Portada del relato Las Voces tras la Llama
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Fragmento:


Orn empezó a avanzar, dejando atrás el gélido abrazo del mundo físico. El aire a su alrededor se espesó, convirtiéndose en vapor incandescente que le lamía la piel como lenguas de seres hambrientos. Recordó los cuentos de su madre sobre los Caminantes; hombres y mujeres que cruzaron el Camino Celestial para nunca volver, o volver cambiados, llagados de recuerdos que no pertenecían a este mundo.

Duración: 07:54

Las Voces tras la Llama
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Texto de ajuste de pausa.

***

El guardián llegó al borde del camino cuando ya no quedaba más tierra bajo sus pies. A sus espaldas, la ciudad de Ihriol dormía bajo una neblina roja que no era del sol naciente ni del humo de los hornos, sino una marea corrupta que había comenzado con los primeros fuegos del castillo. Era un mal antiguo que volvía, y que sólo los tontos creían poder apaciguar aún con rezos.

Su capa, tejida con los hilos de la noche misma, temblaba al roce de fuerzas invisibles. Había sangre seca en sus botas, y polvo de hueso bajo sus uñas. Orn, ese era su nombre, aunque hacía años nadie lo pronunciaba. Ahora, ante él, sólo se extendía la Nada: un mar ondulante de luz pálida y sombras que oscilaban como si algo terrible se moviera bajo la superficie. Y, cortándolo, surgía el Camino Celestial.

Nadie veía el principio ni el final de ese sendero. Nadie salvo los designados. Era una franja de piedra viva flotando en el aire, sus baldosas palpitando con brazas enterradas y reflejos de otra realidad. Allí—según las historias prohibidas—era donde los castillos ardientes descendían o se alzaban cuando el destino del mundo se debatía en los susurros de los desesperados.

Orn empezó a avanzar, dejando atrás el gélido abrazo del mundo físico. El aire a su alrededor se espesó, convirtiéndose en vapor incandescente que le lamía la piel como lenguas de seres hambrientos. Recordó los cuentos de su madre sobre los Caminantes; hombres y mujeres que cruzaron el Camino Celestial para nunca volver, o volver cambiados, llagados de recuerdos que no pertenecían a este mundo.

Sabía por qué cruzaba. Los fuegos de Rahven habían ardido tres noches seguidas. Desde las almenas, lenguas azules y verdes lamían el cielo, y la fortaleza nunca se apagaba: la leyenda decía que cuando eso ocurriera, vendría el Fin de Todos los Días. Orn era el último vigía, y el capitel ardiente exigía a uno de los suyos cada tres vidas. Si no iba, la ciudad despertaría devorada por columnas de llamas vivas—y la Muerte estaría allí, para hacer de los hombres cenizas con ojos vacíos.

La primera prueba llegó pronto. Una sombra surgió del temblor del aire, tomando forma entre el vaivén oscilante de la realidad; tenía la cabeza partida en dos y ojos encendidos de un odio feroz. Era Ylvain, el traidor, el amigo de la infancia de Orn que había escapado siglos atrás en busca de poder y que ahora, transmutado por su travesía, custodiaba un fragmento del camino.

—Cada paso que das, cierra una puerta detrás de ti—gruñó la cosa, con la voz de Ylvain y los jadeos de una bestia infernal—. ¿Por quién atraviesas, Orn? ¿Por ti, por la ciudad, por el mundo? No hallarás corona en la llama.

Orn no respondió. Levantó la insignia de hierro envuelta en ceniza, el símbolo de su vigilia, y la sombra reculó, siseando. Si la tocaba, Orn caería para siempre en el infierno bajo las baldosas. Pero el guardián había memorizado los patrones secretos grabados por los ancestros: pasó en zigzag, bordeando la grieta donde el aire se tornaba vidrio al calor de la sombra, y la cosa de Ylvain quedó atrás, fundida en su propio dolor.

El Camino Celestial ascendía, llenándose de gritos lejanos y destellos titilantes que eran, según algunos, las almas de quienes fallaron antes. Orn no los miró; un escalofrío corría sobre su columna y sentía los entrechocares de miles de corazones muertos que aún latían aquí, prisioneros entre las baldosas y el vacío.

