Portada del relato El Último Vals de Ereleth
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Fragmento:


—Verme es más simple que comprender mi música. Pero me halagas. ¿Crees que puedes resistir lo que el hielo esconde? ¿O sólo buscas una respuesta a tu propio temblor?

Duración: 08:29

El Último Vals de Ereleth
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Texto de ajuste de pausa.

Era una noche que no parecía de este mundo. El frío era tan intenso que hacía crujir la misma realidad y doblaba la luz de la luna hasta partirla en añicos nacarados sobre la vasta extensión de hielo. El mundo de Eridanos se había encogido hasta un sólo reino suspendido sobre abismos de cristal y vértigo. Costras de escarcha sellaban los labios del río Erel, y ni siquiera los habituales graznidos de los cuervos se escuchaban bajo el viento mortal.

Ferei, la hija de la guardiana del Palomar Estrellado, apretaba entre las manos la bufanda azul oscuro que desprendía leves destellos, recuerdo del telar embrujado de su madre. Con cada paso sobre el hielo crujiente sentía que la gravedad se invertía y que, con sólo un soplido, el cielo y la tierra podían cambiar de sitio. Había caminado más allá del último encinar de su aldea, en busca de la fuente de la música que, desde hacía tres noches, le robaba el sueño.

La leyenda local contaba de un violinista que, en noches extremas, caminaba sobre el hielo del Erel con los pies descalzos y sin sombra aparente. Quienes lo escuchaban, decían, recibían el don de amar sin memoria ni miedo, pero también el castigo de vivir entre dos mundos. Ferei, sin embargo, era escéptica. Había escuchado relatos terribles, sí, y su corazón guardaba cautela, a pesar de la belleza con la que los sonidos la envolvían en la madrugada.

Al acercarse al puente de la Aurora –esa estructura imposible de arcos translúcidos que cruzaba el río desde hacía siglos–, la música se hizo tan nítida que Ferei sintió una presión en el pecho, como si su corazón tuviera dos ritmos opuestos. Y entonces lo vio. Sentado sobre la barandilla de hielo, con la luna derramándose a través de sus cabellos blancos, ejecutando notas imposibles de identificar, estaba él.

Un hombre extraordinariamente pálido, con la piel decorada por lineas azuladas a modo de tatuajes, vestido sólo con unos pantalones de lino y un abrigo raído. Sus pies, desnudos y azules, nunca tocaban exactamente el hielo, sino que lo rozaban como si el mundo físico fuera sólo una posibilidad efímera para él. Sus ojos, cuando alzó la vista, eran de un celeste irreal y envejecido.

—No deberías estar aquí —dijo, y su voz era música suspendida entre dos silencios—. El frío devora recuerdos en noches así.

Ferei no supo si responder. Algo en el tono de ese hombre deshacía la distancia del idioma y la llenaba de una nostalgia que ni siquiera sabía que poseía.

—Te seguí por tu música —susurró, clavada en el sitio, aun sabiendo lo estúpido que eso sonaba—. Te he escuchado cada noche y quiero saber...

El hombre sonrió, y su sonrisa era una herida, una grieta por donde se colaba un brillo invitador y peligroso a la vez.

—Verme es más simple que comprender mi música. Pero me halagas. ¿Crees que puedes resistir lo que el hielo esconde? ¿O sólo buscas una respuesta a tu propio temblor?

Ferei sintió el mordisco de la duda, mas continuó:

—Quiero comprender por qué parece que al tocar, las estrellas laten, y por qué después todo el aire huele a jazmín, aunque aquí jamás crecen flores.

Él le ofreció la mano, y sólo entonces, cuando la aceptó, Ferei notó que ni siquiera las leyes del calor y el frío eran válidas allí: su contacto no ardía ni helaba, no era materia sino reflejo, insustancial pero presente.

—Ven. ¿Sabes bailar?

Negó con la cabeza. Hija de tejedoras y criadores de palomas, sus pasos no eran más que trabajo o huida.

—El vals del hielo es nuestro idioma antiguo. Baila conmigo y tal vez comprendas lo que buscas.

La luna pendía, inmóvil y atenta. El músico mantenía el violín flotando sin manos y, con un gesto, hizo que el arco comenzara a deslizarse solo. La melodía era diferente, una coreografía de ecos, y en ese momento, los colores de la noche se desdoblaron en reflejos azulados y áureos que danzaban sobre el mundo.

