Portada del relato El lamento de la ceniza
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Fragmento:


Nadie en la compañía se atrevía a hablar de noche. Por eso fue tan aterrador cuando Pell, titubeando, rompió el silencio:

Duración: 08:35

El lamento de la ceniza
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Texto de ajuste de pausa.

***

Las lluvias caían viscosas y oscuras aquella noche, arrastrando cuerpos reventados y hollín por el sendero de la vieja calzada imperial. Nadie que tuviera alma aún fresca osaba caminar tan tarde por el Paso de Althyn, pero cuatro figuras envueltas en capas densas marchaban, indiferentes a la llovizna de huesos y barro, y a los repiqueteos metálicos de las gotas en sus armaduras maltrechas.

En cabeza iba Ryvet, que jamás dormía desde que su patria ardió. Su cicatriz, del color de la carne violada por la herrumbre, le atravesaba la frente y surcaba un ojo que ya no veía ni en la sanación ni en la muerte. Detrás, velado y en silencio, iba Pell, más joven pero corroído por historias que nadie contaba dos veces. Laska y Hurr completaban la hermandad de errantes: uno, macilento y poseído por el ansia, la otra, silenciosa y manchada de sangre vieja que no era suya.

Mantenían juntos una destemplada fogata de voluntad, única defensa contra la podredumbre del mundo. Porque los dioses dormían, y los santos se habían abierto el gaznate con su propio oro. Solo quedaban guerreros sin rey, sin casa, sin recuerdos que no sangraran. Y así marchaban, mes a mes, sin saber si era la venganza, la redención o solo la costumbre lo que les mantenía despiertos cada madrugada.

El origen de su viaje era trivial: otro poblado, desaparecido, ruinas en las que las aldeas desperdigadas creían ver demonios. Pero Ryvet sabía, como todos los que han sobrevivido más de una guerra, que los demonios raramente tienen cuernos. Hurr lo resumía con su habitual ronquera: “El miedo es más rentable que el metal.”

Atravesaron puentes de cráneo y raíces, flanqueando estatuas mutiladas en las que se retorcían serpientes de agua. Los árboles parecían observar, y a cada paso algo invisible susurraba plegarias ajadas en la lengua de los difuntos. Laska, cuya infancia había sido pasto de los gusanos hace años, reconocía el eco de la desesperación mejor que nadie.

Nadie en la compañía se atrevía a hablar de noche. Por eso fue tan aterrador cuando Pell, titubeando, rompió el silencio:

—Juraría… que esas luces detrás han persistido demasiado.

Hubo un murmullo de alerta. Ryvet desenfundó su hoja mellada, y el resto imitó el gesto, pegándose a la sombra de un roble desollado. Entre los recodos del camino, balbuceaban linternas de un azul inhumano, flotando como ofrendas malditas.

—¿Son cazadores? —susurró Laska, su propia voz afilándole la garganta.

—No. Son más antiguos —replicó Ryvet—. Preparad los versos de hierro.

Ante ellos, las linternas avanzaron, sostenidas por figuras que oscilaban entre hombre y niebla, rostros hinchados por la luna y ojos vacíos de toda memoria. Se desplazaban como si el peso de siglos y pecados les arrastrara; en manos, portaban cadenas y relicarios extraviados.

El enfrentamiento fue rápido y sórdido. Pell, con un giro imposible, empaló a una de las figuras, cuyo cuerpo se convirtió en vapor lleno de ecos que suplicaban. Hurr se sumergió en la refriega, partiendo cadenas con su hacha, sintiendo el pulso del río de sangre tras cada corte. Ryvet, sin embargo, dejó caer su escudo y pronunció versos que aprendió junto a la tumba de su hijo: palabras antiguas que no curaban, solo obligaban a mirar. Las criaturas titubearon, indecisas, y entonces Laska, sus ojos dos brasas insomnes, les atravesó el corazón con el simple acto de recordar el rostro de quienes perdió.

Sólo quedó uno de los espectros, danzando y gimiendo bajo el cráneo despoblado de una lechuza muerta. Suplicó, en un idioma perdido antes del primer alba, y Ryvet, aún temblando, se inclinó para oír. Entendió apenas unos fragmentos: hambre, deuda, la eternidad de la vigilia. Le ofreció un corte limpio: espada al cuello, un susurro compasivo, y al fin la noche los cubrió de nuevo.

—¿Crees que fuimos mejores hombres? —preguntó Pell, limpiando el filo.

—En el mal, todos somos carne —dijo Laska, recogiendo las monedas viejas de entre la tierra húmeda—. No hay mejor ni peor cuando la tierra es tumba.

