Portada del relato El crisol de las promesas azules
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Fragmento:


"Al infierno con el exilio", tronó Lanta. Tenía en la voz la misma ternura que los padres de Tion atribuían a las locuras. A las hogueras.

Duración: 08:57

El crisol de las promesas azules
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Texto de ajuste de pausa.

Cuando la última de las esferas huía de la noche, Tion descendió los tres peldaños de ónice hasta la galería y apretó la palma contra el vidrio. El sol, al ascender, destilaba una tintura violada sobre la piel de su antebrazo: trazos morados, azul profundo, pálidas islas de luz. Si cerraba los ojos, todo el Palacio Celeste ascendía con él, y sentía el hormigueo de miles de caminos que partían desde la terraza bruñida, elevándose hasta entrelazarse con cometas, aves y estrellas que nunca dormían.

Pero los Caminos —al menos para Tion, hijo menor de la Casa de los Vigías— solo se abrían una noche cada siete años, y el destino dictaba que una sola figura cruzara aquella mar de azules extranjeros. Él era, a ojos de todos, indigno de la elección.

Sin embargo, la Dama Lanta ya había puesto sus labios en la prenda del juramento —más cálida que el oro vertido, más suave que el primer rocío— y la esperanza, ese cruel equilibrista, danzaba sobre la cuerda de sus nervios.

A escasos metros, Lanta aguardaba envuelta en sedas perladas, la mirada firme en la bruma de la ciudad suspendida. Nadie los vigilaba, si bien Tion, criado entre recelos, notaba siempre la sombra del Maestre Lior y los ecos de los rumores. Lanta, por el contrario, se movía sin premura, ajena —o acaso insensible— a la vergüenza.

"La Puerta se abrirá al segundo canto", murmuró ella, y el rumor de su voz evocó golondrinas buscando el alba, la curva que adoptan las caricias antes de existir.

Tion contestó sin tomar aire: "Nadie espera que cruce de nuevo. Si me ven en los Caminos...".

Lanta posó una mano sobre su pecho. "No te verán. Son para quienes han perdido la fe." Sonrió, sabiendo la paradoja. "O para quienes la han hallado en otro corazón."

Él recordó la noche en que ambos, ladrón y princesa, rieron entre las piedras desteñidas del río, el fuego rozando sus tobillos, la luna jurando secretos a quien osara mirarla de frente. Tanto le había hablado del arriba, del arriba y sus sendas —esos Caminos donde se dice que los dioses amaban y traicionaban, y aún el dolor era un privilegio—, que no podía ya separar las historias de sus suspiros.

"Podrían exilarme", aventuró Tion.

"Al infierno con el exilio", tronó Lanta. Tenía en la voz la misma ternura que los padres de Tion atribuían a las locuras. A las hogueras.

Y cuando una melodía de trompas y gargantas inundó la galería, supieron que el tiempo flaqueaba como los barrotes viejos de una jaula que solo esperan la fuga.

***

Las escaleras se abrieron a sus pies, invisibles fuera del ángulo exacto de la luna. Tion siguió a Lanta a través de vapor y plata, esquivando charcos donde los reflejos parecían fiambres pálidos al acecho. El primer tramo crujió bajo su peso; el siguiente los alzó, tornándose iridiscente y ligero, como si los dioses mismos soplaran bajo sus talones.

Cada siete años, la Ciudad Superior se apareaba consigo misma a través de estos Caminos: filamentos trenzados de luz y sólida niebla, configurando rutas para que los elegidos —y los que no han de serlo— encontraran lo inesperado entre las capas del cielo.

Por tres veces, Tion miró hacia abajo y vio su vida anterior: el dormitorio azul, la tinaja donde florecían los jazmines robados, el orfanato de las lluvias, el falso espejo donde por casualidad, una tarde, conoció a Lanta.

"¿No temes?", le preguntó ella, guiando su avance con la firmeza de quien danza sobre llamas.

"Solo si tú lo haces", respondió, y con cada palabra, los Caminos parecían trenzarse más firmemente bajo sus pies.

En el segundo recodo, una figura aguardaba: el Vigilante de los Sueños, vestido de hilos de viento. Su rostro era un tapiz movible, todas las edades danzando al ritmo de afectos olvidados; mecían sus dedos la luz, y de ellos caía una música tan triste como familiar.

"¿Qué buscan?", inquirió, la pregunta flotando como penacho de humo.

Lanta levantó la barbilla: "Redimir una promesa. Quizá abandonar algo menos valioso".

Tion se preguntó, como desde siempre, si no era él mismo ese algo a dejar atrás.

"Entonces", sonrió el Vigilante, "la senda será más angosta" y con un ademán, multiplicó los peldaños y afinó sus bordes hasta que el vértigo supo a miel nueva.

