Fragmento:
El día pasó con lentitud. La niebla no se retiró. Los ancianos del poblado reunieron a los niños aviso tras aviso: nunca entrar al Bosque Cuervo, nunca confiar en las sombras. Eira los observaba desde la ventana, reconociendo el temor en los ojos apagados de todos. Sabía que ellos tampoco creían que las advertencias pudieran salvar a nadie. Ya habían perdido demasiado: padres, amigos, recuerdos. Incluso los nombres de los dioses se decían ahora solo en murmullos.
Duración: 11:17
Capítulo 1: La Llamada del Bosque Cuervo
La niebla nunca despejaba sobre Eridain. Al amanecer, era una sábana densa que cubría el cielo y amortajaba las ruinas de torres y aldeas, tan pesada que parecía beberse toda la luz del mundo. Incluso en pleno día, el reino era un mosaico de sombras y reflejos pálidos donde la memoria de algo parecido a la esperanza se apagaba poco a poco.
Eira despertó sobresaltada, el pecho ardiendo y las palabras perdidas de un sueño atascadas en su garganta. Su techo estaba cubierto de goteras; una humedad persistente resbalaba por las vigas como lágrimas frías. Tanteó la manta raída, buscando algún rastro de calor. Nada, salvo el temblor habitual en sus manos y la sensación de que algo al otro lado del muro—lejos, pero acercándose—la vigilaba desde hacía tiempo.
El sonido de las voces de su madre y su hermano menor, Lian, en la cocina, la anclo brevemente a la realidad. Lian reía, o intentaba reír, mientras la madre agitaba unas hierbas sobre la lumbre, tratando de conjurar un desayuno decente de los restos que les quedaban. Eira se incorporó con dificultad; cada mañana era una lucha contra el letargo, el peso de sueños que no quería recordar.
Ese día, el sueño había sido particularmente vívido. Un bosque interminable se extendía bajo sus pies, sus raíces giraban y se enroscaban, como si buscaran algo vivo que atrapar. Una voz—no suya, ni de nadie de este mundo—la llamaba desde la espesura. "Eira", susurraba, "ven a casa". El eco parecía arrancarle pedazos.
Aún con el pelo pegajoso por el sudor, bajó las escaleras. Su madre la saludó con una sonrisa que era un parpadeo de cansancio. Lian se arremolinaba en torno al fuego, con los calcetines rotos y el rostro enfebrecido por la emoción. A pesar del hambre y la miseria, sus ojos brillaban. Eira le despeinó el cabello, buscando un consuelo en la normalidad. Afuera, la niebla se enroscaba en los árboles y en las cercas, ocultando los montículos de ceniza y los postes de vigilancia donde las criaturas eran vistas en la noche.
—¿Has dormido? —preguntó la madre, con voz temblorosa.
Eira le mintió:
—Sí. Nada fuera de lo común.
Pero la madre leyó la mentira en su rostro. Supo que los sueños, igual que las marcas extrañas que Eira ocultaba con vendas en los brazos, no eran ajenos al mundo. Eran advertencias, presagios de la antigua Eridain; el reino que una vez fue brillante y está ahora desterrado de la luz. Todo cambió después de la guerra contra los clanes del Norte. Eridain se llenó de monstruos. Los bosques dejaron de ser refugios y se transformaron en trampas vivas donde las reglas humanas no regían. El Bosque Cuervo, antaño sagrado, se convirtió en la frontera con lo imposible.
Cuando Lian salió corriendo a buscar leña, la madre apoyó una mano en el hombro de Eira y susurró:
—No lo dejes alejarse. Vigila la niebla. Vigila el bosque.
Eira asintió, aunque sabía que de poco serviría. Nadie podía vigilar la niebla. Algunos decían que tenía hambre, que buscaba devorar los restos de lo que quedaba en Eridain. Los niños jugaban a gritarle maldiciones, pero cuando caía la noche nadie osaba enfrentarse al vacío bajo los árboles.
