Imagina una noche donde el viento, lejos de limpiar el aire, lo espesaba, trayendo un hálito oscuro desde el fondo del pantano de Glar. Allí, entre juncos y sapos enfermos, la anciana que los niños llamaban Meralda tejía en la penumbra, sosteniendo entre dedos nudosos un jirón de tela roída por los ratones. Muchos la evitaban, pero no susurraban plegarias cuando pasaban por su choza: temían llamar su atención, temían, más que un castigo, una invitación.
Esa noche, un visitante apareció. Era un hombre famélico cuyas ropas, alguna vez finas, colgaban ahora de su cuerpo como telarañas de los techos arruinados. Caminaba sin apuro, siguiendo las arfadas del aire, como si recibiera alguna señal secreta. Nadie más le vio, salvo los cuervos, que se elevaron a su paso, graznando, y un enjambre de luciérnagas harapientas que revoloteaban entre las sombras del agua podrida.
—Entra, Sir Ruald —dijo Meralda, sin asomarse siquiera. Lo esperaba.
Él empujó la puerta. El interior olía a moho y ungüentos, a sangre vieja. Un caldero burbujeaba, y sombras extraordinarias danzaban al ritmo de la llama.
—¿Sabes a qué he venido? —preguntó Ruald. Su voz era seca, como hojas trituradas.
—A perder o encontrar tu alma —respondió la anciana—. Aquí, en este rincón de la ciénaga.
Él asintió, sacando del bolsillo una pequeña caja de hueso, grabada con runas que se desvanecían y reaparecían bajo la luz del fuego.
—Me han dicho que traes consigo el «Verum sussurus» —murmuró Meralda, extendiendo la mano con dedos de arpía—. El susurro verdadero.
Ruald no respondió, pero apoyó la caja sobre la mesa. El susurro llenó la choza, primero leve, luego atronador, como el zumbido de cien mil insectos. A través de los resquicios, las ranas aullaron, el pantano se agitó.
—Escúchalo —dijo él—. Hazme ver lo que perdí.
De entre las fauces del caldero, Meralda extrajo una aguja de hueso bañada en obsidiana. Con una destreza horrenda, acercó el arma al pecho de Ruald y la hincó justo donde la piel aún era firme. El hombre no gimió. Con la aguja, la vieja extrajo una gota de sangre negra y la mezcló en el caldero, que pitó y exhaló una nube viscosa.
—No todos los recuerdos quieres recuperar, mi lord.
—No todos los miedos son dignos de evitarse —replicó él—. Quiero saber por qué regresé de las ruinas de Tagh Morth sin hallar descanso, por qué la muerte no me alcanzó.
Meralda tomó la caja de hueso. La abrió, y el susurro se transformó en voces: al principio, lamentos; pronto, rugidos y chillidos, bramidos de bestias viejas.
—Tú moriste abajo, bajo la tierra —dijo la hechicera, la vista perdida en las volutas del humo—. Pero algo despertaste, algo hambriento. Lo que arrastras, Ruald, no es tu sombra, sino la sombra de eso.
Ruald tembló. Recordaba un pozo iluminado por líquenes, una piedra negra cubierta de musgo, un círculo de ancianos petrificados en posición de plegaria. Recordaba... una lengua hirsuta rozando el hueco de su cuello, un ojo plagado de venas musgosas, una promesa incumplida.
—¿Quién me habla cuando sueño? —preguntó. Se sentía de pronto pequeño.
Meralda cerró la caja y el eco cesó. Todo quedó en silencio salvo el resuello torpe de ambos.
—El lagarto —susurró ella—. El lagarto del fango. Su hambre no muere mientras tú existas.
En las paredes carcomidas, sombras reptaban. Afuera, el pantano parecía removerse, como si un huésped monstruoso buscara la resurrección.
—Necesito librarme —dijo Ruald, tenso—. Hazlo desaparecer.
Meralda sonrió con dientes podridos. Se acercó, susurrando con la voz milenaria de los musgos.
—Eso que te habitó busca carne nueva —advirtió—. Debes traer otro cuerpo, no como sacrificio, sino como invitación. Debe estar dispuesto.
