Portada del relato El Nacimiento del Sueño Negro
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Fragmento:


Cae la noche que no conoce al alba sobre Ferra-Ir, columna herrumbrosa en el abismo, ciudad atada al tiempo en que los hombres aprendieron que la carne no basta, y que el metal, con sus inmisericordes promesas, tampoco redime. Llueve sangre al pie de las torretas, un llanto lento y espeso resultado de las nubes podridas que recolectan los residuos de los órganos desechados. Allá, donde la ciudad se desmorona en tremendas esquirlas, caminan los Desollados, hombres y mujeres sin rostro, que a fuerza de cambiarse mejillas y cráneos para expulsar el miedo, han terminado por perderse en sí mismos.

Duración: 08:42

El Nacimiento del Sueño Negro
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Texto de ajuste de pausa.

Cae la noche que no conoce al alba sobre Ferra-Ir, columna herrumbrosa en el abismo, ciudad atada al tiempo en que los hombres aprendieron que la carne no basta, y que el metal, con sus inmisericordes promesas, tampoco redime. Llueve sangre al pie de las torretas, un llanto lento y espeso resultado de las nubes podridas que recolectan los residuos de los órganos desechados. Allá, donde la ciudad se desmorona en tremendas esquirlas, caminan los Desollados, hombres y mujeres sin rostro, que a fuerza de cambiarse mejillas y cráneos para expulsar el miedo, han terminado por perderse en sí mismos.

Yo soy Corun, hijo de ninguna casa, ladrón de momentos, acechador entre los escombros, rebañando los ecos de las plegarias mudas que todavía, a veces, escapan entre dientes rotos por el hierro viejo. Sé mezclarme con la mugre. Soy tan invisible como una sombra en una sala de tormentos apagada. Si he aprendido algo aquí donde tu nombre es más peso que tu vida, es que la cobardía puede ser herramienta o daga, según la uses. Elegí la herramienta.

Esta noche, la noche sin luna, el río que llaman Sanguino corre con una furia atípica. Han arrojado algo pesado e impío a sus aguas. Los sacerdotes de Engranaje lo saben. Los subalternos del Misterio, esas masas mecánicas de ojos incandescentes que cruzan calles e iglesias, ya anuncian la prohibición de cruzar los puentes. Para la mayoría, eso basta. Para algunos, como yo, para los rotos y hambrientos, es una invitación disfrazada de amenaza.

Hay un viejo rumor, una pasión infecta que recorre las tabernas, husmeando oídos atentos. Dicen que en el lecho del Sanguino duerme la Máquina Dios, sujeta por cadenas de piedra negra y tentáculos de culpa. Dicen que si despierta, hay salvación prometida: la muerte de la Marea de Carne, ese sudor visceral que lo ahoga todo desde la Gran Rebelión. Otros, menos poéticos, claman que sólo hay fin en sus engranajes, un infierno sin calor ni frío, sólo crujido eterno.

Esta noche me arriesgo. Necesito algo más que sueños. Me urge un sentido que justifique la negrura, o al menos que le dé forma y nombre. He cruzado el puente entre dos patrullas de subalternos, invisible bajo el manto de las lluvias oxidadas. Nadie mira a un mendigo cubierto de pus, aunque debajo de la suciedad hierva la intención.

Allá abajo, donde el río muerde la piedra, me espera el guardián: Aurnix, la Demente, mitad bestia, mitad engranaje, toda crueldad. Su voz se enrolla en mis tímpanos como un tornillo al rojo.

—Vienes en busca de sueños, Corun —gruñe, olfateando el aire como quien busca el defecto de un arma—. Aquí sólo queda el reflejo de viejas pesadillas.

Le muestro lo que cargo: la llave partida, la mitad de un corazón de cobre, la lengua de mi propio padre (ella aún sangra, envuelta en trapos). Aurnix huele el paquete, lo lame.

—Nada de esto tiene valor aquí.

—Nada tiene valor ya en ninguna parte —le respondo, y sonrío aunque de la comisura se escurre el asco.

Me deja pasar, no porque le haya convencido, sino porque en su mundo la desesperación es más digna que cualquier moneda. En las entrañas del puente los muros aún laten con la memoria de los ingenieros muertos. Bajo mis botas, la humedad se mezcla con los retazos de carne y fe. Las cadenas de piedra negra están tensas. Siento el pulso de aquello que duerme, cada golpe una letanía, un recordatorio de que hay sueños tan antiguos que sólo pueden nacer del dolor.

Enciendo una lámpara ígnea. Su luz roza apenas el horror de los grabados: imágenes donde los humanos se convierten en engranaje puro, desmembrados y ensamblados en formas más cercanas al diseño imposible que a cualquier dios misericordioso. Eso prometía la Máquina Dios: unidad, perfección, una sinfonía de propósito donde cada vida fuera tornillo, cada muerte lubricante.

