Fragmento:
El camino hasta Galthen era un río de polvo y ramas retorcidas. El bosque parecía mirarlo, ramas en alto como extremidades tensas de mendigos hambrientos. Cuando la aldea apareció, fue como una herida abierta: techos hundidos, puertas descolgadas, ventanas que vaciaban su negra mirada al mundo. Un silencio de tumba cubría las casas, interrumpido apenas por el murmullo de las aguas del lago contra la orilla fangosa.
Duración: 08:11
Las viejas canciones dicen que en las tierras baldías, donde la hierba se agosta en venas de sombra y los ríos corren torcidos bajo un sol de cobre, la noche desgarra el velo del mundo y deja entrar aquello que nunca debió ser nombrado. Pocos hombres de juicio se acercan a Galthen, la aldea abandonada junto al lago Veyr, pues recuerdan las historias susurradas al calor del fuego: cuerpos arrastrados por la corriente, niños desaparecidos en los bosques pútridos, y ratas con ojos del color del oro encarnado, que miran sin parpadear desde las vigas carcomidas.
Pero la desesperación es una doma lenta: cada año el invierno se alargaba más, la hambruna se sentía en el rechinar de estómagos y el temblor de manos con el hacha. Ésa fue la razón por la que Tyllon se adentró en Galthen. Él era un hombre de medianos años, con una barba erizada y cicatrices en los puños de tantos inviernos malgastados. Su hija, Erlia, estaba muriendo, consumida por una fiebre que enrojecía sus labios y vaciaba su mirada como el pozo más hondo.
"Volveré antes del quinto alba", juró a su esposa, que apretaba a Erlia contra su pecho con terquedad animal. "Necesitamos medicina, hierbas frescas. Te traeré algo, cualquier cosa."
El camino hasta Galthen era un río de polvo y ramas retorcidas. El bosque parecía mirarlo, ramas en alto como extremidades tensas de mendigos hambrientos. Cuando la aldea apareció, fue como una herida abierta: techos hundidos, puertas descolgadas, ventanas que vaciaban su negra mirada al mundo. Un silencio de tumba cubría las casas, interrumpido apenas por el murmullo de las aguas del lago contra la orilla fangosa.
Tyllon nunca había tenido fe en los dioses, pero murmuró una plegaria a la dama de las misericordias antes de cruzar la empalizada. Llevaba su cuchillo atado a la cadera, aunque las ratas de Galthen nunca habían temido al acero.
Lo primero que percibió fue el olor: una mezcla de humedad y carne en descomposición, como si el corazón de la aldea supurara su secreto en cada grieta. Avanzó despacio, atento, hacia lo que había sido la herboristería. Sabía que nadie quedaba, pero sintió la necesidad de moverse con sigilo. Al pasar junto a un cascarón de casa, la vio: una figura al fondo, de pie junto al marco de una puerta, apenas una silueta envuelta en harapos. Se irguió, los hombros como alas desplegadas a medias, y lo observó.
"¿Quién eres?", preguntó Tyllon, el cuchillo temblando sin convicción en su mano.
"No soy un quién", respondió la sombra. Su voz era vieja, empañada por siglos de sed y estiércol, y en ella se arremolinaban gritos apagados. "Soy lo que queda cuando el hambre se queda sin nombre."
Pero la silueta se retiró, disolviéndose entre los escombros, y Tyllon supo que no podía buscar ayuda aquí. Miró de nuevo hacia la herboristería y respiró hondo antes de entrar.
La puerta se quejó. Dentro, la oscuridad era más espesa, como un tejido vivo que se le pegaba a la piel. Botellas rotas, morteros astillados, hojas secas colgando en racimos, convertidas en polvo por la humedad. Rastros de pisadas impresas en la ceniza del suelo, demasiado pequeñas para pertenecer a un adulto. Tyllon rebuscó, hurgando en tarros medio vacíos, hasta que sus dedos dieron con una caja cubierta de símbolos tallados.
La sacó y sopló la ceniza. Encontró un manojo de raíces retorcidas y secas, y hojas moradas. Recordó las historias: el brebaje de Yana, la bruja de Galthen, podía quebrar la fiebre si uno era lo bastante valiente como para aceptar el precio. Tyllon se debatió sólo un instante antes de guardarse las raíces. Un suspiro largo, áspero como una soga vieja, se deslizó por su cuello. Se giró, con los nudillos blancos alrededor del cuchillo. Nada. Sólo el parpadeo de una lámpara inútil entre los restos de un mostrador podrido.
