Fragmento:
»Encontró la Arabesca, un arte que ata al destino con hilos de deseo, de modo que mientras uno de nosotros mantuviese la llama, ambos arderíamos, eternos pero cautivos. Fue un acto de amor y locura. Lo sellamos en este libro y fue hermoso al principio: ausencia de dolor, invulnerabilidad, noches dilatadas donde sólo era yo, mi amado y el mundo rendido a nuestros pies.
Duración: 08:23
La lluvia caía con parsimonia aquella noche en la inexpugnable ciudad de Corislun, una urbe hecha de almenas encaramadas y canales de ónice, suspendida entre los brazos del río Fergel. Vista desde cualquier torre, parecía una joya sumida en la crisálida de la neblina. Los reyes –y sus secretos– habitaban en su corazón como la brasa que no se apaga.
Ardella, guardiana de archivos, avanzaba con paso firme en la penumbra de los pasillos subterráneos del palacio real. El aire estaba impregnado de moho y azafrán, mezcla imposible que sólo se encontraba en las cámaras donde el tiempo era guardián y prisionero a la vez. Ella llevaba una antorcha, no por miedo a la oscuridad, sino porque las palabras antiguas pedían luz, como criaturas de otro tiempo estirándose tras un letargo de siglos.
Habían pasado quinientos años desde el último cambio de corona y, sin embargo, los reyes seguían ahí, imperturbables, tan bellos y espléndidos como el primer día. La leyenda susurraba sobre secretos de longevidad, pactos, maldiciones o arte perdido. Nadie sabía, salvo quizás el mismísimo Consorcio Real, engarzado en intrigas sobre la perpetuidad del linaje. Ardella, sin embargo, nunca había creído en la quietud inmortal; cada reino necesita movimiento, incluso si ese movimiento es sutil como la respiración de un sueño.
En la cámara más profunda, tras una puerta tachonada con emblemas olvidados, Ardella encontró lo que buscaba: el Libro de la Arabesca, un tomo cuyas páginas brillaban con runas vivas. Sus dedos delicados rozaban el lomo y la tinta susurraba en voz baja, trozos de un idioma que se disolvía apenas escuchado. Allí, en la penumbra, surgió de pronto una voz más cálida que el fuego y más fría que la esperanza.
—Siempre supe que vendrías.
Ardella giró, con el tomo apretado en el pecho. Frente a ella, envuelta en una túnica que parecía tejida de corrientes de marea, estaba la Reina Mella, tan joven y hermosa como lo era en los tapices del primer salón, pero con una tristeza tallada más hondo que los canales de la ciudad.
—Majestad… —dijo Ardella, conteniendo el temblor en su voz.
—Basta de fórmulas. —El suspiro de Mella apagaba velas—. ¿Acaso quieres respuestas, Archivera? ¿Vas a preguntar por qué aún vivimos, por qué tu abuelo me sirvió y murió y tú me sirves y no muero jamás?
Ardella sintió lágrimas arremolinarse, no por miedo, sino por la promesa de un misterio casi al alcance. Asintió, incapaz de desviar la mirada.
—La historia es sencilla, pero se tuerce como la raíz de un arce —dijo Mella, acercándose, su aroma una mezcla de musgo y granada—. Éramos humanos, hace mucho. Éramos dos: Rein, el rey, y yo, inexperta entonces, insomne por los pesares de gobierno y el amor temprano. Rein ansiaba protegerme incluso de la muerte, y buscó más allá del mundo conocido.
»Encontró la Arabesca, un arte que ata al destino con hilos de deseo, de modo que mientras uno de nosotros mantuviese la llama, ambos arderíamos, eternos pero cautivos. Fue un acto de amor y locura. Lo sellamos en este libro y fue hermoso al principio: ausencia de dolor, invulnerabilidad, noches dilatadas donde sólo era yo, mi amado y el mundo rendido a nuestros pies.
La confusión y admiración de Ardella se mezclaban, indisolubles.
—¿Pero… el precio?
Mella cerró brevemente los ojos, cada párpado una sombra.
—Al principio, sólo sentíamos la clemencia del hechizo. Pero supimos, con los años, que lo atado así, tan firmemente, no cambia. Nuestro amor no maduraba; nos manteníamos perpetuamente en el filo de lo que fue, nunca avanzando, nunca decayendo. Pronto, la pasión se tornó insípida, el afecto una rutina, y los pesares del reino comenzaron a lamernos los talones. No podíamos morir ni separarnos, pero tampoco podíamos vivir plenamente.
