Fragmento:
Cedrick recordó las historias que su madre contaba: de caminos donde uno no solo perdía la orientación, sino también la memoria de quién era; de viajeros que se encontraban a sí mismos perseguidos por manadas de recuerdos hambrientos, hasta quedar desollados por sus propias culpas. Apuró el paso.
Duración: 08:20
No hacía aún una hora que el sol se había puesto, pero ya los campos se ocultaban bajo la mordida niebla de la llanura de Asenbal, espesando en las cunetas, chicoteando como viejos encapuchados las raíces de los fresnos, donde los pastores juraban que la tierra respiraba. Sin embargo, Cedrick Lorn, viajero veterano, no sentía miedo—o eso decía su boca, seca y crispada alrededor de cada palabra que mascullaba para calmar su temblor. El miedo era para los mentecatos, no para alguien que había cruzado tres veces la frontera de Hórath, donde los ríos estaban hechos de milenios amargos y los lobos bailaban en círculos de sal y huesos.
Y aún así la senda ante sus pasos, que la gente del valle evitaba nombrar incluso en tiempos de cosecha, le helaba mucho más que el viento de media noche. No era un miedo a la muerte. No, la muerte, en sus múltiples formas, era un trato ya rubricado entre él y el mundo. Era esa senda, y los recuerdos que en los pueblos se guardaban como se ocultan las cartas marcadas, lo que realmente lo ensombrecía.
Dicen que lo maldito nació en el primer arado que desgarró la piel de Asenbal. Los espíritus antiguos, ultrajados, se escondieron entre sus raíces y juraron venganza contra el hombre y su tránsito. ¿Por qué un hombre como Cedrick tomaría esa senda, sellada por siglos y silencio? La carta que apretaba en su abrigo era prueba suficiente: “Ven, no tardes—tu hija lanza mi sombra a la pared, y la sombra tiene hambre.” Las letras estaban trazadas en una tinta de rojo oscuro, e indescriptible era el olor acre que éstas desprendían, mezcla de tierra mojada y algo más, algo que hacía pensar en una fosa abierta a la luz de una luna histérica.
Avanzó. Los bordes del camino eran más abruptos de lo que recordaba, y a cada paso, el rumor del viento parecía doblarse y adoptar forma de palabras. “Pasa de largo,” “Gira ahora,” “Tu carne ya nos tiene fe.” Cedrick se detuvo frente a un cruce de piedras, envueltas en líquenes violáceos que nunca antes había visto. De entre las piedras emergía una mujer, o al menos el recuerdo de una mujer. Pelo gris, piel blanca como hueso hervido, vestía de harapos la neblina misma, y sus ojos—ay, sus ojos—eran dos charcos de agua estancada, profundos, impasibles, antiguos.
“¿A quién buscas en tierra vieja?” susurró, y el eco de su voz pareció hacer llover tierra oscura del cielo.
“La sangre me llamó,” contestó Cedrick, arrastrando el miedo como a un perro insomne, “y yo vine.”
“¿Cómo sabrás que no eres sólo carne para la tierra?” replicó ella, avanzando medio paso, y el aire a su alrededor se espesó como papilla caliente.
Cedrick tragó saliva, sintiendo la cuchilla de su aventura cortar más adentro que nunca. “Soy padre. Haré de mi cuerpo puente si el caso lo exige.”
La mujer rio, seca, amarga. El sonido dejó marcas en el aire, arrugas que nunca se estiraban. “Padre, dices. Pero aquí los nombres pierden sentido. Aquí la propia sombra te traiciona. Sigue, si la sangre es más fuerte que el sentido.” Y, sin más, se desvaneció, dejando sólo un resto de perfume a pétalos podridos.
La senda giraba y cedía; a menudo, Cedrick sentía que retrocedía aunque sus pies avanzaran. El aire era denso, pesado, relleno de la música muda de heraldos imposibles. A ambos costados, los árboles inclinaban sus copas hacia el suelo, las ramas como dedos implorantes, y las raíces parecían moverse involuntariamente, palpando la tierra en busca de algo cálido que estrujar.
Cedrick recordó las historias que su madre contaba: de caminos donde uno no solo perdía la orientación, sino también la memoria de quién era; de viajeros que se encontraban a sí mismos perseguidos por manadas de recuerdos hambrientos, hasta quedar desollados por sus propias culpas. Apuró el paso.
El silencio era casi perfecto, pero de vez en cuando una nota lo resquebrajaba: el crujido seco de una rama demasiado cerca; el llanto de un niño, demasiado lejano. El nombre de su hija—Mara—brotó en sus labios como una plegaria.