El caballero abrió la boca para replicar, pero entonces recordó: cada noche, el lagarto le murmuraba nombres, sueños. Nunca órdenes, solo ruegos, susurrados con tal ternura que, por momentos, Ruald pensó que era él mismo quien los deseaba. Imaginó a su amigo, el joven poeta Stevan, recitando versos junto al fuego. Su mente bailó entre recuerdos—la risa de Stevan, la amabilidad con que le ofreció su vino en el último eclipse.
—No puedo —dijo por fin—. No debo arrastrar a nadie más a esta condena.
Meralda revolvía el caldero. El vapor, cebado de dolores y lamentos, formó figuras: una torre al fondo de un chiquero, una mujer de cabello gris arrodillada ante un túmulo de sapos, un niño que huía mientras una lengua viscosa le rozaba el talón.
—Entonces, prepara tu fe —concluyó la bruja—, porque esta noche el lagarto vendrá a banquete contigo.
Las llamas se apagaron de pronto. Ruald salió tambaleando de la choza, dejando la caja detrás, y sintió el frío del pantano mordiendo su alma. El agua subía entre los juncos, mezclándose con la niebla de la madrugada. Nadie se asomó a ayudarle: en el poblado, las gentes cerraban sus postigos y hacían como si nada sucediera, ignorando el canto de la vidente, la vibración en la tierra, el pavor que reptaba bajo sus camas.
El caballero anduvo a tientas hasta la orilla seca, donde una piedra plana sugería un altar improvisado. Se arrodilló, aferrando un puñado de tierra, y lloró en silencio, porque aún recordaba amar, aún sentía la necesidad de redención.
Y fue ahí, entre la niebla y el croar de los sapos, que la tierra se abrió. Una garra viscosa atravesó la superficie, seguida de un hocico alargado, fauces carmesíes brillando con baba y sangre.
—No me ocultes más, Ruald —susurró la voz en el viento—. ¿Para qué volviste, sino para ceder ante mí?
El lagarto, más grande que un caballo de guerra, se arrastró hasta él. Sus ojos, dos burbujas translúcidas, reflejaban pasajes de recuerdos siniestros. Detrás de la bestia, del vientre reventado y pestilente, surgieron fantasmas en forma de niños, mujeres y ancianos, todos con la piel corroída en escamas negras.
—No quiero—musitó el caballero, apretándose el pecho donde la herida ardía—. No quiero.
El lagarto hurgó con la lengua en el aire, probando el sabor del miedo. Dio un paso. Cada movimiento provocaba una ondulación que recorría la ciénaga, despertando ecos de hambre antigua.
Meralda, por su parte, cerró la puerta, sabiendo que el desenlace se tejía solo. Detrás de sus ojos nublados, oraban las generaciones perdidas que la acompañaban.
El monstruo avanzó hasta que el hocico se encontró con el rostro de Ruald. Olfateó su aliento y habló, con la voz de su madre, con la voz de Stevan, con la voz de todos los que alguna vez el caballero había traicionado.
—Devuélveme lo prestado —dijo—. Devuélveme mi banquete.
Ruald, entre lágrimas, alzó la vista. De su pecho emergió una sombra azulada, parecida a su propia figura pero más joven, cegada por el horror. El lagarto abrió la boca cavernosa y la sombra fue aspirada de golpe. El grito de Ruald, distante y vacío, se mezcló con el chillido del viento.
Pero el monstruo no se marchó. En cambio, enrolló su lengua sobre el cuerpo desfallecido del caballero y, con delicadeza casi piadosa, lo alzó y lo arrastró hasta el agua.
La aldea despertó sola esa mañana. Los pobladores no hablaron del caballero perdido ni de la bruja. Solo notaron que, durante semanas, el agua del pantano tuvo un tono rojizo, y que los animales nacieron mutilados o sin ojos. Una vez, un niño aseguró haber visto, entre los juncos, la figura de un hombre vestido de harapos, con una sonrisa vacía y los ojos llenos de lagartijas.
Meralda pereció poco después, devorada por las sombras de su propia cabaña. Dicen que la caja de hueso fue hallada siglos más tarde entre las raíces de un árbol negro, y que si alguien la abre, el susurro del pantano vuelve a congregar a los monstruos viejos.
Y así continúa la danza: porque nadie muere del todo en el Glar, y cada miedo devorado regresa, más hambriento, en la siguiente luna negra.
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