Portada del relato Los Lamentos de la Ciudad Sombra
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Fragmento:


Pero sería injusto culpar solo a la noche. La podredumbre nace en el corazón, decían los viejos capitanes veteranos de la Compañía Negra, y ahora, en esta ciudad rota y abandonada por sus héroes, esos corazones podridos son todo lo que queda.

Duración: 08:01

Los Lamentos de la Ciudad Sombra
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Texto de ajuste de pausa.

La sombra de la Medianoche siempre llega temprano en el barrio de la Puerta Tierna. Hay un frío antiguo que no deja de pasar por las rendijas, aunque todas las ventanas estén clavadas y los portones enganchados con siete cerrojos. Desde que los dioses cayeron, la noche es un hambre que nos visita a cada uno, sin distinción de bando. Ese año, cuando la lluvia olía a manteca rancia, comencé a ver fantasmas. O eso creí entonces.

Pero sería injusto culpar solo a la noche. La podredumbre nace en el corazón, decían los viejos capitanes veteranos de la Compañía Negra, y ahora, en esta ciudad rota y abandonada por sus héroes, esos corazones podridos son todo lo que queda.

Mi nombre es Narvi Fen. Supongo que alguna vez fui soldado. Hace siglos, cuando las monedas llevaban la cara de reyes olvidados y podías confiar en una promesa o envenenar a alguien con un simple cuchillo. Ahora, la magia es la moneda corriente y todos estamos comprados y vendidos varias veces por noche.

Estaba sentado en la taberna sin nombre, esa donde sólo sirven bebedizos que abrasan el estómago y apagan los nervios, cuando ella entró. Tan delgada que las uñas parecían garras, tan hermosa que dolía mirarla. No sé si la reconocí por los relatos o por el dolor instantáneo que me subió desde el estómago: era Vanda la Roída, la bruja andante, la que vendió su sombra tres veces y aún andaba erguida.

Pidió una copa de sangre de cordero, tibia. Pagó con una moneda de hueso que tintineó como un diente caído.

—Busco un escolta para cruzar la Cuenca Roja —dijo, directo, sin mirar a nadie.

La taberna enmudeció, como si la misma niebla de Medianoche se hubiese deslizado adentro. La Cuenca Roja no era tierra para viajeros. Era donde los fantasmas arraigados cazaban cosas vivas, y donde el humo y los aullidos se confundían con los vientos.

Nadie respondió. Yo levanté la mano porque no me quedaban opciones. Ir con ella era correr hacia el filo de la espada, pero quedarse era oxidarse junto con los cobardes.

Salimos antes del alba, aunque en Puerta Tierna eso sólo significaba una palidez en el horizonte. El aire se espesaba con el hedor de la carne quemada, y a cada paso, el crujir de los zapatos levantaba polvo que no era sólo tierra. Caminamos por calles vacías, bajo figuras colgadas como adorno, guiados por la bruja y susurros que sólo ella parecía escuchar.

—¿Por qué la Cuenca Roja? —le pregunté, tras una caminata larguísima.

—Busco algo que me robaron —contestó. No ofreció más detalles, ni me miró.

El silencio se volvió parte de la marcha, sólo interrumpido por el tintinear de las cadenas en sus muñecas y el rechinar de mis articulaciones.

Al llegar al límite de la Cuenca, el mundo se afiló en sombras. Casas decrépitas, ventanas como órbitas ciegas, y el suelo alfombrado de pétalos negros, restos de las flores marchitas que antaño cubrieron las tumbas de soldados caídos en la guerra de las Sombras. El aire era denso, como si cada bocanada filtrara memorias ajenas.

Avanzamos. La calle se volvía cada vez más hostil: puertas desplazadas, gritos a lo lejos, ratas del tamaño de niños royendo huesos con más gusto que miedo. Pasamos bajo un arco de ladrillos cubiertos de líquenes rojos; sentí esa vibración sutil de la magia vieja, mucho más sucia y cruel que la de las leyendas.

En cuanto pusimos un pie dentro del barrio prohibido, los Ojos Rojos empezaron a aparecer: miradas clavadas en la penumbra, flotando, como brasas entre la niebla. Recé, aunque ningún dios respondiera ya. Tal vez recé por costumbre.

Ella avanzaba imperturbable, murmurando palabras en una lengua que mutilaba la garganta, y los Ojos Rojos retrocedían, apenas. Yo los veía relamerse, los músculos tensos bajo la piel translúcida, esperando la menor distracción.

