Fragmento:
Alena no confiaba en historias. Solo creía en cosas palpables: la carne bajo sus uñas después de un largo día de trabajo en los establos, el sudor seco bajo sus pechos cuando el sol abandonaba el valle y el vacío en su estómago. Pero esa noche, mientras su madre musitaba letanías a dioses desconocidos, el eco de los cuervos retumbó en los campos hasta colarse bajo las puertas, y ella se supo menos segura.
Duración: 07:35
La noche había caído sobre Veleris, un pueblo que cada año masticaba la desesperanza en silencio, como quien traga tierra sin esperanza de lluvia. Nadie podía alcanzar el descanso cuando el viento ululaba con la voz de los muertos y la madera vieja chirriaba bajo el peso de recuerdos demasiado grotescos para ser nombrados en voz alta. Aquella aldea, ahogada en niebla y leyendas, era famosa solo por la oscuridad que le engendraba hijos malditos.
Alena dejó caer la leña sobre el hogar e hincó de nuevo la vela en su calavera ahuecada, costumbre que su madre aprendió y transmitió con la voz áspera de quien sabe que toda tradición trae su carga mortal. Desde pequeña, Alena llevaba la marca en la frente: una quemadura cruel en forma de estrella, señal de los marcados por la Llama Negra.
En las noches como esa, sabían que era cuestión de tiempo antes de que la llamada regresara. Decían que la Montaña de los Corazones Corrompidos—o Montaña Negra, como la llamaban en susurros—se alzaba a solo dos jornadas y que, llegada la luna oscura, la propia piedra se agrietaba, dejando escapar vapores que infligían locura o deseos de muerte en los desdichados que no sabían guardar la distancia.
Alena no confiaba en historias. Solo creía en cosas palpables: la carne bajo sus uñas después de un largo día de trabajo en los establos, el sudor seco bajo sus pechos cuando el sol abandonaba el valle y el vacío en su estómago. Pero esa noche, mientras su madre musitaba letanías a dioses desconocidos, el eco de los cuervos retumbó en los campos hasta colarse bajo las puertas, y ella se supo menos segura.
Alena sintió la llamada como una punzada incandescente en su herida antigua. Supo, por las miradas huidizas de su madre y el silencio sepulcral fuera de la casa, que era una de las elegidas. Y así, envuelta en una capa manchada de barro y sangre seca, salió sin despedirse de nadie; el deber de los Marcados no permitía el lujo de las lágrimas.
El sendero, cubierto de musgo y ramas retorcidas, parecía llevarla a través de una boca de lobo. Los árboles, extrañamente deformes, se agrupaban como centinelas hostiles, y las raíces buscaban enredarse en sus tobillos. Caminó durante horas, atravesando claros donde pálida luz lunar arrancaba destellos espectrales a los charcos estancados. Aquí y allá, se erguían cruces de hueso, señalando las tumbas de los caídos por la Maldición de la Ceniza.
No era la única. Pronto, otras figuras surgieron del bosque: un viejo que arrastraba una pierna tullida, una mujer joven cubierta de ceniza, un adolescente que no dejaría de mirar con ojos desorbitados el brazo que le crecía una garra. Todos ellos Marcados, todos ellos víctimas del destino sellado en la Montaña.
Nadie habló. El grupo avanzó como una fila de enajenados bajo el dominio de algo ajeno, algo que olía a azufre y promesas rotas. Alena miró de reojo a sus compañeros—pronto sabrían quién sobreviviría esta vez, y quién sería reclamado por la Llama.
Al pie de la Montaña, la niebla era tan densa que los arbustos sólo eran manchas en la nada. Las piedras ahí rezumaban un líquido negruzco que no era agua, y las sombras parecían desplomarse, como si el mundo estuviera perdiendo su forma. Sabían lo que debían hacer: el rito exigía el ascenso hasta la cumbre, donde una pira aguardaba desde tiempos ya olvidados.
La subida fue una pesadilla de escombros y alaridos. Uno de los hombres cayó, y de la grieta de la montaña manó un humo viscoso que lo envolvió. Gruñó, se debatió, y lo último que vieron antes de que el humo lo reclamara fue su rostro retorciéndose hacia un grito mudo, los ojos privados de pupilas.