El día pasó con lentitud. La niebla no se retiró. Los ancianos del poblado reunieron a los niños aviso tras aviso: nunca entrar al Bosque Cuervo, nunca confiar en las sombras. Eira los observaba desde la ventana, reconociendo el temor en los ojos apagados de todos. Sabía que ellos tampoco creían que las advertencias pudieran salvar a nadie. Ya habían perdido demasiado: padres, amigos, recuerdos. Incluso los nombres de los dioses se decían ahora solo en murmullos.
Por la tarde, la inquietud se apoderó de Eira. Una sensación viscosa de anticipación recorría su cuello. Algo en la brisa olía a antiguo, a magia vieja y prohibida. Se acercó a las lindes del pueblo, el corazón latiéndole bajo la piel.
La silueta de Lian se recortó por un instante entre la niebla, junto a los matorrales que bordaban el sendero al bosque. Eira sintió, más que vio, una sombra deslizándose cerca. Saltó la valla y corrió tras él, llamando su nombre, la voz quebrada por el miedo.
Pero Lian desapareció antes de que Eira pudiera alcanzarlo. Sólo quedó la bruma oscilando y un rastro débil de pasos sobre la tierra húmeda.
—¡Lian! —gritó Eira, adentrándose más de lo que ninguna advertencia hubiera permitido. El aire se volvió más denso, opresivo, saturado de un silencio antinatural. La frontera entre el reino y el bosque era una línea difusa, marcada por un antiguo tótem caído al que nadie se atrevía a mirar mucho rato. Las runas estaban corroídas, sangradas por la intemperie y por algo más viejo que la muerte.
Eira cruzó la linde, el corazón desbocado y las náuseas agitándole el estómago. La niebla se arremolinó en torno a sus tobillos y, por un momento eterno, pensó en dar media vuelta. Pero solo el recuerdo del miedo en la voz de su madre la sostuvo en pie. También la promesa tácita: nunca más perder a nadie.
A cada paso, el Bosque Cuervo le arrebataba la comodidad del mundo normal. El follaje era espeso, pero por algún motivo la luz moría antes de llegar al suelo. Un hedor a musgo rancio y humedad ahogada flotaba en el ambiente. Eira tragó saliva. El primer crujido que escuchó no fue de ramas, sino de huesos, como si el bosque se desperezara para recibirla.
Tuvo la sensación de que no estaba sola. Había otras presencias: seres sin forma definida, sombras al acecho entre el laberinto de raíces y ramas. Eira apresuró el paso, obligando a sus piernas a moverse, recordando vagamente historias infantiles sobre muertos danzantes, espectros de los antiguos druidas transformados en depredadores y oráculos al mismo tiempo.
Cuanto más profundo se adentraba, más se distorsionaban los recuerdos. Las advertencias de su madre parecían mezclarse con las canciones de cuna, los relatos sobre el origen del Bosque Cuervo y las voces de los propios árboles. Se sentía desnuda ante los secretos que brotaban de la corteza: nombres que no pertenecían a ningún idioma vivo, símbolos enterrados en la savia, latidos oscuros bajo el musgo.
El bosque la devoraba. Los sonidos del mundo humano —el ladrido distante de un perro, el zumbido de los insectos— quedaban atrás; sólo quedaba el susurro de la niebla y la vibración sorda de un peligro invisible.
Eira tropezó al avanzar, las zarzas le arañaron los brazos, desgarrando las vendas que ocultaban su piel marcada. Dolor, sí, pero también una especie de liberación. Era la primera vez en mucho tiempo que el dolor la hacía sentirse real.
Aún así, la magia latía en su sangre, un pulso oscuro que se intensificaba con cada paso. Recordó historias fragmentadas —murallas de fuego levantadas por druidas muertos, pactos sellados en sangre y desdichados que regresaban a casa distintos de como partieron— y comprendió que toda advertencia había sido en vano.
Eira siguió adelante, llamando a Lian de tanto en tanto. La niebla respondía con ecos distorsionados de su propia voz, repitiendo su nombre en entonaciones burlonas o lastimeras. Una de esas veces, la respuesta tomó forma. Frente a ella, a medio camino entre dos árboles torcidos, apareció una silueta pequeña, casi humana, con el cabello revuelto y la ropa desgarrada.