***

Las rutas celestiales no admiten la mentira más allá del tercer tramo. Pronto, los miedos caminan expuestos: siluetas traslúcidas, bestias doradas, manos que gotean aceite desconocido. Tion olió las amargas horas en que Lanta, sentada junto a sus rodillas, narraba el destierro de su madre. Siguió caminando, temblando, al compás de antiguas burlas, los susurros de sus hermanos mayores ("Nunca valdrá la pena, nunca será digno"), hasta que la rabia latió junto al amor, y forjó de ambos un coraje torpe, de esos que suelen forjar la verdadera ternura.

Lanta, a su lado, apartaba las nieblas como se apartan los pensamientos viles: sin mirar atrás, sin pedir excusas.

En la cuarta curva residía el Jardín de los Amantes Perdidos. Allí cada hoja titilaba con el rostro de los que se buscaron y no se encontraron. Diletantes, adúlteros, amantes de un día y esposas de milenios. Las estatuas, fieles a la memoria, lloraban por sí mismas, y a cada paso la tierra se volvía más blanda y los aromas más insistentes.

"¿Nos volveremos como ellos?", preguntó Tion, deteniéndose ante la imagen de un joven abrazando a la nada.

"Solo si dejamos de caminar." Lanta cogió su mano. "Debajo del miedo, el amor es brújula y herida. Si no sangramos, no llegaremos."

Avanzaron, entonces, uno llevando la esperanza, otro la herida: ambos cambiando de máscara según el viento.

***

Al alcanzar el último tramo, la altura era tan irreal que las voces del mundo inferior parecían brotar de un cuenco sellado. La neblina era más densa, tan densa que los cuerpos se desvanecían, y solo el calor de la piel, la presión de los dedos enlazados, mantenía la mutua existencia.

Allí se alzaba la Puerta Final: dos columnas vivientes, entrelazadas por vides de luz lila. Si cruzaban, las leyes de los Caminos elegían—el regreso y la permanencia no podían coexistir.

La tradición decía que solo uno podía franquearla; el otro debía mirar, aceptar, y amar desde el lado abandonado.

"¿Quién será?", preguntó Tion, la pregunta trémula como la cuerda de un laúd olvidado.

"Lo sabremos al intentarlo juntos", murmuró Lanta. Palideció—no de miedo, sino de anhelo. Sus dedos se apoyaron firmes en la nuca de Tion, guiando, como había guiado antes la danza, la fuga, la promesa.

Un paso.

Otro.

Ambos traspasaron las columnas y el mundo tembló—no con la violencia del cataclismo, sino con la delicadeza de un suspiro que reordena el destino.

Del otro lado, el aire era azul intenso. Todo pesaba un poco menos, y los Caminos se vertían en sí mismos, formando espirales, cruces, sendas que no invitaban a la soledad.

Tion miró primero sus propias manos, luego las de Lanta. Ninguno era sombra. Ninguno, memoria. Ambos eran cuerpo, deseo, esperanza.

Los guardianes flotaban a distancia: grandes aves compuestas de polvo y melodías. Asintieron una vez, y el crisol celeste vibró, desgranando fragmentos de luz a su alrededor.

"Nadie había cruzado juntos", musitó Tion. Se sintió más antiguo y más joven que nunca.

"Quizá ahora nazca algo nuevo aquí arriba", respondió ella, y los labios se buscaron, se hallaron, como mazos que derriban años de soledad meticulosa. Sus cuerpos se fundieron con la luz, sin urgencia pero sin pausa, como cuando la primera lluvia encuentra la tierra y la convoca al verde.

De algún modo, sabían que el regreso era una opción—pero no una obligación. Los Caminos, al abrirse para dos amantes simultáneos, mutaron en puentes y jardines, en casas vivas y plazas donde habitaba solo la ternura. De vez en cuando, la sombra de una vieja pena cruzaba su cama, y la cortejaban juntos hasta hacerla reír.

Con el paso de las eras, desde abajo, otros alzaron la vista y narraron leyendas: las figuras que vagan entre aros de estrellas, el eco de una risa compartida que deshace la última neblina antes del alba. Quienes escucharon esas historias supieron que los Caminos existen no solo para los elegidos, sino para todos los que, en uno u otro mundo, encuentran en el temblor de otra mano el valor suficiente para ascender.

Y sobre la galería del Palacio Celeste —y sobre todos los palacios, los templos, los hogares humildes— la Puerta se abría, y los Caminos prometían nuevas sendas, exigiendo una sola condición: amar con la fuerza de quien sabe que todo puede perderse, pero aun así elige cruzar.

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