A Violeta le disgustaba el concepto de una cita a ciegas. Lo había intentado en los años universitarios, perdida entre la convicción de que el amor verdadero solo podía esperarla en alguna esquina improbable, y la certeza creciente de que su soledad era agua estancada, irrefrenable. Sin embargo, a los treinta y nueve años, la invitación de Lena, que la conocía desde hacía más de dos décadas, sonaba diferente: un poco de juego, una pizca de desafío, y, sobre todo, la promesa de un lugar que ya de por sí justificaba la aventura.
—“No preguntes”—le había rogado Lena—“Solo ponte el vestido azul, sube al séptimo B a las nueve y abre la puerta de la terraza. Prometido, no te pasará nada que no desees”.
Violeta recordó esa última frase mientras se quitaba el maquillaje con un algodón empapado en las luces mortecinas de su piso. No vería a Lena esa noche, ni siquiera hablaría con ella; solo subiría, como si la ciudad y la noche fueran cómplices y ajenas.
El séptimo B de la calle Marqúez era uno de esos edificios antiguos, con el ascensor enrejado, los mosaicos hidráulicos y un olor humidísimo, de ropa envejecida y albahaca. La puerta del piso estaba entreabierta, como si alguien supiera que Violeta tenía un pie en la duda y el otro sostenido por la promesa de la terraza.
Al cruzar umbrales, sin embargo, el aire cambió. Lo notó al instante: había incienso de canela, música baja, y el inconfundible rumor de una ciudad a punto de guardarse los secretos del día. Subió por el pasillo de paredes desnudas y llegó a un salón de luz tenue, donde un letrero manuscrito descansaba junto a unas sandalias de hombre. “Entra”, decía.
La terraza estaba más allá, como una promesa o un truco de magia.
Era imposible no detenerse en el umbral: la baranda de hierro, las plantas escrupulosamente desordenadas, las lámparas de colores sobre la mesa de madera. Y, más allá de la baranda, la ciudad extendida, pulsando sin mirarla, en ese tono azul entre anochecer y madrugada posible.
“Violeta”, dijo una voz al tiempo cálida y seca. Iba a esperar a que ella mirara, sin prisa, pero sin dejar que el silencio se volviera incómodo.
Él estaba allí, de pie, con una copa de vino tinto en la mano izquierda. Viste una camisa blanca, desabrochada en la garganta, y el cabello oscuro, recogido de cualquier modo. La barba de dos días y los ojos claros. Claros o quizá solo abiertos, inquietos. Las sandalias, dedujo, eran suyas.
—Hola—dijo ella, recordando la media sonrisa que Lena le había asegurado que abriría puertas.
—Soy K., si te parece. Solo esa letra. Si quieres, puedes inventarle un nombre; es parte del trato.
Ella dudó un segundo, jugueteando con el asa de su bolso.
—¿Puedo llamarte Kieran?
—Puedes—respondió él, con un guiño—, aunque no todo lo que ocurra esta noche será verdad.
La invitación olía a alcohol y a promesa.
Kieran le ofreció la copa que quedaba sobre la mesa, como si compartir el vino fuera la forma de igualarse. Se sentaron ambos, uno frente al otro, la mesa entre los dos y, sobre la mesa, una pequeña lámpara azul.
—Te propongo un juego —dijo él, con la naturalidad de quien ha preparado la tierra y está listo para sembrar lo que sea—. Si una pregunta te hace sentir incómoda, puedes dejarla sin responder, pero perderás la siguiente pregunta.
—¿Y si no quiero jugar?
—Nunca dejarás de jugar, solo cambiarás de tablero.
Había algo en ese hombre—la certidumbre callada, la voluntad de no asustar y de arrastrar suavemente—que convertía la noche en un espacio nuevo, un terreno virgen en la ciudad que Violeta creía conocer. Lo que no prevería aún era el filo de ciertas preguntas, como tampoco el peso, casi físico, del azul en la piel.
—¿Cuándo fue la última vez que tocaste a alguien sin miedo?—preguntó Kieran.
La pregunta pareció abrir la tela del tiempo, y Violeta sintió el roce lejano de las yemas en la espalda, la urgencia de la náusea y el temblor vertical de la piel. Caminó por la memoria de un amante antiguo, una escena donde ambos se reían en la ducha, y el agua lo cubría todo menos la risa.
—Hace muchos años —susurró—. Ya no lo habría recordado sin tu pregunta.
Kieran asintió, bebiendo un poco más de su copa.
Ahora era el turno de Violeta.
—¿Qué te asusta más: la soledad o el olvido?
—La soledad, porque puedes sentirla incluso acompañado. El olvido puede ser el alivio—respondió él.
Las preguntas fluyeron como vino. Algunos eran filosóficas, banales otras. Rezumaban la sed de lo no dicho. Pronto, Kieran propuso un giro en el juego.
