Portada del relato La Rueda de Jade
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Fragmento:


La Rueda de Jade era una anomalía en la vieja ciudad; una sala circular, revestida completamente de una piedra lechosa que, al contacto con la luz, mostraba corrientes verdes y violáceas danzando como veneno bajo piel. Ninguno de los habitantes se acercaba, excepto en los años de los sacrificios. Ahora, estaba vedada, cubierta de hollín, y los portones sellados por las insignias de las cinco casas mayores.

Duración: 09:14

La Rueda de Jade
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Texto de ajuste de pausa.

La ciudad de Veylan se extendía bajo una cúpula de hielo malhado, entre grietas azules donde resollaban viejos aparatos de mantenimiento y el rumor persistente de las aguas subterráneas. Era una ciudad hundida, una urbe sumergida entre épocas y dimensiones, sujeta a leyes diferentes que el sol de la superficie se negaba a reconocer. Nadie recordaba en verdad cuándo la noche había descendido sobre Veylan o cómo las lámparas de oro negromalino empezaron a prenderse una tras otra, guiando a los escasos transeúntes como luciérnagas amaestradas.

Daiya, poseedora de una piel pálida y unos ojos donde se reflejaban ecos verdes, había vivido en Veylan toda su vida. Sin embargo, cada mañana—si podía llamarse así al miserable fulgor de las luminarias—amenazaba con la revelación de que todo era falso, de que la ciudad entera no era más que el sueño de un mecanismo olvidado bajo la urdimbre del hielo, soñando sin memoria ni esperanza. A veces oía el canto de los cristales en los pasillos de su hogar, y recordaba las palabras de su abuela: “La ciudad se guarda a sí misma con espejos, pero en algunos espejos viven las bocas y los ojos de lo que fue y de lo que no ha de ser.”

Esa noche, la voz de Odran llegó como un susurro desde el conducto de las canaletas. Odran, anciano de puño negro y coleta de cables, había sido el rector del Jardín del Vidrio Ennegrecido. Las historias aseguraban que había dejado de morir hace más de un siglo, porque el circuito de su carne se había trenzado con las raíces de las plantas mutadas de las criptas del sur. Daiya, sin embargo, sabía reconocer el miedo cuando escuchaba su voz.

—Hoy, niña —susurró Odran—, sopla la niebla jadeada. Búscame bajo la rueda.

La Rueda de Jade era una anomalía en la vieja ciudad; una sala circular, revestida completamente de una piedra lechosa que, al contacto con la luz, mostraba corrientes verdes y violáceas danzando como veneno bajo piel. Ninguno de los habitantes se acercaba, excepto en los años de los sacrificios. Ahora, estaba vedada, cubierta de hollín, y los portones sellados por las insignias de las cinco casas mayores.

Pero Daiya era hija de la Casa Menor de Heseth, y la sangre menor encuentra rendijas donde las mayores se atragantan. Abandonó la penumbra de su alcoba, descendiendo los peldaños manchados por las gotas que caían del conducto, sintiendo que cada latido de su pecho sincronizaba con el lejano tic-tac de engranajes alrededor. El camino era un bosque de tuberías y raíces entrelazadas, donde los musgos fosforescentes resplandecían bajo el roce de su mano.

El aire olía a desechos y a ozono podrido. Al final del pasillo, el muro de la Rueda casi parecía vivo, con sus destellos internos palpitando al ritmo de su respiración. El sello de la Casa Thered, la más fuerte, brillaba como una herida fresca, pero Daiya llevaba colgando de su cuello una llave de obsidiana, regalo de su abuela—la última reliquia, había dicho, que recordaba el tiempo de la apertura.

Su pulso se aceleró. No era coraje lo que sentía, ni siquiera determinación, sino esa forma de urgencia que siente quien sabe que observa desde una ventana entre mundos. La llave encajó en la cerradura del sello. Un zumbido, un estallido de vapor negro y, con un crujido húmedo, la puerta giró.

El interior de la Rueda era un anillo de mármol translúcido, inundado de niebla esmeralda que giraba y giraba, cubriendo rostros que sólo se asentaban unos segundos antes de desvanecerse. El suelo crujía bajo sus pasos como si pisara cristales quebrados, pero era sólo la ilusión de los fragmentos atrapados bajo la superficie.

Odran se hallaba en el centro, rodeado de raíces resplandecientes que brotaban de su carne, fusionando su humanidad con una flor de pesadilla. Los ojos, líquidos, reflejaban constelaciones que Daiya no podía reconocer.

—Has venido, —dijo Odran, sonriendo con labios desollados—. No sabía si aún quedaban los que escucharían mi voz.

—¿Por qué me llamaste?

Odran extendió la mano. Un adorno de hueso pendía de su muñeca. Daiya dudó antes de tomarlo.

—La ciudad está muriendo, niña. No como mueren las cosas por falta de sol. La ciudad sangra porque la herida está adentro. Bajo la Rueda… las bocas antiguas se abren. No aguantarán mucho más. Pronto todo el hielo se abrirá en risas.

