La violencia tiene muchas formas. Unas veces se abate sobre las colinas como una tormenta de cuchillas, otras llega tibia, silenciosa, con la constancia de una plaga que pudre cualquier esperanza. En las lindes orientales de Ogbrum, donde la civilización termina y comienza el dominio del bosque negro, la violencia era algo habitual. A veces tenía forma de lobos hambrientos, a veces de recaudadores con armaduras. Pero esa era la violencia comprensible, la que los hombres sabían explicar y, en consecuencia, temer.
La otra, la que no sabían nombrar ni ver acercarse, era asunto de pesadillas.
En esa frontera, oculta entre el lodo y la niebla, se alzaba el pueblo de Branner. Al ocaso, sus habitantes evitaban mirar el bosque. Sabían de historias antiguas, de cosas que acechaban entre los árboles: hitras, banshees, espectros de los que nadie quería hablar. Muchas veces, les habían recomendado marcharse y buscar fortuna en otro lugar. Pero los hombres son obstinados, y algunos sellan pactos con el barro y la miseria porque no tienen otra cosa mejor a lo que aferrarse.
Era principios del mes de las lluvias cuando llegó al pueblo el cazador de penitencias. Nadie sabía su nombre; lo llamaban por el oficio: penitenciario. Montaba un caballo alazán, delgado y nervioso. Llevaba una gabardina de cuero, un espadón a la espalda y un hacha en el muslo. Sus ojos parecían haber visto demasiado para alguien que no era viejo. Un hombre con el rostro cortado por cicatrices y el silencio propio de los que han sobrevivido a demasiados inviernos sin esperanza.
El primero en recibirlo fue el posadero, Arno, un hombre de manos crestadas de verrugas y dientes podridos. Le sirvió pan agrio y carne dura de liebre, y el penitenciario comió en la esquina, silencioso. Solo cuando la taberna quedó vacía, Arno le presentó una petaca de aguardiente.
—Dicen que viene buscando el mal —musitó el posadero, sin alzar la voz.
El penitenciario sostuvo la mirada.
—Yo no busco el mal. El mal me encuentra a mí.
Arno se removió incómodo. El cazador recogió la petaca y la olfateó con un gesto casi supersticioso. Tras un breve trago, la devolvió sin abrir más la boca. Fuera, la tormenta aumentaba, sacudiendo las contraventanas. Era como si la aldea entera contuviera la respiración.
—¿Va a mirar el bosque? —preguntó Arno. Había algo entre la súplica y el miedo en su voz.
El penitenciario se encogió de hombros.
—Mañana, con la luz.
* * *
Por la mañana, la bruma danzaba sobre el arroyo. El penitenciario limpió, afiló sus armas y alimentó a su caballo, que rascaba el barro con pezuñas nerviosas. Los niños del pueblo lo observaban con los ojos entornados. Tenían ese modo de mirar que sólo los críos de aldeas malditas desarrollan: una mezcla de curiosidad y resignación. Un muchacho de una docena de inviernos se acercó a él.
—¿Matará a las brujas? —inquirió, sin rodeos.
El penitenciario no respondió, pero tomó al chiquillo del hombro y le preguntó dónde habían visto por última vez al desaparecido.
—Mi tío, Jorund, fue a buscar leña. Dicen que se lo llevaron los árboles… o lo que mora en ellos.
El cazador no pidió más detalles.
* * *
El bosque de Branner era un océano de ramas retorcidas y nodosidades negras. Los árboles no parecían de este mundo: sus raíces se enroscaban sobre calaveras de bestias y hombres, y su follaje vomitaba sombras incluso al mediodía. A veces, en silencio, parecía que el propio bosque latía, como una bestia herida e interminable.
El penitenciario ató su caballo a una rama baja y encendió una amuleto de salvia negra y hueso de cuervo. A cada paso, el aire se llenaba de susurros. Las hojas rozaban su gabardina, el barro chasqueaba bajo sus botas. Pronto, encontró huellas frescas. Dos pares: uno humano, otro de pezuñas hendidas, demasiado grandes para cualquier cabra o ciervo.
Avanzó. A lo lejos, resonó una risa, pero era demasiado aguda, demasiado hueca. Una risa de bruja. El penitenciario desenfundó la espada y la sostuvo en vilo.
En un claro, al pie de un roble descomunal, halló el cuerpo: o mejor dicho, lo que quedaba de él. Jorund estaba partido en dos, con el torso colgando de una rama y los restos de las piernas esparcidos en el suelo. Su estómago era una flor abierta de carne. El cazador aguantó el asco; era un viejo conocido. Examino la escena: el asesinato era un mensaje, una advertencia.
Miró alrededor: en la corteza del roble habían tallado símbolos de otro tiempo, líneas curvas y espirales, nombres prohibidos. En el aire flotaba el olor del miedo antiguo, mezclado con la pestilencia dulce de la putrefacción.
—No es una bestia —murmuró—. Esto es obra de una tribu vieja… o de lo que queda de ella.
