Portada del relato El Eco de los Caídos
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Fragmento:


Eira se arrodilló, abrumada por la gravedad del luto global. Los espectros pasaban junto a ella: hombres y mujeres sin boca, rostros partidos que deambulaban en círculos, arrastrando cadenas de memoria y culpa. Algunos llevaban túnicas druidas, otros armaduras cenicientas de guerreros; había niños de ojos vacíos, viejos con rostro de corteza. Todos susurraban, todos repetían pedazos de plegarias, insultos, pidiéndole cosas que no recordaba haberles negado.

Duración: 11:43

Libro La Última Llama de Eridain

Cap. 5 - El Eco de los Caídos
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Texto de ajuste de pausa.

Capítulo 5: El Eco de los Caídos

El sacrificio fue antiguo y absoluto. Cuando la sangre de Eira cayó sobre la raíz del Árbol de la Niebla, la frontera entre la vida y la muerte se volvió permeable, delicada como la bruma que cubría todo el corazón del bosque. Pulsó el Árbol, resonó en los huesos de los caídos, y el eco de un pacto sellado mucho antes de que existiera la memoria desgarró los límites de la realidad.

El mundo desapareció. Su cuerpo fue succionado hacia el abismo, desintegrado en polvo de recuerdos y verde venenoso. Eira intentó gritar, pero el sonido se licuó en ecos. Sintió que el tiempo se contraía; una infinitud de momentos se amontonó tras sus párpados mientras flotaba, sola, sin peso ni nombre ni forma. Alrededor, un vacío saturado de voces, un coro ronco de dolor y súplica marcando el compás de la condena. El inframundo aguardaba su llegada.

Despertó —si ese verbo podía aplicarse— sobre un suelo de ceniza gris y raíces petrificadas. Todo a su alrededor era una llanura sin horizonte, poblada de árboles muertos que aún palpitaban con una vida prestada. La niebla era aquí más densa, transmutada en una sustancia fría que se colaba hasta el fondo de los pulmones y helaba el corazón. El cielo era un caparazón muerto, la luz se filtraba desde ningún sitio. A lo lejos, resonaban lamentaciones enlazadas unas a otras en una melodía fúnebre.

Eira tanteó su carne, disuelta y nítida a la vez. Entre los dedos corría un hilillo de sangre violácea, luciendo como venas expuestas. Al intentar incorporarse, notó que la magia oscilaba desbocada en su interior, feroz y desorientada, como si las fronteras de su ser hubieran sido abiertas de par en par para dar paso a espectros y monstruos de todas las edades.

—Esto es el Inframundo, hija de errores —murmuró una voz, surgiendo de la niebla como un pensamiento no invitado—. Aquí residen los caídos y los arquitectos de la maldición. Aquí, tu linaje jamás duerme.

Giró bruscamente. Ante ella, las sombras erigían figuras: relieves de druidas consumidos por su propio poder, heridas de traición abiertas y sangrantes. Sus ojos ardían con tristeza, pero ninguno la miraba fijo. Allí todo era repetición y eco de actos pasados.

—¿Por qué estoy aquí? —musitó, recordando la última visión en el Árbol, la figura vulnerable de Lian atrapado por raíces, aún oscilando entre lo humano y lo monstruoso.

—Porque tu sacrificio no fue sólo una ofrenda de sangre, sino una pregunta sin respuesta —contestó otra voz, diferente, más cercana al timbre de su madre cuando rezaba a los dioses muertos—. Aquí las preguntas pesan más que las historias.

Eira se arrodilló, abrumada por la gravedad del luto global. Los espectros pasaban junto a ella: hombres y mujeres sin boca, rostros partidos que deambulaban en círculos, arrastrando cadenas de memoria y culpa. Algunos llevaban túnicas druidas, otros armaduras cenicientas de guerreros; había niños de ojos vacíos, viejos con rostro de corteza. Todos susurraban, todos repetían pedazos de plegarias, insultos, pidiéndole cosas que no recordaba haberles negado.

—No los miren demasiado —advirtió una sombra, su voz era Klythra, polarizada y rota—, podrían reconocerte, y reconocerse… y aquí eso es sentencia.