—A partir de ahora, cada respuesta honesta nos permitirá acercarnos—dijo, y cruzó una pierna sobre la otra, arrastrando su silla hasta que los dos quedaron a menos de un metro.
Violeta dejó a un lado la copa, sabiendo que no confiaba en sí misma si bebía más. Se inclinó sobre los pies descalzos; el azulejo estaba frío y el aire nocturno comenzaba a arremeter suavemente.
—¿Por qué accediste a esto? A la cita, al juego—quiso saber él.
La risa de Violeta fue baja, ronca, y no ocultaba del todo el temblor.
—Porque quiero creer que el azar aún protege algunos lugares, y porque Lena nunca me ha mentido sobre el placer.
La respuesta lo hizo sonreír, y por primera vez pareció que la noche se doblaba en dos. Kieran se acercó, lo suficiente para que las rodillas se tocaran, apenas. Ninguno habló durante un segundo, y el tránsito de las motos, abajo, sonó como un disparo en una película francesa.
Él levantó la mano, torpe, pero la dejó flotando en el aire.
—¿Puedo?—preguntó despacio, como si cada palabra fuera un objeto sólido al que aferrarse.
El permiso de Violeta llegó en un gesto; apenas un pulgar moviéndose, la boca suave, los ojos fijos en la línea de sus dedos. Kieran le rozó el muslo, deslizó el pulpejo del dedo por la tela fina, no como un amante que explora sino como alguien que aprende un idioma olvidado.
No era sexo. No aún. Era el ensayo de una posibilidad. Un idioma compartido construido de fragmentos, de caricias mudas y vulnerabilidad. Kieran se atrevió con la otra mano, ahora sí, tomándole la muñeca y llevándola a su propia boca, besándola con lentitud, como probando la sal que la noche depositaba.
—¿Por qué te gusta esto?
La pregunta era de Violeta, pero la lanzó sin aire, sintiendo que el corazón saltaba donde la mano y la boca se encontraban.
—Porque una vez pensé que no volvería a desear a nadie. Porque el deseo es el idioma último entre extraños—contestó.
Sobre la mesa, el vino temblaba todavía.
La noche ya era tinta. La ciudad parecía haberles dejado solos, lanzados al borde de la baranda.
Se levantaron juntos, como si la decisión hubiera estado tomada desde antes de que la puerta se abriera. Kieran la apoyó de espaldas contra la baranda, sin violencia pero con firmeza, y le arregló un mechón de pelo. Violeta giró la cara, rozando la mejilla contra la palma ruda. Sentía húmeda la piel, como cuando cae la lluvia y la ciudad resplandece.
Las camisas se desabotonan fácilmente cuando hay urgencia callada y dedos que no tiemblan. La piel florece, el vello de los brazos erguido, la espalda en tensión contra el hierro frío. El azul de la lámpara se reflejó en los torsos, en la curva translúcida de los hombros, en el temblor que recorre desde el vientre hasta la garganta.
Kieran la besó donde comienza el cuello; su lengua era un mapa sobre la piel desnuda. Ella le tiró del cabello despacio, un gesto antiguo y juguetón, mientras las piernas buscaban el espacio entre las suyas.
Respiraban rápido pero no había decisión, solo ritmo. Los jadeos eran una música mínima, casi temerosa, tan distinta al sexo habitual que apenas cabía en la memoria compartida de otros cuerpos. Era más bien una conversación, un documento que se escribía frase a frase: sí, aquí; no, no ahora; por favor, ahí, así.
La seguridad de la noche los arropaba, y entre el murmullo de las hojas y las luces intermitentes en las ventanas lejanas, Violeta sintió el pulso firme de la ciudad, el futuro y el pasado colisionando en ese instante.
Kieran la levantó el mínimo necesario, jugando con el balance sobre la baranda, atento a la resonancia de su placer y a la sombra del miedo. El placer era intenso, punzante, y los estremecimientos subían desde los muslos al pecho, estallando en un grito breve, apenas contenido. Él la sostuvo fuerte, y la piel de ambos estuvo cubierta de minúsculas gotas de sudor azulado y luz.
Mientras ambos se recomponían, la brisa les hacía cosquillas en los muslos. No hubo palabras, solo manos, caricias largas, remansadas. La ciudad, allá lejos, no parecía real: el único mundo era la terraza, la baranda, el cuerpo tendido en la noche azul.
Cuando la música terminó, ambos seguían en la terraza, abrazados, escuchando la respiración del otro.
—¿Querrás quedarte?—preguntó él, muy despacio, en un susurro contra su clavícula.
—No lo sé—respondió Violeta, con una sonrisa que contenía por fin el azul y la extrañeza. —Pero sí quiero un segundo encuentro con este idioma.
Bajaron de la terraza de la mano, dejando atrás la lámpara azul encendida y el misterio del séptimo B para otra noche. La ciudad, esta vez, los miraba en paz.
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