del viejo sendero, donde la tierra se abrÃa en una antigua fosa común. Senn escupió una maldición. Hadrik masculló algo incomprensible. Pegran cerró los ojos y olfateó el aire.
—¿Oyes eso, Sórrel? —musitó el Lunático, con las pupilas hendidas de terror—. Ellos no descansan aquÃ. Nadie descansa.
Sórrel calló. Era el lÃder, debÃa ser de hierro. Introdujo una mano en la bolsa atada a su cinturón y sacó la medalla rota de su madre, frotándola entre el pulgar y el Ãndice. AllÃ, bajo la costra de mugre y sangre seca, yacÃa la promesa de una última oportunidad: recuperar el corazón de su casa, arrancar la raÃz infecta que habÃa traÃdo la oscuridad. La leyenda contaba que en la noche de la masacre, el Mano Salvaje habÃa sangrado como un animal mortal, tiñendo el suelo de negro y llamando a algo que ni sacerdote ni nigromante podÃan expulsar.
Alcanzaron el patio central, donde aún quedaba en pie el gran altar de piedra, ennegrecido por antiguos fuegos rituales. Los cuervos levantaron el vuelo a su paso, repartiéndose como una marea de ojos hambrientos por el cielo. Bajo la luz oblicua de la luna, Sórrel advirtió un brillo inusual entre las raÃces del Mano Salvaje. Era la corona de su padre, torcida y rota, cubierta de cenizas y barro endurecido.
Se acercó, temeroso pero decidido, con las botas hundiéndose en los charcos de sombra. Sus compañeros lo seguÃan de cerca, cuchillos y hachas listos. El Mano Salvaje se alzaba inmóvil y negro, cada rama como una garra, cada hoja como una daga. Cerca del tronco, algo se movió. Sórrel se agachó. AllÃ, entre las hojas y el polvo, yacÃa el cadáver de un niño, abrazado aún a una muñeca rota.
—No mires, Senn —dijo Sórrel, con un hilillo de voz quebrada.
Pero la Loba ya lo habÃa visto. Su rostro, curtido y fuerte, se endureció en piedra.
Hadrik la apartó. Pegran lloraba en silencio.
—No es de ahora —musitó el Lunático—. Nadie ha estado aquà en años. Es uno de los nuestros.
Sórrel asintió. Cogió la corona y la limpió con el dobladillo de su capa. No era oro lo que quedaba reluciendo, sino una costra de viejo odio. Un rumor viscoso pareció surgir entonces de las raÃces profundas, como si una gran boca invisible paladease la esencia de su temor.
—La leyenda contaba algo más —dijo Pegran, de pronto lúcido—. DecÃa que quien portara la corona bajo la luna sangrienta despertarÃa lo que habita la raÃz.
—Estamos aquà para eso —respondió Sórrel, con la voz firme, aunque sus tripas bailaban un danza de pavor—. Ahora, formad el cÃrculo.
El ritual era antiguo, aprendido a medias entre susurros de viejas en los portales y retazos de libros quemados. Senn trazó un cÃrculo de sal con mano firme, Hadrik enterró una daga oxidada en el centro, Pegran recitó palabras en la lengua muerta de los primeros hombres. Sórrel, portando la corona, se arrodilló ante el Mano Salvaje y hundió la frente en la tierra húmeda.
El viento sopló frÃo, helando la sangre de los vivos y levantando polvo de los huesos. Un murmullo suave surgió de la misma tierra, una letanÃa de odio, dolor y pérdida. El árbol comenzó a sangrar de nuevo: una savia espesa, negra y brillante, derramándose desde una grieta en la corteza. Pegran se tambaleó, los ojos girando en sus órbitas.
—Está aquà —susurró—, lo has llamado. Vuelve para reclamar lo suyo.
De la oscuridad emergieron sombras, primero vagas y brumosas, luego nÃtidas como cuchillas. Eran las almas de los caÃdos, los Torver y sus vasallos, padres, madres, niños, hermanas. Pero no eran ellos realmente, sino cascarones vacÃos, consumidos por el odio y la soledad del limbo. Sorrél contuvo el pánico y levantó la corona.