Fue en la plaza de la Fuente seca donde apareció la Chica del Cuello Largo. No era humana ya: un cabello de oro marchito envolvía su rostro momificado, y sus miembros se extendían mucho más de lo natural. Caminaba entre los fantasmas como reina de mendigos y cadáveres, y tenía la mirada triste de los que han amado demasiado.

—¿Qué buscas en mi casa, Vanda Roída? —preguntó la Chica, y su voz era dulce y amarga como la muerte en primavera.

—Vengo por mi sombra —contestó Vanda, mostrando la palma de la mano marcada con runas y cicatrices. Los fantasmas rieron con un trino de azufre y nada.

—La vendiste hace tres lunas y dos masacres. El precio fue la memoria de tu hija, y ni el Infierno devuelve lo que se lleva.

Vanda se endureció, la barbilla alzada como otros soldados antes de morir.

—Ella lo hace. Ella devuelve y arrebata —dijo, señalando el hueco en el pecho de la Chica, de donde colgaban cadenas de memoria, reliquias robadas a los vivos.

Un silencio pesado encadenó el aire. Los Ojos Rojos se acercaron serpenteando por los bordes, con lenguas moradas y uñas desmesuradas.

Yo pensé en huir. Dudé apenas, lo suficiente para entender que el único modo de salir de allí era con la bruja o como un fantasma más.

Vanda alzó la derecha, y sus dedos se torcieron como raíces. Una luz innatural brotó de sus venas y rodó por la plaza. Los espectros chillaron, la realidad se frunció como la herida de un acero y, de golpe, la noche se oscureció un grado más.

La Chica del Cuello Largo gritó. De entre las cadenas, una sombra se desenrolló, humeante, vaporosa, la sombra de Vanda. Intentó huir, aletear hacia el techo de la olvidada catedral. Ella la alcanzó con una garra.

—¡Devuélveme lo que me robaron! —gritó Vanda, y la magia fue un estruendo cegador.

La Cuenca Roja, tierra de secretos, comenzó a temblar. Los fantasmas chillaron huyendo a las grietas. Desde las casas vacías salieron sombras, niños perdidos, soldados desnudos, madres resecas por el dolor. Todos flotaron en torno a la bruja y a la Chica.

Yo vi cosas; cosas que no deben recordarse: sonrisas heladas de los perdidos; bocas en costillas suplicando un poco de alma; manos extendidas, queriendo robar calor de cualquier ser vivo.

Vi la sombra de Vanda fusionarse con su cuerpo. La vi parirse a sí misma en un vientre espectral, renacer con lágrimas negras rodando por sus mejillas.

Pero la memoria de la hija no estaba allí.

La Chica dijo, en voz quebrada:

—El Infierno no devuelve nada, bruja. Todo lo tuyo lo has perdido en la apuesta.

Vanda cayó de rodillas, exhausta, y me miró. Nunca había visto tanto odio mezclado con tanto amor. Me acerqué, porque un soldado nunca deja atrás a un camarada, aunque sea una bruja.

—Te dije que no vendieras lo que no puedes reemplazar —le susurré, ayudándola a levantarse. Su sombra tibia se enrolló a mi pierna como un animal, y sentí el helor de mil noches sin luna.

Salimos de la Cuenca Roja por un camino que no había visto antes: un pasillo de huesos de niños encajados entre sí, formando un sendero blanco contra la oscuridad. Vanda caminaba como si pesara siglos.

—¿Qué harás ahora? —le pregunté, mi voz hueca.

—Iré al Lago de Sangre. Tal vez allí pueda recordar, aunque sea un fragmento de lo que fui. O perderme del todo. Lo mismo da.

La acompañé hasta el último umbral. No miré atrás: sentí la mirada de la Chica y de todos los espectros que bailaban en la Cuenca. En la Puerta Tierna, la lluvia había comenzado otra vez, con su aroma a manteca rancia y secretos no lavados.

Vi a Vanda perderse en la niebla, arrastrando su sombra recuperada, y supe, como sólo los predestinados saben, que todo lo robado encuentra siempre su dueño, tarde o temprano.

Quizá fue entonces cuando comenzaron mis propias pesadillas. O tal vez sólo era el eco de una ciudad muerta, soñando con un sol que no volvería a salir.

En esta ciudad, la noche es una promesa, y nosotros, los últimos, estamos condenados a pagar cada deuda. Porque aquí, la sombra nunca olvida, y los fantasmas con Ojos Rojos esperan su turno. Siempre hay una nueva historia lista para ser contada… y un precio más alto aguardando en la próxima esquina.

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