La niebla se arremolinó a su alrededor. Por un instante creyó ver las siluetas de otros—niños, mujeres, cosas hechas de sombra y vidrio, atrapados en la danza de la Rueda. Odran parecía angosto y destilado, menos cuerpo que idea.

—¿Las bocas…? —Daiya musitó.

—Las bocas del espejo. Las que sueñan con salir. Debes descender, llegar hasta donde los relojes ya no sueñan. Allí, en la grieta, hallarás el Relicario. Si lo abres, el ciclo puede romperse. Si no, Veylan será solo un eco. Y tú y yo y todos, apenas un reflejo fisurado de otro dolor—susurró Odran. Dafía asintió, aunque la certeza temblaba.

Tomó el adorno de hueso (más frío que cualquier otra cosa en la ciudad) y avanzó, guiada por una linterna que surgió espontáneamente del extremo de una raíz. La neblina se apartaba a su paso para regresar tras ella, formando figuras que jamás terminaba de comprender. No había caminos ni escaleras: solo una pendiente viscosa que descendía, a medida que los muros de mármol se encogían, hasta convertirse en túneles tapizados de pequeños dientes translúcidos.

A cada paso, la voz de Odran regresaba, entrecortada: "Repite sus nombres. No los olvides." Así lo hizo: Odran, Selis, Emthar, la abuela Anjra, la hermana Lys… nombres que pertenecían a los vivos, y a los muertos, y a los que sólo existían en las grietas. Pronto, el airé olía a locura y a raíces abiertas.

En el fondo, la grieta era un tajo que parecía aún sangrar. Bajo sus pies, latía una presencia; el Relicario, una caja de vidrio y hueso envuelta en cadenas de ónice que reptaban por la superficie, buscando aferrarse incluso al vacío. Daiya miró su reflejo en la caja y vio múltiples versiones de sí misma, cada una con los ojos bien abiertos salvo una, cuyos párpados estaban cosidos con hilos de carmesí.

La caja susurró: "Promete tu nombre." No era voz, sino la sombra de una voz, un eco de noche antigua.

Daiya cerró los ojos y, mientras recitaba su propio nombre, sintió cómo las cadenas reptaban alrededor de sus muñecas, mordiendo la carne con ternura venenosa. El dolor era intenso y, por un segundo, supo que jamás volvería a sentir el calor del agua corriente o la luz solar en sus labios.

Al abrirse la tapa del Relicario, una niebla negra cubrió sus manos: el vapor de todos aquellos cuyos nombres se habían perdido en el ciclo. Voces, dedos diminutos, miradas torvas y lamentos de madre milenaria; el mismo lamento que había oído en los sueños de infancia, cuando la ciudad todavía dormía tranquila, cuando los relojes aún soñaban su propia edad.

Entre la bruma emergió una figura, sin ojos ni rostro, apenas una silueta rota. Hablaba sin voz pero Daiya comprendió:

—Llévame arriba, déjame ver el jade otra vez.

Era la ciudad, comprendió, deseando regresar al origen de su prisión. Era también el dolor, el eco de su gente exiliada en su propio hogar. Daiya no supo si el ciclo debía romperse o simplemente continuar, pero el dolor era insoportable, y la compasión pesaba más que el deber; así, con manos temblorosas, guiada por el peso del adorno de hueso, la figura y ella ascendieron juntas por los túneles hasta la superficie de la Rueda.

Odran los aguardaba, con el rostro ya casi florecido por completo en morfologías inhumanas; en sus ojos, sin embargo, aún brillaba el fulgor de quienes han esperado demasiado tiempo.

—¿Has traído el eco?—preguntó.

Daiya asintió. Libero a la figura en el centro, y esta se disolvió en la niebla verde, llenando la sala con un grito agudo, casi de júbilo, que partió en jade los vitrales ocultos en el techo. Por las grietas emergía la luz: no sol, sino una claridad densa, imposible, la luz de lo imposible que regresa a un lugar nunca destinado para ella.

La ciudad tembló. Por un instante, todas las bocas se cerraron, y los engranajes de hielo se detuvieron, como si el ciclo se hubiera detenido o reiniciado. Daiya cayó de rodillas, reconoció en su cuerpo señales nuevas, marcas de un linaje que ya no era sólo suyo; entendió finalmente lo que su abuela había querido decir: “Las bocas sólo se cierran con promesas nuevas.”

Cuando la luz se apagó y la oscuridad regresó, Daiya emergió como la guardiana nueva de la Rueda, portadora del Relicario abierto, con Odran acompañándola ya solo como un reflejo en los cristales rotos que cubrían las calles. La ciudad de Veylan, bajo su guardia, respiró de nuevo, aunque ninguna superficie recobró el sol perdido. La noche, al fin, resonó con nombres nuevos y viejos, entremezclados en la canción de la piedra y el vidrio.

Solo entonces Daiya supo que la oscuridad puede ser hogar, si se aprende a nombrarla y a cantarle. Y mientras recorría las nuevas grietas, la Rueda de Jade giraba, lenta, paciente, aguardando el próximo nombre y la próxima promesa a conjurar en las entrañas del hielo.

FIN.

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