Eira vio, en la transparencia vacilante del Inframundo, destellos de su propia historia. Allí estaba su padre de rodillas, martillado por la culpa. Allí la madre, con el cráneo abierto de esperanza. Más allá, ancestros juntos en un círculo, desarrollando rituales condenados a repetirse. Todos miraban a Eira de refilón, como si en ella vieran tanto la raíz de lo perdido como la posibilidad de algo más.

Avanzó, cada paso arrancando un sollozo de la tierra. Por donde caminaba florecían brechas de oscuridad líquida. A veces una raíz la sujetaba, recordándole su herencia, la maldición siempre a punto de cerrarse en torno a su garganta. Caminó durante lo que sintió una eternidad que ningún sol o luna podía medir. Bajo sus pies, el mundo se distorsionaba con cada recuerdo: la guerra en Eridain, los clanes del Norte cabalgando sobre abismos, las hogueras encendiendo el grito de los inocentes. Las fronteras de la locura y la revelación se quebraban a cada instante.

El aire vibró y una figura emergió, más definida que las demás. Era Lian, o lo que quedaba de él: mitad niño, mitad bestia, la piel hemosa por grietas de savia oscura, los ojos oscurecidos de vacío y una culpa que no podía ser suya. Eira corrió hacia él, pero la distancia se dilataba a medida que avanzaba. El inframundo se extendía, usando su deseo como un anzuelo cruel, y le mostraba un desfile de pesadillas personales: fracasos, arrepentimientos, momentos nunca vividos pero siempre temidos.

—No puedes ayudarlo aquí —dijo la voz plural del bosque, articulada en una sola garganta—. Para redimirlo, debes redimirte. Debes enfrentar lo que hizo tu linaje, los pactos cumplidos y los traicionados.

Frente a ella, las sombras de los arquitectos de la maldición tomaron forma. Cuatro figuras, druidas antiguos, cabezas revestidas de cuernos y miradas ardiendo en amargura. Sostenían en sus manos fragmentos de raíces, talismanes, dagas de hueso, y cada uno tenía en su frente una marca igual a la que ahora ardía bajo el vendaje de Eira.

—Somos tus antepasados y tus jueces. Has cruzado el umbral para reclamar un derecho que no es tuyo por nacimiento, sino por sufrimiento —sentenció el primero, la voz como el chasquido de ramas secas.

—Aquí, sólo la verdad pesa —añadió el segundo, voz de mujer vieja, las manos retorcidas y herméticas—. ¿Qué harás con tu poder, Eira, cuando no sólo tu hermano sino todos los muertos clamen por regreso?

—No quiero el poder. Lo odio —balbuceó Eira, sintiendo la magia hervirle la sangre—. Sólo quiero salvarlo, y si es posible, traer algo de esperanza a Eridain… aunque no merezcamos nada.

El tercero, un espectro juvenil de ojos como cuencas vacías, sonrió con compasión cruel:

—Incluso aquí, aún buscas esperanza. ¿Cómo puedes redimir, si no reconoces la mancha que dejas por cada paso, cada hechizo, cada pacto?

El último, una sombra encorvada, susurró una plegaria en un idioma extinto. El mundo se quebró. A su lado apareció, encadenado y mutilado, el espíritu de Gavran. Estaba con los Cazadores pero también era víctima en este eco perpetuo.

—¿Crees que la muerte es frontera? —preguntó, la voz rauca—. Aquí, todos debemos sangrar cuanto hemos hecho sangrar. ¿A cuántos has condenado ya, intentando salvar a uno?

Eira se derrumbó de rodillas. El inframundo giraba. Las imágenes pasaban como relámpagos: druidas perdiendo sus nombres en rituales, Cazadores llorando a hijos matados por la magia, madres aferradas a hijos que se volvían monstruos en la noche. Era una cadena infinita de culpas.

—Dicen que una redención es posible —susurró una niña espectral, sujetando la mano de Lian—, pero siempre a costa de olvidar quién eres, o recordar para siempre lo que no puede curarse.

Eira se acercó a Lian. Ahora el niño lucía más humano, pero la piel seguía resquebrajada. Colocó su mano sobre la frente de él. Sintió la chispa de la vieja magia y, por un instante fugaz, el mundo pareció resplandecer:

—No tienes que cargar con lo que aún no has hecho. Ningún niño debería ser raíz ni sacrificio —susurró, prometiéndoselo a sí misma más que a él.