El grupo continuó, más silencioso y rígido aún mientras la lluvia se volvía más densa, empapando cada recuerdo como un sudario. Por un tiempo caminaron sin palabras, hasta que llegaron a una explanada donde tan sólo los muertos eran dueños del aire. Allí, una docena de cruces invertidas se alzaban desafiando al horizonte. En cada madero, un guerrero seco por el sol y la inanición, aún con el yelmo calado, ensartado en la madera como si la esperanza fuera un pecado más a erradicar del mundo.

—Cosechadores —dijo Hurr, escupiendo con asco.

No era un nombre, sino una condena: así llamaban a los que recogían vidas para una deidad que ya solo existía en temblores de fiebre y sueños de hueso.

Ryvet se adelantó. Tocó la madera negra de la primera cruz. El aire apestaba a azufre y arrepentimiento fermentado. Al tocar, la cruz gimió y tembló. El cuerpo colgante abrió los ojos, pozos de hambre materializada.

—¿Qué buscáis, guerreros sin nombre? —gruñó, y las otras cruces imitaron el tono, con coros de lamento.

—Un camino para dejar de errar —dijo Pell, envalentonado por el duelo reciente.

—No hay caminos donde reina la quietud. Hay polvo, ceniza y hambre —contestó la madera viva—. Dejad vuestras armas, y tal vez durmáis.

La respuesta era, para todos, inaceptable. El silencio se adueñó de la llanura, hasta que Hurr soltó una simple carcajada seca.

—Dormir es para los que creen que el despertar es distinto a la noche.

Y desató su hacha.

Laska, con la celeridad de una bestia maldita, se abalanzó sobre la cruz más próxima. El guerrero colgado intentó defenderse, pero sus brazos eran ramas podridas. En un movimiento brutal, Laska arrancó la cabeza al espectro y, en el acto, el aire titiló con gritos fracturados. El resto imitó la acometida: hachas y espadas vibraron, y los cuerpos caían de las cruces, aliviados hasta en su aniquilación. Era una batalla sin gloria ni promesa de redención, tan sólo el alivio mezquino de negar el lamento ajeno.

Al terminar, Ryvet arrodillóse ante la última cruz y, en un gesto insólito, besó la madera mojada por lágrimas que no eran suyas. Una plegaria brotó entre sus labios:

—Que el hambre y el polvo sean al fin tregua, y que la nada te reciba como igual.

Por un instante, la lluvia cesó y una quietud imposible abrazó el claro. Hasta las sombras se detuvieron, como si la propia noche aguardara respuesta. Pero solo la vacuidad respondió, y el cuervo que desde hacía horas los vigilaba suspendido, graznó antes de alzar el vuelo.

Cuando siguieron adelante, nada alteró el silencio hasta el mismo filo del crepúsculo. Allí, una aldea pequeña entre cenizas y muros destruidos, les aguardaba, pero no como una promesa, sino como un recordatorio del ciclo. Nadie ahí lloró al verlos llegar, porque nadie quedaba. Ni cadáveres, ni animales, solo las casas resquebrajadas y una iglesia cuyas campanas de hierro oxidado colgaban quebradas.

Entraron por hábito, por el deseo insaciable de hallar algo vivo. Encontraron, en cambio, un niño de no más de siete inviernos, cubierto de polvo, con una sonrisa hueca y los dientes recubiertos de filamentos negros.

Pell se agachó, ofreciéndole agua. El niño bebió y, al hacerlo, su piel se tornó translúcida, como si en vez de sangre, las venas portaran recuerdos ajenos.

—Te has perdido —dijo el guerrero, aún arrodillado.

El niño asintió.

—Todos estamos perdidos —dijo con voz vieja, y entonces levantó una daga pequeña, reluciente pese al lodo—. Pero juntos, quizá el hambre no duela.

Ninguno de los guerreros discutió. Tomaron al niño bajo el manto del olvido y, juntos, cruzaron la aldea muerta, de vuelta al camino donde el hambre, la culpa y la memoria eran provisiones inmutables. Sabían, sin que nadie lo dijera, que en el próximo recodo serían los fantasmas, y que, tal vez, al final del sendero, alguien más les ofrecería al fin una tregua, siquiera momentánea.

Porque el mal no es sino constancia, y el errar, el único antídoto contra su abrazo definitivo.

Así avanzaron, entre ruinas y susurros, lanzas y sombras, llevando consigo la promesa de una tregua imposible, el eco de una guerra que nunca sanaría y el hambre de seguir, solo un día más, antes de fundirse en la tierra cenicienta que reclamaba, sin juicio ni gloria, a todos los errantes.

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