Los demás no miraron atrás.
Horas más tarde, alcanzaron la cima. Allí, donde la roca se abría como una herida fresca, se encontraba el altar. Sobre él, siempre aguardaba la figura encapuchada de la Dama de los Cuerpos Sin Sombra. Nunca se la veía llegar, y nadie recordaba su rostro de un año al siguiente, pero todos sabían que Ella era la que portaba la Maldición y la Gracia al mismo tiempo.
“Acercaos, Marcados,” dijo la Dama; su voz era un susurro que crujía como carbón en brasas apagadas, una voz que podía levantar a un muerto de la tumba y condenar a un vivo a la insania.
Alena dio un paso al frente. El ritual era simple: cada uno debía entregar algo. No un objeto, sino un pedazo de sí mismos: memoria, amor, remordimiento. No era un sacrificio cualquiera. La Montaña bebía lo que más dolía perder.
“¿Qué ofreces, hija de las cenizas?” preguntó la Dama, girándose hacia ella.
Alena apretó los puños hasta que la carne crujió sobre los nudillos. Pensó en ofrecer su dolor, pero se detuvo; el dolor era todo lo que la mantenía anclada al mundo cuando las noches se volvían insoportables. En su lugar, se arrancó de la memoria el rostro de su hermano muerto, ahogado cuando apenas era un niño.
Sintió el vacío al instante, como un trozo de alma arrancado a cuclillas. Una herida sin sangre, incapaz de sanar.
La Dama aceptó su ofrenda y esbozó una sonrisa tan triste que por un momento Alena vio en Ella a todas las madres que alguna vez habían perdido un hijo. Pero habría tiempo para las culpas y el llanto luego.
El ritual se repitió dos veces más. La mujer cubierta de ceniza entregó su capacidad para sentir placer; el joven de garra, el último recuerdo de la caricia de su madre. El viejo, que al llegar ante la Dama se desplomó y suplicó por piedad, tuvo que entregar su valentía, quedando reducido a un saco de huesos tembloroso.
Una vez cumplido el rito, la Dama encendió la pira. Era un fuego de otro mundo: negro, babeante, y sin embargo luminoso como el relámpago. De entre las llamas brotaron sombras alargadas que se debatían como peces fuera del agua.
“Volved a vuestras casas. La Montaña dejará respirar a Veleris un año más,” sentenció la Dama. “Pero recordad: cada ofrenda alimenta no solo mi poder, sino la maldición que acecha debajo. Mientras sigáis sirviendo, la muerte os rodeará, pero no os tocará.”
El descenso fue más difícil. La herida en la memoria de Alena la dejó tambaleante; supo que jamás volvería a soñar con su hermano, pero tampoco sentiría la culpa que hasta hoy la había asfixiado. El joven de la garra lloraba sin lágrimas, repitiendo que no recordaba el olor de su madre. La mujer de ceniza se arrojó a un barranco, incapaz de soportar la vida desprovista de placer.
El pueblo recibió a los que quedaban en silencio, y la sombra de la Montaña se cernió como un nido de cuervos hambrientos sobre sus cabezas. A la mañana siguiente, la Dama había desaparecido. Solo quedaba el rumor de la Llama Negra danzando sobre las cenizas de la pira, visible únicamente a ojos Marcados.
Año tras año, el tributo debía ser pagado. A cambio de miseria controlada, de una vida tolerada bajo el yugo de la Montaña, Veleris sobrevivía.
Pocos recordaban que, en otro tiempo, las ofrendas habían sido de sangre, y que la Dama había reclamado docenas de cuerpos antes de aprender el valor de un recuerdo, una emoción, una parte del alma. Y aún menos sabían que, al final de los siglos, cuando todos los Marcados fueran solo ceniza en el viento, Veleris sería nada más que un cementerio de historias olvidadas y promesas rotas.
Pero eso aún no había ocurrido.
La siguiente luna oscura, Alena se asomó a la orilla del lago enmudecido, miró su reflejo en el agua y no supo decir, por fin, si lloraba por sí misma, por su hermano muerto, o simplemente por la condena de haber sobrevivido bajo la mirada de la Montaña. Porque saberse vivo, en Veleris, era la maldición más sutil de todas.
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