No era Lian. O, si lo era, había cambiado. Los ojos eran dos abismos de sombra, y cuando Eira dio un paso adelante, la figura reculó hacia la espesura con movimientos antinaturales.
Eira la siguió, desesperada, y pronto perdió cualquier sentido de dirección. Sin tiempo ni espacio, solo existía la necesidad de seguir, de recuperar lo perdido. De nuevo, la voz del sueño: "ven a casa". Esta vez, el tono era más imperioso.
La niebla se espesó, y los árboles formaron un coro de susurros. “Adelante, Eira. No hay nada atrás para ti.”
Finalmente, exhausta, la joven se desplomó en el claro de un árbol retorcido cuyas raíces sobresalían como garras. Allí la aguardaban los recuerdos que siempre había querido enterrar.
Imágenes brotaron en su mente: su padre, derribado por una criatura surgida del bosque durante los días de la guerra; su madre, llorando bajo la lluvia, suplicando a dioses sordos; el momento exacto en que la magia —un relámpago negro bajo su piel— despertó, enloqueciendo a quienes la atestiguaron.
Eira se tapó el rostro, suplicando que la pesadilla pasara. Pero el bosque nunca olvida. No perdona.
Entonces, vislumbró la sombra de una figura imposible: delgada, alargada, con ojos como carbones encendidos. Un viejo cuento cobraba vida: el heraldo del bosque, guardián del reino caído, señor de los pactos rotos. Eira sentía que, si miraba demasiado fijamente, la cordura se le quemaría con aquel fulgor sombrío.
—Has cruzado el umbral, Eira —dijo la sombra, sin mover los labios—. Todo lo que eres, todo lo que temes, ahora pertenece al Bosque Cuervo.
Eira no podía huir. Su cuerpo no respondía. Sintió el latido de la magia en sus venas, profundo como el eco de un tambor enterrado bajo la tierra. Recordó el último consejo de los mayores: nunca ceder al susurro del bosque; nunca regalarle el nombre verdadero.
La sombra sonrió, mostrando dientes de obsidiana.
—¿Qué buscas entre los vivos y los muertos, niña de la sangre maldita?
Eira balbuceó:
—A mi hermano…
Pero incluso mientras pronunciaba las palabras, supo que el bosque no entregaría nada sin cobrar su precio. El claro giró, las raíces se alargaron, los árboles se encorvaron como para observarla mejor. El sueño y la vigilia se mezclaron: imágenes de Lian, de sí misma teñida de magia negra, de la ceniza acumulándose donde antes hubo vida.
La sombra se dispersó, y en su lugar quedaron marcas en la tierra: runas antiguas y un charco de sombra líquida. Eira, temblando, extendió la mano. Contra todo instinto, tocó las runas. El contacto le quemó la piel, pero no retiró la mano.
Vio, de pronto, lo que era el Bosque Cuervo: un ser herido, hambriento y enfurecido, asentado sobre el recuerdo de una traición y el sacrificio de los suyos. Sintió que alguien, o algo, la vigilaba en esos pensamientos. Los nombres caían de su lengua, palabras olvidadas por todos salvo por la sangre de los druidas, la sangre que corría también en las venas de Eira.
Por un segundo, todos los ecos callaron. En ese silencio absoluto, solo existía su decisión: avanzar o retroceder, abrazar la oscuridad o buscar la luz. El bosque esperaba. Su destino esperaba.
Eira, sin más fuerzas para llorar o temer, se levantó del suelo y, con la mirada fija en la neblina que parecía abrirse como un portal, susurró su promesa:
—No importa el precio. Traeré a Lian de vuelta… o moriré en el intento.
La magia en su interior respondió con un pulso de muerte y deseo de redención. Rodeada de susurros, recuerdos que no eran suyos y la sombra expectante de antiguos druidas, Eira dio su primer paso hacia el corazón del Bosque Cuervo, sabiendo que lo real y lo ilusorio se fundirían esa noche bajo las ramas torcidas. La llamada había sido respondida, y nada volvería a ser igual.
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