Bajo la tutela del músico, Ferei se movió primero torpemente, pero luego, como si sus pies recordasen un arte ancestral, comenzó a girar y girar mientras el frío desaparecía minuto a minuto, reemplazado por una sensación de ligereza casi dolorosa. Y en ese giro se le aclararon los pensamientos: recordó voces y amores olvidados, sintió cómo pequeños fragmentos de sí misma, enterrados bajo años de miedo y conformidad, comenzaban a emerger.

La música subía y bajaba, y mientras bailaban, el violinista entonó:

—En los tiempos antiguos, los cielos sobre Eridanos eran un mar interminable. Los dioses, imprudentes, rompieron su espejo y el frío descendió para sellar la culpa. Cada cierto tiempo, elegimos a uno de nosotros para redimir lo perdido a través del único milagro posible: el amor. Pero el amor real se alimenta del riesgo, y aquí la pasión puede ser condena o salvación.

Ferei lo miró a los ojos y supo que ya estaba perdida, o tal vez siempre lo había estado. En ese momento tuvo el impulso de besarle, de fundirse en ese abrazo irrepetible.

—¿Por qué yo? —preguntó en voz ronca.

El violinista –llámese Shale, pues así se nombró finalmente– dejó de tocar y el hielo tembló bajo sus pies flotantes.

—Porque tú has olvidado cómo temer y recordar al mismo tiempo. Porque hay un espacio en tu corazón donde no hay dogma, ni pasado ni promesas rotas. Porque, Ferei, si bailaras conmigo hasta el final del invierno, podrías ser libre… o perderte conmigo en el ciclo eterno de este río.

El hielo a su alrededor comenzó a crujir, pero ella no sintió miedo. Bailó más cerca de Shale, hasta que sólo existía la música y ese cuerpo transparente y ardiente junto a ella.

Durante semanas, Ferei volvió cada noche al puente, a bailar con Shale, a escuchar el relato de los orígenes del frío. Aprendió que la música podía abrir puertas, que el amor era una travesía sin regreso, un cortocircuito en la memoria. El mundo cambiaba: por la aurora corrían rumores, aves que se negaban a migrar y estrellas que descendían para posar sus colas de fuego en la cima de los arbustos congelados. La gente soñaba con historia de otras vidas, de amantes perdidos que susurraban nombres prohibidos.

Una noche, Ferei encontró a Shale esperando, pero su música era distinta. Triste, quebrada, como el preludio de una tormenta de nieve. Shale no la tocó cuando llegó.

—Hay un precio, Ferei —dijo, con la voz temblando—. El hielo se agrieta. Pronto desbordarán los recuerdos y sólo uno de nosotros podrá cruzar el Puente Azul hacia el final del invierno. O tú, y regresarás ligera pero sola, o yo, y quedaré partido entre los sueños de esta orilla.

Ella sintió la tormenta por venir. El querer era ya irrenunciable; quedarse, una condena; partir, imposible. La amargura del relámpago en el estómago, el saber que el amor es arder y disolverse al mismo tiempo. Se abrazaron como dos copos de nieve, cada uno conteniendo el abismo del otro.

—¿Y si bailamos esta última vez? —pidió ella, y sus labios rozaron los de Shale, sintiendo el sabor de la escarcha, la música y todo el dolor del mundo comprimidos en ese instante.

Bailaron en la superficie agrietada, con la melodía reconstruyendo, una y otra vez, todos los matices de su deseo y su pena. El puente comenzó a disolverse bajo sus pies. En algún momento, el vals se volvió mortal: el hielo tembló y la grieta se expandió, separando los mundos de los vivos y los soñados.

La última nota llegó: Shale la alzó, y, sin mediar palabra, la empujó suavemente hacia la orilla segura, quedando él mismo en el centro de la fractura. Los ojos de ambos relampagueaban, llenos de lágrimas y memoria.

—Recuerda el amor real, Ferei. No el que sobrevive, sino el que transforma.

Shale se desvaneció como la niebla, y el puente se reabsorbió en la blanca nada. Ferei despertó, tendida en la nieve, con la bufanda azul envuelta alrededor de su cuello y la certeza de que su exilio era completo.

Pasaron los inviernos. Ferei no volvió a cruzar el Erel. Los hombres envejecieron y las historias cambiaron, pero, cada vez que el primer frío se depositaba sobre el puente, un eco de violín emergía en la noche. Y quienes pasaban por allí decían que la música hacía arder los ojos de quienes habían amado, sin saber si era por tristeza, esperanza o por la memoria de una noche que desafió las leyes del frío.

En Eridanos, el amor real era sólo para quienes, en las noches más oscuras, estaban dispuestos a bailar sobre el abismo, sin promesa de retorno, y sin saber nunca si lo que quedaría tras la última nota sería la libertad o el olvido.

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