»Rein… él buscó consuelo fuera del palacio, en los brazos de aprendices, augures y poetas. Cada vez volvía menos, ensimismado en recuerdos, y pronto dejó de amar. Pero el vínculo era más fuerte: mientras yo siguiera alimentando la llama, él permanecía igual, en cuerpo y en la culpa. Y yo, avergonzada y frágil, temí cortar ese hilo, condenarme a la fugacidad y el olvido.
Un silencio denso los rodeó, hasta que Ardella, con un atisbo de osadía, preguntó:
—¿Podría alguien romper el lazo desde fuera? ¿O hay otra forma?
La Reina la miró largo y tendido, extrayendo de su mirada siglos de dolor y anhelo.
—Por eso estás aquí. Has leído los registros, me has observado, y has sentido la pesadez de lo irrompible. Te he visto en los pasillos, buscando respuestas donde sólo hay repeticiones. ¿Crees que el amor, para durar, debe congelarse? ¿O debe quemarse, consumirse y dar paso a otro? Dime, Ardella, si fueras eterna, ¿qué harías diferente?
Por un instante, Ardella olvidó su posición servil y, aunque temblorosa, habló desde lo hondo:
—Creo que trataría de amar muchas veces, y no solo una. Dejaría que cada vínculo marchitara con el tiempo apropiado, permitiendo que otros crecieran. Tal vez la belleza no está en la permanencia, sino en la metamorfosis.
Entonces Mella sonrió, y en su rostro Ardella vio el eco de la muchacha que una vez fue, hambrienta de futuro.
—El Libro de la Arabesca puede ser cerrado, con ayuda. Se requiere de un acto de verdadero amor, pero no hacia el consorte, sino hacia uno mismo. Debo elegir marchitarme, aceptar que la vida es paso y no estanque. Pero he temido mucho tiempo. ¿Permanecerías conmigo, Ardella, cuando lo haga?
La guardiana asintió con fervor, sorprendida por la tumultuosa marea de sentimientos que la invadía. Era admiración, sí, pero también algo más extraño y dulce, un afecto floreciendo silente bajo la losa de la costumbre.
Aquella noche, juntas, abrieron de nuevo el libro, y la magia vibró alrededor como un enjambre despertando. Las runas se alzaron, se retorcieron en el aire, tejiendo imágenes de besos, juramentos y noches inacabadas. Ardella, guiando la mano de la reina, pronunció palabras antiguas, pero dirigidas ahora con otro propósito: no el de perpetuar, sino el de liberar.
La cámara se inundó de un aire demasiado vibrante para ser solo brisa. Mella brotó en lágrimas, cada gota como una chispa que quemaba las sogas invisibles del lazo. Ardella sostuvo su mano, y al hacerlo notó cómo el pulso de la reina disminuía, se volvía vulnerable, humano.
—Siento miedo, pero también esperanza —musitó Mella—. Es terriblemente hermoso, saber que habrá un fin.
Hubo un susurro del libro, un aleteo último de las runas, y el vínculo se rompió en un destello acuoso. La reina tambaleó, ya no inmortal, sino frágil de carne y hueso, y Ardella la sostuvo. Afuera, la noche parecía más oscura, y los relámpagos titilaban suaves sobre el río.
En los días siguientes, Rein desapareció del palacio. Algunos decían que se perdió buscando la fuente del hechizo, otros, que se contentó con ceder su trono a las nuevas generaciones, incapaz de cargar el peso de dos eternidades. Lo cierto es que Mella, libre al fin, eligió vivir el tiempo que le quedó amando a quien la ayudó a renunciar al falso paraíso.
Ardella y Mella se convirtieron en inseparables. Paseaban bajo los sauces de los jardines, aprendiendo el arte de olvidarse del mañana y atesorar el instante. La reina, antes atrapada en una juventud irrompible, envejeció despacio, cada arruga celebrada, cada risa sumando matices. La archivera, por su parte, halló maravilla en ser testigo de esa transformación, y cada beso y caricia eran un acto de fe en lo efímero.
La ciudad de Corislun, antaño orgullosa de su constancia petrificada, aprendió a apreciar la renovación. La gente comenzó a dejar flores para la nuevo amor de la reina, y, con el tiempo, la historia de Ardella y Mella fue recordada no como una tragedia de eternidad frustrada, sino como un himno al coraje de soltar.
El río Fergel siguió fluyendo, portando con él las promesas de quienes se atrevieron a romper el ciclo. Y, bajo la superficie, en las cámaras donde alguna vez reinó lo inmortal, brotó suave el musgo, testigo verde de un reinado finalmente breve, completamente humano, y por fin libre.
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