—¡Padre! —gritó, y la voz le salió rota—. ¡Padre, ayúdame! ¡Vuelve a mÃ!
El espectro del señor Torver cruzó el cÃrculo, la armadura astillada por los golpes, los ojos dos pozos humeantes. Se detuvo frente a Sórrel y habló, pero no con la voz que Sórrel recordaba, sino con un eco profundo, forjado en el abismo.
—Hijo... ¿hijo eres o paria usurpador? Nos has llamado tú, pero eres igual de culpable. Pagaste a los jinetes de la luna cuando quisiste sangre; creÃste que podrÃas poseer este valle sin pagar el precio.
Sórrel quedó helado. Una niebla de recuerdos lo asfixiaba: el dÃa en que rogó al viejo brujo para que lo hiciera legÃtimo, el dÃa en que renunció al amor de su hermana por el favor de su padre, la noche en que escuchó, sin alertar a nadie, el engaño que caÃa sobre su familia. Todas las decisiones, todas las omisiones, convergÃan en aquel instante.
—No lo sabÃa... —balbuceó Sórrel—. No supe el precio...
—Nadie lo sabe —escupió el espectro—. Pero todos pagamos.
Las figuras de los muertos comenzaron a empujar contra el cÃrculo de sal. Senn levantó el hacha, Hadrik blandió su cuchillo, Pegran se arrancó mechones de cabello mientras caÃa de rodillas.
—El ritual fracasa —dijo la Loba—. ¡Debemos cortar la raÃz!
Sórrel saltó hacia la grieta del tronco, donde la savia-maldición manaba a borbotones. Hundió los dedos en la viscosidad hirviente. Un dolor atroz laceró su mano. Sintió cómo la esencia del árbol, cargada de siglos de maldad, se filtraba en su sangre. Las caras de los muertos retorcÃanse y gritaban, los cuervos descendieron en bandadas, picoteando ojos, arrancando cuerdas vocales a los difuntos.
—¡Rompe la corona! —rugió Hadrik, antes de ser devorado por las sombras.
Senn se arrojó sobre Sorrél, intentando apartarlo de la grieta. La carne de ambos comenzó a ennegrecerse, a florecer en costras de putrefacción. Pegran rodó por el suelo, los ojos completamente blancos, convulsionando mientras gritaba plegarias a dioses inexistentes.
La raÃz, una masa pálida como un fémur gigantesco, comenzó a aflorar bajo el tronco. TenÃa cientos de bocas, dientes, lenguas. Sorrél la golpeó con la corona. El metal se calentó al rojo vivo en su puño. Gritó de dolor, la corona se fundió con su carne.
Senn, agonizando, la ayudó. Entre ambos, forcejeando con la bestia, rompieron el cÃrculo de sal. Un rugido llenó la noche. Los cuervos escaparon en estampida, la luna pareció desvanecerse.
La raÃz abrió un ojo grande y blanco, como el de un infante muerto. Sorrél, enloquecido de dolor y potencia, hundió la mano mutilada en el globo ocular. Un chorro de savia obscura lo bañó entero. Senn gritó, luego calló, tragada por el vórtice de la raÃz.
Sorrél, envuelto en la corona fundida, sintió sus huesos romperse, su piel encogerse, su alma arrastrada hacia el fondo del Mano Salvaje.
Un amanecer débil asomó finalmente. Los cuervos regresaron al valle en hilera. Entre las raÃces del Mano Salvaje, ahora reseco y muerto, se adivinaba la silueta de un hombre-ceniza: Sorrél, el último Torver, el nuevo corazón podrido del árbol. A su lado, danzaban los espectros de sus amigos, atados a la tierra por la deuda nunca saldada.
Porque toda raÃz que da sombra un dÃa exigirá su precio. Y cada hombre que busca venganza cava no solo su tumba, sino la de todo aquello que algún dÃa quiso proteger.
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