Las brujas de Asgreth. Las mujeres sangrientas. Se las creía extintas, barridas hace siglos por las purgas. Pero Ogbrum era tierra de supervivientes, y algunas cosas se mantenían vivas entre raíces y tinieblas.
El penitenciario recogió una rama y trazó un círculo de protección en el suelo. Luego, extrajo una campana de cobre e invocó el rito de los dormidos, una oración baja, de palabras susurradas. Si los espíritus acechaban, tal vez así los mantendría a raya, al menos por una hora.
* * *
No tuvo tanto tiempo.
Cuando el sol comenzó a decaer, el bosque exhaló un alarido. De repente, las ramas se agitaron y la temperatura descendió. El penitenciario alzó la espada cuando una figura emergió de la niebla: una mujer alta, flaca como una ristra de huesos, con cabellos de musgo y dientes de vidrio. Sus ojos, completamente negros, no tenían ni rastro de piedad o humanidad.
A su alrededor danzaban otras formas: mujeres ancianas y niñas marchitas, con rostros de cera gastada y pechos secos. Sus dedos despedían una luz fontalina, y murmuraban letanías en una lengua que jamás había sido hablada entre las paredes de iglesia alguna.
—El hombre del hierro… —susurró la bruja principal—. Hemos esperado mucho.
El penitenciario estrechó el círculo, arrojando sal a las sombras que intentaban cruzarlo.
—Me encontrasteis vosotras, no al revés.
La bruja sonrió; un rictus. El cónclave de mujeres comenzó a rodar, chasqueando lenguas y uñas. El penitenciario entendió que no era un simple rito de caza: era un juicio.
—Violas la frontera sagrada —bufó la bruja.
—Vosotras raptasteis a Jorund. A otros, antes que él. Yo solo respondo a vuestras acciones.
La bruja levantó sus manos: los dedos se bifurcaban como ramas. De la esclerótica de sus ojos caían lágrimas oscuras.
—La aldea profanó la tumba del silfo negro. Mataron a mi hermana en la hoguera, bendijeron el pozo con sal y lumbre. Ahora el bosque toma su precio, y el hombre de hierro se convertirá en mármol bajo nuestros pies.
El penitenciario recogió la hacha; la batalla era inminente. Sin embargo, sabía que, enfrentarlas, solo traería más muerte. Miró a su alrededor: la penumbra se espesaba. Alzó la voz, recitando versos prohibidos.
—El cobre y la sangre de los caídos sellan mi paso; la sal y la fe me apartan aún del abismo.
Las brujas chillaron. Un par de ellas se lanzaron sobre el círculo, y el penitenciario giró con pericia, cortando brazos descompuestos y cabelleras aullantes. Por cada una que caía, otra surgía, recién formada del fango y la desgracia.
Pronto, la principal le arrojó un puñado de huesos. El penitenciario sintió que sus piernas pesaban como plomo: los hechizos actúan con la fuerza de las culpas y el cansancio. Trastabilló, pero se apoyó en la espada.
—Soy penitenciario porque llevo la carga de todos los pecados —espetó, con voz ronca.
El cónclave se precipitó sobre él, garras y dientes prestos a desgarrar. Entonces, desenfundó una daga de plata y la hundió en su propio antebrazo. Una ola de sangre fresca saltó sobre el círculo: el dolor lo devolvió a la vida, impidiéndole caer en la parálisis mágica.
Con la luz del ocaso, el cazador arrojó la campana a la bruja principal. El cobre la quemó, y la figura se replegó, chirriando como una rata atrapada. El penitenciario aprovechó: saltó sobre la bruja y le hundió el hacha en el pecho. Un hedor sulfuroso llenó el aire; la criatura convulsionó antes de descomponerse en una maraña de raíces y gusanos.
Las demás brujas, al perder a su líder, estallaron en humo negro. El bosque gimió, y el silencio regresó como un sudario.
* * *
Pasaron horas hasta que el penitenciario salió del bosque. Llegó al pueblo cubierto de sangre ajena y propia. Los aldeanos acudieron a él, temerosos y mudos. Nadie preguntó, nadie celebró.
El cazador se sentó ante la taberna y contempló a los rostros encogidos por el hambre y la superstición.
—No es el final —dijo al posadero—. Las brujas volverán. El bosque no olvida.
Arno asintió, resignado. El penitenciario bebió, sin prisa, con la certeza amarga de que las heridas de Ogbrum nunca sanaban del todo. Conocía aquel ciclo de sangre y culpa; era la condena de todos los que respiraban el aire envenenado de la frontera.
Al caer la noche, el penitenciario desapareció entre la niebla, dejando tras de sí un pueblo marcado por cicatrices invisibles, y al bosque soñando, hambriento, aguardando al siguiente que se atreviera a romper el delicado equilibrio entre la piedad y el horror.
Y la violencia, inmutable, seguía su curso, redonda e inacabable, como el viaje de los hombres que intentan redimir lo irredimible.
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