A mitad del camino (y ninguno sabe dónde está la mitad en tierras que no reconocen ni principio ni fin) encontró el cruce del Sauco Tinto. Dicen que las bayas de ese árbol no alimentan ni pájaros ni bestias, sino únicamente los pesares de los hombres.
Allí descansaba un hombre, o lo que quedaba de él: un saco de huesos apretado por la ropa de un peregrino, el rostro vuelto hacia el tronco, como si suplicara por algo que los vivos no pueden regalar.
Cedrick se atrevió a hablarle: “¿Qué haces aquí, viajero?”
El sacudimiento de la figura produjo un sonido hueco, como de cubiertos chocando en una alacena vacía. “Espero. Siempre espero. Siempre elijo el camino, y siempre la espera me devora.”
“¿Eso deseas para ti?” inquirió Cedrick, sintiendo la peste aguda de la desesperanza sofocarlo.
“Sólo el paso termina la espera.” El viajero tendió el brazo, huesudo y largo. “Te cambio mi lugar, si el tuyo es más liviano.”
Cedrick retrocedió. “Niego tal trueque. Hay una hija mía al final de esto.”
Una risa cavernosa, agria, brotó entonces. “Todos traen algo al final… y al final, nadie regresa con lo que busca.”
Cedrick prosiguió, clavando los pies en la dura arcilla del sendero. El aire se espesaba. Empezó a notar que el tiempo no corría igual; no sentía hambre ni frío, sólo una marea creciente de ansiedad. Los susurros en la niebla se volvieron más nítidos, pronunciando secretos de edades prehumanas, recitando promesas que rozaban la tentación...
Y entonces cedió el terreno bajo sus pies y él cayó, rodando por una pendiente lodosa hasta que el mundo giró y terminó en una especie de claro circular, dominado por una roca lisa, tan negra que parecía absorber la escasa luz de la luna enturbiada.
Allí estaba Mara. Era su hija y no lo era; allí, su cabello parecía la sombra húmeda de la propia noche, y sus ojos, dilatados, trazaban geometrías imposibles en la penumbra.
“Padre,” canturreó Mara, su voz multiplicada, “¿Por qué viniste?”
Cedrick se arrodilló, el alma desgarrada. “Respondo al grito de lo que he engendrado.”
La criatura Mara se encogió, como si dudara. “Aquí, la carne es ofrenda.” Su cuerpo cambió: su brazo derecho reptó por el suelo, un tentáculo de escarcha; su rostro se dividió en dos, uno lloraba, el otro reía. “¿Me ves todavía como tu hija?”
Cedrick, aunque el corazón le imploraba huir, mantuvo la mirada. “Eres mi dolor y mi esperanza. Te tomo como eres, si no puedo ya salvarte.”
La criatura pareció suspirar. “No fue tuyo el error de cruzar este camino, sino mío por llamarte. Pero ya en la piedra, el precio se cobra.”
Una raíz brotó de la tierra y enroscó la pierna de Cedrick. No luchó. “Si lo que buscas es mi sangre, tómatela.”
“No es sangre lo que reclama la tierra, sino recuerdo.” La voz ahora era tenue, casi un eco.
Entonces Mara se acercó y, con un breve roce de su frente contra la de Cedrick, las memorias más vívidas y hermosas de su hija comenzaron a desvanecerse: los primeros pasos, la risa junto al pozo, la voz llamando en las noches de tormenta. Sentía un vacío helado extenderse en su pecho, pero también una sorprendente ligereza.
Mara lloró, y cada lágrima formó un pequeño charco oscuro a la base de la piedra. “Ahora estás libre para volver al otro lado. Pero, padre—¿a qué mundo regresa un hombre sin memoria de amor?”
Cedrick vio el camino abrirse ante sí, recto y transparente. Cruzó, sin mirar atrás, aunque sentía en cada paso la añoranza de lo que no recordaba, un eco dulce y amargo. Sabía su nombre y que había perdido algo esencial, pero más allá de eso, el vacío era perenne.
Atrás, entre la niebla y los susurros, la figura de Mara se diluyó hasta ser sólo un murmullo más entre los viajeros errantes de la senda, entre los que buscan, pierden y olvidan en el tránsito, y cuyo único destino cierto es el olvido.
Así acaba la historia de Cedrick Lorn, el hombre que aprendió que hay pasos que sólo se dan perdiendo lo más querido, y caminos que, una vez cruzados, no devuelven a nadie entero. Y la llanura de Asenbal, bajo sus capas de niebla y tiempo, guarda otra historia entre las raíces, esperando al próximo nombre, al próximo recuerdo por devorar.
Copyrights © 2025 Reinofantasia.com. Todos los derechos reservados.