Salió de la tienda, sudando, el aliento convertido en navajas en la garganta. A la distancia, la figura miraba, ahora acompañada por otras sombras de huesos y piel adherida a sus formas, sus bocas cosidas en sonrisas imposibles de carne curtida.
No se atrevió a correr. Sentía que si lo hacía sería cazado como un ciervo herido. Avanzó hacia la plaza central, donde el pozo sobresalía como un diente podrido. Cayó la noche de repente, como si el sol hubiera caído detrás de un telón de sombras, y en ese instante supo que el tiempo se retorcía aquí dentro. Vio a las ratas, decenas de ellas, moviéndose por susurros, con pelajes manchados y ojos sin fondo. Todas miraban en la misma dirección.
La campana de la torre, oxidada, tintineó con un sonido de piedra quebrada. Tyllon sintió las piernas aflojarse. En el agua oscura del pozo, un rostro lo miró: sin rasgos, una máscara de carne flotando. Y de la boca del pozo emergió una niebla roja, serpenteando hacia él con hambre manifiesta.
Retrocedió, pero la forma que antes había sido una mujer se interpuso. Ahora era sólo costillas y pelo, ojos brillantes en la penumbra. "¿Qué deseas realmente?", zumbó, mientras a su alrededor las ratas se arremolinaban, presas de excitación.
"Salvar a mi hija", jadeó Tyllon, el cuchillo tambaleante en su mano. "Solo necesito una cura".
"Todo lo que sana una vida, arranca otra," le respondió la mujer, con voz de miles de lenguas lamiendo sus heridas. "La fiebre de tu hija se hizo en este lugar, bajo este mismo lago. Nunca puedes regresar con vida si la salvas."
El miedo le hizo perder el equilibrio. Cayó de rodillas. Las ratas se le acercaron, una escaló por su botín y le olisqueó la mano. La figura le tendió un cuenco: dentro ardía la raíz morada, humeando con un vapor que olía a huesos ardiendo. "Tómala – si deseas darle vida, entrégame tu nombre. Calla tu linaje. Borra tu existencia en el mundo de los hombres."
La tentación era mayor que cualquier idea de pecado. Pensó en la fiebre, en los huesos de Erlia sobresaliendo bajo la piel, en el gemido apagado de su esposa. Con un murmullo, aceptó el cuenco.
El humo le llenó la boca. Todo se volvió viscoso y frío. Sintió manos invisibles palpándole el rostro, explorando sus memorias, sus pecados, el eco de su nombre en su lengua materna. Vio pasar ante sus ojos escenas de sangre y nieve, el nacimiento de Erlia bajo un eclipse, la muerte de su madre en el parto. Sintió las garras de la bruja destejedoras de su ser, y gritó.
Cuando despertó, estaba en la orilla del lago. Aprisionaba las raíces en la mano y jadeaba, la lengua cortada por el hierro de la pesadilla. Sabía, con un terror hondo, que había dejado su nombre atrás, y que algo lo caminaba ahora en Galthen, repitiendo sus memorias como una marioneta.
Volvió a casa, cruzando bosque y viento como una sombra que no merece forma. Entró en su hogar; su esposa lo miró y no lo reconoció. "¿Quién eres?", susurró aterida, pero el hombre puso en sus labios la raíz.
Erlia despertó ocho días después, sin fiebre, pero con los ojos amarillos y brillantes como las ratas de Galthen. "Gracias, padre", dijo, aunque él sólo pudo estremecerse ante la palabra que ya no era suya.
Erlia creció, la fiebre no volvió, pero su risa tenía un filo, y a veces sus pasos no hacían ruido en la nieve. Años más tarde, la gente empezaría a decir que la oscuridad de Galthen camina ahora en la aldea de Tyllon, y que el círculo de los nombres perdidos crece con cada invierno que se alarga. Bajo la luna negra, los hijos de los hijos tendrán miradas impares, y en las noches más largas volverán a escuchar la campana rota, llamando para siempre a los que vendieron su nombre por amor.
De Tyllon no quedó memoria; ni tumba, ni canciones. Sólo el rumor de un hombre sin nombre, que se disolvió en la frontera de dos mundos y pagó el precio sin saber nunca si de verdad salvó a su hija, o sólo sembró la semilla de una nueva oscuridad en la carne de su sangre.
Dicen que en las noches más frías, si te sientas junto al lago Veyr, puedes escuchar su voz en el oleaje, repitiendo el nombre que perdió, buscándolo en la lengua de los hombres y los monstruos. Pero nadie lo recuerda. Y el lago, satisfecho, guarda su secreto.
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