Alcanzó la primera Torre, tan real y tan imposible como dan los sueños. De lejos, era un castillo oscurecido por el hollín y retorcido por desdichas antiguas; de cerca, estaba forjado con fuego puro, brillando y rugiendo a la vez. Cada ladrillo crepitaba al compás de un corazón, y sabía Orn que por cada paso el castillo quemaba parte de su memoria. Debía avanzar sin dejarse consumir.

Cruzó la puerta, las manos firmes pero el pecho comprimido. Adentro, nada permanecía igual dos veces. Escaleras que subían y bajaban mientras el universo se retorcía, habitaciones donde las paredes susurraban nombres olvidados, y en todas partes, el fuego: ardiendo, devorando lo imposible. Orn buscó el centro, el atrio mayor, donde la Llama Negra aguardaba: la raíz de todos los fuegos de Rahven.

Allí, en el centro, vio los rostros que lo observaban desde dentro del fuego. Reconoció a su hermano, a su amante muerta, al propio Ylvain otra vez, y también muchos incontables. Supo que si se demoraba, también estaría allí, derritiéndose a través de las edades, perpetuo testigo de la caída.

—¿Qué deseas, Orn?—siseó la Llama Negra, una voz sin tiempo que llenaba el atrio y devoraba la esperanza.

—Venzo el fuego por mi pueblo—respondió, aunque sentía la mentira en su propio pecho.

—Mientes.

Y el castillo rugió. Las paredes palpitaban. El fuego se retorcía, y el Camino Celestial se curvaba más allá de la realidad. Orn tembló, el sudor bajando por sus mejillas; si mentía, sería uno más entre los rostros de la Llama, un espíritu errante en la llama perpetua.

Fue entonces cuando vio lo que estaba oculto: en el reflejo de una llama menor, vio su propio rostro, pero tras él más, infinitamente más, todos aquellos que habían hecho el mismo sacrificio, algunos valientes, otros mentirosos, pero todos, en algún punto, rotos por su paso por el Camino.

La Llama Negra murmuró:

—Aquí todo termina y comienza. ¿Qué te importa la ciudad? ¿Qué te importa tu vigilia? ¿Qué te importa tu vida pequeña?

Orn sintió el verdadero precio. No se trataba sólo de sacrificar su existencia, sino lo que lo hacía humano: su miedo, su amor, su recuerdo. Sólo así el fuego sería alimentado y mantendría a raya la grieta en la realidad, solo así los Castillos de fuego no devorarían todo.

Cayó de rodillas. No pidió piedad, ni se aferró a viejas oraciones. Sólo confesó la verdad:

—Tengo miedo de la muerte, y aún más miedo de perderme en el fuego para siempre. No lo hago por ellos. Lo hago porque temo lo que seríamos sin la llama y el vigilante.

Por una vez en todos los siglos, la Llama pareció sonreír. El castillo tembló más fuerte.

—Entonces, toma el fuego. Paga el precio.

Orn sintió el ardor subiendo por su mandíbula, tragó de las brasas humeantes ante él, y el dolor fue como si el tejido del mundo entero lo desollara, lo quemara, y lo reconstruyera en cada fibra. Vio mil realidades, mil futuros donde él caía, donde él vencía, donde la ciudad ardía, donde sólo el fuego circulaba el Camino Celestial eterno. Cada vida, una chispa devorada.

Concluyendo el rito, supo lo que debía hacer. La Llama Negra lo envolvió, y en él vio brotar las alas de ceniza de aquellos que antes habían caído. Se puso en pie, y cuando cruzó el umbral, fue distinto. Las sombras no podían alcanzarlo. El Camino Celestial ya no quería devorarlo, sino que él formaba parte de él; tenía la mirada cargada con el conocimiento de todas las tragedias pasadas y futuras.

Mientras regresaba, sintió que cada paso era un latido del fuego universal, cada respiración un pacto con la aniquilación. Detrás, la Llama Negra aguardaba a otro. El castillo ardía más fuerte que nunca, visible ahora desde cada rincón de la ciudad.

Orn llegó a la torre de vigía justo antes del alba. Los habitantes aún dormían, ignorantes del duelo cumplido y del precio pagado. Sabía que su humanidad era menos que ceniza, pero la ciudad, por un siglo más, tendría esperanza y vigía.

La ciudad nunca sabría cuán cerca estuvo el fin, ni cuánto costaba mantener la llama encendida. Y así es como siempre ha sido y será, mientras haya un Camino, una Llama y un corazón dispuesto a arder para todos los demás.

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