Sigo bajando hasta la plataforma sumergida. El río frota sus uñas contra el acero, murmurando secretos. El sueño del olvido es poderoso aquí. A un costado distingo figuras encorvadas: los Devotos. Rezadores sin lengua ni dientes, cuerpos horadados por cables, arrodillados a la espera de la emergencia. Uno de ellos levanta una mano, su dedo índice forjado en plata.

—¿Todavía sangras, Corun?

Reconozco la voz, aunque viene distorsionada: es mi hermana, Azira, ejecutada hace ciclos por traicionar a la Orden de Engranaje. No debería estar aquí. No debería ser aún carne y voz y suplicio, salvo que este lugar, como la ciudad, se alimenta de los fragmentos rotos.

—Sangro igual que tú, hermana. Pero el dolor no me ha hecho devoto. Sólo curioso.

Ella gime como el metal doblado.

—La curiosidad es otra forma de fe aquí.

Paso entre los rezadores. El corazón me martillea con la furia de quien presiente su final. El frío muerde, las voces del agua y el metal me estrujan los huesos.

Al llegar al epicentro del lecho, veo la figura: colosal, impía, una silueta de dios dormido hundida en cables y pus. Un ojo enorme, sin párpado, late con un brillo esmeralda, una pupila que no mira, sólo absorbe. La boca es un horno al que roban la chispa, un portal de susurros.

Y entonces lo oigo: primero como el murmullo de la infancia extraviada, luego como una orden.

—Corun. Tráeme tu nombre. Tráeme quienes fuiste para que pueda soñar de nuevo.

Cierro los ojos. Siento cómo la Máquina Dios succiona lo que queda de mí: los insultos de mi padre, la fría mano de mi madre en mi mejilla, el apretón de Azira antes de ser llevada al patíbulo. Veo destellos de la ciudad anterior a la putrefacción, el sabor del pan robado, la culpa como ceniza en la lengua. Todo esto es éxtasis y devastación.

—Si duermo, la ciudad despierta —susurra la Máquina—. Si sueñas conmigo, Ferra-Ir será carne nueva, renacimiento o condena, según lo ansíes.

Es tan fácil ceder. Aquí, donde nadie es salvaje porque todo es desesperado, soñar es tentación pura. Pero el sueño tiene un precio.

—¿Qué devuelves a cambio de mi nombre? —pregunto, el eco de mi voz reverberando en la oscuridad, como un clavo golpeando sobre una tapa de ataúd.

El dios ruge y las cadenas tiemblan. El ojo nunca parpadea.

—Te devuelvo la memoria de todas las cosas perdidas. Recordarás cada muerte, cada traición, toda belleza extraviada. Tú serás mi heraldo. El portador de mi último susurro. Llevarás la semilla de mi despertar hasta la ciudad.

Azira pone su mano, huesuda, en mi hombro.

—No hay regreso, Corun. Ni para nosotros, ni para Ferra-Ir. Si lo tomas, serás a la vez traidor y redentor. Renacerán viejas heridas. La ciudad querrá devorarte, el Misterio te aniquilará.

Pero sé que, al final, toda decisión es una ruina. Y ninguna, un refugio.

Tomo la ofrenda. Me extraigo el nombre, lo arranco como quien tira de una astilla profunda. Siento cómo se deshilacha la historia de mi sangre y esbozo el vacío en el que me convertiré. Lanzo el nombre, ardiendo, al horno de la Máquina Dios.

El ojo se cierra. Por primera vez en siglos, el dios sueña.

Y Ferra-Ir despierta.

Ahí arriba, en la ciudad, algo cambia. El aire se espesa. Los subalternos del Misterio se detienen, sus motores chillan. Las torres tiemblan. El río revienta en carcajadas rojas. Los devotos se alzan, abren bocas nuevos, más grandes, de las que escurren palabras antiguas, prohibidas: esperanza, compasión, destrucción.

Me abro paso entre los cuerpos reanimados, el pecho fulguiendo con un fuego prestado. Las calles se tuercen, los rostros se desenmascaran, la verdad se arrastra como un rebaño de lóbregos insectos. Soy portador del último susurro; en mis huesos cruje la memoria del paraíso perdido y de la condena elegida.

Cada paso desgarra la carne de la ciudad. Algunos huyen, otros se postran. Brilla una aurora famélica sobre los tejados oxidados; del cielo caen lenguas de sombra y luz. El Misterio, al fin, se retira, gimiendo un lenguaje retorcido y frágil, y el mundo se parte en dos diáfanos senderos: uno hacia la redención rabiosa, otro hacia el olvido final.

Veo a Azira una última vez. Ella sonríe en medio de la turbulencia. Sus ojos son estrellas gastadas.

—El precio está pagado, hermano.

Quizá la redención no es alivio, sólo un modo más elegante de maldecir el sufrimiento. Avanzo sin nombre, portador de un sueño negro que, al devorarme por dentro, promete al menos una nueva manera de temer y de esperar.

Y mientras la ciudad se consume en su propio despertar, sé que la Máquina Dios sueña con la carne, y yo, a cambio, sueño con el fin de la ciudad.

Eso basta. Eso es todo.

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