El bosque la juzgó. Las sombras se cerraron en torno a los dos. Los arquitectos se tornaron más vívidos, las voces más implacables.

—Si quieres romper el ciclo, paga el precio de todos. Toma el dolor de los caídos, los pecados de tu linaje. Serás exiliada de todo, incluso del propio olvido. Serás la única memoria. Sólo así se suelta a los niños y se limpia el Árbol.

Eira miró los ojos de Lian: dentro había terror, confusión y un amor roto, pese a todo. Ella lo abrazó, sintiendo que la magia trasvasaba de un cuerpo a otro. Los espectros de los antiguos la atravesaron; cada uno dejó una marca, una visión, un nombre y un recuerdo para custodiar.

—Acepto —dijo, apenas un hilo de voz—. Que los muertos me sigan. Que la culpa me habite. No dejaré que mi hermano, ni otro niño, sea raíz del dolor de este lugar.

A su alrededor, el mundo rugió. Los muertos aullaron como lobos; las raíces se agitaron y los árboles muertos reverdecieron, a la vez que desangraban un pus negro. Las figuras de los arquitectos se volatilizaron en humo sangriento. Lian despertó entre sollozos. La magia oscura dentro de él se disipó, migrando hacia Eira.

Cada recuerdo ajeno la golpeaba como una ola: le fueron revelados, uno a uno, los pecados y las pérdidas de todas las generaciones anteriores. Vio la creación del pacto, la obstinación de los druidas, los crímenes de los Cazadores, la noche en que el Árbol fue herido, la traición y la esperanza truncada. Cada muerte, cada sacrificio, cada traición acumulada ahora sellaba las venas y el alma de Eira.

El mundo se retorció en una implosión brutal. El suelo de cenizas se abrió y el inframundo la absorbió de nuevo hasta la oscuridad más absoluta.

El regreso fue un alarido que la devolvió a la superficie, arrojándola junto a Lian al pie del Árbol de la Niebla. El claro tenía la textura de una herida recién cerrada; la niebla era menos densa pero más amarga, y el cielo titilaba con destellos amarillos, breves pero nítidos, la primera insinuación de aurora desde hacía generaciones.

Eira soltó a Lian, que respiraba con dificultad pero estaba vivo. El niño lloró, primero de terror, luego de alivio. Los cazadores supervivientes se mantenían cerca, con la sangre helada de tanto horror. Gavran —desgastado, ya nunca del todo hombre ni del todo espectro— la observó desde la distancia, una parte de él sellada en el abismo donde tantos había enviado y de donde nunca saldría del todo.

La marca de Eira palpitaba con los nombres de mil muertos. Se levantó, tambaleándose, y miró la corteza del Árbol: ya no clamaba sangre, pero tampoco bendecía. El pacto se había reescrito. Sin embargo, el precio era claro: el dolor de siglos la acompañaría siempre.

El bosque, exhausto, se desmoronaba en silencio. La niebla retrocedía raída, y a lo lejos se adivinaban siluetas humanas y monstruosas, como habitantes redescubriendo su propio reino, titubeando entre el miedo, la redención y el deseo de venganza.

Klythra, encarnada finalmente en la luz difusa del alba, emergió ante Eira. Por primera vez, era reconocible: capucha de raíces, rostro perfilado a partir de todas las sombras que Eira había enfrentado.

—Eres la guardiana de todos los pecados y de todas las posibilidades. ¿Harás algo distinto, ahora que el precio es sólo tuyo?

Eira no respondió. Tomó la mano de Lian. El bosque los observaba. Todos los muertos susurraban su nombre.

—No olvidaré —susurró, mirando de frente la pulpa negra en su palma—. Pero tampoco permitiré que nadie más sea devorado. Si la culpa pesa, que sirva de cimiento para algo nuevo.

El primer sol tímido perforó la bruma del reino. El Bosque Cuervo, por fin, parecía dudar. La historia aguardaba aún una última decisión, un último acto de libertad o condena sobre el altar de los caídos.

Eira dio el primer paso hacia esa aurora, con Lian a su lado y una procesión de muertos, ahora en paz, disolviéndose a su paso. El eco de los caídos era ahora suyo; y hasta la noche más oscura, contendría en sí la promesa de una futura llama de esperanza.

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